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sábado, 14 de diciembre de 2019

Curiosidades navideñas


El origen de los villancicos navideños


       Otro de los elementos más característicos de las fiestas navideñas son los tradicionales villancicos, unas melodiosas y pegadizas canciones que suenan por los altavoces decentros comerciales, comercios, calles o que son cantados en casi todos los hogares en cuanto se reúne la familia y amigos.


       Pero su origen tampoco tiene nada que ver con la Navidad sino que eran alegres cancioncillas que se cantaban en la Edad Media en las villas y cuyas letras explicaban los acontecimientos que habían tenido lugar en dichas poblaciones a lo largo del año: amores y desamores, fallecimientos y todo aquello que era de interés del pueblo (por llamarlo de algún modo, eran los noticieros rurales de la época). Y fue precisamente al ser cantados por los habitantes de las villas de donde recibe su nombre de villancicos.
       El hecho de que los lugareños memorizasen mucho mejor las letras de esas canciones que los mensajes evangélicos hizo pensar a los religiosos que un modo sencillo de hacerles aprender las historias de las Sagradas Escrituras era utilizando esas cancioncillas y modificándoles la letra, por lo que en las iglesias los sacerdotes empezaron a emplearlas en los Santos Oficios hablando del nacimiento de Jesús, la Virgen María y todo lo que tenía relación con la Navidad.
     Con el tiempo los villancicos de corte religioso perduraron y los originales fueron desapareciendo.

jueves, 12 de diciembre de 2019

Curiosidades navideñas


El origen de la Flor de Pascua


       Este es otro de los elementos navideños que en su origen nada tenía que ver con tal celebración y que se convirtió en todo un símbolo al llegar estas fechas.
       Conocida comúnmente como Flor de Pascua, Flor de Navidad o Poinsettia, esta planta, originaria de México, tenía un importante simbolismo para la cultura azteca, siendo utilizada como remedio medicinal y ofrenda para a sus Dioses. Fue en el siglo XVI cuando los frailes Franciscanos que se encontraban evangelizando a la población de Taxco de Alarcón (México) decidieron utilizarla como adorno floral durante las fiestas navideñas.
       Pero a quien debemos su popularización y que llegase a adornar la práctica totalidad de los hogares durante la Navidad (además de convertirse en una costumbre obsequiarla en los días previos), fue el estadounidense Joel Roberts Poinsett, quien fue enviado por su amigo, el presidente John Quincy Adams, como embajador de los Estados Unidos en México (entre 1825 y 1829) y fue en uno de sus múltiples viajes que realizó por el país cuando se encontró con esta vistosa planta de hojas rojas que llamó su atención.
       El señor Poinsett, además de diplomático tenía la carrera de medicina y era un ferviente apasionado a la botánica, por lo que recogió unos esquejes de la planta y se los llevó consigo al invernadero que poseía en Greenville (Carolina del Sur) donde se dedicó a su cultivo y desarrollo. Se le ocurrió regalar esa planta a sus amistades por navidad (entre ellas a la ya entonces ex Primera Dama Louisa Adams) y así nació una entrañable tradición que cada vez fue cogiendo más fuerza.
       Cabe destacar que en Estados Unidos el 12 de diciembre se celebra el Día Nacional de la Poinsettia, una festividad en conmemoración y recuerdo a la fecha en que falleció Joel Roberts Poinsett.

miércoles, 11 de diciembre de 2019

Juan Manuel Gil


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                                      Un supuesto pasado
                

                    
        Una literatura que es capaz de cuestionar esos cimientos sobre los que se sostiene nuestra noción de realidad y de fantasía, y lo hace con la sutiliza de una estética dilatada a lo largo de una historia cuya tensión nunca decae, y mantiene el interés durante el tiempo que sostenemos el libro, merece la pena que sea tenida en cuenta. Incluso el hecho de aprender a desdoblarse, a mirarse desde fuera y a construir ficción con el material de la vida cotidiana resulta, sin lugar a dudas, uno de los mayores desafíos de la escritura a que un narrador pueda someter su obra. Juan Manuel Gil (Almería, 1979) ha supeditado su narrativa a un exigente proceso creativo que iniciaba con Inopia (2009) una  primera novela que proponía una experimentación transparente, un arriesgado texto de perspectivas narrativas variadas que debe leerse con una mirada múltiple; un ejemplo de relato fragmentario, con esa híbrida imbricación que propone una nueva técnica en el terreno arquitectónico textual lírico de la narración o de aquellos otros géneros literarios cuya frontera aún estamos lejos de delimitar; textos construidos con una variedad formal y con una técnica, una estilística y una temática que desde el punto de vista narrativo se mueven entre el relato, más o menos extenso, y la novela, e incluyen temas tan característicos como las relaciones humanas y la sumisión que delimitan el conflicto de identidad, rozan esa locura incluso que lleva a los personajes a la soledad, la incomunicación y el miedo, un terror físico que condiciona al ser humano; buscó el encuentro de los tiempos y de las voces en Mi padre y yo (2012), un delicioso e irónico western, e insistió en un nuevo espacio narrativo en la turbadora Las islas vertebradas (2017), una novela repleta de preguntas, y sin las respuestas que más convienen, pero construida con mucho acierto, y se entiende como una inteligente narración en torno a la fragilidad y las muchas contradicciones humanas que, temáticamente, y sin un atisbo de buen quehacer, hubiera desembocado en un realismo sociológico al uso por cuanto le ocurre a Martín de Juan, un personaje que en su huida se esconde entre las sombras y las luces que proyectan las imágenes de la isla que con algo de suerte pueda convertirse para él en su única salvación.
       Un hombre bajo el agua (2019), su última entrega, es una novela que busca descubrir, en la reminiscencia prestada del pasado y de los amigos, la recuperación de la memoria real, un episodio que verdaderamente sucedió durante su adolescencia. El protagonista, de nombre Juan Manuel, encuentra en una balsa de riego el cadáver de Eduardo, un hecho que se convierte en un acontecimiento a nivel personal y vecinal que, sin saberlo, marcará el resto de su vida, una obsesión constante que dibujará en el niño el perfil del adulto del mañana, pero que sobre todo dejará atrás definitivamente la infancia. La balsa se convierte ese componente simbólico que le devuelve, una y otra vez, a ese sentimiento de dolor y de angustia, a una turbulenta relación con quienes convive el ya adulto Juan Manuel y cuyo recuerdo amplifica la sensación de desasosiego, de irrealidad y de oscuridad que, a modo de relato escrito, transmite cuando intenta reconstruir la historia.
       En esta novela nada es verdad, y por consiguiente nada es mentira y todo pudo haber pasado como lo cuenta el narrador, y esa es la sensación que el lector va percibiendo a medida que se reconstruye ese complicado y extraño puzzle en que se traducen los recuerdos de una adolescencia esquiva y atormentada por miles de piezas salpicadas de unos minutos, de unas horas, de unas semanas, de unos meses, e incluso el angustiado peso de los recuerdos con el paso de los años. En este sentido, la memoria, tanto la propia como la de los demás, se convierte en ese evidente material de reciclaje que el escritor intenta hilvanar para transformar en un relato un suceso marcado por la incertidumbre y el desarraigo que, acertadamente, ofrece múltiples lecturas y una no menos inquietante  interpretación. Efectivo e interesante el permanente diálogo al que somete a la infancia frente a la edad adulta el narrador-escritor Juan Manuel Gil ofrece, de alguna manera, a lo largo de todo el texto una revisión o examen de la infancia desde la perspectiva de la vida adulta, una mirada nada complaciente, lejos de otras muchas recreaciones de una infancia inocente y feliz, o espacio de alegría y de amor que desde siempre hemos añorado y que, como es obvio, ya nunca volveremos a disfrutar a lo largo del resto de nuestra vida. El paisaje social y geográfico descrito de la adolescencia del protagonista muestra esa sociedad de barrios, en otro tiempo callejera, humilde y en ocasiones festiva porque los niños aún jugaban en la calle, los vecinos tomaban el fresco en las puertas de sus casas y en las comunidades, las de toda la vida, se establecían inclasificables relaciones, que iban más allá de las familiares en muchos casos. Quizá este aspecto se convierta en una añoranza porque, además, no existe una premeditación interesada, se retrata un espacio sencillo porque el autor ha querido rescatar aquella sociedad a través de la mirada vertida por todos aquellos que le ayudan en sus pesquisas y se puntualiza definitivamente en la línea que servirá de argumento de sus recuerdos.
       El narrador almeriense ha conseguido que la denominada autoficción, género en auge, se convierta en una excelente novela que se sustenta en la memoria y en los recuerdos, aunque nos cabe imaginar, como buenos lectores, que en demasiadas ocasiones la historia a contar no coincide con lo realmente vivido/sucedido. Quizá porque en este caso, Juan Manuel Gil ha planteado en su texto si a lo largo de nuestra existencia no hacemos otra cosa que recuperar una memoria y contar aquello con lo que sentirnos bien, agradecidos, a salvo, y al menos no despreciados. La escritura actúa entonces como un espacio de búsqueda sobre el pasado porque quien recuerda y narra desea encontrar el momento en que todo empezó a cambiar, es decir, el punto en el que algo se quebró o se fastidió para siempre; solo así avanzará sobre la realidad, su propósito queda abducido por la ambición de un realismo a ultranza, y ese haz de pecados acumulados con el paso de los años solo podrán salvarlo con su capacidad para responder a las muchas preguntas que son ciertas e importan en el mundo de la literatura.








UN HOMBRE BAJO EL AGUA
Juan Manuel Gil
Donostia, Expediciones Polares, 2019

martes, 10 de diciembre de 2019

Curiosidades navideñas


Las primeras luces de Navidad



      Las primeras luces de Navidad aparecieron tan solo tres años después de que Thomas Edison patentase la lámpara incandescente de filamento de carbono que con éxito comercializaría y que nosotros conocemos como bombilla (a pesar de que es de sobras conocido de que el invento de la bombilla se lo debemos a Joseph Wilson Swan, aunque por largo tiempo se le atribuyó a Edison).


       El hecho de que mencione a Thomas Edison es porque fue su socio, Edward Johnson, quien en 1882 decidió iluminar con unas cuantas lámparas incandescentes el árbol de Navidad que había colocado en el jardín de su casa de Nueva York, iniciándose así otra de las tradiciones navideñas más populares.