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jueves, 16 de noviembre de 2017

Antonio Muñoz Molina




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MUÑOZ MOLINA O LA RECONSTRUCCIÓN DE LA HISTORIA

                                        
       En aquella lejana década de finales de los sesenta, en la madrugada del 20 de julio de 1969, quizá varios millones de adolescentes en todo el mundo mirábamos expectantes, en los televisores de la época, las imágenes difusas en blanco y negro que nos mostraban cómo el módulo lunar Eagle, pilotado por los astronautas Armstrong y Aldrin, miembros de la misión espacial Apolo XI, alunizaba en el Mar de la Tranquilidad, mientras un tercer tripulante, Collins, aguardaba el acontecimiento dentro del módulo de mando, en la órbita lunar.
       La nueva novela de Antonio Muñoz Molina (Úbeda, 1956), entonces un adolescente de trece años, arranca tres días antes del primer viaje tripulado a la luna y desarrolla la totalidad de su acción en breves secuencias paralelas al acontecimiento histórico. En realidad, El viento de la luna (Seix Barral, 2006), es un relato narrado con un ritmo tan perfecto como pausado que le permite al autor rememorar, durante un breve espacio de tiempo, la vida del joven protagonista, en una evidente evocación autobiográfica, con abundantes recuerdos familiares y esa importante cadena vital que va del pasado infantil al adolescente e incluso algunos de los hechos narrados se convierten en un retrato de la época, aunque por encima de todo se pretende volver a  uno de sus mundos literarios más definidos, la mítica Mágina, recobrada ahora si cabe con la fuerza estática de las impresiones que provocan en su joven protagonista las lecturas, el cine, el colegio religioso, estampas de una España trasnochada y costumbrista tan cercana a quienes vivimos la época, relato que nos recuerda sus anteriores obras Beatus Ille (Seix Barral, 1986) o El jinete polaco (Planeta, 1991), la ciudad en el Sur de España, cerca de su lugar de nacimiento, como punto geográfico y mental del protagonista.
       Muñoz Molina regresa al pasado de una forma mucho más amable aunque su relato no esté exento de cierta actitud crítica y cuente las diferencias entre los dos mundos que el adolescente vivió, uno inmemorable, el de nuestra larga posguerra franquista ya desaparecido, y otro el de esa larga agonía del dictador que, mientras los hombres pisaban la Luna, empezaba a abrirse a la modernidad de la vida cotidiana incorporando algunas de las comodidades más elementales: los electrodomésticos y la televisión. Cuenta así el narrador cómo su familia no tenía agua corriente, vivía del campo, cosechaban la aceituna y vendían sus productos en el mercado y, sin embargo, eran muchas sus necesidades, pero tras la mirada del adolescente, de esa visión costumbrista de una España agónica, tan realista como verdadera, se esconde la mirada del joven que leía a autores como Verne o Wells, disfrutaba con las sesiones de cine y observaba cómo el mundo iba cambiando, mientras los astronautas realizaban su hazaña, y en la anclada Mágina, como queda dicho, las gentes que rodean al joven Muñoz Molina o su alterego, incluida una parte de su familia, contemplan como paulatinamente se van transformando sus vidas.
       Una doble mirada observa el curioso lector en este nuevo relato del mejor escritor español de final de siglo, esa sutil forma autobiográfica de desplazarse por un pasado que bien pudo concretarse en la soledad del adolescente y en esa otra visión que nos lega el relato, el momento en que la Humanidad logra dar su mayor salto al futuro y le proporcionará al mundo su capacidad para abrirse sin excusa a la modernidad de un siglo XXI.
       Así me rondan los fantasmas, escribe Muñoz Molina, y aunque estaba tan lejos han sabido encontrarme, muchos años después, fruto todo ello de esa memoria que cubre una de las etapas más importantes de nuestra vida: el despertar a la sexualidad, la incomprensión de los mayores, la rebeldía ante el mundo, la cruel soledad del adolescente o esa necesidad de afianzarse, de alguna manera, en un yo muy subjetivo frente al miedo de la realidad más inmediata.









EL VIENTO DE LA LUNA; Antonio Muñoz Molina
Barcelona, Seix-Barral, 2006


miércoles, 15 de noviembre de 2017

Juan José Millás



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ACASO UNA MENTIRA

       Todos los héroes de las novelas del escritor español Juan José Millás (Valencia, 1946) coinciden, más o menos, con la época descrita en sus textos y, de una manera generalizada, se puede pensar que cuanto acontece en sus historias se refiere a los hechos cotidianos de su generación porque el problema fundamental para él y el de sus personajes sigue siendo el curso de esas distintas etapas de la vida y la evolución general de la misma o acaso de la sociedad y, aún más, una y otra varían no solo por las circunstancias externas sino por la posibilidades de solución que uno mismo tiene. Por otra parte, Millás siempre sugiere en sus relatos la imagen del «doble», ese otro yo que cobra su significado en la dualidad misma del personaje para, a partir de  esa condición, desarrollar su historia con un mínimo argumento; o la relación triangular ensayada, en la que dos hombres se complementan, el narrador teoriza en torno a la temática del abandono y de la soledad, y se subraya el escaso contacto que mantienen sus personajes con esta. Baste recordar algunos de los argumentos de sus primeras novelas, como por ejemplo, el hijo adolescente de una familia perseguida descubre el cadáver de su hermano demente encerrado en una armario, con la boca taponada por algodones impregnados de agua de colonia que la madre ha puesto para que el olor a la putrefacción no se note, esto puede leerse en Cerbero son las sombras (1975); un malhechor obsesivo, perseguido por la policía, deambula por las calles de la ciudad, hasta que se refugia en el cuarto de calderas de un inmueble donde vive su mujer, Visión del ahogado (1977); un solitario agoniza entre un intermitente repaso al ayer, mientras sueña con matar a su madre y hermana, El jardín vacío (1981); un escritor fracasado envía a un amigo periodista el manuscrito de una novela en la que, adoptando el papel como narrador, cuenta las complicaciones ocasionadas por su propia muerte, Papel mojado (1983); o un resentido funcionario ministerial es reclutado por una organización terrorista para convertirlo en lego de una orden religiosa, Letra muerta (1984), todos argumentos que en la narrativa de Millás se concretan en una única cualidad, la extrañeza.
       En Laura y Julio (2006), nombres que nos recuerdan a una anterior entrega, El desorden de tu nombre (1988), cuenta una vez más el repetido juego de un trío sentimental en el que las posibilidades del diálogo a una sola voz ofrece lo mejor de la novela puesto que, Julio, el protagonista indiscutible, un decorador cinematográfico que de alguna manera vive una realidad fingida, es pareja desde hace años de Laura, una masajista, quien a su vez, tras una relación amorosa en declive, tendrá una aventura extramatrimonial con Manuel, un extraño vecino, escritor que nunca escribe, pero que un día tiene un accidente y queda en un coma irreversible, desaparece como personaje y al mismo tiempo desencadenará la historia a narrar. En realidad, el suceso se convierte en el detonante para ofrecer una mirada caleidoscópica sobre la realidad y todo el absurdo que nos envuelve, sobre todo para Julio quien se entera demasiado tarde que su matrimonio ha fracasado y cuando averigua que, en buena parte, la culpa la tiene su amigo moribundo decide actuar: se muda en secreto a su piso, viste su ropa, adquiere sus costumbres, incluso pretende usurpar ese otro yo que le ofrezca una mirada distinta del mundo y de su relación con Julia. A medida que avanza la novela, perfectamente, estructurada en ese complejo mundo en el que bien se mueve Millás, lo extraño y lo lucido, su personaje modelará una nueva forma de vida en la que, incluso, se le ofrece la posibilidad de adquirir una nueva familia en la figura de su hermanastra y la hija de esta, es decir, convertir una suerte de impostura en una realidad, en la que la relación con la niña de seis años, es lo mejor de este episodio porque de alguna forma afirma esa voluntad suya de manifestarse ante la vida de una forma diferente.






Juan José Millás, LAURA Y JULIO
Barcelona, Seix-Barral, 2006

martes, 14 de noviembre de 2017

Mi voluntad...



MI VOLUNTAD DE SER MEXICANO

       Cuando era un adolescente en el Rheinland alemán a finales de los 60, viví la experiencia de ser un hijo de emigrantes que incluyó una segregación social por parte de una mínima fracción de la ciudadanía alemana, y un largo verano en que leí un puñado de reportajes periodísticos que hablaban, y de qué manera, de la colonización española en Hispanoamérica, sobre todo de las correrías y tropelías de Hernán Cortés y algunos de sus secuaces en la conquista del imperio azteca. Y por extensión en el resto del continente americano. Evidentemente, mi escasa formación académica de entonces solamente me llevó a escandalizarme ante la lectura de  semejantes reportajes, seis en total quiero recordar, escritos por un periodista alemán. Transcurridos los años aún conservo los  recortes en mi archivo y, según el tono expresado por el alemán, me avergüenzo y, creo firmemente, que la colonia de mis paisanos españoles que habitaban el pequeño pueblo, también lo sintió. Pero, no obstante, pasé allí los afortunados años de buena parte de mi niñez y de mi juventud. Cuando hoy recuerdo el recuento de semejantes atrocidades y después de haber leído, estudiado y revisado parte de esa «conquista» mucho me temo que ese analista alemán exageraba sus apreciaciones sobre mutilaciones, asesinatos, violaciones, extinción de una raza y, me temo, quería más escandalizar que ser equitativo en sus apreciaciones sobre los imperialistas españoles que se lanzaron a la conquista de América. Evidentemente, el analista estaba de parte de los indígenas, los habitantes del México del XVI, a quienes nombraba con ese calificativo, por cierto, y así se mostraba excesivamente condescendiente con ellos. Nada aportaba de esa otra colonización llevada a cabo por otros españoles, la humana y la referida a la hermandad, me refiero, aquella que hizo que muchos países renunciaran, no obstante, a parte de sus señas de identidad para fundirse con otra nueva que originaría un lenguaje mestizo, unas costumbres singulares, un arte y una literatura plural, en suma las señas que hoy identifican a todos los hablantes del castellano o español, tanto de aquí como allende de los mares.

Vista de Xalapa, desde el Pico Orizaba

       Mi relación con México data de mis años universitarios, esos que llamamos de formación, en los que uno siente y tiene muchos y grandes deseos de conocimiento. Uno es capaz de devorar todo lo que se pone ante su vista, libros, artículos, ensayos, pintura, arquitectura, artesanía de esos otros países donde la huella de lo español ha estado presente durante los últimos 500 años. Hoy ya no siento vergüenza alguna de aquel pasado verano alemán, inocente en mis juicios de valor, nada más lejos, me siento reconfortado de saber y conocer parte de ese legado que es también mi legado, y me refiero a las señas de identidad que se cuestionan en países como México, Colombia, Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina... y un largo etcétera, porque tanto sus gentes allí como los habitantes de España aquí, un país ahora libre y democrático, capaz de tender sus manos desde la metrópoli hasta el otro lado del mar. Hemos aprendido que, las teorías conquistadoras de nuestros reyes y gobernantes de esos pasados siglos, nunca han manifestado la realidad de un pasado histórico que más se debe a falsos documentos y a supersticiones que tienen mucho que ver con nuestro carácter iberoamericano. Hoy me siento orgulloso de haber establecido unos lazos de amistad y de confraternidad con un grupo de escritores e intelectuales de México, estrechado casi una hermandad con algunos de los habitantes de Jalapa, en el Estado de Veracruz, de haber visitado un país tan impresionante y rico como México, con su gran urbe, el DF., como baluarte de modernidad, admirar sus avenidas y zócalos, además de visitar sus museos y tradiciones. Me siento orgulloso de pasear en una ciudad como Jalapa donde tengo establecidos vínculos de avenencia con alguien que sabe, y muy bien, aprecio como hermano y que desde el año 1978 me tendió sus brazos, con sus publicaciones, sus libros, y me refiero, y quiero decirlo, a Raúl Hernández Viveros, con quien a estas alturas he compartido mesa, me ha ofrecido su hogar, he paseado, he escrito y admirado la belleza del valle de Veracruz. Nuestras familias se conocen y no existe atisbo alguno en nosotros de animadversión. He visto con el paso del tiempo crecer a sus hijos y algo parecido le ha ocurrido a él con mis hijas. En España hemos celebrado juntos la Navidad, una fecha emblemática para todos, nos hemos emborrachado y hablado, durante horas y más horas, sobre literatura, muestra pasión común, incluso, con el paso de los años, hemos intercambiado publicaciones. He visitado México en tres ocasiones en los últimos veinte años, he paseado por las calles y avenidas de una Jalapa cordial y amable, por el Parque Juárez, Xallitic, la Iglesia del Buen Viaje, el Parque Miguel Hidalgo y Costilla, la Plazuela de San José, los Lagos del Dique, la hermosa Catedral, el Callejón de Jesús te Ampare, y conozco su hermosa leyenda, los Palacios de Gobierno y Municipal o los Lavaderos de Ruiz Cortines. Me he reunido con los amigos mexicanos de la ciudad en cantinas y pulperías y me han abrazado como hermano y ofrecido su amistad. He visitado su Universidad y presentado mis libros y proyectos. Me consta que tengo la amistad de su director de publicaciones, José Luis Rivas, y siento que me encuentro en paz en una ciudad que acoge a sus visitantes con esa amabilidad que se parece a la de las gentes de buena voluntad de mi país. Omar Piña me brindaba su amistad en las páginas del suplemento Milenio/ Laberinto para que, semana tras semana, acudiese a estar presente con mis pequeños ensayos  entre los lectores del Estado de Veracruz. Pero también tengo otros tantos amigos, en el DF., en Puebla, en Veracruz, en Oaxaca, y algunos más que sería prolijo nombrar en Jalapa.


       Estos días me siento más mexicano porque acabo de leer, en las páginas del semanario de El País, un interesante reportaje del escritor mexicano Jordi Soler (1963), nacido, por cierto, en La Portuguesa, una comunidad de republicanos catalanes en la selva de Veracruz. El magnífico texto se titula «La misión del embajador Rodríguez», en realidad, el encargo del presidente Lázaro Cárdenas, a su embajador en París, de socorrer a los más de 150.000 españoles desperdigados por Francia y enviarlos a México, velando en todo momento por su seguridad, especialmente, en la figura del presidente de la República española, Manuel Azaña.  Luis I. Rodríguez, embajador en Francia, se entrevistó en Vichy en julio de 1940 con el mariscal Pétain y se enfrentó a su voluntad de denunciar a los refugiados españoles ante el gobierno franquista que pisaba los talones a muchos de los intelectuales y republicanos en suelo francés. En ningún momento ni Pétain ni su gobierno había visto con buenos ojos la protección que el gobierno de México ofrecía a Azaña o a su gobierno y denunciaban que el embajador alentaba, desde suelo francés, actividades de política comunista. Pese a todo, las listas de extradición que engrosaban los nombres de los refugiados, tras un inicial acuerdo de los gobiernos de México y Francia, ascendían a 3.617 hombres, apunta el narrador Jordi Soler, a esta cifra se sumaban, además, cada día que pasaba nuevos nombres que facilitaba la Gestapo. El astuto embajador Rodríguez había conseguido colocar en varias de las habitaciones del hotel Midi, de Montauban, la bandera mexicana que proporcionaba inmunidad a las decenas de refugiados, incluido, el presidente Azaña, gravemente enfermo, en cuyas habitaciones moriría el 4 de noviembre de 1940, sin que pudiera ser evacuado como había pensado la Legación mexicana. La habilidad del embajador Luis I. Rodríguez consiguió que varios barcos zarparan de Marsella con centenares y miles de refugiados. Desde su vuelta a México mantuvo relación de amistad con algunas de las comunidades de españoles en todo el territorio federal y a su entierro, ocurrido, un día de 1973, un grupo de republicanos españoles cerró el círculo que don Luis había abierto más de treinta años antes, devolviendo su cuerpo a la tierra, envuelto en la bandera republicana, repitiendo la misma acción que, él mismo, había hecho en el entierro de Azaña, cuando había envuelto el  féretro del español con la mexicana.
       Al leer este reportaje, al recordar las palabras y, sobre todo, rememorar la figura de tan insigne hombre honesto, el embajador Luis I. Rodríguez, me siento más mexicano que nunca, más iberoamericano, y quisiera que el resto de aquellas heridas que aún quedan abiertas de ese 12 de Octubre que aún celebramos, ahora en España sin la majestuosidad ni el sentido imperialista del pasado, esa especie de hispanofobia sobre la que han escrito intelectuales  allende de los mares, se disipara porque, quien escribe, quien siente, quien vive, el arte mexicano, se congratula de ser hermano de esa gran cultura ancestral que hoy puebla México, con sus raíces autóctonas tan mixtecas como españolas, porque después de cinco siglos, la simbiosis ha logrado ser tan extraordinaria que todos formamos parte de una herencia única, aquella que une con una lengua común su idiosincrasia y la nuestra.
        

lunes, 13 de noviembre de 2017

Desayuno con diamantes, 124



VIDA DE HANK
               La editorial española Circe devuelve al panorama narrativo la figura del escritor Charles Bukowski (2006), una biografía, de Barry Miles, amigo y biógrafo de la llamada generación beat.


       Charles Bukowski, en palabras de su biógrafo, Barry Miles, dio voz a los desheredados, los marginados, los incapacitados, los dementes, los obreros, los borrachos y los rebeldes. Se propuso escribir siempre con la suficiente claridad como para que la gente supiera exactamente lo que decía. En alguna que otra ocasión manifestó: «Me gusta crudo, fácil y simple. De ese modo no me miento»; es decir, manifestaba con esta actitud, la verdad. El libro Charles Bukowski (2006) escrito con sumo rigor y respeto por Barry Miles resulta una guía imprescindible para entender a quien marcó buena parte de la cultura y la literatura norteamericana de la segunda mitad del siglo XX.
       Los germano-americanos constituyen uno de los grupos étnicos más numerosos de los Estados Unidos; a principios del siglo XX, aproximadamente, el 10% de la población era de origen alemán. Leonard Bukowski, el abuelo, de Hank emigró a Estados Unidos en 1880, donde conoció a Emilie Krause, de dieciocho años, cuya familia, también, había emigrado desde Danzig. Se casaron, se instalaron en Pasadena y allí vivieron, él trabajando de carpintero, hasta que creo su propia empresa en 1904. Les fue muy bien, construyeron una gran casa y tuvieron cuatro hijos y dos hijas; Henry, el padre de Hank fue el tercero de los hermanos. Los padres del futuro escritor se conocieron cuando Henry Bukowski era sargento del ejército de ocupación estadounidense tras la derrota de Alemania en 1918, en la pequeña ciudad de Andernach, situada a la orilla izquierda del Rin. Se casaron el 15 de julio de 1920 cuando la joven Katherine estaba embarazada de ocho meses. Un mes después, el 16 de agosto, nació Heinrich Karl Bukowski. Hank tenía tres años cuando llegó con sus padres a Los Ángeles donde ya existían cincuenta y tres estudios cinematográficos y la industria petrolera se expandía rápidamente. Casi toda la información que existe sobre la infancia del escritor procede de La senda del perdedor (1982); siempre escribió sobre los niños solitarios, tímidos o sensibles en el colegio o a la continua persecución a que se veían sometidos, tanto por sus compañeros como por sus padres. Barry Miles señala, en su espléndida biografía Charles Bukowski (Circe, 2006), que «una de las principales razones de que Bukowski sea un escritor destacado es que consiguió conservar la sensibilidad a pesar del régimen de condicionamiento destinado a quebrantarla y enterrarla. Una parte de sí mismo fue siempre un intruso desde la primera infancia y pudo adoptar un punto de vista imparcial con respecto de sus padres y de la locura; la locura de la vida cotidiana». Cuando Hank era un adolescente, le salieron numerosos granos en la cara que se le extendieron por el cuello y los hombros y los profesores del instituto donde estudiaba le pidieron que dejara de ir a clase porque incluso se le podían ver los enormes granos en los párpados. Se pasó buena parte del tratamiento en la cama, cubierto con un ungüento blanco que se endurecía como escayola. Tenía quince años y no asistió a clase desde febrero a septiembre de 1936. En otro instituto coincidió con Ray Bradbury, cursaba un curso superior, y de la misma época data su admiración hacia Hitler cuando éste consolidó su control sobre Alemania. Hank se consideró entonces más alemán y lee Los Angeles Examiner, el periódico pronazi de W.  R. Hearst, que publicaba columnas de Hitler y Mussolini. Como en tantas ocasiones, Bukowski mitificó esta etapa de su vida, con sus rechazos, bochornos y desaires en una batalla por la supervivencia. Durante su larga enfermedad el joven Hank descubrirá la pequeña biblioteca pública La Ciénaga: se interesó por Upton Sinclair, Sinclair Lewis, D.H. Lawrence, quien posteriormente sería su referencia literaria; al mismo tiempo leyó a Hilda Doolittle, Aldous Huxley, la trilogía de Dos Passos y, de igual manera, se convirtió en un fervoroso admirador de Sherwood Anderson. Muchos críticos han señalado la influencia de Hemingway, aunque los años han mostrado más diferencias que similitudes entre ambos. Hank compartía la insistencia de Hemingway en la sinceridad, «escribe la frase más sincera que sepas», aunque  sí existió cierto paralelismo en su actitud romántica hacia la bebida. Pero la mayor diferencia entre ambos es que Hemingway escribía ficción, mientras que la obra importante de Bukowski implica al propio autor como personaje central y constituye una autobiografía apenas velada. Hank acabó el bachillerato en el instituto de Los Ángeles en el verano de 1939 y, gracias a sus escritos, le concedieron una beca para que estudiara periodismo en la Universidad de Los Ángeles. En noviembre de 1939 apareció un libro que cambiaría su forma de considerar la escritura, Pregúntale al polvo, de John Fante, que no recibió buenas críticas, pero se convirtió en su modelo de conducta perfecto. Siguió estudiando en la Escuela de Periodismo hasta 1941, no se licenció pero lo pasó bastante bien y cursó aquellas asignaturas que le gustaban: gimnasia y arte. Muy pronto incorporó un arquetipo americano a su literatura: el «hombrecillo» de Chaplin, el vagabundo indómito, el individuo marginado de las películas de Fuller, el rebelde, el pistolero, el tahúr, el inconformista o ese solitario que vive en una pensión. Este fue uno de sus temas principales al que volvió una y otra vez, buen ejemplo en alguno de sus relatos como «La soledad del obrero». San Francisco fue uno de los primeros destinos de Hank. La vida mítica y legendaria de Charles Bukowski empieza en 1947: prostitutas, bebida, peleas, pensiones, y sus descripciones de los bajos fondos de Hollywood. Su lugar estaría asegurado en la literatura por su canto a la ciudad de Los Ángeles: captó imágenes prodigiosas del centro y es el poeta de la expansión urbana, ningún otro ha escrito tantos poemas sobre autopistas, palmeras, césped, ni sobre el hipódromo y los detalles de la vida cotidiana. 


Mujeres
       En Factótum (1975) cuenta como en el bar Glenview de la calle Alvarado había conocido a una extraordinaria mujer. El local estaba abarrotado, pero había un asiento vacío a la izquierda de una mujer muy atractiva, lo cual le sorprendió. Preguntó al camarero, éste le dijo que estaba loca; la señora tenía la mala costumbre de estrellar súbitamente su vaso en la cara de cualquier hombre que le dirigiese la palabra. Así conoció a Jane Cooney Baker. Tenía diez años más que Hank y esa misma noche se fueron a la habitación de éste. Era rubia, un poco rellenita, las mejillas y cuello gruesos, pero conservaba algo de una belleza persistente; su alcoholismo era evidente y conservaba muchas amigas prostitutas. Hank la menciona en muchos de sus poemas como «una puta de la calle Alvarado», aunque siempre se sintió atraído por ella. Se instalaron juntos pero muy pronto empezaron las peleas de borrachos que los llevaron a distintos apartamentos de la ciudad por escándalo público. Consiguieron vivir juntos durante siete años; pero en la primavera de 1955, Hank despertó una mañana sangrando por la boca y Jane llamó a una ambulancia. Cuando volvió a casa se encontró a Jane sentada en el sofá bebiendo y enseguida le preguntó de cuánto dinero disponían. Tenían dos semanas de alquiler pagadas y estaban sin trabajo. Sin embargo, la experiencia de haberse salvado de la muerte fue muy importante para él. La bebida y las peleas con Jane continuaron durante algún tiempo, pero cuando se produjo la ruptura, parece que fue algo más bien casual. En 1965, Bukowski, le contó al poeta William Wantling: «Sólo he amado a una mujer y, a diferencia de todas las demás, fue la única que nunca me exigió ni me pidió que se lo dijera de palabra. Ni siquiera sobre su tumba dije nada, ni siquiera mentalmente, pero la luz del sol lo sabía, y los cordones de mis zapatos...». Después conoció a Barbara Frye, editora de la revista Harlequin, tenía sólo veintitrés años, ella se sentía sola sin un hombre y él se recuperaba de su relación con Jane y buscaba compañía. Barbara y Hank tenían una cosa en común: el interés por la literatura. Pronto publicó una selección de poemas y relatos en el primer número de 1957. Su madre murió en el mes de diciembre de 1956 y su padre dos años más tarde, en 1958. Bukowski noveló el funeral en «La muerte del padre», donde, en vez de asistir al funeral después de los oficios religiosos, lleva a Shirley a su casa, se emborrachan y pasan la noche juntos. Durante todos estos años, Hank, volvía con Jane de vez en cuando; una vez fue a visitarla a su hotel y como no la encontró preguntó a la dueña quien le indicó que estaba muy enferma en el Hospital General. Cuando ella lo vio enseguida supo que era él; murió en 22 de enero de 1962. En la primavera de 1963 inicia su tercera relación con Frances Elisabeth Dean, una chica natural de California, madre de cuatro hijas que había abandonado la escritura, pero admiraba a Bukowski y mostró interés por conocerlo. Esta relación amorosa fue muy intensa, aunque él siempre la menospreció argumentando que nunca la había amado. Con ella tuvo a su hija Marina. Linda King vio por primera vez a Bukowski cuando su hermana Geraldine y ella fueron a la librería Bridge a un recital de poesía en el verano de 1970; poco después trabajó en un busto sobre el escritor, era una mujer voluble, impredecible, vehemente, de ojos vivos y penetrantes y de risa maliciosa. Hank tuvo que dejar de beber porque Linda fue una amante exigente, sin embargo, como es habitual en la biografía del escritor, un año más tarde, sus peleas escandalizaban. En realidad, en la vida de Hank Bukowski hubo muchas mujeres, Howard Sounes localiza a muchas de ellas en su literatura: Bukowski: una vida en imágenes (2000). Todas son jóvenes, guapas, dispuestas a probar y experimentar cosas nuevas, incluso con un alcohólico chiflado que les doblaba la edad; Hank las incluyó a todas en Mujeres (1978), fue uno de los libros de más éxito del autor.

Pareja
       John Fante y Charles Bukowski no se conocieron hasta 1979, cuando el poeta  Ben Pleasants le propuso al primero reeditar Pregúntale al polvo y el editor le aseguró que Bukowski se había ofrecido para escribir el prólogo. Antes de verse, Hank, le envió una selección de su obra, el álbum de recitales de su gira alemana y un ejemplar de El amor es un perro infernal (1977). Poco después fueron a visitarlo Linda y él, lo encontraron en una pequeña habitación, drogado por los dolores que sufría, pero se alegró mucho, tanto que dictó su última novela Sueños de Bunker Hill a su esposa Joyce, alentado por el apoyo de Hank. John Fante murió el 8 de mayo de 1983, a su funeral asistieron Hank y Linda. Su inspiración siempre acompañó al mejor Bukowski, quien le dedicaría algunos de sus más importantes poemas: «Fante», «The Wine of Forever», «The Passing of a Great One», «Result» y «Suggestion for an Arrangement». Hank y Linda siguieron viviendo juntos a lo largo del año 1981, mientras escribía La senda del perdedor, la historia de su infancia. La boda entre ambos se celebró el 18 de agosto de 1985, pero sus problemas domésticos persistían. Rechazó viajes por Italia, Francia y España porque no estaba dispuesto a someterse a nuevas entrevistas que le obligaban a un ritmo de trabajo muy duro. En enero de 1988 estaba trabajando en Hollywood (1989) y poco después de terminar el libro enfermó con casi 40 de fiebre, adelgazó diez kilos, no podía escribir a máquina y lo hacía a mano en la cama; le diagnosticaron tuberculosis, al cabo de los nueve meses volvió a la vida normal y pudo volver a escribir de diez de la noche a las dos de la madrugada. En 1991 volvió a trabajar en una nueva novela que tituló Pulp (1994), ficción pura, que para él constituía algo nuevo. En agosto de ese mismo año había iniciado un diario, sobre su vida y sobre él mismo, que contiene su prosa más ingeniosa y perspicaz. Se publicó con el título de El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco (1998). A partir de 1992 su salud se resintió, un año más tarde le diagnosticaron leucemia y pasó setenta y cuatro días en el hospital, pero siempre continuó escribiendo, sobre todo poemas que tratan de la espera de la muerte; volvió al hospital el 3 de noviembre de 1993 y finalmente murió de cáncer el 9 de marzo de 1994, a los setenta y tres años. Se había interesado por el budismo al final de su vida y tres monjes oficiaron la ceremonia cuando lo enterraron el en Green Hills Memorial Park. Bukowski ofreció la figura de un marginado, apologista del alcohol, del sexo sucio, practicó durante su vida un estilo literario reiterativo y chabacano, aunque jamás se doblegó. Una suerte de malditismo relegó  su legado y trascendió a su propia muerte; el paso del tiempo ha devuelto a su sitio a este escritor irreverente y descarnado, convertido en personaje mítico gracias a su propia autobiografía.

Barry Miles, Charles Bukowski; Barcelona, Circe, 2006; 413 págs.

domingo, 12 de noviembre de 2017

Sabías que...






     “Las ideas, como las pulgas, saltan de un hombre a otro, pero no pican a todo el mundo”.
                                                                     Stanislaw

sábado, 11 de noviembre de 2017

Miguel Ángel Muñoz



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PROCESO AL INFORMALISMO CREADOR DEL PINTOR ESPAÑOL RAFAEL  CANOGAR





       El crítico de arte y poeta mexicano, Miguel Ángel Muñoz (Cuernavaca, Morelos, 1972) mantiene, desde hace unos años, un delirante y asombroso diálogo creativo en torno a la pintura y a la poesía, siguiendo, como apunta Marco Antonio Campos, los modelos de Paz y Cardoza. En realidad, para el joven crítico tanto el acto pictórico como el acto poético se  transforman en un lenguaje infinito, en ese universo que a él, ambas disciplinas, le ofrecen para la posibilidad de una lectura plural, tanto desde una visión  interior como una exterior y, con respecto al concepto de lo oral y de lo visual que se unen en un gran mosaico único, capaces de mostrar la repetición de un lenguaje (vislumbrando campos de pensamiento poético o pictórico) y el despertar de una proyección hacia  una imagen pictórica.
         En Yunque de sueños (1999), ofrecía sus reflexiones acerca de la imagen de las palabras, o la feliz coincidencia de la imagen y de la palabra como una eterna celebración que interroga el sentido universal del arte en toda su extensión.  Después ha continuado su labor en este sentido con Ricardo Martínez: una poética de la figura (2001), una obra en la que observa, siente y descifra, consuma la imagen, en definitiva. La pintura de Ricardo Martínez, señala el crítico Muñoz, encuentra significación en múltiples sistemas y relaciona el lenguaje del dibujo y el lenguaje del color. Así lo ha expresado el propio pintor: «Hay que encontrar la metáfora de la pintura y llevarla por una vía poética, e incluso lingüística, de un principio estético». Un pintor universal, otra vez, para su siguiente libro, La imaginación del instante: signos de José Luis Cuevas (2001), una obra que no se define —según argumenta el poeta—, se transforma en sí misma. Cuevas ha pasado de la línea a la estructura en una secreta pasión por la materia que es fruto de un lenguaje ilimitado. Con Materia y pintura (2002), Miguel Ángel Muñoz, se acercaba a la obra del pintor y poeta español Albert Ràfols-Casamada (Barcelona, 1923). En los trazos y manchas del arte pictórico del catalán es donde está el acierto del poeta y se intuye esa simbiosis que él mismo establece entre la expresión poética y la sugerencia que le provocan las imágenes del pintor. 
        Ahora sorprende con Espejismo y realidad: aproximaciones a la obra de Rafael Canogar (Editorial Praxis, 2003), que incluye un pormenorizado estudio del proceso creativo del pintor español, Rafael Canogar, desde la figuración hasta ese proceso de informalismo que se convirtió en el grito de libertad política, ideológica y cultural de toda una generación y dio lugar a la creación del grupo El Paso, uno de los movimientos gráficos más interesantes de los últimos cincuenta años, surgido en plena dictadura franquista y, al margen, de la pintura oficial. Los primeros cuadros del joven Canogar son de carácter figurativo siguiendo el estilo de su maestro Vázquez Díaz hasta que, tras una importante exposición en la Galería Altamira de Madrid, 1954 conociera al pintor Luis Feito y su pintura se convirtiera en la expresión del informalismo para desembocar en una pintura narrativa o figurativa, basada en las crónicas de la realidad de la España de los 60, e iniciar un nuevo proceso creativo a partir de 1967, cuyas imágenes urbanas poblaban sus cuadros otorgándoles una proyección tridimensional por necesidades expresivas. Las nuevas circunstancias históricas del proceso de democratización en España le llevaron a retomar, a partir de 1975, la abstracción y la investigación estética pura, libre, ahora sí, de compromisos sociales. Canogar pinta, en palabras del Miguel Ángel Muñoz, todas las variantes de una invención plástica: inventa un lenguaje, une y desune signos. En síntesis, el juego estético se mantiene a lo largo de la obra del pintor toledano.
        En una segunda parte del libro, Entrevista a Rafael Canogar: el arte contemporáneo vive al margen de la sociedad, se analiza el proceso creativo del pintor en el marco de una intensa introspección para llegar a una concepción artística radical como es la proyección de una visión internacional de la pintura contemporánea. Se trata de una entrevista muy personal e íntima, en la que se desgranan los mejores momentos del pintor, sus primeros años y sus primeras inquietudes y su proceso creativo, hasta la actualidad misma en la que el proceso a seguir en estos momentos es realizar una análisis sobre el conjunto y las partes, sobre materiales y esencialidades. Al pintor del siglo XXI le importa dar respuestas a unas necesidades creativas. En ese proceso se encuentra actualmente el pintor, en la elaboración de un objetivo conceptual, sin la acción de la libertad, basado todo en la conciencia y reconocimiento de la realidad.
        Cinco poemas constituyen otros tantos espacios para la pintura de Rafael Canogar. Es la particular simbiosis del poeta mexicano con la mancha del pintor. Es la interpretación de un estudio personal acerca del proceso creativo de su pintura. Así el poeta escribe: « (...) El movimiento es forma,/ ritmo, metáfora./ Instante anterior:/ portavoz de la memoria,/ el cuadro gira, cambia;/ traduce, culmina. La línea oscura,/ no por ser sombra sino por transformación./ Arquitectura de sombras». Y el pintor añade volumen, forma, colores suaves, expresión abstracta de una realidad que se transforma en espacio habitable, pese a las sombras. El libro contiene, además, una tercera parte, Espejo y desafío: cuatro aproximaciones estéticas, de Rafael Canogar. En realidad, cuatro miradas del artista sobre el arte y sus fundamentos. «El arte es un reflejo de la realidad —escribe el pintor—, pero este concepto de la realidad es tan amplio que no se puede abarcar en nuestros días». En una primera aproximación, el sentido de la misma se concretaría en la frase, «Busco una síntesis formal-informal, un equilibrio entre forma y materia». El segundo aspecto de sus reflexiones se refiere a la relación hombre-arte y por extensión al mercado del arte, la relación que establecen el artista y el merchand y la progresión de su práctica. El tercer aspecto se relaciona con las vanguardias artísticas y en su defensa de grupo. «Las vanguardias —señala el pintor— podrían ser espejo donde mirarse, reto y referencia del artista». «Pintar sigue siendo —después de tantos años— una imperiosa necesidad vital, una forma de autorrealización; vehículo o correa de transmisión de todas mis emociones —señala Canogar—, una herramienta de comunicación y una forma de ser y de vivir».
        Se trata de poner de manifiesto, y así lo hace Miguel Ángel Muñoz, el sublime arte de la reinvención nunca mejor expresada en la obra del pintor español Rafael Canogar para quien, por otra parte, su obra se reparte entre la conciencia y el reconocimiento de la realidad. Quince reproducciones de la obra del pintor ilustran y acompañan el libro que recoge así una imagen plural del artista español.






Miguel Ángel Muñoz; Espejismo y realidad: aproximaciones a la obra de Rafael Canogar; México, Editorial Praxis, 2003; 93 págs.   

viernes, 10 de noviembre de 2017

Hoy viajan las beguinas...



         Hoy viajarán las beguinas invitadas por la V Feria del Libro de Pulpí.
       Será a las 18´00 y estaré acompañado del novelista almeriense, Miguel Ángel Muñoz, y el bibliotecario, Diego Miguel Gómez.