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domingo, 5 de abril de 2015

Hoy tomo café con…


Andrés Neuman
       Esta entrevista se realizó por aquellos años, en los que el joven Neuman, empezaba a afianzarse en el mundo editorial y coincidían en las librerías algunos de sus libros significativos.*
     «Existe una especie de misticismo en torno a la creación, que parece vetarnos cualquier intento de reflexión minuciosa acerca de ella».


La personalidad de Andrés Neuman (Buenos Aires, 1977), el joven escritor hispano-argentino, el último minuto de su obra, convierten su escritura en una firme apuesta por el cuento, en un país de gran tradición en el género, pero de poca devoción por el mismo. Tras unos primeros tanteos narrativos provincianos, Bariloche (1999), su primera novela le proporcionaría ese merecido lugar de finalista en el Premio Herralde y su estreno en la gran narrativa española. El que espera (2000) recoge una primera y excelente colección de microrrelatos, a la que ha seguido El último minuto (2001). Ambas compilaciones están organizadas en treinta cuentos más un epílogo del autor a modo de manifiesto. Casi simultáneamente ha publicado los poemarios Métodos de la noche (1998) y El jugador de billar (2000).

        ¿Qué es usted: un argentino que vive en Granada, o un granadino con alma argentina?
        Sospecho que el alma es la memoria: si ésta es compartida, las patrias se disuelven. El verbo «estar» me resulta mucho más verosímil que el verbo «ser», que se empeña en las esencias. Vivo en Granada, he vivido en Buenos Aires. He aprendido de las culturas argentina y española, y por lo tanto ya no pertenezco rigurosamente a ninguna de ellas. De hecho, la literatura me ha ayudado a aceptar esta condición un tanto desconcertante.

        Se lo pregunto por aquello de la melancolía de allende de los mares.
        Es que incluso la nostalgia que sienten los argentinos emigrados por su propio país es herencia de la otra orilla. Nuestra tendencia a añorar proviene, remotamente, de Sicilia, de Galicia, de París. Así que, en cierto modo, cuando un argentino cruza el océano no hace más que cumplir con un destino de añoranzas. Que incluye, por supuesto, ignorar todos estos antecedentes y creer en la patria argentina, que es una de las invenciones más paradójicas que puedan concebirse.

        ¿Cómo llega usted a la literatura?
        Primero, sufriendo: a mí la vida, desde muy pequeño, me resultaba extrañamente  dolorosa sin saber muy bien por qué. A los diez u once años, entonces, comencé a leer con asiduidad esos mismos libros por los que antes no me había interesado, cuando mis padres me los habían ofrecido. Y al mismo tiempo, secretamente, me dedicaba a copiarlos, a variar sus argumentos y a imitar sus estilos. Para mi sorpresa, de inmediato advertí que el dolor se atenuaba, que las cosas cobraban otro sentido. Puede decirse que mi infancia se divide en dos momentos: antes y después de escribir. Me inventaba novelas de espías, algún que otro poema bastante espantoso y, sobre todo, cuentos. Cuentos de terror, a lo Poe. Mi madre estaba alarmadísima. Creo que fue William Wilson el primer relato suyo que leí, y gracias a él comprendí que todos somos dobles. Poe me cambió la vida, la mirada. El traductor, aunque por entonces yo no lo supiese, era Cortázar: otro guiño del azar. Con él me toparía algo más tarde. En cuanto a la poesía, la encontré en España, en Granada, y fue como volver a aprender a escribir. En la facultad todo el mundo escribía poemas, de modo que pensé: aquí nadie va a querer leer mis cuentos; pasémonos a los poemas.

        De cualquier forma, ¿no le parece que tener 24 años y cinco libros en el mercado no es algo extremadamente ambicioso por su parte?
        Tal vez, estadísticamente hablando, pueda calificárseme de prolífico. Pero esto no tiene nada que ver con un plan, ni con las ambiciones: obedece a una simple necesidad de escribir hoy, mañana, siempre. El día que no sienta esta urgencia en el estómago y este picor en las manos, pues escribiré menos. Uno escribe para sentirse útil, para evitar la idea de que, más o menos, estamos por azar aquí de pie. La literatura nos permite creer, soñar sólidamente que tenemos sentido, que creamos sentido. Y yo preciso los tres géneros para no tambalearme. No puedo prescindir de ninguno de ellos. Por lo demás, ya aplicada a otros órdenes de la creación, la ambición no me parece mal si está en congruencia con el trabajo. Sólo que, como cualquier fuente de energía, es preciso controlarla, administrarla, para que funcione a favor de su dueño.

        Personalmente le conocí por un libro que nadie recuerda en su bibliografía, me refiero a Pertenecí (1997). ¿Qué le supuso ese debut literario?
        Escribí aquellos cuentos entre los catorce y los dieciocho años, así que ya puede usted imaginarse cómo eran. El librito, afortunadamente, se imprimió y distribuyó sólo en Granada. Lamento que usted lo leyese. Yo diría que me proporcionó la posibilidad de foguearme, de averiguar qué siente uno al hacer públicas sus ficciones, sin necesidad de hacer el ridículo a nivel nacional. De hecho aquella colección, a la que de cualquier forma le estoy agradecido, cerró a los pocos meses, después de publicar media docena de títulos. ¡Con decirle que fui el best-seller de la colección, y se vendieron apenas unos pocos centenares de ejemplares! Con todo, a veces he tenido la tentación de rescribir algunas de esas historias, las pocas que merecían la pena. Y confieso haberlo hecho alguna vez. 


Con el poemario Métodos de la noche (1998) ganó un premio. ¿Hay que olvidarse de los géneros para escribir?
        No exactamente: más bien hay que tenerlos muy presentes, para hacer con ellos algo distinto. Creo que la actitud, el método o el oficio no son idénticos ante un poema, un cuento o una novela. Pero también estoy convencido de que no podemos seguir repitiéndonos, a estas alturas de la historia literaria, evidencias inútiles como que un cuento debe contar una historia o que un poema ha de ser lírico. Esto es tan sólo un camino. Que, por cierto, conviene desandar de vez en cuando para intuir nuevos horizontes: ¿era lírico Borges en sus poemas metafísicos? ¿Arreola o Miguel Ángel Asturias se limitan a contarnos una historia? ¿Los poemas de Carver son esencialmente distintos que sus cuentos? ¿La poesía épica no es un ejemplo de narrativa? ¿No era Truman Capote un novelista lírico? Ginsberg o Fonollosa ¿no contaban historias? ¿No reflexionó John Donne tanto como un ensayista en sus versos? Hay mil ejemplos. En mi opinión, los géneros se fortalecen contaminándose mutuamente. Lo que un escritor ha de tener claros son los procedimientos concretos, los distintos recursos técnicos, más que las convenciones tradicionales. En esto, mis modelos son los escritores totales, los animales polígrafos: por ejemplo Goethe, Beckett o Borges. Claro que también están la emoción y la intuición: inventar sin pensar tanto. Pero sobre eso no podemos teorizar con certeza. Llamémoslo magia, enigma o inconsciente.

        Ha vuelto a insistir con una nueva entrega poética, El jugador de billar (2000), ¿quizá haya que ver este libro como una metáfora de las carambolas de la vida, o tal vez, como ese doble efecto que se espera de todas las cosas?
        ¿Insistir? Vaya, eso suena a acusación. En fin, procuraré escribir versos mejores la próxima vez... Hablando en serio, ese libro no es en realidad un libro de poemas, sino un solo poema en cantos. Un poema largo, dividido en 24 secuencias. Su origen fue un sueño que me persiguió durante un tiempo: un hangar gigantesco; centenares de mesas de billar nuevas, iluminadas, como un bosque geométrico; y en el centro un hombre solo, jugando consigo mismo. Me propuse escribir esta visión para averiguar qué hacía allí aquel personaje. Y durante el desarrollo de los poemas lo averigüé: aquel hombre era cualquier hombre -o tal vez un escritor- y había ido a perder. El resultado fue un extraño poema sobre el azar, la soledad y el tiempo.

        Su gran momento, no obstante, le llega con la novela: Bariloche y consigue ser finalista del prestigioso Premio Herralde en 1999.
        Mediáticamente hablando, sí. Editorialmente, desde luego que también. Pero la otra cara de esta realidad es bastante triste: dedicas media vida a escribir cuentos, pasas noches en vela corrigiendo poemas, y nada de eso importa; lo que importa es tu novela. Desde luego que Bariloche me tomó un trabajo atroz, y no me he arrepentido de ella. Me permitió darme a conocer y entrar en las grandes editoriales de narrativa: estoy muy orgulloso de haber publicado mi primera novela en Anagrama, de pertenecer a un catálogo tan hermoso, y de haber unido mi nombre al de un editor mítico como Jorge Herralde. Pero a uno le queda la inquietud de qué pasa con el cuento o la poesía, con esos géneros que, si no mueven dinero, mueven ideas y emociones fundamentales para el ser humano. Es literariamente inmoral que a los cuentistas se les pregunte cuándo van a ponerse a escribir una novela. Así de flojas salen muchas de ellas.

        ¿La parábola de la mediocridad y del deterioro son el retrato robot de la sociedad del siglo XXI?
        ¡O el retrato social de los robots del siglo XXI!

      Se lo pregunto porque el protagonista de su novela parece representar ese mundo, o al menos el de una ciudad como Buenos Aires; ¿ese ambiente puede trasladarse a cualquier ciudad del mundo?
        Aquel personaje de Bariloche, Demetrio, es basurero. Sin embargo, su nivel cultural y su lógica son los propios de la clase media. De modo que, simbólicamente, el habitante común de la ciudad queda degradado por su entorno, por ese espacio colectivo en el que todos hemos pactado para consumir, producir y desechar mierda, y que otros la recojan. Ese descenso general a las vísceras, ese mecanismo perverso me parece universalmente aplicable, en mayor o menor medida, a cualquier punto populoso del mundo occidental capitalista. Aunque, por supuesto, en la novela haya una serie de rasgos inequívocamente argentinos, y algunos indicios característicos del terrible subdesarrollo económico que oprime a Latinoamérica.

        ¿Esta primera obra representa el pasado de su tradición sudamericana, con las lecturas de su juventud más temprana, o simplemente es el recurso evidente de su memoria?
        Creo que Bariloche se nutre más de mis recuerdos argentinos, que de las lecturas que hice en Argentina. El acto mayor de memoria estaba en rescatar ciertas calles de Buenos Aires que no había vuelto a ver (y que no llegué a visitar durante la escritura de la novela), y sobre todo ese dialecto materno en el que yo, aunque hoy me parezca insólito, aprendí a hablar mi lengua. Luego, por supuesto, estuvo la invención: aunque en la novela Demetrio procede de las afueras de Bariloche, en plena Patagonia, yo apenas visité aquella zona un par de veces, cuando niño. En cualquier caso, la experiencia de escritura fue hermosa, y me demostró que sin memoria no hay invención posible, pero que a la vez la memoria hay que inventarla. Y, en cierto modo, me ayudó a reconciliarme con mi parte argentina, que andaba un tanto oculta.

 Foto Fabián Simón


Si ya ha cumplido con su pasado argentino, ¿sobre qué piensa escribir en el futuro?
        Si lo supiera, tal vez no escribiría. Uno escribe sobre lo que no sabe, o sobre lo que no sabe que sabía. En cuanto al material que tengo inédito, pareciera ser que he terminado una novela y un libro de poemas. Y cuentos, claro, cuentos. La novela, cuyo título me callo por superstición, es bien distinta a Bariloche en muchas cosas: la localización, los personajes, el lenguaje... No me gusta repetirme. Sin embargo, ambas novelas comparten dos cosas: la brevedad, y el dilema básico de qué hacer con la memoria, cuánto tiene nuestro pasado de ficción y de presente. De todos modos, volviendo al origen de su pregunta, creo que mi educación sentimental argentina, más que en forma de tema, me influye en forma de lógica, de cultura invisible.

        Permítame cambiar de registro y preguntarle por una curiosidad literaria: el micro-relato. ¿ se presupone este tipo de cuento una originalidad: el empleo de la paradoja, la ironía, la sátira o el humor, para llegar a un final tan sorpresivo como ingenioso?
        No hay una sola forma de abordarlo. Al contrario de lo que muchos piensan, los géneros breves pueden ser tanto o más ambiguos que los extensos por su economía, sus silencios, sus compresiones. Es cierto que hay un tipo de microcuento que se basa en el recurso clásico de la inversión, la revelación fantástica o la paradoja, y que busca provocar una gozosa sorpresa en el lector. Pero también está el microcuento lírico, que linda en estilo con el poema en prosa (por mucho que los académicos se inventen diferencias abstractas para salvar las etiquetas) y que quiere buscarle al lector las cosquillas emocionales, producirle un temblor de origen más bien lingüístico.

        Esta afirmación viene dada porque usted ha escrito dos libros de cuentos con dos epílogos-manifiestos. ¿El lector necesita una guía del relato?
        En lugar de guías, prefiero hablar de discusiones, de curiosidades. Considero mis epílogos teóricos como un diario de rodaje, un inventario de los descubrimientos que he ido haciendo acerca de la escritura de los cuentos. No hay ningún afán didáctico. O, si lo hay, es en forma de duda, de debate: por eso decidí colocarlos después, y no antes de los textos de ficción. En ningún momento pensé en que los lectores tuvieran que entender el libro a través de esos ensayos. Pero se me ocurrió que, en un país en el que tan poco se teoriza acerca del relato, podía ser interesante proporcionar alguna información suplementaria sobre el género. Además, en todo caso, quienes muchas veces parecen necesitar orientación no son los lectores sino los críticos, que en su inmensa mayoría no cesan de repetir tres o cuatro tópicos cada vez que abordan un libro de cuentos. Las referencias previas de las que disponen son más bien pocas, desgraciadamente: o eres culturalista a borgeano, o eres de un realismo más o menos carveriano, o eres fantástico cortaziano. No suelen pasar de ahí. Por eso insisto en que, si casi todo el mundo prefiere hablar de novelas, los cuentistas no tenemos más remedio que teorizar sobre nuestro propio género, como llevan haciendo los poetas toda la vida.

        Con El que espera (2000), su primera entrega de cuentos, ¿pretende acercar al lector a unos objetivos literarios concretos?
        Uno nunca sabe qué va a escribir. Los objetivos de un texto, que están ocultos, suelen aparecer por sí solos más tarde, y justifican nuestras intuiciones. Con la teoría pasa lo mismo: consiste en ordenar aquello que, caóticamente, se fue presentando durante la práctica. Una vez reunidos los relatos de El que espera, y esbozado un principio de estructura, me di cuenta de que llevaba algunos años rondando el problema de la espera y sus variantes morales: la paciencia, la esperanza, la desesperación. Y que en aquellos cuentos se repetían con cierta regularidad una serie de recursos, y la búsqueda de unas atmósferas y unos efectos parecidos. El problema es que existe una especie de misticismo en torno a la creación, que parece vetarnos cualquier intento de reflexión minuciosa acerca de ella. A mí los mitos sagrados en torno al arte no me parecen mal, e incluso pienso que pueden ayudar al artista a tomarse en serio su trabajo. Pero no los acepto cuando con ellos se intenta poner límites a nuestra curiosidad o a la  inteligencia.

        Usted ha escrito que este tipo de cuentos se asemejan a un poema en intensidad y concisión; ¿no le parece que eso es confundir al lector?
        ¿Confundirlo? Yo diría que no. Me refiero, sencillamente, a que la narrativa breve comprime su lenguaje, lo economiza al máximo igual  que los poemas; y que sus lectores, igual que los lectores de poesía, atienden intensamente a cada línea, y suelen releer los textos. Esa actitud es diferente de la actitud con la que por lo general leemos narrativa de largo aliento. Además ¿de verdad le parece a usted que es tan fácil confundir al lector?

        Estoy de acuerdo en que «para narrar se requiere decir algo y callar mucho» ¿quiere usted matizar esta afirmación suya?
        Esto tiene que ver con lo que decíamos antes de los tópicos. No es ninguna noticia que narrar es contar algo. Más relevante es la cuestión de cómo se cuenta ese algo, hasta dónde se cuenta, y cuánto ha de callarse. Aquí, en lo omitido, se juega su destino el cuentista. Por eso he escrito alguna vez que contar un cuento es saber guardar un secreto. Siempre me ha parecido cierta la teoría del iceberg de Hemingway, pero conviene recordar que ésta no consiste en que cuanto más datos se oculten, mejor. Sino en que esos datos, cuando se ocultan oportunamente, producen el milagro de fortalecer lo dicho, lo visible. La elipsis afortunada no resta: suma. Agudiza el efecto. Por eso me asombra encontrarme con tanta frecuencia con cuentos que pretenden explicártelo todo: de dónde proviene el personaje, cómo es su familia, dónde trabaja, qué piensa en cada momento... En esos casos, siento tal exceso de información, me veo tan abrumado de datos irrelevantes, que pierdo interés en la historia.

        Usted cita a autores tan diversos como Onetti, Rulfo, Hemingway, Caldwell o Carver para afirmar que ninguno de ellos resuelve sus argumentos, una técnica aplicable al relato y por consiguiente, ¿válidos para una vacilación ante el sentido último del relato?
        Sí, estoy de acuerdo. No digo que un final no deba resolverse, pero sí que, en muchas ocasiones, los finales suspendidos son una resolución hermosa, sugestiva y mucho más honesta: Piglia opina que la novela moderna narra el fin de la experiencia, en su sentido ilustrado. Bien, tal vez entonces el cuento, con sus finales abiertos, ponga en duda la noción misma de sentido, de la unidad del sentido. Tal vez sea por eso que encuentro algo falso en esos narradores que explican demasiado lo que cuentan, como si quisieran engañarme convenciéndome de que las cosas están claras, y de que nuestro destino —el de los personajes—  es lineal, sin dobleces.

        El último minuto (2001) aspira a ese tratamiento narrativo del «último minuto», que usted ensaya en la treintena de cuentos que contiene el libro.
        Es cierto, pero me gustaría insistir en que lo que denomino «técnica del último minuto» es un descubrimiento posterior —o como mucho simultáneo— a la escritura de los cuentos, y no un precepto rígido. La idea es buscar la crisis, el clímax de la historia, y detenerlo, congelarlo trágicamente un instante antes de su desenlace. O, como alternativa, atacar directamente ese desenlace, sin más preámbulos. En ambos casos, la importancia del último minuto es grande. De todos modos, el título del libro no alude solamente a esta estrategia narrativa: también tiene que ver con la proximidad de la muerte, con el momento crucial en la existencia de los personajes. Con enfrentarse a lo terrible, a esos instantes decisivos en que una vida cambia. Y también con la dignidad o el sentido del humor ante las situaciones trágicas.

        ¿Es verdad algo que he leído recientemente, que usted apura la anécdota hasta llegar al abismo?
        Eso lo escribió Ayala-Dip en el Babelia. Bien, es una manera de explicarlo. Digamos que me atraen los abismos, pero me parece más elegante detenerse frente a ellos que caer teatralmente en picado. Creo que así se consigue mejor un clima tenso, inquietante. Además, para precipitarse, o no, ya está el lector: que él decida el último minuto.

        El cuento que mejor ilustra este sentido es tal vez «Un cigarrillo», por lo que nos enseña en ese espacio de tiempo concreto, desde el encendido y el apagado del mismo.
        Tal vez, pero hay otros: «La bañera», «Primera luz», «La chaqueta», «El ahogado».... En realidad, si lo pienso, yo tiendo a escribir cuentos con unidad temporal y espacial, salvo que me parezca que la historia no se sostiene sin un salto. Tengo la impresión de que, si se abusa del «montaje», el cuento pierde intensidad por alguna de las grietas. Aunque la historia de ese cuento sea discontinua, y sus sugerencias largas, mi ideal es que al lector le parezca unitaria, esférica. De todas formas, en el cuento titulado «Un cigarrillo», además de que su tiempo decisivo esté encerrado entre el principio y el final de un cigarrillo, intenté escribir sobre la dignidad ante la muerte, sobre cómo podría afrontarse nuestro último minuto. El personaje, desfigurado por los golpes, sabiendo que está a punto de ser asesinado, decide disfrutar del cigarrillo de clemencia como si se tratara de una última felicidad. Y, cuando lo termina, rechaza el segundo porque sabe que es hora de morir y no quiere empañar el buen sabor de esas últimas caladas. Ésta es una cuestión muy oriental que siempre me ha obsesionado. En El que espera escribí algo parecido, un cuento titulado «Veneno», que transcurre en Tokio. También el primer texto de aquel volumen es una variante irónica sobre el tema. No sé. Si vivir es una variante gigantesca de esperar, entonces es natural que la escritura hable de la paciencia y de la esperanza. Y también, por supuesto, de la desesperación. Y cuanto más pequeña sea la sección de tiempo escogida, más intenso será su análisis, su reflejo.

        ¿Nuestra vida «como los cuentos» se debate entre dos historias, una en primer plano y otra secreta?
        Es posible. Acaso en eso consista el pensamiento literario, desde la alegoría medieval a la mirada burguesa de lo privado y lo público. O, por poner un ejemplo: ¿cómo estar seguro de que usted es realmente quien dice, o si lleva todo la entrevista insinuándome alguna cosa que yo no he advertido? 


… Y en estos últimos años*
Novela
La vida en las ventanas (Finalista del VI Premio Primavera; Madrid, Espasa Calpe, 2002)..
Una vez Argentina (Finalista del XXI Premio Herralde; Barcelona, Anagrama, 2003 y Buenos Aires, 2004).
El viajero del siglo (XII Premio Alfaguara de Novela; Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México, Quito y Bogotá, Editorial Alfaguara, 2009).
Hablar solos (Madrid, Buenos Aires, Ciudad de México, Bogotá y Santiago de Chile). Editorial Alfaguara, 2012.

Cuento
Alumbramiento (Páginas de Espuma, Madrid, 2006 y Buenos Aires, 2007).
Hacerse el muerto (Páginas de Espuma, Madrid y Ciudad de México, 2011). 144 páginas,
El fin de la lectura, antología de 30 relatos seleccionados por el propio autor. (Publicado en 2011 por Cuneta, de Santiago de Chile; Estruendomundo, Lima; y Lanzallamas, San José.



 

sábado, 4 de abril de 2015

Neil Gaiman



F
Fuerza
“¿Qué es la fuerza sin una doble porción de sabiduría?”
                                                                    John Milton
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HACED BUEN ARTE
Cómo hacer arte sin renunciar a los sueños.



Errores infalibles para (y por) el arte es, si duda, sobre todo para quienes miran a su alrededor y se preguntan ¿ahora qué?
También es una breve disertación sobre creatividad, coraje y entereza. Sobre la posibilidad de (in)cumplir las normas, o pensar sin trabas y barreras. Sobre la necesidad de insistir en que pintores, músicos, escritores, y aun más los soñadores de todos los tiempos a quien, Neil Gaiman, invita a que hagan buen arte, una auténtica arenga en el sentido estricto de la palabra, pronunciada ante un grupo de alumnos de la Universidad de Filadelfia el día de su graduación, un 17 de mayo de 2012.



Aunque el texto de Gaiman es breve, apenas diecinueve minutos de alocución a los estudiantes, el diseño que presenta Malpaso, a cargo de Atlas (un estudio de Comunicación y Diseño, de Palma de Mallorca), resulta fascinante y entre sus páginas de atrevido “buen arte”, el autor expone sus conceptos sobre variadas experiencias propias, sus objetivos al realizarlas, el fracaso, o el éxito, y los múltiples errores a lo largo de una vida dedica a una expresión multidisciplinar.

“La vida puede ser complicada. Las cosas se tuercen en el amor, el trabajo, la amistad o la salud, en todo aquello que puede torcerse. Y cuando la vida se ponga cuesta arriba os recomiendo esto: Haced buen arte. Hablo en serio.”, afirma Gaiman, de modo que, “escribid, dibujad, construid, jugad, bailad, y vivid como solo vosotros sabéis hacerlo. Haced buen arte”  

El texto tiene el poder de una palabra certera y lo demuestra con cada frase, su testimonio alejado de una objetividad, llega por el valor intrínseco de su mensaje a cualquiera que sostenga este breve libro en sus manos. Frases cortas y contundentes, que motivan e incitan a la reflexión.















El autor
Neil Gaiman (Portchester, R.U. 1960), autor del celebérrimo Sandman, o  Sueño, la personificación antropomórfica de los sueños mismos, una serie de historietas, ilustrada por una amplia gama de artistas de variados estilos, limitados hacia arcos argumentales o episodios sueltos; además de novelista, guionista, actualmente reside en Estados Unidos.








Neil Gaiman; Errores infalibles para (y por) el arte;

Barcelona, Malpaso, 2015.










 Sandman



viernes, 3 de abril de 2015

Cristina Morales



E
Espíritu
         “Cuando mi espíritu se eleva, mi cuerpo cae de rodillas”.
                                                       Georg Ch. Lichtenberg
500 Años Santa Teresa

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Malas palabras

Las biografías pueden convertirse en novelas, y eso le ocurre a esta curiosa propuesta, Malas palabras (2015), que viene de la mano de Cristina Morales (Granada, 1985), joven narradora que nos había sorprendido con La merienda de las niñas (2008), libro de relatos, y la novela Los combatientes (2013), que relata el proceso para crear un pequeño grupo de teatro en la Universidad de Granada, los ensayos para su primer montaje, más adelante la propia representación y, al mismo tiempo, se nos desvela la historia sentimental de la narradora.
       
 Malas palabras es su segunda novela, y celebra con ella el quinto aniversario del nacimiento de Santa Teresa. Ofrece un fragmento en el que la Santa da cuenta del momento más importante de su vida: aquel en el que, mientras espera que prospere la fundación de su nuevo convento, se dedica a la escritura de los textos que compondrán El libro de la vida. Se trata de un curioso relato que muestra a una Teresa de Jesús madura que se aloja en el palacio de su buena amiga Luisa de la Cerda, en Toledo, a quien consuela por la pérdida de su esposo, y paralelamente, al hilo de sus dos prioridades, la novelista Morales imagina que la Santa redacta unas notas informales en las que pondría de manifiesto la vida llevada hasta el momento, así como sus pensamientos más íntimos, o da respuesta a una atormentada pregunta que se repite a sí misma, de forma insistente, ¿debo escribir que en mi juventud fui ruin y vanidosa y que por eso ahora Dios me premia? La narradora se dirige a su confesor, en primera persona, y también es consciente de que aquellos papeles nunca llegarán a su poder por el contenido comprometido de los mismos; en realidad, aquel puñado de páginas escritas se convierten en un auténtico desahogo de la monja que construye su relato de una forma dispersa, a medida que los recuerdos le vienen a la mente y recurre, a lo largo de sus páginas, a momentos de su infancia y juventud, a los juegos con hermanos y primos y la visión de una mujer que evoca a su madre, fallecida tras uno de sus múltiples partos. La narradora granadina ensaya, más que nada, un retrato más íntimo de la Santa que aparece como una mujer obstinada, astuta, valiente y no exenta de cierta jocosidad y divertida en ocasiones, aunque se siente constantemente vigilada por un mundo de hombres, cuya autoridad eclesiástica le aconseja ser prudente en sus actuaciones y en sus expresiones tanto personales como religiosas.



     Cristina Morales reivindica en Malas palabras a una Teresa mujer, religiosa y escritora y sus posibles aciertos, sobre todo de haber gozado de libertad para escribir a su antojo, al tiempo que la joven narradora impone con su escritura ese inquieto desasosiego que inunda a la religiosa desde un punto de vista feminista actual aunque conserva, eso sí, conceptos históricos de la época de la Santa. Un “Prefacio” y un “Postfacio” justifican, de alguna manera, las reflexiones de la madura religiosa y de la narradora Morales, que deja constancia de los avatares e historia de la Vida, un libro calificado por la propia Teresa de Jesús como “mi alma” y “mis papeles”, y añade un original que nunca recuperó ni jamás vio publicado.









MALAS PALABRAS
Cristina Morales
Barcelona, Lumen, 2015; 190 págs.





jueves, 2 de abril de 2015

Hoy invito a...


Fernando Martínez López



Tentación
       La tentación es como un tirón gravitatorio, te arrastra por el precipicio y sólo la contracción brutal de los músculos y las uñas abriendo surcos en la piedra pueden salvarte de la caída. Difícil propósito.
Se encontraba en uno de esos momentos, notaba cómo la gravedad le echaba el lazo para tirar bruscamente hacia la perdición. Era fácil: abrir el joyero que descansaba sobre la cómoda y coger la pulsera, el colgante y los pendientes, objetos que relucían con el brillo seductor del oro. Sí, demasiado fácil, y de paso hacer añicos la confianza, pero qué más daba, total, probablemente no volviera a pisar aquella casa, y la tentación era tan poderosa..., un canto de sirena hacia el desastre, dejarse dominar por el tirón gravitatorio pensando que eres un ave que emprende un dulce vuelo, sin ser consciente de que, abajo, sólo espera el impacto con las aristas ávidas de sangre de las rocas.
* * *
        Gregorio lo distinguió en lontananza, medio cuerpo dentro del contenedor como si estuviera siendo devorado por su boca gigantesca trabada con un palo, las piernas agitadas en el aire en un ejercicio de equilibrismo. La noche fabricaba una humedad viscosa, coloreada de cobre por la luz de las farolas, puto invierno, debería estar prohibido sacar la basura con este frío, el cuerpo encogido, el rescoldo de calor hogareño disipándose conforme se acercaba al contenedor y la situación embarazosa de toparse con aquel individuo que hurgaba en su interior como si quisiera destriparlo. Allí se acercaba Gregorio con su andar oscilante, su cojera que era como una rúbrica de su presencia allá por donde pasara. Dudó un momento y se detuvo esperando a que terminara. Sobre la acera, un carrito de la compra destartalado y sucio, seguramente de ese hombre que ya dejaba de apuntar la linterna en el vientre del contenedor con la esperanza de encontrar su trofeo entre los desechos. Fue un instante, no más de una fugaz fracción de tiempo en la que sus ojos se cruzaron. Imposible olvidarlos. Sin embargo, a Gregorio la lengua se le hizo hormigón y no dijo nada, depositó la bolsa de basura, se giró evitando un nuevo roce de miradas y regresó a casa con el estómago contraído y su caminar dificultoso, inconsciente del frío que calaba su ropa.
        Retransmitían un partido, pero ya no hizo caso del gol de Iniesta (magnífico, imprimiéndole al balón una rotación que determinó una trayectoria inaudita. Cuánto le hubiera gustado de niño jugar al fútbol con los amigos) ni del breve noticiario en el descanso donde se hablaba de sobres ocultos, delitos prescritos y de la pereza de la fiscalía para emprender acciones cuando del poderoso se trata. No, todo aquello dejó de importarle, eran imágenes y sonidos incapaces de traspasar la armadura hermética que recubría su cerebro, que rebotaban como pelotas de frontón. Sólo el requerimiento de su esposa lo extrajo brevemente del ensimismamiento, ¿qué te pasa, Gregorio?, y un escueto “nada” como respuesta para clavar de nuevo las pupilas en una pantalla de televisión donde lo mismo daba que hubiese veintidós hombres sudando la camiseta que un documental sobre las hormigas carnívoras del Amazonas. Su mente estaba anclada en lo ocurrido momentos antes, en un encuentro incómodo, en la actitud desabrida que mostró con el indigente, ni un breve saludo, ni el amago de una sonrisa, sólo girarse y huir sintiendo sobre su espalda el peso de la vergüenza ajena. ¿Por qué no le he dicho nada?, ¿qué me hubiera costado? Mucho, Gregorio, cuesta mucho, la sensación de estar viendo lo que no debías, de estar inmiscuyéndote en la triste intimidad de una persona, alguien quien, para subsistir, necesita escarbar en la inmundicia, asco de vida que es como esnifar hamburguesas pulverizadas del McDonald´s. Y así, inquieto durante la noche, durante toda la mañana conduciendo el autobús urbano en un trazado monótono como el de los coches del Scalextric, fue cuando decidió que aquella tarde lo buscaría, la única manera de eliminar la desazón que estaba incordiando su conciencia.
Condensaba el frío y solidificaba el vaho, se repetía el ritual de llevar los desperdicios al contenedor, pero allí no lo encontró. Se subió el cuello de la cazadora, se frotó las manos y deambuló por el barrio, clase media, adosados y algún edificio, zonas ajardinadas, la hora del footing y del paseo del perro y, últimamente,  también de los acechadores de basuras. Sin embargo, donde lo encontró fue sentado en un banco del parque vestido con chándal y una sudadera del mercadillo, las manos sobre las rodillas, la vista desenfocándose en el vacío, fatigada, melancólica, digna, y a su lado ese carrito de la compra convertido en recolector de supervivencia. Gregorio se acercó y se reconocieron con la mirada. Esta vez no la desvió, la mantuvo firme cabeceando levemente de arriba abajo.
-Hola, Ibrahim. –Se sentó a su lado, ambos con la cabeza al frente-. Perdona que ayer no te dijera nada. Pensé que te resultaría embarazoso.
-No importa. Te comprendo.
¿Y ahora qué, Gregorio, conductor de autobús? ¿Qué le vas a preguntar? ¿Cómo te va la vida? No fastidies. Estaba más que claro: la crisis inmobiliaria que había sembrado cadáveres con sus ladrillos derruidos. Ahora recordaba, congelado por la temperatura indecente y la humedad, el momento en que conoció a Ibrahim años atrás, puntual en la parada de la línea 6 sin que el madrugón le borrara la sonrisa de la cara, un día, otro; siempre simpatizó con los desfavorecidos, con los marginados, como él lo fue en su infancia a causa de su cojera. Se dijeron sus nombres y se contaron sus vidas y sueños, llevo diez años conduciendo autobuses, decía Gregorio, siempre soñé con ganarme la vida conduciendo de un modo u otro, donde mi cojera no fuera una desventaja. Yo soy albañil, decía el marroquí, siempre soñé con venir a España; aquí no falta el trabajo. Sí, antes, pero ya no Ibrahim, ahora abundan los edificios a medio construir, mostrando su esqueleto de hormigón, y sobran casas deshabitadas y tristes como bolsas vacías del Alcampo que arrastra el viento.
-Te quedaste sin trabajo.
-Sí, claro, como muchos otros.
-¿Y el paro?
-Ya me lo comí.
Lo suyo nunca pudo llamarse amistad, jamás fueron a un restaurante juntos ni compartieron su tiempo fuera del armazón del autobús, pero llegaron a conocerse más que muchos amigos, la conversación diaria, Ibrahim siempre a su lado cuando en la mañana tomaba la línea 6, hasta que un día simplemente dejó de hacerlo y no supo más de él. Bueno, Gregorio, ya has desconectado la alarma de tu conciencia, la que se activó ayer noche cuando no te dignaste a saludar a quien te saludó de lunes a viernes durante más de tres años. Sí, ya sé, a veces cambiabas de línea, no hay que morir de hastío, pero cuando regresabas a la 6 allí te encontrabas la sonrisa de Ibrahim.
-Tengo que seguir. El jefe se va a enfadar si descanso en horario de trabajo.
No había perdido el sentido del humor, notable detalle en una persona a quien el presente y el futuro se le había nublado. Se levantó, tomó su carrito de la compra y enfiló rumbo hacia el siguiente supermercado con forma de contenedor; con un poco de suerte aún no habría sido saqueado. Todavía no había caminado ni diez metros.
-¡Ibrahim! -Gregorio se levantó, se puso a su lado con su movimiento pendular. Paulatinamente pareció esfumarse el impulso inicial. Titubeó-. ¿Has cenado? ¿Te apetece venir a casa?
El marroquí lo observó con aquellos ojos oscuros pero traslúcidos, capaces de mostrar su alma siguiendo la trayectoria del nervio óptico. El aliento se transformaba en vaho, rodeaba su cabeza en un halo que santificaba su imagen.
-No sé si debería...
-Claro que sí. Los niños ya han cenado, pero Carmen y yo todavía no. Ven y descansa un poco. Hace frío.
No estaba seguro de por qué lo invitaba. Sería un ramalazo de compasión, ese sentimiento que a veces aflora para maquillar egoísmos y miserias, verlo tan desvalido, un proyecto de vida convertido en harina y aquella magnífica sonrisa que antes mostraba desaparecida ahora tras aplicarle goma de borrar. Estaba convencido de que Carmen le pondría mala cara, pero ya no podía echarse atrás.
Carmen le puso mala cara. Sus dos hijos pequeños se extrañaron mirando con curiosidad de entomólogo la nueva especie aparecida por casa. ¿Pero qué haces?, le dijo en susurros cuando los dos se encontraban en la cocina preparando una tortilla de patatas y una ensalada, traes a casa a un pordiosero al que apenas conoces. No, no es un pordiosero, le replicó, es una persona buena a la que el destino le ha puesto la zancadilla, era lo menos que podía hacer por él. Y le recordó los mil y un viajes que hicieron juntos en la línea 6 cuando el sol de desperezaba, cuando la fatiga del madrugón era el mejor de los regalos pues implicaba ir a trabajar, tener un sueldo, una vivienda de alquiler. Eso también lo contó Ibrahim mientras se le iluminaba el rostro ante la ensalada y la tortilla, respirando aroma divino, y cómo ahora malvivía compartiendo casa con otros diez compatriotas a los que apenas si les llegaba para comer. El gesto de Carmen se fue suavizando, imposible no hacerlo ante Ibrahim y la serenidad de sus palabras. Incluso él se permitió desdramatizar contando ese chiste que escuchó en la radio:
“-Ayer, cuando iba a trabajar, vi un dinosaurio.
-Anda ya, que me voy a creer que tú tienes un trabajo”.
Y volvió a aparecer en su rostro la sonrisa olvidada.
Fue una velada agradable que ya tocaba a su fin. Antes de marcharse, pidió pasar al aseo. Allí, en el pasillo, le dijo Gregorio. Está ocupado, dijo Ibrahim, alguno de tus hijos. Pues pasa al de nuestro dormitorio, indicó señalándole el camino. Y poco después la despedida. En el quicio de la puerta, entrechocándose las manos, la luz metálica de las farolas se enredaba con el cabello ensortijado del marroquí. Cuando se marchó calle abajo, fue como un punto final en la historia de la línea 6.
Aquella noche Gregorio tampoco pudo conciliar el sueño. Ya no era su conciencia la que alborotaba, era algo distinto, era como haberse adentrado en la pantalla de televisión para vivir en directo las desgracias ajenas, ésas que relatan las noticias y que son como una película de Fernando León de Aranoa, que las crees ficción hasta que no se te plantan a dos centímetros de la cara, Los lunes al sol, el drama del paro, el drama de los desahucios, el drama del hambre, el drama de la desesperanza. Carmen y él tenían suerte, Ibrahim no, y al día siguiente se levantaron, no para tomar el sol como en la película, sino para trabajar. Él cogió el camino hacia los garajes donde dormían los autobuses urbanos y Carmen, tras esperar a la chica de la limpieza como cada lunes, llevó a los niños al colegio para incorporarse después a su oficina.


El miércoles por la tarde lo reservaron para ellos, tan necesarios esos momentos a solas entre las parejas, una buena película en el cine y una cena romántica; llevarían los niños con la hermana de Gregorio. Ahí fue cuando Carmen echó en falta el colgante, la pulsera y los pendientes.
-Gregorio, ¿tú los has visto?
Él se encogió de hombros, a ver si lo han cogido los niños, pero no, ellos no tenían ni idea, y la duda y la angustia brotando en los rostros, tres días atrás, cuando un hombre con la vida machacada se acercó al cuarto de baño del dormitorio conyugal después de cenar, que pudo ver el joyero sobre la cómoda, que pudo sentir esa tentación gravitacional que te arroja el precipicio, un dinero fácil y necesario para la pura subsistencia. La tarde romántica se hizo añicos, se dedicaron a escudriñar cada recoveco de la casa para confirmar que las joyas no estaban allí. Gregorio se resistía a creerlo, se resistía a la petición de Carmen de denunciarlo. Le pidió un par de días, déjame que intente localizarlo, pero no fue así, así que el viernes se acercó a la comisaría que quedaba a diez minutos de casa. Allí, en un ambiente desangelado de luces fluorescentes, un agente tomó nota de los objetos desaparecidos, de la descripción del sospechoso del que sólo pudo indicar un nombre sin apellidos y el barrio donde supuestamente residía, y también que quizá pudieran hallarlo rebañando lo poco aprovechable que podía encontrarse en los contenedores de basura. Será difícil que consigamos algo, le dijo el policía, en caso de localizarlo lo más probable es que se haya deshecho de esos objetos y lo niegue todo. Para Gregorio, en el fondo, las joyas eran un asunto secundario; lo que de verdad le dolía era haberse equivocado al leer la bondad en la cara de Ibrahim.
* * *
La avenida era el último tramo para llegar a casa, larga y metálica, uniéndose en la profundidad las hileras de farolas encendidas para justificar las leyes de la perspectiva. Un viernes cualquiera, de regreso del centro comercial con los niños, si no hubiera sido porque, sentado en el mismo banco del parque, vieron a Ibrahim con su carrito.
-Llama a la policía –dijo Carmen.
-¿Qué dices? Hablaré con él.
-Ni se te ocurra, y más con los niños aquí, así que aparca y llama.
Le costó marcar los dígitos, se le abrasaron las yemas de los dedos. Al cabo, la luz azulada del coche patrulla se situaba junto a ellos y Gregorio les indicaba hacia Ibrahim.
-Yo les acompañaré, agentes.
Fue triste, demasiado triste, la cara asombrada del marroquí negándolo todo. Gregorio miraba al suelo y notaba la violencia de los latidos en su pecho; los agentes seguían interrogando. Finalmente, lo introdujeron en el coche. En ningún momento Ibrahim soltó su carrito, eso no, nadie me lo va a quitar, lo único mío, lo único mío. Gregorio no recordaba cuándo fue la última vez que había llorado.
El lunes retomó la línea 6. Desde lo sucedido, se imaginaba que Ibrahim volvía a coger el autobús, pero ya no presentaba su rostro amable, sus ojos honestos y su sonrisa feliz; en su mente su aspecto sufría una metamorfosis continua: unas veces se desintegraba la máscara para mostrar una faz ladina y burlona como la del Joker, se introducían sus carcajadas por los oídos arañándole por dentro; otras, sin embargo, se le clavaba la mirada estupefacta y afligida de Ibrahim tras el cristal del coche patrulla. Pero, por más que intentaba convencerse, eran vanos los intentos de culparlo. ¿Qué hubiera hecho él en una situación similar? Qué fácil es tener un comportamiento recto cuando la vida no se tuerce. Y así, con el pensamiento abstraído y la ruta mecanizada, regresó a mediodía a casa para encontrar a Carmen con esa expresión ansiosa de quien desea contar algo con urgencia.
-Dime, ¿qué sucede?
La chica de la limpieza no se había presentado, le contó Carmen, en su lugar apareció otra diferente.
-Llamé a la agencia para pedir explicaciones, no iba a dejar en casa sola a una desconocida, y me dijeron que la anterior ya no trabajaba para ellos, que habían recibido quejas de algunos clientes porque desaparecían pequeños objetos en sus casas y la habían despedido.
Gregorio duplicó el tamaño de sus ojos.
-Echaste en falta las joyas el miércoles. ¿Cuándo fue la última vez que las viste?
Carmen no recordaba, pero seguro que antes del domingo de la semana anterior, el día que el marroquí se sacudió en su casa el frío del camino y el hambre de su estómago.
-Es decir, que el lunes pasado la limpiadora pudo haberse llevado las joyas. Joder, Carmen, qué hemos hecho.
Tomó su automóvil y voló a comisaría. Allí le contaron que el denunciado estaba de momento en libertad, que habían registrado la casa donde habitaba y que, como esperaban, no habían encontrado nada. No hacen falta que busquen más, agente, le dijo, deseo retirar la denuncia.
Gregorio, conductor de autobús, no volvió a ver por su barrio a Ibrahim. Cuando por la noche, con la humedad adueñándose del aire, se acercaba a tirar la basura, se quedaba mirando a cualquiera que rondara el contenedor con la esperanza de encontrarlo. Un fin de semana se dirigió con su coche al barrio donde moría la línea 6. Después de deambular consiguió localizarlo junto a otros magrebíes, en la acera, charlando en grupo alrededor de una hoguera encendida en un bidón, lugares donde las calles no son sólo sitio de tránsito sino donde también se hace vida. No pudo apearse ni acercarse a él, se limitó a contemplarlo desde el anonimato de la distancia, desde el parapeto de su coche convertido en cápsula espacial desde donde el mundo se aprecia lejano y difuso. Así dejó transcurrir los minutos aislado en una burbuja adimensional, independiente del espacio físico del barrio, la única manera de poder echar un último vistazo a Ibrahim sin avergonzarse; habría sido incapaz de situarse frente a él y mirarlo a los ojos, esos ojos dignos que nunca le engañaron. Por lo menos, se consolaba, no se había equivocado al leer la bondad en su cara.
Al regresar a casa no quiso salir el resto de ese fin de semana en el que libraba. Se hundió en el sillón, el televisor puesto como un acompañante ignorado. Delante de él, sin prestarles atención, circulaban las noticias. Hablaban de paro, desahucios y miseria; hablaban de sobres ocultos, delitos prescritos y de la pereza de la fiscalía para emprender acciones cuando del poderoso se trata. En el exterior, comenzaba a soplar un viento gélido y sucio.

*Relato finalista en 2014 del certamen literario ALSA (Madrid).

Bio.bibliografía
Fernando Martínez López, nace Jaén en 1966 y afincado en Almería desde su infancia, es doctor en Ciencias Químicas por la Universidad de Almería. Fue docente en la Universidad de León y en la actualidad ejerce como profesor de Educación Secundaria en la especialidad de Física y Química. Es autor de varios artículos divulgados en revistas científicas.  Apasionado por la lectura y de formación autodidacta, decidió tomar la pluma en 2002 para elaborar la que fue su primera obra , un peldaño en su carrera de escritor que se salda en la actualidad con varios libros publicados, tanto novela como antologías colectivas de relato breve, habiendo obtenido numerosos premios en certámenes literarios. Actualmente es miembro del Instituto de Estudios Almerienses, de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios y participa en el Circuito Literario Andaluz del Centro Andaluz de las Letras.
Aficionado también al deporte, practicó el atletismo de competición durante diez años, destacando a nivel andaluz en la especialidad de triple salto.
Disfruta en especial de los retiros, junto a su familia, en el Parque Natural de Cabo de Gata-Níjar, rodeado de paisajes paradisíacos donde suele encontrar la inspiración.

Su novela más reciente es Tu nombre con tinta de café, 2015; gano el XXXIII Premio de Novela Felipe Trigo.
Otras obras suyas:
Sanchís y la reliquia sagrada, 2006.
El sobre negro, 2006
Sanchís y el pergamino azul, 2008
El rastro difuso, 2009
Fresa amargas para siempre, 2011.
El mar sigue siendo azul, 2011.
Fresas amargas para siempre, 2014.

miércoles, 1 de abril de 2015

NUEVAS TRAVESÍAS



Podemos




   …Y es así como Salvador Monsalud, personaje protagonista, de algunos Episodios Nacionales, del gran Pérez Galdós, exponía sus ideas en La segunda casaca, novela tercera de la segunda serie, publicada en 1876, y aunque no haya que suscribir todos y cada uno de estos párrafos, y/o su pensamiento, al menos nos quedamos con algunas ideas que, como suele decirse, se repiten en la Historia, tanto en la lejana como en la reciente.


“Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que, aun después del triunfo, sigan pareciéndome las co­sas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjun­to tan horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad, que recelo esté el mal demasiado hondo para que lo puedan remediar los revolucionarios. Entre éstos, se ve de todo; hay hombres de mucho mérito, buenas cabezas, corazones de oro; pero, asimismo, los hay tan bullangueros que sólo buscan el ruido y el tu­multo; no faltando muchos que están llenos de buena fe, pero carecen de luces y de sentido común. Yo he ob­servado este conjunto en que se revuelven sin poderse unir la grandeza de las ideas con la mezquindad de las ambiciones; he sentido al principio cierto temor; pero, después de meditarlo, he concluido afirmando que los males que pueda traer la revolución no serán nunca tan grandes como los del absolutismo. Y si lo son -continuó desdeñosamente- bien merecido lo tienen. Si esto ha de seguir llevando el nombre de nación, es preciso que en ella se vuelva lo de abajo arriba y lo de arriba abajo, que el sentido común ultrajado se vengue, arrastrando y des­pedazando tanto ídolo ridículo, tanta necedad y barbarie erigidas en instituciones vivas; es preciso que haya una renovación total de la patria, que nada de lo antiguo subsista, y se hunda todo con estrépito, aplastando a los estúpidos que se obstinan en sostener sobre sus hombros una fábrica caduca. Y esto se ha de hacer de repente, con violencia, porque si no se hace así no se hace nunca... Aquí se han de romper a hachazos las puertas de la tira­nía para destruirlas, porque si las abrimos con su propia llave, quedarán en pie y volverán a cerrarse”.

    …Y, al menos, es como ilustra el pasado convulsivo de una España ilustrada que sacudía los cimientos del poder establecido, el absolutismo, o tal vez, debamos leer, sin paliativos, hoy un bipartidismo