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jueves, 26 de marzo de 2015

Los olvidados


Armando López Salinas


REVISIÓN DE LA MINA
   Las primeras novelas sociales que aparecen en la escena literaria después de la Guerra Civil se ocupan del obrero y del empleado de oficina, y presentan las características de muchas de las tendencias desarrolladas tras el final de la contienda Habían heredado esa plasmación lírica que ofrecía un largo periodo de silencio, y que desembocaría en una novela proletaria con características similares a las ensayados antes de la sublevación militar, aunque con esas nuevas perspectivas se trate de una lucha por el “pan” frente a ese concepto revolucionario en aquellas historias que siempre solían estar tenidas de tristeza y melancolía. Artes y oficios se combinan en estas narraciones, y se capitaliza, al mismo tiempo, ese aspecto vivido en los suburbios de las grandes ciudades, a donde se acude en busca de una mejor vida laboral y personal.
     Diez años más tarde del final de la contienda, Enrique Azcoaga había publicado, El empleado (1949), novela muy galdosiana, aunque en este caso el problema de este personaje es el tedio, la insatisfacción o la amargura que le provoca la estrechez de un minúsculo sueldo con el que nunca llega hasta final de mes, y aunque el autor provoca en su empleado falsas pretensiones de grandeza, este sabe que nunca llegará a nada porque se sabe engañado, y es consciente de lo insignificante de su trabajo. Dolores Medio se ocupa, también, de un tema muy parecido en Funcionario público (1956), aunque en esta ocasión el empleado de Telecomunicaciones, la desesperación y amargura que siente, se verán desde fuera, sin que la narradora recurra a lo que sucede diariamente en la oficina. Jesús López Pacheco construye una Central eléctrica (1958) en una de las regiones más atrasadas de España, según parece en la provincia de Zamora, donde el padre del autor habría estado trabajando y se cuentan experiencias vividas de cerca por el propio López Pacheco. A parir de este momento, tras la aparición de esta novela característicamente más épico-social, y a principios de los sesenta, más relajada la censura de los últimos años, la denuncia explícita y la crítica social de una proletariado harto hace su aparición y, así una novela como La mina (1960), de Armando López Salinas, conmociona a la actualidad narrativa del momento, puesto que este relato se ocupará de un campesinado forzado a convertirse en un obrero. Y lo más curioso de la historia, alejada de los mensajes de López Pacheco que abogaba por una visión universal y epopéyica del trabajo del obrero, aquí se concreta en la vida del minero y de las condiciones en que este debe trabajar bajo tierra. 
    La mina se divide en tres partes que López Salinas titula, acertadamente, “La huída”, “La cuadrilla” y “El hundimiento”, que desarrollan la vida del campesino Joaquín, poco antes de abandonar su pueblo hasta el lugar donde muere, finalmente. Joaquín García es natural de un pueblo de Granada, campesino sin tierra, vive como muchos, de las eventualidades que van surgiendo, aunque las peonadas nunca alcanzan para subsistir. El jornalero tiene una familia que alimentar y vestir, y siempre ha soñado con vivir del trabajo de la tierra y cuando pretende que el amo le ceda un pequeño bancal donde cultivar, ante la negativa, opta por la emigración y reúne a su familia para trasladarse a la provincia de Ciudad Real, concretamente a Los Llanos, donde se puede trabajar en la mina. Con la ayuda de un primo consigue ser “caballista”, en una cuadrilla de ocho hombres, extremeños y asturianos, aunque cuando entra por primera vez en la boca del pozo se da cuenta de las condiciones de trabajo a que son sometidos los hombres en aquella galería cuarta. Sin embargo, Joaquín va progresando poco a poco, las 45 pesetas de jornal, más las horas extras, y algún destajo que otro, le permiten ocupar una casita que irá arreglando y amueblando, incluso se ocupa de criar unos conejos y tiene posibilidades de adquirir una bicicleta muy pronto. Mientras tanto, los mineros  protestan por las escasas medidas de seguridad, por el mal estado de las vigas, por la falta de aire, aunque sus reivindicaciones son desoídas y se les castiga con menos horas de trabajo. La desgracia finalmente ocurre y las sirenas anuncian un accidente en unos de los pozos, mientras una multitud de hombres y mujeres acuden para asaltar la Dirección de la Empresa (páginas, dos concretamente, suprimidas por la censura). 


López Salinas postula acerca de la situación del proletariado, primero desde el jornalero del campo y posteriormente como el peón de mina, considerando que los terratenientes y los industriales no hacen nada para mejorar la situación de sus trabajadores, mientras que los obreros trabajan para que ellos vivan bien y, por añadidura, se enriquezcan aun más. El rico frente al pobre, el dueño frente al obrero que se repite en esta novela de López Salinas y en posteriores libros y ensayos suyos. Aunque la lucha no es de carácter político, aunque pueda parecerlo sino más bien critican o se resienten de ese poder que les prohíbe reclamar derechos fundamentales y juzgan a la fuerza pública que los reprime. Y si esa negación de derechos y un jornal justo se traduce en una auténtica protesta, esta sin duda se da en La mina, y se agudizará en Año tras año (1962), novela que nunca se publicará en este país.
     En 1959, año en que La mina queda finalista del premio Nadal, según apunta en su Introducción, David Becerra Mayor, supone para España su incorporación definitiva al bloque capitalista y bajo este precepto se está modernizando. Ciertos elementos residuales, propios del fascismo, coexistirán con elementos de consumo, como por ejemplo la retransmisión, por primera vez en televisión, de un Real Madrid-Barcelona, un 15 de febrero de 1959, o poco antes la inauguración de la basílica excavada en el Valle de los Caídos, el 1 de abril del mismo año, y mejor aun el concierto que el grupo de pop británico, The Beatles, diera el 1 de julio de 1965 en Madrid, después de aterrizar unos días antes en el aeropuerto de Barcelona, disfrazados de toreros. Más allá de lo anecdótico, apunta Becerra Mayor, es fácil reconocer el proceso de desfascistización que inicia el franquismo tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial de los países del eje y su urgencia de establecer lazos con el bloque capitalista occidental. Y en el contexto de la Guerra Fría, los Estados Unidos tenían los argumentos suficientes para servirse de la dictadura de Franco como aliado frente al enemigo común, así ambos países negociaron muy pronto tratados bilaterales: en agosto de 1950 el senado norteamericano aprueba un préstamo de 100 millones de dólares a España; más tarde reconocen el régimen de Franco, la ONU levanta el veto al Estado franquista y España se incorpora a la FAO y, finalmente, a raíz del establecimiento de numerosas bases militares a lo largo de la geografía española, el resto de órganos internacionales fueron reconociendo el régimen. Pese a todo, la década de los sesenta estuvo marcada por un alto índice de conflictividad social: manifestaciones, huelgas y boicots que cobraron protagonismo en la agenda social española de aquellos días. Este es el contexto, consecuencia del crecimiento económico y los cambios sociales que acompañan a los españoles de entonces, que Armando López Salinas retrata y describe en su literatura, sobre todo, en La mina, en la que describe una clase obrera sobre cuays espaldas se construye la nueva política económica española que permite la pervivencia de la dictadura militar franquista. Los personajes de López Salinas son las primeras víctimas del “desarrollismo económico español”.
     El “Estudio preliminar” y el análisis que David Becerra Mayor realiza sobre la época y sobre la novela de López Salinas resulta de una clarividencia y exhaustividad asombrosas y subraya como en el contexto de una literatura social-realista los autores hablaban a unos oyentes que, en realidad, no escuchaban, aunque el proceso debería haber sido a la inversa, la creación de las condiciones favorables para conciencias a un público diferente, aunque el nivel cultural del momento no era el adecuado y de una auténtica toma de conciencia. La novela aunque pasó la censura y esta la autorizó y debió ser publicado en su integridad, según constató Pablo Gil Casado se habían suprimido al menos dos páginas y media del momento en que en el pozo “Inclinado” se produce un asalto a la Minera en el que participan las mujeres de los mineros muertos en el accidente y un número elevado de hombres que acuden al lugar de los hechos. En España se habían hecho dos ediciones, la de 1960 y 1968, ambas en Destino, y la francesa de 1962, con el texto íntegro, y posteriormente Destinolibro  había repetido en 1977 y 1980, además de una tercera en Orbis, dentro de la colección Grandes Autores Españoles del Siglo XX. Gil Casado señala algunas amputaciones más, aunque lo más significativo se encuentre en el capítulo tercero, y en el segundo algunos pasajes, y si la novela tuvo un informe de censura favorable y se editó, como estaba previsto, solo cabe pensar en que la propia editorial enviará el original con sus propias tachaduras una vez que se decidiera a editarla, como ocurrió en marzo de 1960.










Armando López Salinas, La mina; ed., de David Becerra Mayor; Madrid, Akal, 2013; 318 págs.

                                                                          

miércoles, 25 de marzo de 2015

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A
Alma
“El alma es el espejo de un universo indestructible”.                  
                                                    Gottfried W. Leibniz

Franz Kafka

El castillo, un relato sórdido y onírico




Alfred Döblin llegó a afirmar que los textos de Franz Kafka eran «informes basados en la absoluta verdad, sin invención alguna y, a pesar de su extraña mezcolanza, ordenados alrededor de un centro verídico y muy real». Y, de igual manera, aseguramos que las novelas del checo tienen la esencia de los sueños, pero ¿cuál sería la esencia de esos sueños? En realidad, unas imágenes sucesivas, transparentes y espontáneas, que nos parecen lógicas en todo momento, la emoción y certeza de que las cosas son profundamente verdaderas, y la sensación de que éstas nos tocan muy de cerca.

Universal
Franz Kafka es, sin duda, el escritor más importante de nuestro siglo. Su vida se traduce en una de las paradojas más surrealistas: judío de nacimiento, alemán de lengua, checo de patria, se convierte en el símbolo más desarraigado de la figura de un escritor. Autor de cuentos, sus novelas más importantes aparecieron tras su muerte. Su obra, para algunos, supone la meditación acerca de la ausencia de Dios, o la interrogante sobre el poder y la burocracia; para otros puede ser la apocalíptica visión de un futuro inmediato. Lo que determina la escritura de Kafka es esa necesidad absoluta de librarse de escribir página tras página. Lo mismo que las voces, los gestos, los rostros que a diario observa el escritor deben ser reducidos a la precisa sensación de la palabra, de la frase o del fragmento, según el pulso riguroso que se le exige a la letra. Kafka escribe para vivir, quizá por este motivo el paso de los hechos a la escritura, a la palabra en concreto, nos sirve para identificar la gravedad que sus textos presentan y para percibir el sentido último que parecen augurar. Por todo esto, nunca llegaremos a saber si El castillo (1926) es una crítica metafórica del poder o una simple novela de aventuras, con grandes dosis de humor, o incluso si La metamorfosis (1915) es una simple novela realista o la interpretación de una profunda pesadilla en un excelente tono literario, y aun más si El proceso (1916) encierra una burla a la moderna burocracia bien conocida por el escritor.

El castillo, ilustrado
A la espera de la avalancha de ediciones críticas y variadas de La metamorfosis cuyo centenario celebramos este año, la editorial Sexto Piso publica, su voluminoso e inacabado texto, El castillo, traducido en esta ocasión por José Rafael Hernández Arias e ilustrado, magistralmente, por Luis Scafati.
Es la obra más compleja de Kafka, la que ha provocado las más diversas interpretaciones a causa de la multiplicidad de significación de cada uno de sus elementos. El problema de El castillo está en el sentido general que podemos descubrir en la novela, porque solo en apariencia es el relato de una búsqueda realizada por un héroe que atraviesa una serie de pruebas. Lo importante es definir, si es posible, cuál es el objeto y el fin de esa búsqueda o si realmente la búsqueda existe como actividad realizable. El castillo también plantea el problema de la realidad y la veracidad del significado de las cosas y, sobre todo, de la imposibilidad de una fe ingenua de la palabra. Todo lo que allí se afirma es cuestionable, ninguna de las informaciones que se dan conserva su valor durante todo el relato, cada uno de los elementos en juego tiene varios significados posibles, y cada uno de ellos tan solo provisionalmente son exactos.
El castillo sólo permite una lectura a partir de la desconfianza, puesto que confiar implicaría cometer los mismos errores de su protagonista.
La síntesis de esta obra se resume en pocas palabras: El agrimensor K. acude a la llamada de un pueblo adscrito a un castillo para que realice trabajos profesionales y, con tal propósito, el protagonista del relato deberá abandonar su patria, su trabajo y su familia; pero cuando llega le hacen saber ya no hace ninguna falta y pronto se sentirá marginado por la comunidad y comienza u  lucha a ciegas para entrevistarse con la administración, aunque siempre encontrará todas las puertas cerradas. Así, la obra estructura datos objetivamente contradictorios, que plantean desde el comienzo varios interrogantes: ¿K. es un agrimensor o simplemente asume esa identidad para poder permanecer en la aldea? ¿El castillo existe o es un pretexto creado por la enorme e independiente maquinaria burocrática? ¿K. se dirigía a esa precisa aldea o ha llegado allí por puro azar? Es casi imposible responder a estos interrogantes de una manera unívoca, puesto que la novela se organiza dentro de un plano de gran ambigüedad significativa.
Para el lector que se acerca a Kafka, el problema del mundo kafkiano es la validez de los significados, la mayor o menor hones­tidad con que las palabras designan a las cosas. Esta actitud, que define la obra de Kafka, conforma la base de los gran­des momentos de la literatura del siglo XX. Kafka no sólo presenta héroes sin his­toria, marginados y humillados, cuya actitud fundamental es la espera, sino que plantea a la vez un universo des­quiciado por el absurdo y la arbitrarie­dad, a través de una crítica consciente de las futuras posibilidades de signifi­cación por medio de la palabra y la escritura. Su literatura fue dada a conocer en Francia por André Breton, y no es casual que sus textos hayan sido comentados y seguidos por Sartre, Camus y Blanchot o que se refleje en posiciones tan diversas como las de André Gide, el teatro del absurdo y la novela de la segunda posguerra. Su proyecto literario es aun hoy contemporáneo; la transparencia de su escritura y su impersona­lidad anticipan muchas de las experien­cias más recientes de la narrativa y de la crítica. Y su mundo coincide trági­camente con nuestra actual realidad fracturada y en crisis.

El ilustrador
Luis Scafati, nació en Mendoza, Argentina, 1947. Comenzó a dibujar en la niñez, las historietas fueron su principal fuente de estímulo y aprendizaje. Estudió artes en la Facultad de Artes Plásticas de la Universidad Nacional de Cuyo.
Desde muy joven publicó sus dibujos en diferentes medios nacionales argentinos, las revistas Humor, Tía Vicenta, Noticias, El Periodista, Péndulo, los diarios Clarín, Sur, ADN el suplemento cultural de La Nación, El País de Uruguay, entre otros. Scafati experimenta con el dibujo diversas variantes, el humor gráfico y el cómic tiñen su imagen, desarrollando un estilo ecléctico donde confluyen diversas escuelas y técnicas, (tinta, lápiz, carbón, acuarela, témpera, pastel, transfer).Grabador, trabaja con serigrafía, aguafuerte y litografía. Destacan sus ilustraciones de textos literarios, algunos clásicos como Martín Fierro, Don Quijote, La metamorfosis, Las aventuras de Arthur Gordon Pynn, o Informe sobre ciegos, y ahora, El castillo, entre otros. Sus obras han sido expuestas en Barcelona, Frankfurt y Madrid.














Franz Kafka; El castillo; traducción de José Rafael Hernández Arias; ilustraciones de Luis Scafati; Madrid, Sexto Piso, 2015; 345 págs.


martes, 24 de marzo de 2015

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V
Valentía
“El valor es el arte de tener miedo sin que la gente lo advierta”.
                                                                             Pierre Veron

Román Gubern


Murieron con las botas puestas”: Historia del Cine
Anagrama publica una edición actualizada del clásico de Gubern



     Cuestionar el futuro de las salas de cine resulta a día de hoy, la noticia de uno de esos atropellos culturales a que debemos enfrentarnos sin esperanza alguna, porque los datos ofrecen como en la última década no menos de una media de 150 cines cerraban anualmente, y la taquilla descendía en torno al 42%, un acontecimiento que se anunciaba como el crepúsculo de las salas: El Avenida, el Bogart, el Roxy A, el Azul, el Rex o el Pompeya, míticos en algunas calles madrileñas, han desaparido y han convertido su espacio visual en un analógico trasvase para vender blusas de saldo. Si a ello añadimos el dicho “las salas de cine tienen los días contados”, como un certero presagio, el problema no pilla por sorpresa ni siquiera a Román Gubern (Barcelona, 1934) historiador del cine y catedrático emérito de la Universidad Autónoma de Barcelona. Autor de libros como Historia del cine (Danae, 1969) y, más recientemente, El eros electrónico (Taurus, 2000) y Máscaras de la ficción (Anagrama, 2002), ha dedicado los últimos cuarenta años a estudiar y entender la historia del cine y su relación con la cultura de masas. Ahora, la editorial Anagrama, en una nueva colección que titula, acertadamente, “Compendium” reedita esta Historia del cine (2014) cuya última edición era de 1989, aunque existía una revisión de 2011, y en este volumen ofrece un total 736 páginas que para el autor supone todo un compendio sobre el nacimiento de un nuevo arte y un auténtico manual para comprender la comunicación audiovisual, “Desde el invento de la imprenta, todas las restantes tecnologías de la comunicación de masas han nacido con la vocación de producir o difundir mensajes orientados al consumo privado y domiciliario”. El cine, el heredero “del espectáculo teatral y del circo” era, sin embargo, una de las excepciones. No fue hasta mediados de los setenta –y sólo tras la introducción de los formatos de videocasete– que la industria cinematográfica comenzó a seguir esa tendencia de reclusión doméstica. 



     El cine en sala y el cine en casa han logrado convivir durante las últimas décadas. En los últimos años, sin embargo, internet ha puesto en riesgo esta frágil comunión y las principales industrias del entretenimiento han tenido que adaptarse a esta nueva plataforma de distribución. Primero la transformación de la industria de la música, gratuita y sin control, y ahora le ha llegado el turno de la cinematográfica: un hecho que ha revolucionado por completo la manera en la que se ve y se distribuye el cine y aquellos portales donde se consiguen descargar gratuitamente las películas. Se trata de una especie de mini-enciclopedia de gran ayuda a la hora de buscar corrientes cinematográficas o entornos sociales de determinadas épocas del cine.  El libro habla de los entornos sociales y del resto del mundo en el que se filmaron las películas y las diferentes corrientes.
      La obra de Gubern posee todas las características para interesar al cinéfilo o al simple aficionado a la historia del séptimo arte porque el barcelonés establece todo un recorrido por la historia de un espectáculo popular que nació como una derivación de lo instantáneo, es decir, el mundo de la fotografía que llevaron a acabo Edison y Lumière en el XIX y que, inicialmente, se exhibía en barracas de ferias y espectáculos de music hall hasta convertirse en esa fábrica de sueños que durante décadas llenaría salas, minisalas, pantallas de televisión y, finalmente, cualquier soporte informático. Desde el “Nacimiento del cine”, pasando por la “era de los pioneros”, la “Formación de un arte”, el “Cine mudo y sonoro”, el “Paréntesis de la guerra”, la “Postguerra” o el “Cine contemporáneo”, además los años de la “Crisis y transformación” o la “Era electrónica” y un curioso “Epílogo en el centenario del cine”, la obra se completa con un “Índice onomástico” y otro “Índice de películas”.
      El cine, señala Román Gubern, ofreció desde sus comienzos un interesante y fructífero diálogo con las vanguardias del siglo XX y pronto se inscribió en las revoluciones estéticas e intelectuales que se desarrollaron a lo largo de más de un siglo.  











Román Gubern, Historia del cine; Barcelona, Anagrama, 2014; 736 págs. Col. “Compendium”.

domingo, 22 de marzo de 2015

Desayuno con diamantes, 28


Cuentos completos, de Truman Capote


EN EL UMBRAL DEL PARAÍSO
       Truman Capote, uno de los grandes escritores de su tiempo, calificado como «enfant terrible» de las letras norteamericanas y creador del nuevo periodismo que tanto éxito le procuró, años después, a su compatriota, Tom Wolfe llegó a afirmar: «Soy alcohólico, soy drogadicto, soy homosexual,  soy un genio». En este otoño hubiera cumplido 80 años y con suerte habría logrado prolongar el sueño de esa estela que proyectaban sus narraciones, tanto las extensas como las breves. El autor de Desayuno en Tiffany´s (1950) o A sangre fría (1965) nos legó, además, tres novelas breves y  un puñado de cuentos publicados a lo largo de la mayor parte de su vida creativa, olvidados quizá por el éxito que le proporcionó la crónica de un crimen que desembocó en millones de hogares norteamericanos y el afecto unánime de una sociedad mundana como la norteamericana de los 60.
        Los Cuentos completos (2004) que complementan, aún más, la «Biblioteca Truman Capote» que la editorial Anagrama viene publicando desde hace más de diez años, reflejan no sólo los primeros tanteos narrativos del escritor sureño sino también las lecturas de sus contemporáneos, como señala Reynolds Price, autor de la introducción que lleva el volumen, sobre todo en los ejemplos de Carson McCullers y Eudora Welty, aunque, en gran medida, revelan esa visión humana de un narrador de raza, cuya estela existencial se vio envuelta en un aire dramático y no menos satírico, como era manifiesta, indiscutiblemente, la personalidad de Capote. Los primeros cuentos  evidencian, pues, esa visión  trágica, decadente, rural, de un mundo sureño que nos proporciona protagonistas como niños en la calle o ancianos encerrados en cualquiera de los pueblos asfixiantes de esa América profunda que tanto se ha prodigado en la cinematografía norteamericana; por otra parte, las alusiones a abundantes episodios autobiográficos del personaje-autor nos llevan a participar de esa dolorosa infancia de la que el narrador supo sacar tanto partido. Entre otros muchos conocidos se encuentra «Miriam»(1945), la historia de una niña perversa que lo hizo famoso y que encierra ese mundo claustrófobico que tanto éxito le proporcionó al autor en Nueva York. Otros entrañables ejemplos son «Un recuerdo navideño» (1956), «El invitado del día de Acción de Gracias» (1967) o «Una Navidad» (1982). 



       Un ambiente más sofisticado, cosmopolita, donde conviven jovencitas caprichosas, amas de casa, matrimonios liberales, la vida nocturna, parejas gays o gente, en general, refugiada en la gran manzana que proyectan una visión no menos desgarradora a los lectores y que, en realidad, se convirtió en su particular crónica de esas clases sociales que sustentaban el sarcasmo y la sordidez de los ambientes elegidos por Capote.
        El conjunto reúne, por primera vez, todos los relatos del autor norteamericano e incluye un inédito, «La ganga», escrito en 1950, aunque descubierto recientemente, además de algunos cuentos publicados por primera vez en castellano como «Un visón propio», «Las paredes están frías», «En los umbrales del paraíso», «La leyenda del Preacher» y «La forma de las cosas». Alguien ha escrito, «sobre el sur profundo de Estados Unidos se ha dicho que es capaz de generar los más desolados perdedores y los más grandes escritores», ambas afirmaciones pueden ser válidas para este genuino representante de la nueva novela norteamericana porque nadie como él supo conferir a sus textos ese fresco de gran humanidad que caracteriza a su obra.


CUENTOS COMPLETOS
Truman Capote
Barcelona, Anagrama, 2004

 

Hoy tomo café con…



Javier Morales Ortiz

     Javier Morales Ortiz vuelve a la narrativa breve con Ocho cuentos y medio (Baile del Sol, 2014), un homenaje explícito a sus maestros, sobre todo Chéjov.


                                                                                                 © Sole González

Javier Morales Ortiz (Plasencia, 1968), escritor y periodista. Imparte talleres de escritura y colabora en diversos medios y revistas. Escribe una columna dominical en El Asombrario, portal de cultura de eldiario.es. Ha publicado hasta el momento los libros de cuentos, La despedida (2008), Lisboa (2011) y Ocho cuentos y medio (2014) y la novela Pequeñas biografías por encargo (Huerga & Fierro, 2013). Sobre su literatura se ha dicho que es “austera, concisa, pero sobre todo auténtica, y en la brevedad de sus textos puede meterse toda una vida”.

Dígame, en primer lugar, ¿cómo se llega al cuento?
No creo que haya una única forma de llegar al cuento, sino que cada lector, cada escritor, encuentra el camino a su manera, si es que lo encuentra. Al principio como lector y luego como narrador siempre me interesaron la brevedad y la concisión, cualidades inherentes al género breve. El predominio editorial de la novela no ha facilitado el acercamiento del gran público al cuento, que sigue siendo minoritario, pero la situación ha mejorado mucho respecto a lo que sucedía hace algunos años.

¿Es quizá, como se desprende de sus relatos, una manera de mostrar mejor la fragilidad humana?
La necesidad de mostrar la fragilidad humana, lo que somos, viene de cualquier impulso literario, no solo del cuento. Pensemos en Shakespeare. Creo que un error en el que han caído algunos cuentistas es pensar que el género es superior a otros, como la novela. Algo parecido a lo que ocurre con algunos poetas respecto a la narrativa. Creo en la buena literatura, al margen de la cara que tenga: novela, cuento, poema, no ficción, teatro, cine.

Y si es así, ¿hasta qué punto se implica usted en sus relatos?
Mi implicación es total cuando escribo, pero no solo relatos. Cuando se cuenta una historia, al margen del género que hayamos elegido, estamos dejando en el papel un pedazo de nuestra alma. Y hay que dar lo mejor de nosotros mismos. Otra cosa es el resultado, que no siempre es de nuestro agrado.

Se lo pregunto porque sus personajes, al hilo de un posible realismo sucio pretenden no seguir siendo los mismos, ¿es esa su intención al conformar sus historias?
Al hablar de mi último libro, “Ocho cuentos y medio”, el escritor Juan Ramón Santos se preguntaba si en mi caso, más que de realismo sucio, no habría que hablar de realismo limpio. Me parece una observación muy aguda y atinada porque una cosa es el lugar en el que pueden transcurrir algunas historias y otra el tratamiento de la historia y el tratamiento de los personajes. Siempre los trato con ternura y, sobre todo, suelo dejar una puerta para que puedan encontrar una salida.

¿Ha necesitado usted un espacio para concretar sus historias, o es un mero recurso literario?
En mis dos primeros libros de relatos, La despedida y Lisboa, podríamos decir que el espacio donde se desarrollan las historias se convierte en un personaje más. Era algo meditado. En el primer caso, el mundo rural. En Lisboa una urbanización de las afueras de Madrid. Ambos libros están conectados. Quería demostrar que la fragilidad del ser humano de la que hablabas antes es la misma, que nuestros conflictos son parecidos y universales, al margen de donde vivamos. Algo que también puede visualizarse en mi novela, Pequeñas biografías por encargo.

En su primer libro, La despedida (2008), ¿sus personajes conviven en temas comunes: superar su derrota, y aquello que media entre realidad/ deseo?
Decía Bolaño que la literatura es una batalla perdida de antemano, como la vida misma. Creo que cualquier historia que se precie nace de esa derrota, de la necesidad de adaptar nuestras aspiraciones a la vida real, a lo que realmente tenemos.
  

                                                                                                       © Sole González

La ambientación de sus cinco relatos en un medio rural ¿ayuda a los personajes a vivir en un último paraíso?
Quise rendir un homenaje a una cultura que se pierde, que agoniza. Y en este sentido, como señaló en su día Gonzalo Hidalgo Bayal, los personajes de La despedida viven en una especie de arcadia, un mundo en extinción donde los humanos veían a la naturaleza como parte de sí mismos y no como un mero paisaje.

En su siguiente libro, Lisboa (2011), de nuevo sobresalen los personajes, ¿quizá porque ellos son capaces de resumir sus intenciones a la hora de contar un cuento?
Me gustan las historias en las que los personajes juegan un papel importante. Como bien dices, a través de ellos podemos tratar de una inocular una especie de verdad literaria, un espejo en el que mirarnos.

Crisis y falta de comunicación vuelven a ser motivos dominantes en estos relatos, ¿crónica de una época?
Mi intención no era hacer una crónica de nuestra época, un fresco que reflejase cómo somos al día de hoy. Pero los personajes y las historias, en su mayoría, transcurren en un momento y en un lugar muy concreto y eso, sin duda, está presente en todos los relatos.

A través de las abundantes elipsis y recuerdos literarios empleados, consigue usted un estilo muy característico, como si quisiera agrandar la realidad de los mismos, ¿es este su propósito fundamental?
La elipsis es uno de los recursos literarios que más me interesan, por su capacidad de agrandar la realidad, como señalas, y de que el lector adquiera un papel más activo en la historia. Incluso en la vida real a veces es más importante lo que callamos que lo que decimos. Lo que calla el narrador debe escribirlo cada lector por su cuenta.

Su tercer libro, Ocho cuentos y medio (2014), más ambicioso, ¿trata de homenajear a sus maestros en el género?
Cada vez que escribimos homenajeamos de alguna forma a los autores que hemos leído y que nos han influido. En este sentido, escribir es destilar esas influencias.  Eso es así siempre. En el caso de Ocho cuentos y medio, además de esa destilación, hay un homenaje explícito a varios narradores que han sido importantes para mí, sobre todo Chéjov, de quien aún sigo aprendiendo.

En esta ocasión la variedad temática es mucho más amplia y ambiciosa, ¿qué ha cambiado en sus presupuestos literarios?
Me alegro de que se haya percibido esa evolución. Digamos que los presupuestos literarios siguen siendo los mismos. Pero creo que un escritor deber seguir buscando nuevos paradigmas, abrir nuevas posibilidades, aunque sea dentro de la tradición de la que se siente deudor, que en mi caso claramente entronca con la chejoviana.

Hay un relato, “Regreso a Sajalín” de una tremenda actualidad, ¿se deja usted llevar por la crónica periodística?
No especialmente. Antes hablábamos de homenajes y quizás este relato es el del libro “Ocho cuentos y medio” en el que la alusión a Chéjov es más evidente. Uno de los libros más conocidos aunque menos literario de Chéjov es La isla de Sajalín. Chéjov, que también era médico, viajó a este archipiélago, donde recluían a los presos en unas condiciones infrahumanas, para relatar su miseria y dar cuenta de ella. Como en sus relatos, se impone la mirada del humanista, pero en este caso bajo la óptica del científico. De ahí que la narración se haga tediosa en algunos pasajes porque el estilo nada tiene que ver con el de sus cuentos. Al pensar en La isla de Sajalín enseguida me vino a la mente Guantánamo, como a la protagonista de mi relato, una joven escritora canadiense que en cierta forma desearía emular al maestro.

Es autor de una novela, Pequeñas biografías por encargo (2013); establezca usted, por favor, su distancia entre novela y cuento. 
El impulso que nos lleva a contar una historia es el mismo tanto si se trata de una novela como de un cuento o incluso de un reportaje periodístico. En este sentido me siento sobre todo un narrador, alguien a quien le encanta contar historias. Ahora bien, el aliento que lo impulsa es distinto. Intensidad, brevedad y tensión son cualidades inherentes al relato corto, aunque también algunas novelas las tienen. Digamos que el cuento es un fogonazo de vida, aspira a verdades fragmentarias, mientras que la novela tiene una ambición mayor de totalidad, pero las fronteras no siempre son muy nítidas.

Y una última curiosidad, ¿qué le debe usted a Gonzalo Calcedo, si es que le debe algo? Con Gonzalo Calcedo, como con tantos escritores, me siento en deuda porque me enseñaron a ver el mundo de otra manera a través de sus historias. Gonzalo Calcedo es además uno de nuestros grandes cuentistas, alguien que desbrozó el camino del relato corto cuando era aún más minoritario que ahora. Supo incorporar con éxito la forma narrar de la gran tradición cuentística de Estados Unidos al ámbito español, sin perder la identidad. Y creo que su aportación no ha sido reconocida como merece. Quizás porque durante los últimos años, atraídos por una aparente simplicidad, han surgido demasiados imitadores de Carver y los críticos no han sabido distinguir el grano de la paja, el mimetismo de la creación.




sábado, 21 de marzo de 2015

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S
Sentimientos
         “No hablar nunca de una cosa no quiere decir que no se sienta”.
                                                       Alejandro Casona
Julio Llamazares            
Distintas formas de mirar el agua

   Como se ha venido sosteniendo el concepto de ver se transcribe como una exclusiva función cerebral, y cuando pretendemos mirar este sentido se convierte en una función ocular; es decir, dirigimos nuestros ojos sobre el objeto y, solo entonces, organizamos ambas percepciones porque esa capacidad de ver, en realidad, consiste en usar la visión y, de otra manera, mirar lo conceptuamos exclusivamente como emplear la vista.
   Julio Llamazares (Vegamián, León, 1955) nos tiene acostumbrados a distintas formas de mirar y a mostrarnos ese sentimiento de desarraigo que recorre buena parte de su literatura hasta el presente, y ahora, ahonda mucho más, en su última propuesta, Distintas formas de mirar el agua (2015), porque en esta ocasión, Llamazares propone dieciséis miradas distintas, para contar su historia y, una vez más, ofrece un texto intimista y lírico, aunque sostiene ese sentimiento de desarraigo o de exilio permanente que planea sobre su narrativa y en particular en esta novela. Y los dieciséis monólogos se convierten en el homenaje a un protagonista anónimo, un campesino sobrio, austero, obligado a abandonar la tierra que lo vio nacer y donde ha fraguado buena parte de su vida. Comienza el testimonio con su viuda ya, y acaba por la de su hijo pequeño; entre medias, otros hijos, nueras, yernos, nietos, novios o novias de los nietos irán sumando su voz, a veces desde la extrañeza, hasta llegar al ritual familiar de lanzar las cenizas del finado sobre la superficie del pantano que desalojó hace más de medio siglo a la familia de un idílico valle leonés. De manera que esos monólogos se hacen en homenaje del hombre ya convertido en cenizas, y muestran ese repaso a toda una vida y una actitud de sobrevivir pese a todo tipo de adversidades.
   Y a medida que vamos leyendo, sabemos que Domingo, el padre de familia, una vez desalojado de Ferreras, en el valle de Porma, se negó a volver nunca a su pueblo o, mejor, al pantano bajo el cual se hallaban las ruinas de su casa y las de sus vecinos que, como él, tuvieron que emigrar a las provincias vecinas. Tan solo volvería, y así lo había manifestado, cuando muriese para que sus cenizas se reencontraran con el hijo, Valentín, muerto de muy corta edad, y que había quedado sepultado en el cementerio local bajo las aguas. La novela transcurre en un breve lapso de tiempo, justo el que tardará la mayor parte de la familia, que se ha desplazado hasta allí, para arrojar sus cenizas a las aguas del embalse, y quieren hacerlo en el punto de la orilla más cercano al pueblo sumergido. Se trata de una breve y sencilla ceremonia, encabezada por su viuda, sus hijos, sus yernos y nueras, sus nietos y nietas, que reflexionan sobre su relación con Domingo, y sus visitas esporádicas en aquel paraje perdido, pero también se pone de manifiesto, ese desarraigo de los más jóvenes, que apenas sienten nada o se muestran poco vinculados al lugar que, como esbozábamos al comienzo, se convierte en el tema principal de la novela, al tiempo que relativiza los puntos de vista de cada uno de ellos a medida que expresan, frente a la laguna, sus pensamientos y, a medida, que los testimonios reproducen las palabras de los más jóvenes, se diluye esa visión sentimental con que los moradores del lugar vivieran su pasado.
  El paisaje, según acostumbra Llamazares, se perfila en Distintas formas de mirar el agua, como otro personaje más que circunda y manifiesta la actitud vital del resto, y en ocasiones se muestra como ese espejo en que, inexorablemente, nos reflejamos, nos proyectamos y aun más, nos miramos, y tan es así que se convierte en nuestra sombra y configura nuestra personalidad.





 





DISTINTAS FORMAS DE MIRAR EL AGUA
Julio Llamazares
Madrid, Alfaguara, 2015; 193 págs.