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martes, 21 de marzo de 2017

María Tena



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LO  DIARIO
              
       El mundo de lo cotidiano, lo que asumimos diariamente como pretexto para descubrir buena parte de la vida de los protagonistas de, Tenemos que vernos (2003), la primera incursión narrativa de una desconocida  María Tena (Madrid, 1953), quien hasta el momento había publicado algunos relatos, artículos y entrevistas en la prensa. La historia se inicia tras el descanso vacacional de toda una familia, en el sur; un mes de tranquilidad, sin contratiempos, con la exclusiva obligación de cumplir a diario con el rito de visitar la playa, y comer, cenar, dormir o leer sin medida. Las primeras imágenes: una pareja, de mediana edad, vuelve a Madrid en el deportivo rojo que ha adquirido recientemente el marido, uno de esos caprichos que él mismo decidió concederse el día que cumplió cincuenta años; los hijos volverán, al día siguiente, en el coche grande y con el resto del equipaje.
               La narradora reflexiona, tras este pasado paréntesis, sobre el concepto de la vida pasada o, aún más, sobre el desarrollo de su relación de pareja y de su propia existencia durante los más de veinte años de matrimonio; al hilo, se añaden juicios sobre la amistad y las relaciones humanas o sobre el evidente concepto humano de culpa. María Tena elabora este largo diario estructurándolo en dos niveles muy diferenciados: de una parte la historia a contar, ¿la de un amor y un desamor?, y, de otra, los mensajes que, confidencialmente, enviará la protagonista a una desenfadada amiga, según el desarrollo de los acontecimientos, pidiéndole, en cualquier caso, consejo pero sin obtener respuesta. Así asistimos, en un gradual proceso narrativo, a la aparente caída de una mujer, a la velada expresión de sus sentimientos más íntimos y, también, al despertar de nuevas sensaciones, tras meditar sobre ese concepto común de que, pese a todo, siempre es posible volver a empezar. Clara, la protagonista, es una mujer culta que trabaja en una editorial, conoce la profesión y ha tenido cierto éxito en el medio, vive a las afueras de Madrid en una espléndida casa, y de una manera holgada; su marido, Pedro, es arquitecto y dirige una constructora familiar, se ausenta frecuentemente y olvidas sus obligaciones matrimoniales; tienen dos hijos, disfrutan de algunas amistades, hacen vida social y se enfrentan al paso del tiempo. Clara se enfrenta, tras un paréntesis estival, con cierta pereza, a un nuevo invierno. Los acontecimientos se suceden en su vida: la venta de la editorial, un nuevo jefe, nuevas aventuras profesionales, un aparente alejamiento de los hijos y el marido, el paréntesis de una relación extramatrimonial y la aventura a una improvisada vida que cerrará el ciclo vital de la protagonista. Tena acierta con la construcción del personaje femenino, desdibuja deliberadamente los masculinos, pero consigue con la expresividad de un lenguaje cotidiano, con la mansedumbre de un fluir narrativo bien contado, acercar la historia a ese tipo de lectores que disfrutarán descubriendo que muchas de las cuestiones y de las nimiedades de nuestra vida se mueven en ese espacio de autoengaño y de improvisación con que nos sorprende nuestra cotidianidad. Esto es, subsistir a la tragedia de lo diario. 







TENEMOS QUE VERNOS
María Tena
Anagrama, Barcelona, 2003

lunes, 20 de marzo de 2017

Desayuno con diamantes, 103



LABERINTOS DE UNA SOLEDAD

   
        Truman Capote, «enfant terrible» de las letras norteamericanas, es uno de los grandes escritores de su tiempo, inventó el nuevo periodismo literario que tanto éxito le procuró, y llegó a decir: «Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual, soy un genio». La crítica califica a Capote como un autor emblemático por su precocidad, su fascinante aureola de malditismo, y el rigor de su escritura. Su estilo recuerda a los primeros textos de Faulkner, el maestro de la nueva narrativa norteamericana, aunque en el discípulo tanto sueño como realidad se confunden por esa naturalidad de joven prometedor cuando sus referencias personales pasan a sus relatos: su visión narcisista de la homosexualidad y el sexo en general. Sus primeras obras, la novela, Otras voces, otros ámbitos (1948) y los cuentos, Árbol de noche y otras historias (1949) lo consagran como el artífice de una prosa poética perversa en su contemplación mítica de las cosas, o en su visión nostálgica y llamativa de la gran urbe; sin embargo, subyace la mirada del sur como un lugar para la inocencia. Los cuentos, primeros tanteos narrativos del joven escritor, reflejan las lecturas de sus contemporáneos: Carson McCullers y Eudora Welty, aunque en Capote revelan la visión humana de un narrador de raza, cuya estela existencial se envuelve en un aire dramático y satírico, como era manifiesta su indiscutible personalidad, y evidencian, también, esa visión trágica y decadente de un mundo rural sureño que nos proporciona de protagonistas a niños en la calle o ancianos encerrados en los pueblos asfixiantes de esa América profunda tan cinematografía; las alusiones a abundantes episodios autobiográficos del personaje-autor nos obligan a observar esa dolorosa infancia de la que el narrador supo sacar tanto partido.
        “Empecé a escribir a los ocho años, —afirmó una vez, Capote— así, sin más, sin inspirarme en ningún ejemplo. No había conocido a nadie que escribiera; y, ciertamente, conocía a muy pocos que leyeran”. La escritura se convirtió en un rasgo inherente, lo más interesante que escribió por aquellos años de su niñez fueron observaciones cotidianas y sencillas, descripciones de un vecino, cotilleo local, una manera de “ver” y oír” que se convirtió en característica formal de su escritura, y en esa voz de auténtico reportero en sus relatos más tempranos. La editora Anuschka Roshani, señala que en la caja “High School Writings”, depositada en la New York Public Library, pensaban encontrar los garabatos inacabados de un joven imberbe y, para su sorpresa, en ese montón de manuscritos mecanografiados, llenos de anotaciones, se escondían un puñado de relatos de cuando el autor tenía catorce, quince o dieciséis años, publicados originariamente en The Green Witch la revista literaria de su instituto. Las frases que contienen estos Relatos tempranos (2016) desprenden ya, según Roshani, esa melodía capotiana tan inconfundible, y rezuman el aroma a tierra abrasada por los largos y tórridos veranos de los estados sureños: aroma un tanto rancio y lleno de lúgubres presentimientos. En estos textos tempranos de Truman Capote —la curiosidad de esta edición se sustenta, precisamente en estas características— ya encontramos el repertorio de temas, de emociones, de conflictos que marcarían al escritor el resto de sus días. Se trata de narraciones sugerentes que parten de observaciones y de experiencias biográficas propias, tantean experimentos y dibujan retratos; cuentos donde la soledad está presente en cada historia, domina un ansia por salir de las estrechas fronteras de los pueblos del sur, denuncian la dura condición de la gente de color y, en mitad del mundo de la infancia y la vejez, sobresale el amor y la muerte; en el cuento “Esto es para Jaime”, en unas repetidas visitas al parque, el pequeño protagonista entabla amistad con una bella mujer y con el perrito que la acompaña, es el propio Truman, el niño no deseado, que tanto echa en falta el cariño de una madre, el drama se extiende en todo el texto coronado de un aura de misterio, y muestra una especial sensibilidad que emociona; interesante y maduro resulta “Louise”, ensayo sobre la envidia y la venganza, donde se aborda, de forma magistral, el conflicto racial, los prejuicios y la injusticia contra la gente de color.


       Sobresale, en estos catorce Relatos tempranos, la perspectiva cerrada de la infancia de Capote, el joven escritor habla de lo que conoce, y trasciende de las proximidades, o apresa estados universales del alma, siendo aun niño o adolescente. Ricos en una variedad de tonos y de temas que se repiten: el miedo y el enigma asoman, por ejemplo, en “Terror en el pantano”, y la necesidad y la búsqueda del ideal del amor se convierte en el centro de “Si yo te olvidara”; especialmente hermoso, el relato “La señorita Belle Rankin”, la historia de una mujer negra “que parecía demasiado vieja para estar viva” y tenía tanto apego a sus membrillos japoneses que no duda en darle con la puerta en las narices a un comprador dispuesto a pagar una fortuna por ellos. Capote siempre empatiza con sus personajes, aunque es manifiesta su voluntad por experimentar y construir tempranas y nuevas estructuras: significativo, “Tráfico Oeste”, un tríptico narrativo donde el autor se pregunta por el sentido de la vida; en realidad, tres historias, tres situaciones diferentes, con un final como punto de unión, la intención de los personajes de viajar en autobús. Capote introduce en los tres el azar y juega a quebrar el sentido de las narraciones, quiebro que se produce en nuestra vida, capaz de cambiar el rumbo, y el destino. Llama la atención la primera parte del relato, de absoluta actualidad, de una evidente intención anticapitalista, y la paradoja: un ejecutivo convence a sus compañeros a que renuncien a un negocio y obtener beneficios porque, aunque las operaciones sean legales, resultan injustas para los trabajadores.
       Los marginados, los débiles, los solitarios, los enajenados, son ya visibles en estos Relatos tempranos de Truman Capote, que pese a frecuentar buena parte de su vida en la exclusiva y sofisticada sociedad neoyorquina de su tiempo, no dejó nunca de sentirse el niño sureño excluido, el joven diferente y rechazado en continua búsqueda de afecto.

Truman Capote; Relatos temprano; Barcelona, Anagrama, 2016; 181 págs.

sábado, 18 de marzo de 2017

Madrid y las beguinas



     El pasado miércoles 15 fue la presentación oficial de El secreto de las beguinas en Madrid. La Librería El Molar nos acogió y allí estuvieron amigos entrañables y puse cara a otros con quienes tenía contacto literario y no conocía personalmente; fue una auténtica fiesta para mí, y muchos de ellos me demostraron su amistad sincera. Gracias a todos y en próximos días os iré nombrando como merecéis.







Con mi amigo Pepe Bernal

Con mi maestro Pablo Jauralde

martes, 14 de marzo de 2017

Nos vemos...



     Mañana miércoles nos vemos en Madrid: Librería El Molar
Calle Ruda, 19 (La Latina), 19´30 horas.


Javier Tomeo



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COLECCIÓN DE HISTORIAS
                 
        No hay nada de extraño que, en el mundo de Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932), y en sus libros, aparezcan palomas, leones, tortugas, gallinas, hormigas, gatos o cualquier tipo de animal doméstico o no, hombres miopes, atormentados y solitarios, héroes anónimos, que se incluyen en escenas cotidianas, situaciones inimaginables, perversidades, en definitiva, que otorgan a la credibilidad del mundo actual, esa calificación que se justificaría por sí sola, es decir, que no hay razón posible sin una sinrazón que la haga creíble. Quizá por eso, Tomeo, y creo que sólo por eso, en su narrativa insiste, una y otra vez, en plantear las situaciones más inverosímiles que ningún ser humano pueda pensar, pero con la suficiente credibilidad como para que no resulten fuera de lo humanamente posible. Con sus fábulas, Tomeo, refleja esa inquietante faceta que todos pretendemos mantener y que hace de nuestra vida un enigma tan sólo cifrado o tal vez descifrado por los sueños, como puede leerse en muchas de sus novelas, o en muchos de sus cuentos, en tantas de sus historias, y en definitiva, como otras muchas de las nuestras.
        En Cuentos perversos (2002), su último libro publicado, existe un desorden organizado porque lo que nos propone Tomeo en esta ocasión es un recorrido por una serie de perversidades en su sentido más estricto: treinta y nueve en total, aunque tratándose de un escritor como el aragonés este término va mucho más allá de su acepción y nos convoca a una suerte de costumbres sobre las que hay que disentir en esta vida cotidiana, como es habitual en él. En realidad, se trata de nuevas historias mínimas con esos medios, manifiestamente reducidos, que obligan al lector a elaborar sus preguntas y sus respuestas puesto que, inicialmente, plantean situaciones en apariencia muy sencillas: las múltiples personalidades del protagonista de «El hotel de los pasos perdidos» no es sino, esa voluntad de cambio que todos experimentamos; quién no ha soñado con convertirse en alguien importante, como el Capitán General de «El sargento Gutiérrez», tal vez nadie ha especulado con coleccionar cualquier tipo de aves como el protagonista de «El coleccionista de gallinas», jamás un ser humano no se ha sentido tentado de contar a unas niñas un cuento políticamente incorrecto como el de «Las nietecitas preguntonas» o, tal vez, alguien no ha soñado con matar, definitivamente, a los números como en «Los números muertos». Estos relatos están contados en tercera persona, ofrecen un mínimo diálogo, o una conversación directa, a veces, interrumpida por la brevedad de los mismos. Existe, la misma o parecida parquedad, en la descripción de los lugares y en el tiempo de la acción. ¿Son absurdas muchas de las situaciones que nos plantea Javier Tomeo? Evidentemente el escritor considera que de aquello sobre lo que escribe pertenece a un mundo en que, no necesariamente, se cuestiona la realidad. Su actitud, crítica si la hubiere en sus textos, se aleja de ese concepto social que sacude la visión de nuestros días. Tomeo ha fraguado su mundo experimentando en su propio beneficio y en el de aquellos que quieren seguirlo, algo que no es fácil pero humanamente posible.




CUENTOS PERVERSOS
Javier Tomeo
Barcelona, Anagrama, 2002

lunes, 13 de marzo de 2017

Desayuno con diamantes, 102



UN DESCUBRIMIENTO: LA NARRATIVA DE  JOHN FANTE



         El novelista John Fante (1909-1983), autor de una selecta obra, escribió—según Edward W. White—tan claramente de su tiempo que resulta de mayor interés ahora de lo que hubiera parecido en su época. Se publican en España, Espera la primavera, Bandini, Pregúntale al polvo, Camino de Los Ángeles y Sueños de Bunker Hill.
                                    
       En la década de los 30 la novela norteamericana consiguió un reconocimiento internacional porque, entre otros motivos, Sinclair Lewis recibió el Premio Nobel de Literatura en 1930 y autores como Hemingway, Dos Passos, Faulkner o Wolfe se convertían en símbolos de la diversidad y de la fuerza de la literatura americana de ficción. En realidad, la obra de estos autores, la denominada «generación perdida», los «conservadores» o los «vanguardistas», experimentó una validación perfecta para mostrar que las circunstancias de la situación nacional podía semejarse a una descripción universal y así, estas generaciones de novelistas y las obras escritas a lo largo de algo más de tres décadas, entre1910 y 1945, se convirtieron en una valoración de posibilidades tanto para la vida cotidiana como para el mundo del arte. Las novelas semiautobiográficas de comienzos de siglo habían sido las precursoras de las obras de Ernest Hemingway, Francis Scott Fitzgerald, Henry Miller o de John Fante, durante los fabulosos años 20 y 30. El atractivo que estas obras podían tener para el público lector no era simplemente el mérito en cuanto obras literarias, sino esa semejanza provocativa con las vidas tanto públicas como particulares de los escritores y de su entorno más cercano, esa alienación esgrimida respecto a los tipos, el lugar, la historia, incluso el lenguaje empleado. Características, por otra parte, que provocarían una dislocación cultural en todo el país: el inmigrante que se enfrenta a una sociedad extraña, el negro que procede de un status decadente y, por primera vez, tiene aspiraciones, el joven talento en pleno proceso de desarrollo en esa incipiente y bulliciosa estructura de poder que supone emigrar a la ciudad. Fue ésta en suma y, en palabras de Malcolm Cowly, «una época rápida y plena de aventuras, en la que era bueno ser joven; y, no obstante, al salir de ella uno sentía una sensación de alivio, como al salir de una habitación demasiado llena de conversaciones y de gente...»



Una leyenda
       Es cierto que, a algunos escritores, les acompaña una leyenda que, transcurrido cierto tiempo, los salva de un evidente anonimato y así ven, de alguna forma, actualizada su obra. Ha ocurrido con no pocos autores cuya trayectoria se ha perdido en el espacio de una literatura que, definitivamente, los ha sometido a la humillación del desconocimiento de los lectores o de los estudiosos pero que, por circunstancias diversas, vuelven al espacio literario del que nunca debían haber desaparecido, avalados, por la fuerza de una obra que bien merece un reconocimiento universal. Dostoievski, Hamsun, Hemingway o Dos Passos, Wolfe, Steinbeck, Farrell, Saroyan, West, son algunas de las referencias literarias que se citan a propósito de la narrativa de casi un desconocido escritor, John Fante, el hijo de unos emigrantes italianos, nacido en 1909 y fallecido en 1983, tras una vida de miseria literaria que tan sólo conllevó con colaboraciones en Hollywood. Sobrevivió, pese a todo, al empeño de inventar una suerte de autobiografía que le abriese el camino de la gran literatura. Las novelas que, inicialmente, se reeditan en España, Espera la primavera, Bandini (Anagrama, 2001) y Pregúntale al polvo (Anagrama, 2001) habían aparecido, anteriormente, bajo el sello de la editorial Empúries en 1988 y 1989, respectivamente. Posteriormente la editorial ha completado la publicación de la tetralogía completa en su colección «Panorama de Narrativas», esto es, Camino de Los Ángeles (Anagrama, 2002)  y Sueños de Bunker Hill (Anagrama, 2002). En Ultramar había aparecido, en 1990, La cofradía de la uva, aunque su edición original data de 1977.
       John Fante había conseguido cierto éxito con sus dos primeras novelas escritas en 1938 y 1939, pero hasta 1982 no consiguió publicar Sueños de Bunker Hill y, tras su muerte, en 1985 Camino de Los Ángeles. Paradójicamente, esta última novela estaba escrita en 1933, cuando un joven Fante vivía en un ático de Long Beach. Llegó a terminarla, firmar un contrato con Knof, pero tres años más tarde, en 1936, reescribiría las primeras cien páginas, redujo su argumento original y le puso punto final. La novela no se publicó quizá porque el argumento, a mediados de los años treinta, resultó excesivamente atrevido. El personaje es Bandini, alter ego del escritor Fante que, en esta ocasión, vive con una madre viuda y su hermana Mona. La relación con ambas es tortuosa, aunque sobresalen las mismas inquietudes e intereses que posteriormente recreará Fante en el joven Bandini: su obsesión por abandonar el núcleo familiar, el sexo y su vehemente deseo de convertirse en un gran escritor. La acidez de esta novela, originariamente, escrita la primera contrasta con las entregas posteriores y esto y otros motivos esgrimidos por el editor norteamericano llevaron a que su autor decidiera abandonar su publicación y olvidarla en un cajón hasta que su viuda la rescatara del olvido en 1985, cuando se publicó, por primera vez, en inglés. La novela muestra ya el estilo seco y directo del Fante posterior, aunque, eso sí, su argumento resulta reiterativo y poco convincente. Sin embargo, resulta un escritor original, sarcástico, orgulloso, incorregible, que trasladó buena parte de su vida a las memorias de un adolescente que vive, junto a sus padres y hermanos menores, en un pueblo pequeño del estado de Colorado, donde se iniciará a la vida en una educación católica a la sombra de su madre y de las monjas de Instituto local para, posteriormente, abrirse camino y triunfar como escritor cuando, «transcurridas sus primaveras», inicie su huida hacia la cálida California para empezar a soñar con un futuro de éxitos que le llevaran hasta el mismo Premio Nobel. Arturo Bandini es el hijo de unos emigrantes que siente la humillación de sus raíces y lucha con el mismo odio que ve en un padre frustrado contra su incapacidad para ser incluido en el prometido aun que frustrado sueño americano y surge en él una soberbia esperanza de prosperar, cómo no, en la escritura un hecho que en la época representa dinero y, sobre todo, notoriedad. Pero en realidad, en su novela, Espera la primavera, Bandini, el protagonista es Svevo, el padre, un italiano emigrado, albañil sin trabajo que durante el duro invierno de Colorado pisotea la nieve y espera el milagro del sueño americano. Sobrevive para dar de comer a una familia cuyo primogénito Arturo se convierte en el testigo de todo un melodrama familiar del que solamente él aspira a una vida mejor, y además piensa hacerlo olvidándose de su origen italiano, rémora y obstáculo de una humillación de la que no quiere formar parte y que pronto convertirá, como en el caso del padre, en un fervoroso deseo de esperanza, aunque en igual proporción en una soberbia ambición, tras la que su tenacidad será su mejor opción. Al comienzo del libro Fante escribe, «Se llamaba Arturo, pero no le gustaba y quería llamarse John. Se apellidaba Bandini, pero quería que fuese Jones. Su padre y su madre eran italianos, pero él quería ser norteamericano» (pág., 28). 


    En Espera la primavera, Bandini, el novelista Fante, consigue escribir sobre una infancia amenazada y una sociedad clasista como la norteamericana y, sobre todo, consigue el dibujo de una abnegación del estigma religioso, preferentemente en la figura de la madre, María, sumisa y orgullosa, quien, día tras día, se «miraba la palma de la mano, llena de callos por culpa de la tabla de lavar, para darse cuenta de que después de todo ella no era norteamericana» (pág., 62). En esa secreta esperanza de conversión transcurre la novela en la que, en realidad, como afirma el propio Fante «todas las personas de mi vida literaria, todos mis personajes se encuentran en esta obra de juventud. En ella (...) sólo queda un recuerdo de antiguos dormitorios y el rumor de las zapatillas de mi madre al dirigirse a la cocina». Esta especie de autobiografía lleva al joven Fante a la necesidad de buscar el éxito en lo único que es capaz de hacer, algo que socialmente le otorgará el respeto deseado, la escritura o, en definitiva, llegar a convertirse en un escritor de éxito. Sólo a través de la literatura conseguirá dinero y fama para salir de la indigencia vivida en su niñez y en su juventud. Otras cuestiones de su vida pasada quedan vislumbradas en este libro, como por ejemplo, el primer amor, un tema que en su siguiente obra, Pregúntale al polvo, se verá sometido, igual que en esta primera obra, a su propio destino, en esa mirada crítica sobre el absurdo de una relación con la mujer amada que premonitoriamente  desembocará en tragedia.
       Pregúntale al polvo (1939), sorprendentemente, se convierte en la novela que le otorga a Fante el carácter de clásico dentro de la literatura norteamericana del siglo XX. En realidad, pretende ser la continuación de esa autobiografía ensayada en Espera la primavera, Bandini y quizá por eso, necesariamente, hay que leer ambos textos en su orden creativo, pero sobre todo, la segunda, revela la singularidad narrativa de un escritor capaz de mostrar la hostilidad social de una gran ciudad frente al ambiente cálido y pueblerino de la niñez narrada por Bandini. Es obvio que quiera verse en su literatura reminiscencias de la novela negra de la época, de Chandler y Hammett, con ese vertiginoso giro a la izquierda que propusieron estos escritores. El relato acentúa el entusiasmo juvenil de un aspirante a escritor cuando, sólo en medio de la gran ciudad, encuentra el tema para su gran novela, escribir sobre un personaje que ha conocido realmente, la extraordinaria y no menos extravagante, Vera Rivken, y, efectivamente, consigue el contrato de edición que le otorgará la fama definitiva. Arturo Bandini aún no ha dejado el lastre de su vida anterior y cuando concluye su primera gran obra se encamina a una iglesia y afirma: «Volví a practicar la oración. Fui a misa y comulgué. Hice una novena. Encendí velas en el altar de la Bienaventurada Virgen María. Recé porque se produjera el milagro» (pág., 181). Pero por encima del día a día del joven escritor, sobresale el concepto del amor, ese otro gran tema de la novela, ejemplificado en el personaje de Camila López, una camarera mexicana por la que, paradójicamente, llega a sentir a lo largo del relato, tanto desprecio como amor, a la que es incapaz de demostrarle sus verdaderos sentimientos, aunque como se desprende de su lectura, verá dibujado en ella su propia ambición hacia el éxito esperado, sobre todo cuando la joven, confusa, emprende su huida hacia otro hombre y hacia una nueva vida que se truncará, marcada por la época, en una desgracia, porque al final de la novela, el personaje de la joven Camila se perderá en el desierto, el único lugar donde uno descubre la soledad y donde todo sucumbe. El último párrafo está dedicado, precisamente, al desaparecido amor cuando Bandini, con un ejemplar de su novela en las manos le dedica a Camila unas líneas y afirma: «Me adentré con el libro en el desierto un centenar de metros, en dirección sureste. Lo arrojé con todas mis fuerzas por donde se había ido Camila. Luego volví al vehículo, lo puse en marcha y emprendí el regreso a Los Ángeles» (pág,., 205).


     Leídos todos sus textos resulta curioso que a John Fante o a Arturo Bandini no les haya ocurrido nada extraordinario en los casi cincuenta años trascurridos desde la redacción de Camino de Los Ángeles (1936) y Sueños de Bunker Hill (1982). Aún más, persiste en el narrador la idea obsesiva del aprendizaje y todas las miserias que debe arrastrar como escritor. En Sueños de Bunker Hill, la última novela que consiguió publicar antes de morir, el protagonista, Arturo Bandini, es ya un joven escritor que ha publicado algún relato y un productor de Hollywood le contrata para escribir guiones de esas películas que nunca le encarga. Permanece durante semanas sentado en un despacho y cuando colabora en un guión su trabajo está tan desfigurado que consigue retirar su nombre de los créditos. Bandini muestra en esta novela toda la estupidez y mediocridad que rodea al mundo del éxito. Fante desarrolla toda esa idea de sensación de peregrinaje y de desalojo que se vislumbra en sus novelas anteriores y consigue un excelente retrato en el que puede verse la tremenda tristeza que rodea a sus personajes, sobre todo a su alter ego. Para el escritor, la realidad parece corromper los sueños y éstos sólo se sostienen con la ilusión, como la que mantendrá buena parte de su vida el personaje Bandini que no es sino la otra cara de una misma persona en esa eterna ambición de convertirse en escritor con todas las miserias que conlleva el reconocimiento y la fama.    
       Los libros de Fante—en palabras de Bukowski—«están escritos con el corazón y con las entrañas y no hablan de otra cosa. La vida de Fante, —como la de tantos otros—, corrió un destino horrible aunque gozó de una valentía tan natural como insólita. Su forma de escribir y su forma de vivir contienen las mismas constantes: fuerza, bondad y comprensión». Algo que, indudablemente, se convierte hoy en un milagro capaz de devolver la autenticidad literaria a un autor de la talla de John Fante, cincuenta años más tarde, en pleno siglo XXI, con la perspectiva suficiente para señalar lo insólito y lo extraño de una escritura y con la fuerza necesaria para resistir durante tanto tiempo.

domingo, 12 de marzo de 2017

NUEVAS TRAVESÍAS



Phyllis & Gloria

       Sus poemas infantiles han acompañado a varias generaciones, pero Gloria Fuertes (Madrid, 1917-1998) fue mucho más que la autora de ese conocido, “Un globo, dos globos, tres globos”. Una mujer solitaria, feminista, lesbiana, comprometida, religiosa, enamoradiza, soltera, fumadora empedernida, motera (en los 50 circulaba en Vespa por Madrid), pacifista, castiza, y poeta, nunca “poetisa”, palabra que, como contó en muchos de sus poemas autobiográficos, no le gustaba, pero donde desnudó algunas verdades: sus amores, Manolo que fue el primero, su novio que se fue voluntario a la guerra y no volvió; importante, Carlos Edmundo de Ory, compañero literario en el postismo; con él intercambiaba versos, “¡Te quiero, aunque la vida no lo quiera!”; aunque el gran amor de su vida fue una mujer, Phyllis Turnbull, hispanista a quien conoció en la sede madrileña del Instituto Internacional, donde Gloria estudiaba inglés y biblioteconomía en 1953.
       Phyllis y Gloria permanecieron juntas quince años, la poeta nunca ocultó su lesbianismo, lo conocían sus amigos y, aunque en su obra habla del amor en general, a veces afirmaba, “me nombraron patrona de los amores prohibidos”. Phyllis le descubrió las becas Fullbright, y Gloria se convirtió, sin título alguno, en profesora universitaria de español en Estados Unidos de 1961 a 1963. La relación con Phyllis terminó en 1970, un año después murió la norteamericana. Gloria quedó devastada, adelgazó bastante y plasmó en sus poemas un dolor desgarrador, sería una pérdida más: “Todos los míos han muerto hace años / y estoy más sola que yo misma”, escribiría. Mientras celebramos su centenario, leemos Cangura para todo (1975) libro galardonado con el diploma de Honor del Premio Internacional de Literatura Infantil Hans Christian Andersen.