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domingo, 11 de septiembre de 2016

Caricaturas

100 años



           Roald Dahl 
          (Cardiff, 13 de septiembre de 1916-Oxford, 23 de noviembre de 1990)

viernes, 9 de septiembre de 2016

Julio Llamazares



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DON QUIJOTE CABALGA DE NUEVO

Tras la senda del hidalgo por las anchas tierras de La Mancha, y algo más.



        Con motivo del cuarto centenario de la publicación de la Segunda Parte de Don Quijote, Julio Llamazares recibió el encargo de seguir los pasos de José Martínez Ruiz, Azorín. La búsqueda del hidalgo y de su escudero por algunos de los rincones de La Mancha ha visto la luz en forma de libro, un año después, El viaje de don Quijote (Alfaguara, 2016), la suma de las 30 crónicas que fueron publicadas previamente en el diario El País, y algunas anotaciones académicas añadidas. Azorín se embarcó, en 1905, en la aventura de descubrir los rastros geográficos que quedaban de don Quijote y de su escudero Sancho Panza a lo largo de los pueblos manchegos. José Ortega Munilla, director del periódico «El Imparcial», fue quien le encargaría hacer una serie de crónicas, quince en total, con motivo del tercer centenario de la publicación de la primera parte del Quijote, y el escritor alicantino recorrió una parte de La Mancha. Como el mismo Azorín contó en sus crónicas, Ortega Munilla le entregó un sobre con dinero y un revólver para hacer frente a los bandoleros antes de abrirse paso por los caminos polvorientos de La Mancha. Una ruta de quince días, y la visita a los lugares más emblemáticos en la obra cervantina: Argamasilla de Alba, Puerto Lápice, Ruidera, Campo de Criptana, El Toboso y Alcázar de San Juan.
El semanario gráfico «Blanco y Negro» envío un fotógrafo a La Mancha en busca de los personajes de la novela de Miguel de Cervantes: don Quijote, Sancho Panza, Dulcinea del Toboso, Teresa Panza, el ama, el cura y el barbero. El fotógrafo encontraría, tal vez, en muchos rincones de la geografía manchega, personas que bien pudieron parecerse a los que el escritor describe en su novela más famosa.
El autor de «La ruta de don Quijote» fue desde Madrid a Argamasilla de Alba en tren, y sin duda un viaje por la llanura manchega a comienzos del siglo XX debió de ser muy diferente a cualquiera de hoy, y así un joven Azorín realizó la mayor parte del trayecto en carro, y según testimonia en sus crónicas, tardó
 ocho horas en recorrer los apenas 30 kilómetros que separan Argamasilla de Ruidera, y veinte horas en ir y volver de Argamasilla a Puerto Lápice.


Cien años después
        Muy diferente resulta el mismo trayecto en coche por toda la región que ha realizado Julio Llamazares, quien asegura que, al igual que el resto del mundo, «La Mancha ha cambiado más en el siglo transcurrido entre ambos viajes que en los tres siglos que habían pasado entre Cervantes y Azorín». Sin embargo, lo que más llama la atención del viaje y lo vivido por el escritor leonés, es que, según afirma, esta tierra ha cambiado poco en su esencia. «Han variado los pueblos, los cultivos, las comunicaciones, claro está… pero en cuanto rascas y hablas con las personas, ves que el espíritu cervantino sigue presente».

Andanzas quijotescas
        El viaje de don Quijote (2016) resulta un libro esclarecedor y abunda en retazos de humor y un finísimo sarcasmo no falta en sus páginas. Llamazares, con su aportación, retoma las aventuras de don Quijote y Sancho, y lo hace con la misma libertad que rezuma el clásico, una novela que, por imaginaria, ocurre en todos los lugares y en ninguno”. Canavaggio, el reputado cervantista en su breve prólogo aclara: “En una acertada variación de tonos y registros en la que alternan simpatía, emoción, lucidez y humorismo, estas crónicas de Llamazares, nos descubren una ‘geopoética’ del Quijote que suscita y renueva constantemente el interés y el placer del lector”.
El escritor leonés cree que Cervantes eligió La Mancha para las andanzas de don Quijote porque conocía esta tierra de su tiempo como recaudador de impuestos y hace una parodia de ella y de sus paisanos. «Se trata de una obra de humor y el autor escogió un escenario antagónico a los idílicos paisajes de las novelas de caballería, con castillos con hiedras y princesas rubias», afirma.
En este libro de viajes, el autor recorre una ruta que le revela unos contrastes no por sabidos menos prodigiosos, pasando de hamburgueserías en el centro de un pueblo de La Mancha a antiguas ventas con personajes anclados en el pasado.
Y un tema aun por debatir ¿Cuál es la cuna de Cervantes y del Quijote? A esto Llamazares responde con otra pregunta: «¿Qué más da de dónde eran o dónde vivieron?» Un gran número de pueblos pugnan por ser el lugar de nacimiento del autor y del personaje más universal de la literatura española, pero lo importante es que la novela más importante escrita en lengua española tiene su alma en La Mancha.
La ruta literaria que emprende Llamazares se div¡de en tres partes, y se inicia en Madrid, llega hasta Sierra Morena, se detiene en La Mancha y Zaragoza y concluye en la playa de Barcelona, donde el caballero andante se enfrenta y cae derrotado ante al caballero de la Blanca Luna.
Prologa el texto Jean Canavaggio, y las ilustraciones son de Jesús Cisneros.










Julio Llamazares, El viaje de don Quijote; Madrid, Alfaguara, 2016; 202 págs., ilustr.


miércoles, 7 de septiembre de 2016

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LOS TEMPLARIOS EN LA PENÍNSULA IBÉRICA
       El presente libro pretende deslindar la historia del Temple del mito templario porque sólo conociendo bien la historia se podrá abordar el mito.

       
       Los templarios formaron parte de una minoría consciente que, a lo largo de sus doscientos años de existencia, consiguieron jugar esa baza que otorga el poder económico y el guerrero. Tuvieron una enorme visión de futuro sobre unas monarquías, a veces, debilitadas por numerosas guerras. La Orden del Temple nació en Oriente (hacia 1119), creada conscientemente por militares de occidente que buscaban, en Tierra Santa, las fuentes de un conocimiento ancestral a través de ese simbolismo críptico que ofrecen las Sagradas Escrituras. Los templarios creían en esa otra realidad que nada tiene que ver con el Bien supremo ni con el Mal más abominable. Diseminados por toda Europa, los que se establecieron en la Península Ibérica distribuyeron su poder en Aragón, Cataluña, Castilla, Navarra y León. Aunque ampliaron su influjo en la Provenza, Bretaña y en tierras de Portugal e Irlanda. En la Península buscaron sin tregua el saber en los lugares elegidos y lucharon militar y económicamente para alcanzarlo pero cuando, conscientes de sus hallazgos fueron perdiendo credibilidad, defendieron sus intereses a costa, incluso, de su seguridad y de su supervivencia. Calificados de monjes, soldados, místicos, brujos, diplomáticos, herejes, mártires, banqueros y comerciantes, hace más de veinticinco años Juan G. Atienza establecía con su libro La meta secreta de los templarios (1979), de una forma ordenada y consciente, los pormenores de esa mágica circunstancia que envolvía todas las actuaciones de la Orden, pero sobre todo pretendía estudiar los enclaves y el por qué de aquellos especiales emplazamientos. Según el propio Atienza es posible que los templarios contribuyeran, en el terreno económico y material, a ese gran boom de las catedrales de los siglos XII y XIII y aunque no existen pruebas directas sobre el asunto, es seguro que mantuvieron estrechas relaciones con las logias de constructores, canteros y escultores para transmitirles esa serie de módulos simbólicos que se reflejarían en la mayoría de los templos de occidente; en realidad, es muy fácil afirmar hoy que los templarios adquirieron un conocimiento, lo asimilaron, lo «significaron» y, posteriormente, lo transmitieron. Como otras órdenes de la época conocían  o tenían  razones para intuir una realidad paranormal en determinados lugares que, desde siglos atrás, se habían hecho patentes y así lo manifestaron como esa suprarrealidad que provenía en signos cifrados de toda una sabiduría antigua.
       En la historia reciente de España esta especie de templemanía de finales de los setenta se concretaba en algunos intentos testimoniales por ofrecer una reducida difusión en el ámbito universitario, pero el conocimiento de las aventuras de estos caballeros llegaba a los curiosos a través de una tradición popular y de una saga de leyendas nacidas sin rigor alguno.

Arte y arquitectura
       La bibliografía, actas y simposios sobre el tema de temple en estos últimos años ha llevado a los especialistas a establecer las bases sobre las que asentar toda una auténtica historia sobre el mito y sus consecuencias, sobre todo las que se derivan de su poder en el mundo del arte y la arquitectura como vienen a poner de manifiesto Joan Huguet y Carme Plaza en su monumental estudio Los templarios en la península ibérica (El Cobre Ediciones, 2005), quizá la mejor guía para conocer la historia y el arte de la Orden del Temple en la península ibérica y en la vecina Portugal. Sobre todo el libro pretende justificar el patrimonio de los templarios y profundizar en las coronas de Aragón y Castilla donde la huella, en el marco catalán-aragonés fue mucho influyente, tuvo extensos dominios y se asentó por toda su geografía. En Castilla los reyes y nobles nunca favorecieron las órdenes internacionales. Se convierte, también, en una justificación de los innumerables edificios que durante siglos habían sido catalogados como de la Orden del Temple y que posteriores investigaciones, de un marcado rigor científico, han llevado a catalogar. Aunque tanto Huguet como Plaza han pretendido rastrear las huellas de estos caballeros en Portugal, la falta de una catálogo documentado les ha llevado a cuantificar exclusivamente las fortalezas conservadas de la Orden en el vecino país. También se especifica cómo las encomiendas navarras están comprendidas en el capítulo de la Corona de Aragón así como las casas del Rosselló pertenecen, hoy, al estado francés. Una orientación bibliográfica básica sirve para documentar los diferentes apartados e incluso una amplia selección de libros muestra el nivel de los temas tratados en el volumen. Los autores sugieren la posibilidad de utilizar su libro como si de una auténtica guía de viaje se tratara para conocer los lugares templarios y visitar sus restos.
               El rasgo más significativo de la arquitectura templaria es su carácter, eminentemente, práctico, adaptado a las necesidades de la Orden y su integración dentro de la tradición arquitectónica de los países o geografías donde se manifiesta. El lector rastrea las encomiendas de la Primera Marca en Cataluña, en Aragón ( Zaragoza, Huesca, Teruel) y los establecimientos del Temple en Mallorca, Valencia, Navarra, Castilla y León, Murcia, Galicia y las ciudades extremeñas y andaluzas de Jerez de los Caballeros, Ventoso y casas y albergues en Sevilla y Córdoba porque la Orden no tuvo encomiendas en Andalucía. El libro pone de manifiesto cómo los templarios demuestran que la realidad de su presencia supera con creces la ficción.


lunes, 5 de septiembre de 2016

Desayuno con diamantes, 77



OBRAS COMPLETAS DE RUBÉN DARÍO


        La literatura tiende a clasificar en siglos, movimientos, épocas y generaciones, todas las manifestaciones literarias que se han venido sucediendo a lo largo de su historia. Sin embargo, no podemos dejar de reconocer que algunas de estas divisiones ofrecen poca luz y una menos firme actitud ante el hecho literario en sí. Ha ocurrido, por ejemplo, con  términos como novecentistas, generación del 14, incluso con la acepción, modernismo cuya vaguedad es patente y, subrayar, para mayor imprecisión, que tanto en inglés como en portugués, significan, en ambos idiomas, vanguardia. Cuando el nicaragüense Rubén Darío publicó Prosas profanas (1896) enseguida se le identificó con el término modernismo porque sus composiciones equivalían a un mundo poblado de cisnes, princesas y jardines, esa denominación del arte por el arte y de evasión de la realidad. La musa modernista se convertía, así, en la encarnación de la Belleza. Esta es voluptuosa, sensual pero a la vez fascinate, enigmática, la esfinge de la decadencia francesa y alemana, la mujer fatal de los románticos. Fusión, en suma, del Amor, la Belleza, el Saber y la Muerte, como sugirió el propio Darío. Por supuesto, no se encontró ningún libro que abiertamente se proclamase deudor o representase a la totalidad del movimiento porque, entre otras cosas, el modernismo no podría simplificarse cuando no existen suficientes hipótesis de trabajo, algunas de las cuales,  José Emilio Pacheco resume de la siguiente manera:
       Los avances científicos sumados a la explotación de las colonias dan nacimiento a la gran industria que crea el mercado mundial.
       El modernismo es un movimiento, no un dogma ni una escuela, que se origina en Hispanoamérica y se transmite a España.
       El movimiento tiene dos fuentes y dos etapas: la primera parnasiana, la segunda simbolista y decadente. El parnasianismo ya puede encontrarse en poemas del joven Hugo, y alcanza su mayor difusión con la obra de Gautier. Durante más de una década perviven hasta llegar a la expresión simbolista, pasando por esa expresión modernista de José María Heredia o Guillermo Valencia. En 1884 el simbolismo ya está asentado en la poesía francesa y domina en todos los países occidentales. Con él se vuelve a privilegiar la subjetividad y sus versos se muestran vagos y sugerentes: «busca la música, piensa en el tinte y el matiz, une lo tenue con lo exacto, trata de ser suave no fuerte...», afirma Verlaine. Todos los poemas de Darío después de 1905 son, evidentemente, simbolistas aunque de su mano el modernismo se convertirá en la expresión hispanoamericana de un lenguaje para una cultura planetaria, hasta llegar a poder afirmar que se trata de una transformación de todos los recursos expresivos del idioma, de la prosodia castellana, una estética de la libertad y, sobre todo, la constatación de una modernidad acompañada por todos los cambios que se sucedían en la sociedad, incluidos los inventos que por entonces proliferaron.


Los modernistas y Rubén Darío

      A pesar de esa deuda parnasiana, Julián del Casal, Manuel Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva, instauran una primera exigencia que llevaría a una estilización denotativa en el lenguaje que se prolongaría desde José Martí a Rubén Darío, es decir, la afirmación del cosmopolitismo, la musicalidad y las correspondencias artísticas porque en el caso de Martí y Darío, ilustran una complementariedad y parten de esa conciencia renovadora que los hace excepcionales; ambos se convierten en la constatación de una profesionalidad: los viajes y el estudio favorecerán esta actitud, conseguirán la transformación de una realidad, una conciencia del espacio mental hacia un futuro, con la percepción del presente y la asunción de un pasado ingrávido. Tras una lectura global de la poesía de Darío constatamos que muchos años después sus versos producen el mismo placer y su fuerza y vigencia siguen presentes.
       Tres volúmenes conformarán las Obras Completas de Rubén Darío, I. Poesía, II. Crónicas y III. Cuentos, crítica literaria y prosa varia. El primero que acaba de aparecer, en edición de Julio Ortega, con la colaboración de Nicanor Vélez y un prólogo de José Emilio Pacheco, recoge en las 1.300 páginas, no sólo sus grandes libros, es decir, la denominada Obra Mayor, léase, los poemarios completos y actualizados, Azul, Prosas Profanas y otros poemas, Cantos de vida y esperanza, Canto errante, Poema del Otoño y otros poemas y Canto a la Argentina y otros poemas, sino  esas obras de transición, como Epístolas y poemas, Abrojos, Rimas, Canto épico a las glorias de Chile y la obra dispersa que perteneció a su más estricta juventud: Primeros poemas (1880-1886) o casi todos los Poemas dispersos (1886-1916).
    Los editores de la poesía de Rubén Darío ordenan el presente volumen siguiendo dos ejes o pautas: el primero, biológico que incluye su infancia, su adolescencia, su juventud, madurez y últimos poemas; otro segundo, geográfico que oscila entre los primeros publicados de Nicaragua a los de Chile, Argentina, París y, sobre todo, España. Ambos ejes están sustentados en la cronología de su vida porque en ocasiones no resulta fácil fechar estos libros o poemas. Buena parte de su obra aparecería en periódicos americanos y una vez publicados volvía a aparecer en medios editoriales con notables cambios. Ni siquiera Darío pudo establecer una cronología para el conjunto de sus Obras que iniciaba con Primeras Notas (1888), en el mismo año que publicaría su asombroso Azul... Anteriormente, había publicado Epístolas y poemas (1885) y poco después aparecerían Abrojos (1887) y Rimas (1887), en realidad, los primeros textos impresos del poeta. Sabemos que en una última lista, antes de morir, Darío había incluido estos dos libros como parte de Azul... en esa primera visión de conjunto que pretendía ofrecer de su primer corpus poético. Los editores han realizado la presente O.C. a partir de las ediciones que el propio Darío organizó, subrayando que se han eliminado los abundantes errores y erratas de algunas ediciones críticas anteriores. Darío sigue siendo un clásico de lo nuevo, leyendo sus versos aún hoy día conmueve esa búsqueda feliz de lo más bello como si realmente fuera lo más humano. En palabras de Julio Ortega, «esa estética, tan sensorial como epifánica, tan fresca como sabia, se despliega desde la sílaba, la acentuación y la prosodia hasta la sensualidad, levedad y nostalgia de su pasión verbal y su deleite formal. Parece esta poesía decirnos que el lenguaje es el alma viva del mundo, y que en su materialidad sensible se ilumina la nostalgia de una plenitud del presente».

Vida

     Rubén Darío  nació en Metapa, Nicaragua en 1867, de padres que se separarían cuando él apenas era un niño. Criado por su abuela, fue llevado más tarde a Managua como niño prodigio. Allí empezaría una carrera como poeta cuando apenas era un adolescente. Leía poesía francesa y, sobre todo, a Víctor Hugo. En 1886 visita Santiago de Chile donde publicaría un puñado de poemas y unos cuentos que titularía Azul (1888), un libro que pronto llamaría la atención, por ejemplo, al crítico y novelista español Juan Valera. Su «Canto épico a las glorias de Chile» le proporcionaría fama de poeta cívico y pronto se daría cuenta de que debía llevar una vida refinada, sofisticada que sólo podía cultivarse en las grandes ciudades. Pasó cinco años en Buenos Aires y trabajó en el más importante periódico latinoamericano, La Nación. En 1900 se instaló en París, y en 1907 fue nombrado representante diplomático de Nicaragua, en Madrid. Durante este tiempo realizó frecuentes viajes entre América y Europa y ya era el centro de la vida literaria hispánica. Durante décadas vivió identificado con un mundo que para él terminaría en 1914. Fue entonces cuando inició una gira pacifista y, poco después, tras una breve estancia en Mallorca, volvió a Nicaragua y viajó a Brasil, México, Buenos Aires y casi moribundo en Nueva York fue rescatado por Manuel Estrada Cabrera. Murió en León el 6 de febrero de 1916, sin llegar a percibir la transformación de valores que se ofrecían en el crepúsculo de Europa y que implicaban a las generaciones de poetas más jóvenes.
    Tras Azul que conoció una segunda edición en 1890, publicaría Prosas profanas (1896), del que vio una segunda edición aumentada en 1901; Cantos de vida y esperanza (1905), El canto errante (1907), Poema del otoño y otros poemas (1910) y Canto a la Argentina (1914). La poesía que aparece en Azul tiene aún tintes románticos, debe mucho a Víctor Hugo y su tono bebe también las fuentes del Cantar de los Cantares. Pero en Prosas profanas Darío evitará establecer paralelos entre el amor y la naturaleza. Se siente ahora más protegido gracias al arte. Su poesía empieza a tener la consistencia que le otorgaría la fama universal, es decir, haber expresado sus gustos, sus tentativas y limitaciones con absoluta fidelidad. Para Darío, el ideal es que la poesía fuese profética y opinaba que si el modernismo tenía alguna importancia, era en este aspecto, a la manera de una estela luminosa. Octavio Paz escribía que «la imaginación de Darío tiende a manifestarse e direcciones contradictorias y complementarias y de ahí su dinamismo». Darío es importante por su personalidad, por el alcance continental de sus actividades, por su fama internacional porque llegó a ser como el catalizador de los elementos artísticos de su época. También puede considerarse como el primer escritor profesional de Latinoamérica y gracias a su ejemplo, como señala Jean Franco, la literatura hispanoamericana desarrolló una preocupación más seria por la forma y por el lenguaje. Gonzalo Torrente Ballester, en su Literatura Española Contemporánea (1966) escribía que «Muchos de los temas poéticos de Rubén, aquellos, precisamente, manidos por sus seguidores, han perdido hoy interés y atractivo. Pero en su obra amplia y compleja, son muchos los poemas que conservan el encanto y la emoción, cuyas audacias aún nos asombran y cuyos conceptos nos conmueven. Rubén Darío sigue siendo uno de los grandes poetas en lengua castellana». O como el mismo Borges escribiera: «Todo lo renovó Darío: la materia, el vocabulario, la métrica, la magia particular de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará».
    Las biografías de Ian Gibson, Yo, Rubén Darío (2002), Blas Matamoro, Rubén Darío (2002) y Julio Ortega Rubén Darío (2002), no han hecho sino agrandar y confundir la figura y la obra del poeta nicaragüense, considerado el mejor portavoz de ese diálogo entre Europa y América, entre lo antiguo y lo moderno, como afirma José Emilio Pacheco.

viernes, 2 de septiembre de 2016

Care Santos



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DESESPERANZADA SOLEDAD


       En la década de los setenta los narradores españoles buscaron una conexión con la sutileza narrativa de una literatura universal capaz de mezclar formas textuales, que enlazara diversos hilos narrativos, e identificara imperceptiblemente lugares comunes, y que ofreciera historias falsas con la suficiente credibilidad de convertirse en verdaderas. Ante este tipo de novelas, el lector descubre un modelo literario subyacente, al tiempo que se deleita con desaforados acontecimientos. Una vez aprendida la lección, algunos renombrados autores de nuestra novela más contemporánea, se han repetido en una Barcelona burguesa de finales del XIX y comienzos del XX, reflejo de la turbulenta unidad de una urbe en expansión que basaría su crecimiento en las especulaciones de quienes vieron la oportunidad de hacer fortuna y garantizarse un nombre, con hechos que, muchos años después, superarían cualquier trivialidad especulativa, y en cuya senda fraguarían sus fortunas personajes importantes del mundo catalán.
       Care Santos (Mataró, 1970) mezcla esa variada textura en su nueva novela,  Habitaciones cerradas (2011), y cuenta la historia de una herencia, la reconstrucción de un palacete en el Paseo de Gracia, o el ascenso y caída de la familia Lax, una significativa casta de comerciantes catalanes, con Rodolfo y María del Roser, a la cabeza, cuya estela de descendientes, Violeta, Juan y Amadeo, llega hasta nuestros días. Pronto a lo largo del relato, el ambiente vital y privilegiado se ensombrece con el paso del tiempo, y muestras de convicciones nacionalistas, e infidelidades y desapariciones familiares concluyen en indicios de un posible asesinato. En Habitaciones cerradas los episodios que componen el puzzle expuesto, los personajes protagonistas, incluso el papel de la joven Violeta reconstruyendo su propia historia, están subordinados a la negación más absoluta de la felicidad, persiste cierta amoralidad en algunos de ellos y sobresale, por supuesto, la negación colectiva de una época decimonónica, sobre la que planean personajes reales, Alfonso XIII, Macià o Maura, porque el tratamiento histórico en esta novela es algo consustancial y está unido a sus protagonistas, no adquiere una categorización independiente, y se funde con los de ficción, magistralmente perfilados por Care Santos, entre los que sobresalen las mujeres de la casa, ejemplo de percepción y sensibilidad femenina: María del Roser, la matriarca del clan y devota espiritista, acompañada siempre de la nodriza, Concha, mediadora durante años entre los principales miembros de la familia Lax, o, en la última etapa, la joven Teresa Brusés, víctima de esa inherente mal que caracteriza a la conducta humana, sobre todo cuando la matriarca desaparece, y forzada por los acontecimientos que se producirán en una Barcelona éticamente desoladora, un personaje que solo emerge cuando años más tarde se descubra toda la verdad de su pasado.
       Este libro sigue un procedimiento narrativo tradicional y añade, un auténtico collage que reconstruye la figura del pintor modernista Amadeo Lax: incluye descripciones de algunos de los cuadros conservados, se entrecruzan correos electrónicos, en el grueso de la narración, se añaden noticias relativas a la reconstrucción de la memoria del pintor, o se facilitan cartas y confesiones de algunos protagonistas secundarios que ofrecen el énfasis necesario, y la interpretación particular de Violeta cuando los descubre, dando forma definitiva a los acontecimientos y a las figuras protagonistas de su pasado familiar inmediato. En cierto sentido, se ofrece una visión apocalíptica y paralela de la historia, el ambiente y el estado de ánimo de una Barcelona cambiante y moderna, jamás vista anteriormente, con acertadas referencias políticas, culturales, económicas y, sobre todo, sociológicas que permiten una detenida mirada al contexto de la narración en los años finales de siglo, o en las décadas posteriores durante la Dictadura y la posterior Segunda República, hasta alcanzar la historia futura y la barbarie civil. Y años después, salvar el mito del abuelo pintor que, como queda dibujado por la narradora, muestra el desenlace de una crisis existencial y apuesta por una solución que decepcionará las estrictas normas familiares y sociales del momento, tras una intensa reflexión sobre el pasado con episodios y apuntes personales, cuando solo a través del arte se le ofrezca una compensación a los Lax, porque la historia pone al hombre frente a su irreversible condición humana, y sobre todo lo equipara con su destino. 







Care Santos, Habitaciones cerradas; Barcelona, Planeta, 2011; 488 págs.

jueves, 1 de septiembre de 2016

Hoy invito a...



Carmen Canet, 2 

* Un excelente artículo-ensayo sobre la última propuesta poética del granadino, Luis García Montero.

                                       

A PUERTA CERRADA
     El poeta de las flores del frío en jardín extranjero e invierno propio, el que además escribe con vista cansada, en un diario cómplice sus poemas de Tristia en habitaciones separadas, nos abre la intimidad de la serpiente un completamente viernes,  escucha en la televisión que ha muerto  la poesía y se dispone, después de volver del sepelio (“Yo no puedo explicarlo, pero todos ustedes saben cómo se vuelve de un entierro.”),  a escribir una balada como despedida.
     Tras la lectura de esta Balada en la muerte de la poesía, el lector no puede quedarse ya impasible, se queda conmovido. Luis García Montero nos vuelve a sorprender en su tarea poética con este libro que supone una novedad en su trayectoria. Produce el mismo asombro que la noticia de la información necrológica: “Ha muerto la poesía”, dice. Ante tal acontecimiento, y más en estos momentos en que es tan necesario el cambio, L.G.M. ha querido hacer, con una forma y tono diferentes, un giro arriesgado sobre su poesía anterior, una innovación que nos ha dejado sin palabras con las suyas.
   Estos poemas en prosa se articulan en un relato de  veintidós capítulos, son independientes pero se pueden leer seguidos con un estupendo hilo conductor (es sugerente que enlazando la frase inicial de cada uno de los poemas nos anticipe y  resuma los acontecimientos que desgrana el libro). Así, desarrolla una historia cuyo protagonista es singular: un entierro,  que se convierte a través de metáforas, personificaciones,  símbolos, versos alusivos, en un escenario por donde deambulan todos aquellos a  los que les interesa la poesía. Aquí lo importante no es el tiempo (”el tiempo ya no es una oración”), son los personajes  que asisten al duelo, que acuden al velatorio convocados desde todas las épocas: Lucrecio, Jorge Manrique, Giacomo Leopardi, Rosalía de Castro, Rubén Darío, Charles Baudelaire, Federico García Lorca, Rafael Alberti, Vicente Huidobro, Jorge Luis Borges, Luis Rosales, Ana Ajmátova, Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Javier Egea, Wislawa Szymborska… Como también son importantes las múltiples ciudades  y espacios recuperados: París, Buenos Aires, Granada…, aquellos donde habitan las palabras y los que las escriben, tantos lugares con memoria donde el olvido no existe.


   En este libro se recogen varias circunstancias, algunas de tipo personal, literario y social - argumenta el autor. Y no es extraño que lo social esté también presente pues, en los tiempos difíciles y tremendos que vivimos (recortes, desahucios,  desigualdad,  corrupción: demasiadas cargas y tristezas se hacen insostenibles), es necesario y urgente  que la palabra apueste por detener esta situación de injusticia. Por ello Luis García Montero nos entrega una poesía filosófica, conversacional, de denuncia ante un mundo herido. Consigue, a través de este juego surrealista, magistral y humano, que nos paremos a reflexionar, a dialogar, a pactar, consciente de que hay salidas y se necesitan, de que la poesía ante semejante espectáculo se nos muere. Este guiño irónico, lapidario y espectral que nos hace está repleto de esperanza y de ilusión.  Con una estética y una ética admirables, hace defensa de la palabra poética como forma de resistencia, en un poemario que como él nos dice  - “es un saludo a la poesía que va a renacer, por las nuevas generaciones de poetas”-. El poeta que escribe esta balada quiere acompañarlas al igual que él ha estado acompañado durante el velatorio por todos los poetas de la más brillante tradición lírica. La intertextualidad y las evocaciones a través de versos alusivos son toda una lección de historia literaria donde están “los imprescindibles”. De nuevo, Brecht, para recordarnos que “no corren buenos tiempos para la lírica”,  Bécquer prosigue “podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía”, y Ángel González nos deja estos versos: “Habrá palabras nuevas para la nueva historia/ y es preciso encontrarlas antes de que sea tarde”. Asistimos al reconocimiento, pero el poeta va más allá, logrando que  la sugerencia se alíe con la experiencia del tratamiento de la realidad y la ficción. La realidad la transforma en literatura, así  nos hace menos daño y desvela su belleza.
      Como hermosa es siempre la impecable Colección Palabra de Honor, de Visor Poesía, que en este libro se ve realzada con la perspectiva de los dibujos, -“miradas”-  de Juan Vida, que  van ilustrando cada uno de los poemas a modo de las sombras negras goyescas. Los retratos de J. V. son descarnados, no aspiran a la belleza sino a la verdad.
     Este homenaje con homenajes, donde la voz de L.G.M. se muestra inconfundible en su yo poético íntimo y desengañado, de conciencia civil y coherente, medita sobre la historia, reflexiona sobre los ajustes de cuentas que son necesarios. Y lo hace con la sensibilidad que lo define, con su aspiración de estar en el mundo ante condiciones adversas, y siempre con los otros. De esa comprensión y lucha contra lo indigno, nace su escritura. Se desnuda por encima de lo aparente, la emoción late y pasea melancólicamente  por las calles de su relato, para invitarnos a que defendamos la justicia poética.
     Luis García Montero hace un llamamiento a la irrenunciable tarea y función de la palabra, y termina así esta narración: “A puerta cerrada abro un cuaderno, le pido un esfuerzo a la tinta y a los desfiladeros, (…) y empiezo a escribir (…), esta balada en la muerte de la poesía”.

Publicado en Revista Clarín, Nº 123. Mayo-junio, 2016.

BALADA EN LA MUERTE DE LA POESÍA
LUIS GARCÍA MONTERO
EDITORIAL VISOR, MADRID, 2016


  






La autora-biobliografía.

   Carmen Canet, nace en Almería, 1955. Doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Granada. Ha sido docente en Enseñanza Secundaria, y desarrollado proyectos educativos y didácticos. Autora de las rutas literarias de Federico García Lorca, Ángel Ganivet y Elena Martín Vivaldi, en Granada.Desde 1980 ejerce la crítica literaria en diversos medios y revistas especializadas: Zurgai, Clarín, y los suplementos Cuadernos del Sur e InfoLibre.
El libro Malabarismos (2016), una amplia muestra de aforismos, es su primera entrega para lectores apasionados. Y de momento, prepara nuevos proyectos que verán la luz en un futuro próximo.