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martes, 12 de febrero de 2019

Eduardo Mendoza


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UN MUNDO EN FIESTA

  
       Eduardo Mendoza (Barcelona, 1943) nos tiene acostumbrados a un cierto aire de  jocosidad y abundantes dosis de ironía en sus últimas propuestas narrativas, y ahora con El rey recibe (2018) nos invita a sonreír una vez más con su protagonista y la historia que nos cuenta, el relato de los fenómenos sociales de los sesenta: la igualdad racial, el feminismo, el movimiento gay o la deriva de la cultura hacia nuevas formas de expresión, que hoy son el resultado de toda una fenomenología humana y artística previa tanto en su forma como en sus hechos. Al hilo de esa abundante enumeración histórica se soslaya la crónica de mayo del 68, se apunta un acontecimiento como la Primavera de Praga, que pronto abortaron tanques soviéticos, y se subraya la época de tibias esperanzas libertarias que supuso la apertura de Fraga con su Ley de Prensa. El manifiesto peso autobiográfico del relato traslada la mayor parte de la acción al Nueva York de finales de los sesenta, en un Manhattan inseguro, pero donde ya anidaban los diversos movimientos culturales contemporáneos como el pop art, y se propagaban las corrientes musicales, rock & roll y el soul, el rhythm & blues y el folk característico estadounidense.
       Rufo Batalla es un curioso personaje, periodista de relleno que se estrena escribiendo crónicas sociales y, tras un inesperado éxito, se convierte en co-director de una revista de cotilleo, pero el asfixiante ambiente barcelonés le lleva a emprender la aventura americana para trabajar en una oficina comercial de la embajada española en Nueva York, y allí intentará sobrevivir en un ambiente burocrático que ya no compromete al personaje, y al que, una vez instalado en la gran urbe, le pasan cosas que no termina de entender del todo.
       Eduardo Mendoza crea, una vez más, una especie de héroe sin atributos que consigue sus rendimientos literarios porque esta novela tiene, entre otras virtudes, ese lado serio porque Batalla, sin ni siquiera esperarlo, se verá envuelto en una curiosa trama con un príncipe eslavo exilado que pretende recuperar el trono de un país báltico que linda con la Estonia actual, ficticiamente bautizado como Livonia. Rufo ha conocido al príncipe en Formentor, enviado por su periódico para cubrir la boda entre Tukuulo y la joven Isabella, emulando la crónica de ese otro acontecimiento que fuera el enlace entre Rainiero de Mónaco y la actriz Grace Nelly. El episodio resulta gracioso, y mirado desde una perspectiva jocosa, podría funcionar como una historia de novela paródica, una cruda pantomima y no menos caricaturesca, pero cuando el autor recupera a estos personajes en la trama neoyorquina ya no resultan tan creíbles, y debe echar mano de un excurso como contar la historia de Livonia, que justificaría un episodio de menos interés argumental y social, porque lo que pretende el narrador es un perfecto retrato de la vida americana y de sus contradictorios modos de existencia, con perspicaces incursiones en lo social y lo familiar como el fin de semana pasado en las playas de Hamptons con China y Allan, además del retrato psicológico de otros personajes como Valentina o Ernie.
       Rufo Batalla vive su experiencia humana en la gran ciudad, envuelto en el tedio diario de la oficina, las escasas salidas y los nuevos amigos que se asoman a su vida, pero sobre todo desea ser querido aunque nunca lo logra, y así verá pasar los acontecimientos que le afectan con cierta perplejidad, y le permiten eludir toda clase de moralismo al uso, algo que para un personaje como él no le resultará fácil mientras aborda los asuntos a que se irá enfrentando, incluido un nuevo y sospechoso encuentro con el extraño príncipe de su pasado español.
       Mendoza traza una vez más una picaresca visión sobre la sociedad, subraya ese tono humorístico para analizar cualquier aspecto que atañe a la vida social de sus personajes, incluso cuando estos por motivos varios deban autentificar su existencia en una urbe tan genuina y característica como la ciudad de Nueva York donde pretende cuantificar el difuso objetivo de hacer algo emocionante con su vida. Los conflictos que expone El rey recibe, y que se desarrollan en el siglo XX, reverberan de alguna forma aún hoy, porque las promesas esgrimidas y/o parcialmente concretadas no se han cumplido, sino que a comienzos del presente XXI incluso han sido rebatidas, y así vivimos atrapados, de alguna manera, en aquella mágica época de la deriva social y cultural.






EL REY RECIBE
Eduardo Mendoza
Barcelona, Seix-Barral, 2018; 368 pp.




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