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martes, 22 de febrero de 2022

Ricardo Menéndez Salmón

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                     La realidad reinventada

 

                                                              

       Ricardo Menéndez Salmón (Gijón, 1971) proyecta en su prosa una singular eficacia narrativa, y sus especiales dotes para la trama o el trasfondo de sus historias muestran la complejidad y el desarrollo de las mismas con evidentes referencias a la filosofía de autores como Spinoza, Schopenhauer o Nietzsche, y dignifican, sin duda alguna, ese lugar que ya hoy ocupa el asturiano en el panorama narrativo español del siglo XXI. Evidencia, además, que su categoría ha sido sopesada algunos años después, tras llevar a cabo un auténtico ensayo de modestia con sus primeras novelas y colecciones de relatos de difusión minoritaria que avalaban la solidez de una obra que, hace unos años, Seix-Barral sacaba del anonimato. La obra de Menéndez Salmón quedaría marcada desde el comienzo por ese proyecto que se bautizaría como Trilogía del mal, e incluye La ofensa (2007), Derrumbe (2008) y El corrector (2009), la suma de una metafórica visión sobre ese concepto que el autor otorga a la maldad humana. Una búsqueda personal que explora nuevos territorios que concrete un paisaje posible, continuado en desafíos arriesgados, La luz es más antigua que el amor (2010), Medusa (2012) y Niños en el tiempo (2014), que confirman esas preocupaciones estructurales y temáticas de Menéndez Salmón respecto a escritura y vida, lenguaje y realidad circundante, o tiempo e historia que concibe como algo perdurable; después ha publicado, El sistema (2016). Homo Lubitz (2018), y No entres dócilmente en esa noche quieta (2020) que no es un texto al uso, sino una elegía, una auténtica expiación tras muchos años de proceso creativo literario, un intento que reconstruye una existencia encaminada a una temprana madurez, la de quien ha hecho de la escritura su causa vital, aunque se construya como un proceso de existencia agotado, sin remedio alguno. A medida que avanzamos en su lectura, otros temas vertebrarán el libro que gira en torno a la figura de su padre, aunque reconoce que escribe mucho más de sí mismo, del largo padecimiento paternal, o cómo influyó la enfermedad durante tres décadas en su vida.

       El punto de partida de la nueva entrega, Horda (2021), recrea, o incluso retrata un mundo sin fechas ni nombres que identifiquen a sus personajes, se trata de una terrorífica distopía en una novela que es tanto una alegoría sobre la palabra como la inmersión en un mundo en el que esta aparece prohibida, y por extensión cualquier manifestación que tenga que ver con los libros y con la lectura. Menéndez Salmón construye un mundo donde se han pervertido el significado de las palabras, tal vez por ese excesivo uso sin que importe el significado real que estas contengan, y así son erradicadas. Y aún prolonga su reflexión, no solo queda prohibida la palabra pronunciada, sino la palabra escrita y cuanto tenga que ver con su mundo; es decir, la letra impresa. Todo permanece mudo, nadie habla, no hay libros, no hay periódicos, no se oye la radio, no existen los espectáculos, y lo peor de todo, tampoco existe la risa.

       La realidad imaginada por Menéndez Salmón, está gobernada por los niños que han decidido rebelarse contra del mundo de unos adultos que no reconocen, y han tomado el poder por la fuerza, obligando a la sociedad a llevar una silenciosa y uniforme actitud en la que ni siquiera se permiten los animales de compañía; solo quedan los monos, sucios y ruidosos, un inequívoco trasunto que nos recuerda de dónde venimos, aunque en un mundo uniforme los recuerdos se desdibujan en aquellos adultos que encuentran perturbador pensar que un tiempo atrás fueron niños. En esta, aparente, realidad paralela, lo que impera es la imagen, y lo visual se convierte en esa vigente alienación a los sujetos que no necesitan cárceles para sentirse prisioneros, su mundo se llena de imágenes que evocan épocas pasadas y que les está prohibido rememorar, solo el tiempo se verbaliza aunque sea simplemente dentro de los pocos individuos que han sobrevivido. Este, y no otro es el mensaje, la crítica feroz, y el terror más humano. El mundo que habitábamos se lleva al extremo en Horda porque nos alienamos delante de pantallas, vivimos en una sociedad llena de estímulos rápidos y respuestas inmediatas, tenemos contaminación ambiental y lumínica en las ciudades y, además, hemos empezado a dejar de hablar, de relacionarnos y comunicarnos frente a frente, de reírnos, y quizá nuestro mundo no es Horda, esa es la distopía, pero se parece bastante, y nos queda esa crítica que es imposible no apreciarla.

 


Horda

Ricardo Menéndez Salmón

Barcelona, Seix-Barral, 2021

 

      

 

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