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viernes, 8 de junio de 2018

jueves, 7 de junio de 2018

Hoy invito a…


 

 

 

María Ángeles Pérez

 

Amaneceres

Contaminación

       Nos dicen que las míticas islas Maldivas se hunden en descomunales plásticos flotando libremente sobre sus paradisíacos y transparentes mares, que el aire que respiramos nos puede asfixiar con sus impurificadas y viciadas partículas, que los manjares que comemos nos pueden llevar a infinitas e incurables enfermedades, que los políticos impregnan sus palabras de excelente verborrea con la única finalidad de conseguir su voto en el momento justo y oportuno. Todo está contaminado. Pues bien, luchemos por erradicar esta contaminación. Ha llegado el momento de erradicarla. Rompamos esta muralla impregnada de repugnante y nauseabunda basura. Pongamos un límite a esta degradación convertida ya en algo indeseable e insostenible. Será la única manera de evitar que se extienda como una trepadora y carcomida epidemia. Será la única manera de que no escale, suba y contamine, también, nuestros protegidos corazones.


martes, 5 de junio de 2018

D.H. Lawrence



     Una fábula, El hombre que amaba las islas, de D.H. Lawrence
Una edición publicada por Traspiés e ilustrada por Begoña Fumero



       Durante el siglo XX pocos autores han sido tan discutidos y polémicos como D. H. Lawrence. Algunas de sus novelas fueron prohibidas en Inglaterra por obscenas, y a pesar de haber revolucionado la técnica novelística, su estilo ha sido a menudo cuestionado. Al final de su vida escribiría tres relatos que forman parte de la mejor muestra de su última época, La mujer que se fue a caballo, El gallo huido, y sobre todo, El hombre que amaba las islas, publicadas, originariamente, junto a otras novelas breves como, The Woman Who Rode Away and Other Stories (1928), aunque en España han sido publicadas anteriormente por la editorial Atalanta (2007); y en realidad, se trata de tres secuencias finales con una mirada filosófica sobre la vida, y una vigorosa parábola sobre los peligros del aislamiento, aunque como ha llegado a afirmar el escritor mexicano Juan Villoro, en sus cuentos, Lawrence mantiene una firme convicción de mitógrafo, y en realidad no escribe parábolas sino historias que admiten lecturas múltiples.

La edición

       El hombre que amaba las islas es un relato breve donde el protagonista intenta realizar un proyecto de vida, y en la historia se mezcla lo salvaje y lo onírico puesto que Lawrence, a través de su personaje principal, nos muestra la sensación de incomodidad ante una sociedad de la que no se siente partícipe y cómo, en su búsqueda de una isla idílica, descubre que el Paraíso, una vez descubierto, no dista tanto del Infierno. Y así leemos que su protagonista, Cathcart, comprará una isla tras otra, un total de tres, a donde quiere retirarse cada vez para formar su propio mundo, un espacio reducido para encontrar ese auténtico paraíso terrenal que una vez vivido y experimentado, tampoco, conseguirá.
       La edición de Traspiés, en su Colección Vagamundo Libros Ilustrados, en esta ocasión por Begoña Fumero, obedece a un proyecto de de fin de curso del Taller de traducción literaria de Billar de Letras, de Granada, que ha coordinado Maite Fernández, un texto traducido con las características peculiares de la escritura de un autor como D.H. Lawrence, de prosa repleta de elucrubantes sensaciones por lo absoluto. 

 El autor
       D. H. Lawrence nació el 11 de septiembre de 1885 en Eastwood, Nottinghamshire, Inglaterra. Era el cuarto hijo de Arthur Lawrence, un minero casi analfabeto y aficionado a la bebida, y de Lydia Beardsall, una antigua maestra, amante de la cultura, hecho que provocó el interés por la pintura y la lectura del pequeño David, quien desde niño sufrió de frágil salud. La diferencia cultural entre sus padres fue clave en la psicología de Lawrence, quien sufrió en su niñez el enfrentamiento habitual entre sus progenitores.
       Gracias a una beca estudió en el Nottingham High School y en la Universidad de la misma ciudad, aunque dejó los estudios y comenzó a publicar sus primeros textos y a impartir clases desde 1908 en la Davidson Road School de Croydon. Un año después publicó, gracias a la mediación de Ford Madox Ford, sus primeros poemas en la revista “The English Review”.
       En 1910, su madre enferma de cáncer, y fallece auxiliada en su muerte por su propio hijo, quien le ayudaría a ingerir una sobredosis de somníferos.
       Su primera novela publicada fue El Pavo Real Blanco (1911), un libro que comenzó a escribir en 1906. En 1912 Lawrence inició una relación sentimental con Frieda von Richtofen, mujer del profesor Ernest Weekley y familiar del famoso piloto Barón Rojo, Manfred von Richthofen. Frieda abandonó a su esposo e hijos para convivir con el joven David Herbert en Bavaria (Alemania). Ambos viajaban con frecuencia por numerosos países y se casaron en 1914. Había publicado El Transgresor (1912) e Hijos y Amantes (1913), una novela de carácter autobiográfico en la que aparece la figura de uno de sus primeros amores, Jessie Chambers, con el nombre ficticio de Miriam.
       En plena guerra mundial cuando vivía en Inglaterra, Lawrence publica El Arco Iris (1915), su primer libro censurado por obscenidad sexual. A raíz de esta censura, varios personajes, de ideología liberal, mostraron su apoyo a Lawrence, como Lady Ottoline Morrell, Aldous Huxley o Bertrand Russell. Tras publicar Mujeres Enamoradas (1920), Lawrence se trasladó a Taormina, Italia, lugar en donde escribió La Niña Perdida (1920), texto que vuelve a incidir en los vínculos amorosos entre personas de distinta índole social. Después aparecería El Mar y Cerdeña (1921) y La Vara de Aarón (1922). Su estancia en Italia se convirtió en el libro de viajes, Italia a Media Luz.
       En la década de los 20, D. H. Lawrence viajó por Australia, Asia, Estados Unidos y Europa, y asentado de nuevo en Italia, cerca de Florencia, escribió su título más famoso, El Amante de Lady Chatterley (1928), un libro acusado de nuevo de obsceno que narra de manera explícita la relación sexual entre una mujer culta y adinerada y un guardabosques al servicio de su esposo aristócrata.
       D. H. Lawrence falleció a causa de una tuberculosis el 2 de marzo de 1930 en Vence (Francia). Tenía 44 años. Está enterrado en el Kiowa Ranch Cemetery, ubicado en San Cristóbal, Nuevo México (Estados Unidos).







D.H. Lawrence, El hombre que amaba la islas; prólogo de Begoña Mansilla; ilust., de Begoña Fumero; Granada, Traspiés, 2018.

viernes, 1 de junio de 2018

Desayuno con diamantes, 137


EL ESPACIO DE LA FICCIÓN 

      
       José María Merino (La Coruña, 1941) ha escrito que su relación con la literatura procede de su infancia lectora, y en sus comienzos unos cuantos poemas llegaron a convertirse en dos libros publicados, aunque los pasadizos de su imaginación le llevarían a la construcción de textos de ficción narrativa donde desarrollar convenientemente los conceptos de realidad y de enigma. Hoy Merino forma parte de esa raza de escritores que desde sus inicios como narrador vuelven al relato como el auténtico arte de contar, superando esa tesitura que oscila entre realismo e idealismo, entre formalismo y contenido; en realidad, el proceso de escritura en su estado puro, o lo que definimos como la literatura de compromiso.        Tzvetan Todorov hablaba de esa incertidumbre entre lo real y lo irreal, entre la vigilia y el sueño, entre la evocación de la memoria y una realidad presente, que calificamos en los 80 de «nueva fabulación», aquella que sirviéndose de la realidad o del dato histórico descubre el revés de lo real y de lo fantástico, y así décadas después la literatura de Merino vive en constante actualidad. El volumen, Historias del otro lugar (2010), reunía buena parte de la totalidad de sus colecciones publicadas hasta el momento, Cuentos del reino secreto (1982), El viajero perdido (1990), Cuentos del Barrio del Refugio (1994), 50 cuentos y una fábula. Obra breve (1982-1997) (1997), La casa de los dos portales y otros cuentos (1999), Días imaginarios (2002), Cuentos de los días raros (2004), Cuentos del libro de la noche (2005), La glorieta de los fugitivos. Minificción completa (2007), Las puertas de lo posible (2008), y posteriormente, El libro de las horas contadas (2011) y La trama oculta (2014).
       Ángeles Encinar edita, Aventuras e invenciones del profesor Souto (2017), el personaje protagonista que durante años ha mantenido esa versátil y estrecha amistad con su creador, sin que a los lectores se les escapara esa similitud entre uno y otro. Esta recopilación desvela esa voluntad por descifrar el misterio de los innumerables lenguajes de la ficción, puesto que el autor y su alter ego han insistido desde siempre en la necesidad de la imaginación para comprender la realidad.
       La obra narrativa breve de Merino ha sido estudiada en numerosas ocasiones a propósito de esa fantástica visión que ofrecen la mayoría de sus relatos, que incluyen esa manifiesta voluntad de presentar fenómenos diversos como la irrupción de lo ficticio en el mundo real, con apariciones de ultratumba, seres o cosas de otros tiempos en extraños espacios, espíritus y monstruos favorecidos por la capacidad que nos brinda la metamorfosis; pero pese a considerar este tipo de narrativa reducida a una simple anécdota, sus valores esenciales y existenciales plantean tanto al narrador como al personaje, y por extensión al lector, no pocas dudas acerca de esa adscripción al género maravilloso-fantástico.
       Aventuras e investigaciones del profesor Souto reúne las ficciones protagonizadas por Eduardo Souto, un personaje significativo en el conjunto de la obra de José María Merino, que convive desde hace treinta años con el escritor y protagoniza tanto sus fábulas breves como las extensas, ensayos, minicuentos y alguna de sus novelas cortas. Souto aparecía en “Las palabras del mundo”, cuento incluido en El viajero perdido, y se presentaba como un profesor prestigioso que, a pesar de sus méritos docentes e investigadores, no había obtenido la cátedra debido al abuso de poder en su departamento, una adversidad común en ambientes universitarios; para Souto y Merino este y otros desvaríos forman parte de esa percepción que caracteriza a las palabras sin significación plena y, por consiguiente, a la incomprensión del discurso. El personaje reaparecerá en Cuentos del Barrio del Refugio, concretamente, en el relato titulado, “Signo y mensaje”, donde se le califica de vagabundo mítico, protagonista de historias estrafalarias; al profesor, se une con el tiempo Celina Vallejo un personaje recurrente que ya aparecía en “Las palabras del mundo”, discípula que daba cuenta de la transformación y los desvaríos de su director de tesis. El mismo profesor ofrece, desde Providence, un prólogo al volumen de cuentos de Merino, Las puertas de lo posible, fechado en marzo de 2008, escribe sobre el propósito literario del escritor y la visión de futuro de casi toda su ficción.
       El volumen ejemplarmente editado por Encinar presenta la totalidad de los textos que protagoniza Souto y añade valor e importancia al personaje porque incorpora, curiosa y acertadamente, los inéditos, “La hechizada” y “La biblioteca fantasmal”, además de alguno reciente, “Liquidando al meta” que forman parte del bloque, titulado I. Aventuras; y el apartado II. Invenciones, quedaría conformado, según Merino, por un “jardín de flores curiosas”, una interesante, por su actualidad, variedad de registros narrativos que incluye una carta, ensayos, minicuentos y fábulas.
       Una vez leído el conjunto de los textos que integran las aventuras y las invenciones encontramos que Souto está instalado en la cómoda situación de ser el otro yo de José María Merino, y tanto es así que en innumerables ocasiones asume el protagonismo del escritor y plasma, por ejemplo, sus reflexiones en “La glorieta miniatura”, donde describe los rasgos del género desde el plano de la ficción, o se refiere al tamaño de los microcuentos, la concisión y síntesis de los mismos, así como el bagaje de siglos de escritura y la posibilidad de descubrir un minicuento nuevo y sorprendente. Curiosos los “Minisoutos patafísicos”, inéditos en su mayoría, y los cinco “Miniminis”, metaliterarios que conforman ese nuevo discurso innovador. Y al final, cuando uno cierra el volumen, coincide con Ángeles Encinar en calificar al profesor Souto como un personaje quijotesco, forjado desde su origen en la dicotomía cordura-locura que siempre ha estado al servicio de los intereses literarios de su autor, y porque él mejor que nadie simboliza el tema de la pérdida de la identidad, recurrente y esencial en la obra de José María Merino.

José María Merino; Aventuras e invenciones del profesor Souto;  edición de Ángeles Encinar; Madrid, Páginas de Espuma, 2017; 334 pp.