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lunes, 12 de febrero de 2018

Desayuno con diamantes, 133



TIERRA DE CINE

                           
        Tres nombres se asomaban, tímidamente, al panorama literario español de los años setenta, los de José Asenjo Sedano que publicaba Los guerreros (1970), Carlos Muñiz Romero, con Los caballos del hacha (1971) y el Llanto de los buitres (1971) y Julio M. de la Rosa, con Fin de semana en Etruria (1972). Los años sesenta y setenta proporcionaron, literariamente hablando, nuevas acuñaciones en el panorama cultural español, algunas tan gratuitas como boom, término genérico que se aplicó a aquello que supusiera novedad en el espacio literario y que ofreció una avalancha de narradores hispanoamericananos, fundamentalmente; pero de igual manera se acuñó un término parecido al conjunto de obras publicadas por unos andaluces que empezaban a sonar en el panorama narrativo y que fueron bautizados con el término de Nueva Narrativa Andaluza, aunque habría que apuntar que, en ningún caso, se trataba de constatar este hecho por significativo desde el punto de vista formal, estructural o temático. Salvo excepciones, pocos autores y pocas obras manifestaban, abiertamente, el compromiso social de una Andalucía castigada y como contrapartida, se potenciaba más un esteticismo heredado de los grandes clásicos que habían conformado el panorama narrativo durante siglos, casos de Delicado,  Alemán, Vélez de Guevara o Espinel o dos siglos más tarde, los ejemplares andaluces del XIX: Juan Valera y Pedro Antonio de Alarcón. El propio Asenjo Sedano apuntaba en 1971 que «es verdad que Andalucía es amplia y múltiple. Que existe una Andalucía del Este y otra del Oeste; una Andalucía del caballo y otra del peonaje; una Andalucía del Guadalquivir y una Andalucía de Sierra Nevada; todo esto es verdad. Y todo esto es muy importante a la hora de hablar de la Narrativa Andaluza».
        A propósito de su primera novela, Los guerreros (1970) afirmaba «contar las cosas con la misma intemporalidad y la misma simplicidad que mi pueblo viene contando sus historias. Esta novela será buena o mala, pero es mi parte (de la historia se sobreentiende) y una parte que mis paisanos han entendido y les has gustado. Se trata de una historia simple y llana, contada como lo hubiera hecho cualquiera de ellos». La crítica del momento hablaba de «una concienzuda aunque diluida metáfora de la realidad española»           
        Pese a todo lo expuesto y a unos treinta años vista del boom, en palabras de Manuel García Viñó, «hoy, todo ello, constituye un punto de referencia  insoslayable que obligó a escribir sobre narrativa escrita en el Sur», y dio origen, además, —como recoge José Antonio Fortes en su ensayo La nueva narrativa andaluza, citado—, a una abundante bibliografía que responde tanto a las razones políticas y económicas de Andalucía y en concreto a la situación de la novela, además del debate nacionalista de las Autonomías. Quizá hoy sí estemos en disposición de hablar de una mejor perspectiva del panorama literario andaluz sin que tengamos que aferrarnos al fetiche de un nombre que acaso se circunscriba a si resaltar si ¿existe o no una nueva narrativa andaluza? Existen un buen puñado de autores, que escriben  desde la perspectiva de la memoria, de su espacio físico y geográfico, con temas de su tierra y con técnicas que se inscriben en la línea de la mejor narrativa que se publica hoy en el marco de la narrativa española actual.
        La mejor constatación de lo expresado se muestra en la extensa obra de un escritor como Asenjo Sedano que, a lo largo de la década, continuaba publicando en 1973, Crónica, en 1976 El Ovni y conseguía, merecidamente, en 1977 el prestigioso Premio Nadal por Conversación sobre la guerra. Alguien ha afirmado que, junto con Eran los días largos, de 1982, se trataba de una prolongada reflexión sobre la guerra para, de alguna forma, dejar traslucir su profunda preocupación sobre la paz. En realidad, Asenjo, texto a texto, irá afianzándose en el panorama narrativo español del momento y pondrá en marcha una serie de historias que poco importa que sean de corte histórico, pero sí lo suficientemente objetivas, documentadas, rehechas, basándose, fundamentalmente, en la narración de los hechos y sobre todo a base de recuerdos y de cosas contadas. 
        Asenjo Sedano se integra, inicialmente, en esa llamada «Generación inocente», ese grupo de escritores que convierten las experiencias que tuvieron durante la guerra civil, siendo niños, como uno de los motivos centrales de su obra. Hay que apuntar que el escritor consigue ver la guerra civil española desde un punto de vista estrictamente literario, incluso consigue ir más allá en su obra siguiente, Eran los días largos de 1982 relatando, con  maestría, la pobreza  material y espiritual de la posguerra. A dos geografías que conoce bien José Asenjo pertenece su siguiente libro, aunque no sea en el orden de su aparición en su bibliografía. Habrá de dejar de hablar de algunos libros por no ser excesivamente prolijo: me refiero a Indalecio el Gato (aparecido inicialmente en 1983), una novelita corta que se sitúa en la Almería de postguerra y cuenta la crónica de un crimen. El volumen se completa con Gadeira y Ana Emérita Kerkade situadas en un Cádiz, fantástico y mágico. El escenario de su tierra granadina vuelve a recrearse en Joan de Dios (de 1988) el relato épico más lírico que he leído sobre la figura de este santo de los pobres granadinos. El autor declara su deuda con este personaje desde niño, aunque siempre ha considerado que no le fue fácil indagar en el alma de quien, con su santidad, fue capaz de conmover la conciencia de una ciudad y lo referente a cuestiones sociales tan vigentes aún hoy día.
        La historia de España está salpicada de personajes que, de alguna manera, contribuyeron a formar la intrahistoria de este país y así Asenjo Sedano cuenta en su siguiente novela El año de los tiros (1990) la historia de los hechos más significativos de la revolución de Cádiz de 1868, en boca del personaje Juan Francisco Llovet, hijo de una familia de librepensadores. El libro muestra la generosidad del pueblo gaditano para con sus héroes. Dos años más tarde conseguía ser finalista del Premio Andalucía de Novela con Papá César, el último naviero (1992), de nuevo la recreación de la bahía de Cádiz y de un singular habitante de la misma, Jacome Giorno, que se convertiría en el más floreciente naviero de toda la provincia. Y como de premios estamos hablando en la primavera de 1999 nos regalaba una nueva obra que conseguía el Premio Tiflos de Novela, organizada por la  (O.N.C.E); la novela es Memoria de Valerio (1999), la historia de Pía del Cid y el retrato de una Granada decimonónica que arranca con el entierro de Ángel Ganivet. El resto son toda una suerte de historias para contar desde Roma la vida de unos seres salpicados por la sombra del fascismo italiano y la figura del Duce, sobre todo en su protagonista Valerio. Otros personajes como Curzio Malaparte se asomarán en estas páginas que demuestran que la prosa de Asenjo Sedano sigue teniendo la misma fuerza de siempre. Historias del exilio (1995), recoge nueve cuentos de muy variada factura que se ajustan, perfectamente, al concepto esbozado. El autor declara que la serie referencia personajes más o menos ficticios, que bien hubieran podido ser parte de alguna de sus novelas anteriores y que por oscuros motivos, se han convertido en exiliados de su mundo narrativo. Ocurre así que, alguno que otro de los temas aquí esbozados, recuerdan a otras páginas publicadas por Asenjo Sedano de sus nueve obras narrativas extensas. Con Cuentos meridianos (1999) vuelve a repetir en su ya densa obra narrativa, ese concepto que viene ensayando el escritor y que ahora se traduce en catorce relatos de los que da referencia, él mismo, en un pequeña introducción. A excepción de dos cuentos, el resto habían sido publicados  anteriormente. Es esta una práctica común en la narrativa española contemporánea, recoger textos dispersos que de alguna manera ya no se encuentran disponibles y que facilitan así al lector su posibilidad de volver a leerlos. Esto no importa mucho si consideramos el libro como un conjunto en el que, por partes iguales, el corazón del escritor se encuentra dividido entre la ciudad de Almería, su tierra de adopción, y Cádiz, el paisaje de su juventud y aprendizaje.
        Los relatos participan de ese concepto esgrimido por el autor desde siempre, «contar las cosas con la  misma intemporalidad y simplicidad que las había venido oyendo en su tierra natal». Sus vivencias personales se trasvasan a su obra narrativa, aunque con el tiempo, es verdad, que su escritura se ha estilizado, tendiendo a una sosegada y laboriosa investigación para crear, poetizando y metaforizando, sus planteamientos literarios. Pero sorprendentemente, las historias reunidas en estos volúmenes de cuentos, si bien participan de todos los procesos apuntados, por primera vez se concretizan, viéndose obligado el autor, a determinadas  pautas de actitud y aptitud que, en general en su obra, han ido cambiando con el paso del tiempo; aparece, pues, una temporalidad manifiesta que obliga al novelista a ser concreto y a exponer de forma pormenorizada cuanto ha de describir, porque en poco más de tres o cuatro páginas, en algunas ocasiones más, se somete a una expresa concisión, como única y verdadera característica de ese relato que venimos definiendo. Hay, pues, referencias a un pasado alejado y cercano donde, nuevamente, la infancia y la niñez son los protagonistas de la historia contada, caso del cuento, «Exiliado»; de nuevo la visión de la vejez, con lo que este concepto supone en la obra del accitano, en «Mamá» o un ajuste de cuentas con el pasado y el presente, cercanos, que traspasa la frontera de la realidad para convertirse en visión onírica o fantasmagórica en esos relatos, dotados de un halo de misterio, como ocurre en «La extraña presencia», «La marisma» o «La maleta gris»; testimonio de la presencia activa de un escritor comprometido con su tiempo, capaz de llevar a las páginas de sus libros las lacras de la sociedad en la que vive, puesto que por sus historias desfilan temas como el amor, la vida o la muerte, además de la envidia, el odio, o la miseria mismas.
        Los textos escritos en Historias del exilio oscilaban en el amplio período que va entre 1979 y 1992, y no se concretizan, en modo alguno, en determinadas situaciones ni se localizan geográficamente, a excepción del titulado «Tiempo después», que el autor aclara, bien pudiera ser el epílogo a su novela corta, Indalecio el Gato, desarrollado en la ciudad de Almería. Y los textos de Cuentos meridianos se localizan, algunos de ellos entre 1972, «La corná», y 1997, «Lo que quisiste decir», la mayoría de los primeros en la ciudad de Cádiz y los segundos en la de Almería; hay otros, sin embargo, sin fechar. Desde diversas perspectivas técnicas, estos relatos sobresalen por su capacidad de transcribir un lenguaje popular, a veces escatológico, de profuso humor, capaz de fundir paisaje y personajes que, históricamente, se sostienen en el tiempo por la magia de una literatura singular, propia.
        El novelista Asenjo Sedano nos sorprende con una nueva entrega, Oeste (2003), la novela del desierto, como él mismo ha pretendido definirla, la historia y vida de un centenar de extras anónimos que hicieron posible el cine en Almería, un tiempo fantástico cuya proyección universal llevó el nombre de la ciudad y la magia de sus paisajes hasta las butacas de muchas de las salas de cine de todo el mundo. Oeste se inicia, en realidad, con la reconstrucción de parte de la vida de uno de esos actores extras, Juan Peñuela, alias el Patas Largas, y de su participación en la extraordinaria producción de Mr. Henry Master, un director innovador, que quiso crear esa nueva frontera del Western denominado «Oeste de Almería»; una idea que se le ocurrió al cineasta cuando conoció a Patas Largas y lo vio moverse con descaro ante sus cámaras. Esta es la trama que justifica todo el repaso a una época: los felices 60, además, de aportar toda una amplia información sobre los paisajes de Almería, la magia de su luz y los escenarios naturales que deslumbraron a una de las industrias más importantes del siglo XX: la cinematográfica. Pero, además, en la novela se recrea la Almería real y la de leyenda, con sus escenarios naturales y ficticios, con la imagen que los hombres de cine se llevaron de esta tierra. Al hilo, y estructuralmente, hablando, el joven periodista Silvano Mestre Domingo, realizará unas prácticas sobre el rodaje de la película Oeste y de los acontecimientos en torno al rodaje de la misma, incluida la extraña muerte del sheriff Jim, alias Patas Largas, un suceso ocultado durante años y que mucho tiempo después se pretende investigar para dar luz al asunto.
        Asenjo Sedano es un hábil narrador que ha sabido hilvanar en un solo ovillo las historias que se entremezclan en su novela: la historia humana de Juan Peñuela, uno de tantos pobres olvidados, los avatares del rodaje, fragmentos del guión de la película, los testimonios de amigos y conocidos del desaparecido sheriff, la investigación periodística del sagaz reportero, y sobre todo la atmósfera creada que confunde realidad con ficción cuando sus personajes deambulan por Rancho Texas, La Rambla o Tabernas City. En la estructura narrativa de la novela se superponen los planos que Asenjo Sedano ha ido escribiendo para dar coherencia a la historia, incluso se atreve, al final de cada capítulo, hasta un total de 29, con una pequeña descripción sumamente poética del espacio con el que ha convivido el escritor en los últimos treinta años de su vida. Así podemos leer: «¡El desierto! A través del cristal, era un loco y ondulante vértigo... Una acechante tentación, un continuo soplo de palabras... Viento... viento... viento... Un rumor, una tragedia, un misterio... Un cielo azul, azul, azul... También es la crónica social de una Almería tan romántica como paupérrima, aunque repleta de las ilusiones que muchos de sus habitantes soportaron hasta llegar a nuestros días, cuando repuesta de aquel pasado se abre a la mar y se adorna con las galas de una ciudad mucho más cosmopolita. Por las páginas de Oeste desfilan muchos de los extras del cine cuya inmortalidad quedó patente en las producciones de Leone o Lean, unidos a los nombres de míticas estrellas como Bardot, van Cleef, Kinski, Eastwood o Quinn y, también desfilan por sus páginas, los nombres de los contertulios indalianos: Perceval, Cantón Checa, Cañadas... El joven periodista viajará por los espacios naturales de Almería y recreará, en su relato, la nostalgia de un pasado repleto de figuras unidas y cercanas a la ciudad y al novelista, Bartolomé Marín, Pepe Andrés, el Padre Tapia o los más cercanos en el tiempo, rémora de ese otro pasado de esplendor y que hoy forman la intelectualidad de Almería moderna: Ceba, Nicolás, Egea, del Águila, Pérez Siquier, personajes reales que se congregan para festejar el espectáculo del cine del pasado, la memoria del extra desaparecido y, por consiguiente, la recuperación de una gloria viva. Al terminar la novela, el escritor, se permite un guiño final, cuando uno de los personajes, a punto de subir a un tren que lo llevará de vuelta a la realidad de su trabajo, le entrega un sobre con el nombre del asesino de Peñuela que no ha conseguido arrancar de muchos de los conocidos del extra, porque sin terminar sus pesquisas, contrasta que podía haberse tratado de un auténtico asesinato. Pero el joven, con miedo y más miedo, que era lo que, una y otra vez, le repetía su corazón, no quería cargar con el peso de ese nombre escrito, y haciéndolo trozos y más trozos, pequeñísimas partículas de papel, se dijo que, ese fantasma pertenecía, sin duda, al desierto...      

José Asenjo Sedano, Oeste; Almería, I.E.A., 2003; 289 págs.

domingo, 11 de febrero de 2018

Hoy tomo café con…



Paula Izquierdo: “Sólo se puede escribir desde la frustración o el conflicto, muchas veces he dicho que la felicidad se escribe con tinta transparente”.

       Paula Izquierdo (Madrid, 1962) es psicóloga de formación, lleva veinte años dedicada a la escritura. Ha publicado las novelas La vida sin secreto (1997), El hueco de tu cuerpo (Anagrama, 2002), La falta (2005), El nombre no importa (2010) y El diario oculto de la princesa de Éboli (2016);  el libro de relatos Anónimas (Seix Barral, 2002), y ha participado en las antologías, Páginas Amarillas (1997), Lo del amor es un cuento (1999), Lo que cuentan los cuentos (México, Eón, 2001), Lavapiés  (2001), Ni Ariadnas ni Penélopes: quince escritoras españolas para el siglo XXI (Castalia, 2002), entre otros. Autora, además, de los ensayos, Cartas de amor salvaje(s) (Aguilar), Picasso y las mujeres (Belacqva), Sexoadictas o amantes (Belacqva, 2007).
       El callejón de los silencios (2017), su última novela, ha obtenido el X Premio Logroño de Novela.



¿Sigue usted, irremediablemente, esposada al tiempo?
       El tiempo es el reloj que marca nuestra vida. De todas formas, cada novela que he escrito el tiempo discurre de forma distinta. En “El hueco de tu cuerpo” el tiempo narrativo es un amanecer, en cambio en el “El Callejón de los silencios” el tiempo dura un curso lectivo. Pero, sí, el tiempo es una obsesión en casi todos mis novelas, es maleable y depende de lo que quiero contar va más o menos deprisa.

De alguna manera existe un profundo sentimiento de frustración en sus historias, ¿sigue estando presente esta sensación en su narrativa?
       Entiendo que sólo se puede escribir desde la frustración o el conflicto, muchas veces he dicho que la felicidad se escribe con tinta transparente. Si no hay un nudo no puede haber un desenlace.

Con el paso del tiempo, y desde su primera novela, La vida sin secreto (1997), ¿cómo ha evolucionado su perspectiva narrativa?
       Bueno, este año se cumplen 20 años desde que me decidí a dedicarme profesionalmente a escribir. Desde luego he ganado en seguridad y en conocimiento. Sin embargo, si comparamos el parto de un libro con el parto de un hijo, es cierto que cada uno es distinto, y no sirve de nada la experiencia, lo único es que cada vez es que procuro que cada uno sea un reto nuevo, más riguroso complejo.

¿Su profesión como psicóloga ha determinado una historia como El callejón de los silencios (2017)?
       Mi carrera universitaria ha sido muy útil. Aunque cuando decidí estudiar psicología no tenía intención a dedicarme a la literatura, es cierto que consigo que los personajes sean verosímiles y cobren vida gracias al conocimiento que me proporcionó el conocimiento de la condición humana.

¿Podemos considerar que su novela es, inicialmente, un homenaje al papel de la mujer en la Historia?
       Como he dicho, esta novela es la más compleja que he escrito, he tardado casi cuatro años, los temas se entrecruzan, como las tramas y los sentimientos amorosos, la envidia, la traición, el deseo y, por supuesto, es también un grito de aquellas mujeres que tuvieron que huir de la guerra civil y pusieron por el delante el talento de sus compañeros intelectuales al suyo propio, de ahí, que no hayan pasado a la historia, ni prácticamente ninguna se haya consagrado como poeta, ensayista o narradora.

Un arranque traumático determina, en algún sentido, el resto de la historia de Mirna, ¿casualidad o se trata un determinismo prefijado?
       Es un guiño al lector, quien toma las riendas de la historia desde el principio, porque al estar contado desde un punto de vista omnisciente sabe mucho más que los tres personajes principales tanto de ellos como de los otros dos.

¿Un personaje como Mirna se construye mirándose una misma en el espejo?
       No, a medida que uno se dedica a la literatura es capaz de irse separarse de sí mismo y mirar la vida, eso sí de una manera sesgada. Yo no soy Mirna, aunque ambas hayamos estudiado psicología.

Patológicamente los tres personajes Esteban, Ernesto y Mirna van complicándose a medida que avanza la historia y su relación con el mundo de la psicología, ¿existía la necesidad de articular sus conductas para determinar el sentido último de la novela?        Absolutamente, aunque el tema principal de la novela es la traición sólo con estos tres personajes podía construir las complejas relaciones humanas que se producen en la sociedad.

¿Debe sentirse el lector identificado con algunos de los trastornos que encabezan cada capítulo El callejón de los silencios, o resulta un mero recurso narrativo?
       En realidad, pretendía que el lector se adentrara en las enfermedades mentales y patologías que nos amenazan a todos y que pululan en la sociedad más de lo que imaginamos.

¿La tercera persona le sirve para alejarse y propiciar ese doble juego que se desprende de lo narrado?
       Efectivamente, una de las primera decisiones después de saber qué hay aquello en la vida que te quita el sueño, que te preocupa, en este caso la traición, la segunda decisión trascendental es decidir desde qué punto de vista vas a contar lo que quieres contar para conseguir tu propósito; en este caso que el lector sepa mucho más que los personajes.

¿Con Mirna consigue usted darle visibilidad a la legión de mujeres anónimas del pasado y del presente?
       En cierta medida, pero aunque hemos hecho que se nos oiga la voz de la mujer hoy en día en el arte y en la creación en general es prácticamente un susurro.

¿La historia necesitaba realmente un triángulo amoroso?
       Obviamente, este triángulo me ha permitido demostrar que nunca o casi nunca estamos satisfechos con lo que deseamos, es decir, que difícilmente nuestros sentimientos amorosos son compartidos.

¿Ha conseguido usted salir de ese callejón de los silencios?
       Bueno, he terminado un ensayo (como hago siempre después de escribir una novela, ya que me quedo vacía creativamente hablando, he escrito un ensayo titulado “Las heridas de la escritura” y un libro de relato “Vidas truncadas”. Contestando a su pregunta y siguiendo mi pauta de actuación literaria. La novela que estoy empezando a pergeñar podría terminar llamándose “Lo nunca pronunciado” o “He callado hasta hoy”. Un escritor, como sabes, lo es las 24 horas del día, de ahí que me surjan ideas permanentemente, aunque luego sólo sean un germen del resultado final.

¿Y de esa fatalidad que desprende esta novela El callejón de los silencios? ¿No es así la vida en un gran número de ocasiones?
       Es un juego del destino. De ahí el subtítulo de la portada: Hay veces que conviene decir las cosas cuando las piensas o hacerlas cuando se tiene oportunidad, por si la parca te atrapa visitándote de inesperada.


viernes, 9 de febrero de 2018

252.000




Gracias…


Manuel Jurado López



me gusta…



UNA FALSA INOCENCIA
       El escritor Manuel Jurado López (Sevilla, 1942) cuenta las historias con esa maestría que se le supone al narrador de oficio y de vocación. Autor hasta ahora de una extensa obra narrativa con títulos tan significativos como Memoria de la tierra (1982), Trístula (1985), Las pirámides de sal (1990), Manuscritos de Berlín (1993), Relatos de Taifas (1994) o El bebedor de Bourbon (1995), entre otros. Su anterior novela  Los territorios del aire (2001), construye una relación amorosa con una carga erótica que no empaña la auténtica visión que el autor quiere otorgar al tema. Las historias de amor tienen esa autenticidad que también se les otorga a las cosas cotidianas y se supone que, en el amor, como en esos otros sentimientos humanos, la visión literaria expuesta puede llegar hasta límites insospechados.
       El bereber (2003), Premio III de Novela Corta de la Diputación de Córdoba, es una narración que resume en buena parte una pasión fabuladora repleta de episodios variados, de relatos intercalados o de ramificaciones argumentales que darían lugar a otras historias. El relato incluye personajes pintorescos y recupera algunos mecanismos de la tradición oral puesto que se trata de contar la historia de Baschir Mzoudá, el Bereber, desde su tierna infancia hasta su adolescencia, para así recuperar esa fascinación del lector por la buena literatura. Mezcla, pues, Jurado López, hábilmente, elementos de la novela de aprendizaje, de la novela erótica, de la novela picaresca e incluso de la novela de viajes. La diversidad de materiales utilizados obligan al escritor sevillano a plantear un relato marcadamente sentimental, pese a todo, porque el destino dirigirá la vida de su personaje principal a lo largo de la historia para así justificar la trayectoria de una existencia en la que la infancia y la adolescencia juegan un papel muy importante. La belleza de este relato reside en la identificación del autor con la voz que narra, incluso el propio lector participará de este recurso. El niño Baschir vivirá una infancia desolada, verá como el padre muere reventado por el esfuerzo de transportar una nevera hasta su casa, como su madre después irá recibiendo una legión de hombres y un día alentado por Hakim, el contador de historias, abandonará su hogar para iniciar un viaje cuyo resultado más inmediato confundirá al muchacho entre la realidad y los sueños. Una vida idílica junto a Madame Daventure, mágico personaje, que lo acogerá durante un tiempo en su casa, primero como madre y como maestra, con quien vivirá la realidad de una adolescencia feliz y alimentada por una espléndida relación sexual iniciática que transportará al muchacho al mundo del amor y del sexo. Después comprobará cómo la vida de todo marroquí viene determinada por las luces peninsulares que se divisan desde la cercana Tánger a donde ha llegado buscando un nuevo destino.
       Baschir iniciará, así, una nueva etapa de su existencia, ahora de la mano y bajo la protección de otro mágico personaje que se incorpora al relato, el poeta Luis Quevedo, extraño habitante de Pozo Amarillo, paraje situado en las inmediaciones de Sanlúcar, a donde recala el joven marroquí desde las arenas de Punta Camorro, en Algeciras, en su búsqueda del lugar que su Madame, Aicha Ben Issa, le había sugerido poco antes de separarse. El Bereber se sumergirá en un nuevo sueño bajo la protección del excéntrico poeta y durante un tiempo ambos sus almas se unirán conviviendo y apartados del mundanal ruido de la cercana ciudad para iniciar la continuación del aprendizaje de la vida que le brinda su nuevo maestro. El resto de la novela determinará el destino final del joven pícaro envuelto, en los últimos capítulos, en una red de clubes de alterne y de prostitución que completarán esa iniciática instrucción. Una nueva situación que lector supondrá determinarán su futuro, aunque no completan la visión final que sobre el protagonista de su relato, el ingenuo joven bereber, siente ante esa idealización de las relaciones humanas percibidas hasta ese momento. La historia de Baschir Rekab queda al margen de esa visión de crueldad que el novelista le otorga a la sociedad porque el amor no siempre disculpa y altera la naturaleza humana y la locura de nuestro tiempo se muestra como la transgresión a ese realismo que evidentemente no está de moda.




EL BEREBER
Manuel Jurado López
III Premio Novela Corta
Córdoba, Diputación, 2003

jueves, 8 de febrero de 2018

Hoy invito a…



Angelina LAMELAS



RETRATOS DE MUJER
                                               
Descubriendo a Fraile
       En 1972 leí los "Cuentos de verdad" de Medardo Fraile  por primera vez, y recuerdo que a media lectura y cuando cerré el libro, dije la palabra sutil como si yo  hubiera descubierto esa cualidad de Fraile. Me puse contenta con mi  apreciación, tan literaria. Seguramente pensé que escribir cuentos  me daba silla de platea para ver lo que a otros podría escapárseles. Sutil... Ahora sonrío cuando leo críticas excelsas de su obra, que en algunos casos son verdaderas tesis, y me encuentro con la Sutileza como si fuera  alguien de la familia. Que no, que yo no había descubierto nada. Lo han dicho todos: Melchor Fernández Almagro, Gaspar Gómez de la Serna, Pilar Palomo, Rafael Conte, Sanz Villanueva, José María Merino, Ángel Zapata, Pedro M. Domene, Ángel Basanta, Hipólito G. Navarro, Ángel Vivas... Si;  lo han dicho todos o se nota que lo han pensado, pero yo no me resigno a silenciar una palabra que sale sola cuando se habla de este escritor. Porque sutil es el  que hace caminar  a sus personajes por un sendero que no está trillado,  el que sugiere con un silencio, una mirada, un roce, una tos;  el que encuentra la palabra que se ajusta sin apretar,  el que avanza un poco más en el laberinto de las pasiones humanas y no se jacta ni empacha al texto con su clarividencia y su estilo; el escritor que nos trae y nos lleva prendidos al hilo de su singularidad.
       Releer a Medardo Fraile es vislumbrar en cada lectura prismas nuevos. Lo supe muy pronto. Capté esta sensación como quien atrapa un rayo de luz  y no quiere abrir la mano del todo para que no se le escape.  Había leído el mismo cuento en Madrid, en Santander o en Buenos Aires, traqueteada por un tren o mecida por un barco, a la sombra de los jacarandales  o frente a un eucalipto desmelenado, y me ocurría que en cada  relectura de los cuentos de Fraile me llegaba un matiz nuevo, un quiebro en la sugerencia, una posibilidad de caja rusa. Era como seguir el curso audaz de un río que no siempre tuviera ganas de desembocar en el mar.

Retratos de mujer

       Decir que Medardo Fraile conoce muy bien a la mujer no es ir demasiado lejos en el camino de la apreciación, porque todo buen escritor debería moverse con soltura entre el género humano. Masculino y femenino singular. Pero  Fraile es  capaz de percibir y palpar el valor de un suspiro, el vuelo de un pensamiento, las posibilidades de un pestañeo, la falta de un trozo de sábado...  Para saber tanto de las mujeres, Medardo ha tenido que escucharlas mucho, mirarlas mucho. De lejos, de cerca, a media distancia. Y quererlas  también. Y desquererlas, pero nunca olvidarlas.
       Cuando en 1954 asoma por primera vez su talento narrativo con "Cuentos con algún amor", sus protagonistas son estudiantes, criadas, amas de casa, empleadas...; la Carmencita de "Mecanógrafa o reina", la novia de "El álbum", la mujer enferma del vendedor de  "espuma", Pilar, que  sería capaz de levantarse de la cama si supiera que el marido está comiendo sin pan. Mujeres reales, tocadas siempre con la maestría medardiana, entre el misterio  y un realismo lírico bien diferenciado. Medardo Fraile no se parece a los amigos cuentistas de su generación; a  Ignacio Aldecoa, Carmen Martín Gaite,  Fernández Santos... Fraile se parece a Fraile, y hasta  da la impresión de que a Fraile puede sorprenderle Fraile. El don prodigioso.
       Con su alejamiento físico de España en el año 64, la mirada del narrador se fija en algunas mujeres que no habían estado  antes en su ángulo de visión, sin olvidar nunca a las que se le cruzaron en Madrid, Úbeda o Toledo. La diferencia arranca en el "Prólogo o historia con una Miss", una delicia tan inolvidable como la tos borrada en una grabación. Medardo lee un cuento y la mujer le interrumpe porque el escritor ha tosido. Y él no protesta, aunque piensa: Pero es el caso de que yo no aspiro, ni he aspirado nunca, a ser infalible: yo quería mi tos. Pero Miss M. era olímpica... En esos puntos suspensivos pudieran estar los pasos hacia mujeres con nieblas y algún sombrero.
       No sólo  la distancia y la niebla son las causantes de varios cambios en la elección de personajes, ni en su tratamiento.  También la vida, con el paso y el poso del tiempo,  va marcando el devenir de Fraile. Aparecen algunos  signos de destemplanza, y el humor adquiere grados de acidez.  La ternura rebrota en la esquina de un cuento, aunque a veces se va de vacaciones. De la chiquilla que fue reina de la oficina, a Mrs. Morton de "Mientras cae la lluvia" hay más distancia que desde España a Inglaterra. A lo mejor,  como don Rosendo,  de "Descubridor de nada", Medardo ha salido a dar una vuelta por unos lugares que no son los suyos.

       Pensó en ella; no dejaba de "sentirla". Pensó en ella con lejanía y tristeza. Paula estaría ahora en una casa que por fuera se parecía a otras muchas, como cualquier mujer en su quehacer anónimo en este día gris, muerto. Paula, a cada instante se alejaba como un tren querido y pequeño por un túnel. Un tren que parece jugar y mirarnos mientras se aleja y que no volverá. Sus ojos intensos, claros, eran los farolillos de cola, su presencia, cada vez más lejana, la última prueba de que pasó.
      
       Como  vemos alejarse en la narrativa de Fraile a la real hembra de "Tregua", la que Iba por el paseo abajo.  Medardo sigue su paso con mirada experta y frase imborrable: Su cuerpo oscuro, cimbreño "se lo iba haciendo a la noche".
       El penúltimo cuento, "La carta" es la recreación de una atmósfera; la del desgaste de la convivencia y los achaques de la edad. La pérdida de las gafas, el plátano a deshora, la visita de la vecina, la carta empezada, el desembarco en Normandía por la televisión, la carta sin terminar, el sopor... Pero ella está allí con su camisón de flores, y él se  duerme mirando las flores.       
       De los ciento treinta cuentos que ha escrito Medardo Fraile,  y que ya están felizmente juntos en "Escritura y verdad " de la editorial Páginas de Espuma,  sólo hay  veinte o veinticinco en los que no aparece la mujer. Esto resulta muy normal y lógico, porque la vida es cosa de hombres y mujeres, y si hago esta aclaración es para que se comprenda  que yo no voy a hablar de las ciento y pico mujeres que pueblan sus cuentos. Me voy a detener en algunas; y  tendré que silenciar a otras que también son significativas en la obra de Fraile. Vienen aquí, de su mano, y yo he querido que se oyera la voz y la respiración del autor.
                                      Micaela   ( De "El retrato")

       Todos los años, en el aniversario de la muerte del señorito, Micaela asiste a la misa que se dice en su memoria. Micaela es la fidelidad al recuerdo, la persistencia representada en esa fotografía del señorito, que está allí, en el rectángulo de una pared. Es de esas mujeres que vienen de frente. De raza.  El narrador la sigue mientras Micaela madruga para ir a la misa y se arregla con los pequeños ruidos de una mujer discreta, acostumbrada a pensar en los demás.

       Micaela se incorporó en la cama y encendió la luz. La casa estaba en silencio: en el despertador eran las siete. Apagó la luz y se levantó. Damián dormía. Detrás de la puerta, Micaela comenzó a vestirse. Se oía su respiración, a veces entrecortada, mezclada con pequeños ruidos que producían los botones, el roce, las uñas. Eran sonidos flotando en un silencio recatado, oculto; un silencio blando, tentador, como la carne honrada de la mujer que iba vistiéndose. Cuando ella andaba o se vestía, era una mujer la que se vestía o andaba.

       Medardo  nos adentra en la naturalidad y en los sentimientos de Micaela. Y  se queda en la habitación para captar en la oscuridad los roces y los sones femeninos.  Botones, uñas,  telas. Le dedica un comentario que vale por un certificado de calidad: Cuando ella andaba o se vestía, era una mujer la que se vestía o andaba.  También a Luisa, la hija, en el fondo, le gustaría ser tan natural como ella. Luisa es menos honda, más desarraigada, y está más preparada. Ella es la que consigue  que, al cabo de los años, ya no quede ni sombra del señorito en las paredes de aquella casa. Pero Fraile nos lleva al encuentro de su rastro en la memoria de Micaela, "cada día más oscura y titubeante, más débil y apagada."  Es la fidelidad, que anda entre las páginas de "El retrato" aromando el alma y el cuerpo de Micaela como un puñado de romero, el agua de colonia o unas hojas de albahaca.                 
                                         Carmencita  ( De  "Mecanógrafa o Reina" )

       A mí lo que me gustaba de Carmencita era cuando aparecía en una puerta, miraba, decía "Hola" y se volvía sin entrar, como si algo se le hubiera olvidado o hubiera ido a mirar Dios sabe qué. Entonces, sí. Entonces era para comérsela, porque ella tenía su mundo: un mundo muy personal.

       Lo que cuenta Medardo Fraile de Carmencita es mucho más sugerente que  hablar de sus ojos, de sus labios o de sus piernas. Más gráfico también. Llega, se asoma y se va. Tres tiempos en los que el encanto de la muchacha está presente y en movimiento. Fraile deja suelta la imaginación del lector. No es un retrato impresionista, desde luego.

       La verdad es que, en tres años que estuvo, hizo de la oficina una pecera, en la que nosotros, los peces grises, admirábamos con orgullo a aquel pez de colores que se dignaba estar  ocho horas como todos  y ganar un sueldo como los demás. Era un bonito pez, de carne jugosa, larga y de limpio color, al que, descuartizado, se hubiera vendido a buen precio, pero con pena.

       La voz narradora es la de uno de los compañeros de la oficina. A veces utiliza el plural para seguir la peripecia de aquella chiquilla que estimuló la imaginación de todos. También él es un "súbdito" que aspiró a más, pero con los pies en la tierra, y supo admirarla con altruismo y alegría. Y convierte a la oficina en una pecera  y a Carmencita en un pez de colores que se cruza con los peces grises, que son todos los demás. Jugosa y larga es la carne de la muchacha;  lo que equivale en este retrato a deseable y escurridiza.

       ...Como compañeros, dentro o fuera del trabajo, lo que quisiéramos, pero nada más. A lo mejor estabas en el cine, por ejemplo, y se te ponía en la cabeza que la chiquilla era para ti.  Ella entonces se te quedaba mirando de tal forma que tú sabías que estabas haciendo el indio, y ese momento de duda era el que aprovechaba ella para decirte:
       — No lo estropees, hombre. Eres un compañero y nada más, y por eso he venido al cine contigo. Es una tontería. Estáte quieto.

                                        Flora y Martita ( De "Un juego de niñas" )

       Vivían solas, inundadas por la luz beatífica de la soltería, a veces suspirante, a veces rara.  Tenían ahorrillos, acciones en Explosivos y en la Tabacalera, valores en papel de Estado, rentillas de parcelas y pequeñas casas. Comían frugalmente, demostraban primor con las cintas, los hilos y las telas; eran blancas de piel, cepilladoras, y usaban en su limpieza clara, agua, jabón, colonia y polvos, y alcohol de romero, algunas veces.
       Su único capricho era tener luz, un poco más cada día. Luz para que el pelo brillara, para que fulgurasen los ojos como a los veinte años, para hacer jerséis y vendérselos a los marineros o regalárselas a los niños, para leer los titulares de los periódicos, para ver en las revistas fotografías del Santo Padre, para apreciar sin error las  abejas y los patos en los cuadernillos de punto de cruz.

       A Flora y a Martita no sólo les ilumina la luz artificial. Ya lo dice Medardo cuando escribe sobre la luz beatífica de la soltería, que es en este caso la  luz de la inocencia abarcadora y encendida.  Las dos hermanas andan por el cuento a pasitos cortos y brillantes. El escritor  apenas las separa, como si estuvieran unidas por el mismo resplandor. Flora y Martita o Martita y Flora son el bloque de la fraternidad. No dieron a luz hijos propios, pero fueron añadiendo tintilanes a la araña del salón, hasta hacer de la luz su única  ilusión.  Hace muchos años, Martita tuvo un novio, y lo dejó  porque ella no quiso entrar en un portal oscuro, por el que había que pasar, al parecer, para tomar café y galletas con una tía del novio que se había empeñado en conocer a Martita.  Y el portal oscuro en un cuento tan luminoso, resulta un motivo claro para dejar un noviazgo.
       Medardo Fraile focaliza su atención en el brillo de ojos, pelo, adornos, agujas de hacer punto, hebillas, pasadores de pelo, gargantillas  de raso ..., que acompañan la peripecia vital de estas mujeres, y nos las deja brillando en la memoria, lo mismo que ocurrió a su muerte:                                             

       A Martita, cuando la enterraron, le duró más que a Flora su luz: veintidós días más. Y salía de ella luz rosa, amarilla o verde, como si a última hora fuese el cuerpo dormido de Martita una graciosa fuente de ilusionismo.

                                                    Rosita  (De "La cajera" )

       Cuando entró a trabajar en el bar, era moza talluda. Había correteado por el barrio hasta ponérsele las ancas solteronas y agrias, quiero decir dormideras, y algo fondonas. Tuvo su novio allí, en el barrio, y también en el barrio sus lágrimas y su pintura corrida. Y cuando acabó todo, y eso de "mira chica, vamos a dejarlo" se oyó por última vez, ella, para hacer más llevadero el tiempo y olvidar, se colocó en Argüelles, en un bar, y esto la obligaba a un largo desplazamiento diario en tranvía o en metro, es decir, que se dio a los viajes.
       En este  párrafo  hay cuatro adjetivos  que  resultan investigadores muy perspicaces y de mano larga:  Ancas solteronas y agrias,  quiero  decir dormideras, y algo fondonas. Lo de ancas solteronas y agrias me parece un logro, lo de algo fondonas acompaña bien, aunque sorprende menos, pero la aclaración de quiero decir, dormideras, penetra en la realidad de una carne pasada de rosca y forma un solo cuerpo con Rosita, que ya no podrá dejar de tener las ancas dormideras. Memorable. Lo mismo que si un adjetivo hubiera hecho un máster en Recursos Humanos.
        Y continúa Medardo ilustrando el perfil de la cajera.

        Los primeros días, los ojos de Rosita, grandes, oscuros, desorbitados, giraban y se movían por encima de la caja con la pretensión de resultar alegres y atractivos.

        Rosita sale con su propia soledad. Nadie la espera al terminar su larga jornada de trabajo. Por allí hacen guardia los árboles, testigos  de tanta escasez, y pasa el último tranvía, expresión real y también sugerente, porque Rosita no era como Isabel, no tenía suerte. Tampoco era como Ketty, a la que de noche buscaba don Ángel al filo de la una. Don Ángel, que no era su novio, porque los novios no tienen don. 
               [...] Hasta que un día la caja registradora atrajo los ojos de don Andrés Llorente, rentista y caballero, tosedor y jaque, mayor de edad, demasiado tal vez.

        ¿Qué ocurre en el corazón de Rosita? El narrador no quiere que dure demasiado su esperanza, y al hombre mayor se lo lleva una ola de frío. Fraile lo comenta con ese humor, hermano de   Jardiel o de Mihura, que ya asomó al comienzo del cuento (cuando dice que Rosita se dio a los viajes):   

        Y don Andrés se fue. Como se fueron cuatro vacas en  Lugo, una vieja en Ávila, un camión de harina en Soria, un guarda de noche en La Felguera... [...]

        Se va don Andrés y se queda Rosita frente a la caja registradora.

                                               La mujer de "Ojos inquietos"

        Es una mujer innominada, lo que me parece bien, porque podría retratar la insatisfacción sin nombre propio. Ella se está bañando mientras su marido se queda mediodormido en la mecedora.

        —¿Qué te parece? ¿Cenamos?  —dijo ella con el pelo recogido arriba, recostando en el marco de la puerta el frescor de su cuerpo en una bata marcadora, dócil.
        —Como a ti te parezca  —contestó él con dificultad sobre un largo bostezo.

        Fraile prepara el ambiente con arte y  sabiduría escénica.. Tres bostezos escalonados rubrican la indiferencia. Hace coincidir uno de ellos  con la aparición de la mujer en el marco de la puerta. El hombre está lejos de aquel cuerpo y de su frescor.  Y ella sonríe con algo de coquetería a la voz varonil que le traen las ondas de la radio (Lo que también revela penuria sentimental). Después de cenar se van a ir al cine, así que ella  recoge en la cocina y se dirige al tocador y luego al cuarto. Él vuelve a la mecedora y abre el periódico.

        Bajo las ondas de la música se ahogaban ahora los ruidillos de broches, los roces sedosos en las telas, el leve choque de una uña con un botón chico, el secreto siseo carnal de una mano acostumbrada ajustando una media. Se oyó un taconeo. Reposado, seco, como los cascos de una yegua enjaezada, tensa. Apareció ella en la puerta del comedor.
        —¿Vamos?
        Él se levantó pasándose la mano por pelo, se llegó al lavabo, se peinó en seco y se puso la americana. Por la escalera abajo se oía el pisar de ella, su braceo de jaca a medio domar, nervioso, grávido. El taconeo de ella. Él bajaba detrás."

        Hay dos alusiones indirectas  a que  el hombre de "Ojos inquietos"  no anda sobrado en el cuerpo a cuerpo:  "Su braceo  de jaca a medio domar"  y  "como los cascos de una yegua enjaezada, tensa".
        Antes de entrar en el cine, cuando están sentados en un café,  ella le habla sin mirarle. Sobreviven.  Era como si hablara a un bulto mediano con facultad de oír, a un obstáculo para sus ojos que unas veces tenía a la izquierda y otras a la derecha y que le impedía siempre material o moralmente llegar más lejos, ver otras cosas.                            
        El cuento, tal como lo plantea Fraile, ocurre en unas  horas. Me parece una medida de tiempo perfecta. Todo lo que no se dice de esos años de convivencia, alimenta misteriosamente  el desasosiego y la inquietud. Y  la inquietud continúa.

                                         La mujer de "La mariposa"             

            Ella, ¿cómo era? Diariamente se lo preguntaba a sí mismo. Muy delgada, pálida, presta a devanarse, a debilitarse casi, en una serie deshilvanada a veces, de pensamientos. Inquieta, sujeta en ocasiones a un terror momentáneo, que la sacudía y cruzaba[...]

        Aquel día había sido más alegre de lo habitual, como si esas cosas no le ocurrieran a ella; así que cuando una mariposa de luz entra en la casa, él la mata, antes de que ella busque mensajes paranormales en el vuelo del insecto.

        Temía que ella entrara. Podría ver ese animalillo de alpaca que rubricaba sentencias en el aire de la habitación, que llegaba resuelto a trascender sus vidas, tranquilas hoy, normales, milagrosamente.

        Aquí la voz del hombre hace de la normalidad un lujo, y cobra un significado de inalcanzable la paz conyugal, la armonía, la tranquilidad. Él mata la mariposa de lo esotérico para que no se pierda ese día. Quiere encontrarse durante unas horas, por lo menos, con una mujer más equilibrada y terrenal.

        [...] Ella ponía la mesa. Ensimismada, tranquila. Se acercó él despacio y le rozó el cuello con un beso por haberle hurtado, matado, la mariposa.

                                 Mujeres con abrigo
                                       (A modo de confesión)

        Iba yo releyendo los cuentos de Medardo Fraile y, como quien no quiere la cosa,  me crucé con  varias mujeres que visten abrigo. Son sólo cuatro o cinco, pero tuve la idea de no dejarlas escapar.  Algo de culpa tiene Ángel Zapata en esa decisión, aunque parezca raro. Verán:  Confieso que al leer "La ternura del nómada", su impresionante prólogo a los cuentos de Fraile, pasé de la admiración más absoluta a la más rendida admiración  (no es una errata; es que no salí de la admiración). Zapata camina como quiere por las bifurcaciones de la "disidencia"  y el conocimiento crítico. Sentí envidia malsana de que se le hubieran ocurrido tantas cosas y  las dijera tan bien. Algunas las sabía yo, pero ya nunca podría decirlas sin que  mi conciencia me acusara de beber con fruición en las fuentes. Y no valía recurrir a la intertextualidad... Nada,  pero nada tan envidiable como haber dicho lo de que " "Medardo es  un  cuentista que instala bancos con acacias en la acera del cuento" ( y como para que te confíes, porque no es verdad del todo...) Así que ustedes comprenderán por qué yo no quise  desaprovechar lo de las mujeres con abrigo. Era un camino propio, desde luego...

        Y en esas estoy.

        La mujer de "Las equivocaciones" aparece al final del cuento. Va caminando por la Plaza de Canalejas. Por allí anda Lorenzo "dejándose querer por el sol de las doce".

        A su lado se movía despacio una muchacha pálida, realmente bonita. Con las manos en los bolsillos del abrigo y la espalda levemente arqueada, arrebujada con gracia felina, guardando su frío blanco y delicado, a pesar del sol.

        El lector siente deseos de abrigar, de prestar calor al desamparo de una mujer que se presenta así, encogida  en su frío blanco y delicado, a pesar del sol
        En "No sé lo que tú piensas " el abrigo adquiere rango de protagonista. Es el obstáculo  que impide ver el atractivo de la muchacha.

        En algunas clases teníamos sitios fijos. La lista del profesor era como el destino que nos juntaba, día tras día, con la misma persona. La muchacha que solía caer a mi derecha era alta, de pelo castaño. Iba con un abrigo de color ceniza, abrochado hasta el último botón: una escoba con faldas. Se pasaba la mañana muerta de frío, sonreía con frío y no tenía habilidad ninguna  para hacer preguntas. A veces preguntaba algo, pero nunca lograba uno enterarse de lo que quería saber.

        Y Fraile anuncia magistralmente la primavera, sin la caricia del aire, sin la revolución de la sangre, en ese cambio de la mujer que el estudiante tiene a su lado durante todo el curso, tan dormida en sus sentidos como si anduviera en estado de hibernación. Qué bien, qué contundente es el color ceniza del abrigo y el mismo color ceniza de los tallos de los rosales, durante todo el invierno, antes de que les brotaran las flores.

        Cuando vino el buen tiempo, las "girls" universitarias sacaron una cuerda larga, como la serpiente del paraíso, y se pusieron a saltar en el jardín. . Una mañana bajé con ellas, y mis pensamientos invernales cedieron mucho en su rigidez.. En el parterre, el primer rosal que se veía tenía un par de rosas de aúpa. Y Obdulia se había quitado su funda gris, su abrigo de color ceniza, y no era precisamente uno de aquellos rosales del invierno. Más bien tenía semejanzas con el primaveral, el de las dos rosas. Estaba radiante, muy atractiva, como si esperase a unos productores de cine. ¡Era para llenarse de extrañeza!

        Yo creo que no se puede decir mejor.
        En "Ida y vuelta" el narrador se pone claramente del lado de la muchacha del abrigo rojo, la que acompaña en el autobús al niño Kelele de casa al colegio y del colegio a casa.

        Ella va con las medias muy tirantes, con su abrigo rojo —campeón de domingos, carreteras y plazas— con el libro entre las manos un poco regordetas, coloradas, aún con el recuerdo tieso del agua de la pila. La chacha estudia. Durante todo el trayecto.

        Es la gente de los pueblos que viene a servir a la ciudad. Las muchachitas que cuidan de los niños ajenos. Y ese color rojo del abrigo y el nombre del niño  están  en el cuento como dos  divisas. Marcan expresivamente la zona de la escasez y el territorio del confort. Un rojo gritón y resistente de quien sólo tiene un abrigo, y además rojo, por lo que es muy difícil perderlo de vista. El mundo de "los señores" es  Kelele, alguien  a quien  los padres tienen el capricho de llamar así. El nombrecito subraya y satiriza la diferencia excesiva entre él y la muchacha del abrigo rojo, que puede llamarse Vicenta o Remedios. Sin embargo, la chacha estudia.  Durante todo el trayecto. Va leyendo los libros de Kelele. Y Kelele hace el vago. La muchacha del abrigo rojo merecería una oportunidad.
        En "Doctor Zhivago" se encuentra la mirada elocuente y cariñosa de un hombre que reconoce a un antiguo amor en la cola de un cine madrileño. Aquella  vecinita que encandiló al protagonista cuando los dos eran muy jóvenes.  Medardo Fraile  también viste con abrigo a la mujer que espera.

        Era de mi estatura o algo menos y a mí, que odio los perfumes, me llegaba de su abrigo sencillo y largo, una fragancia leve y acogedora, cálida que, más que de un frasco, parecía emanar de ella misma e invitaba a entornar los ojos y a desearla o soñar. Con las piernas, alternaba esas posturas de garza, tan de mujer que espera, y su pañuelo al cuello, elegante, no era llamativo ni exteriorizaba pretensión alguna.                  
Mujeres agrupadas en foto de familia

        ¿Y qué hago yo ahora con todas esas mujeres que andan reclamando un hueco en estas páginas... ?  Pues, no sé; tal vez podría agruparlas en una foto de familia.  Pondré en primera fila  a la joven madre de "Perdónanos, Hermy", que viajaba con su niñita en un tranvía.  Llevaba sandalias y los pies de Diana cazadora no serían mejores. Ni lo que prometían las rodillas. Colocaré a su lado a Juana, la mujer muerta  de "El rescate", la que pasa su primera noche bajo tierra.  Juana, hija, acostúmbrate a no estar conmigo, primero un ratito; luego, otro; así, un poco más, un poco más.... ¿Y la novia de "El álbum...? ¿No le parecerá extraño que no le haya dedicado  más espacio? A ella, que ya es un referente tan destacado en la obra de Fraile... ¿Dónde situaré a Merche, la mujer que está en la playa sin oír el mensaje estruendoso de "El mar"? Ya sé; al lado de la de "Zarabanda", esa que escucha asombradísima los gritos y suspiros de la pasión, que llegan a través del tabique. Y, de pronto, me acuerdo de la mujer de "Primeros pasos", y también la coloco en la foto de familia (que para eso está en el cuento que me ha dedicado Fraile), y además me parece que  tienen gracia  las palabras que esa mujer le dirige a un escritor en una caseta de la Feria del Libro:

        —Conque me siento allí mismito[...] empiezo a leerlo como el que no quiere la cosa y, quieras que no, vamos, le digo a usted , así, sin enterarme, o sea, encantada, llego hasta el final y me digo...

        Lo que yo me digo al llegar al final, es que las mujeres  que  he elegido y las que no caben en estas páginas, todas las mujeres de tus cuentos, Medardo, siguen tan vivas como cuando tú las creaste.