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domingo, 17 de febrero de 2019

Hoy tomo café con…


José Antonio Sáez

        Su poemario, En la otra ladera (2018) indaga en la conciencia y la dimensión espiritual del hombre.




        José Antonio Sáez Fernández (1957, Albox, Almería). Ha sido profesor de Lengua y Literatura Españolas, poeta, narrador y ensayista. Ha publicado los siguientes títulos de poesía: Vulnerado arcángel (1983), La visión de Arena (1987 y 1988, 2ª ed.), Árbol de iluminados (1991), Las aves que se fueron (1995), Libro del desvalimiento (1997), Liturgia para desposeídos (2001), La Edad de la Ceniza (2003), Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008) y Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010). Estudioso de la obra de Miguel Hernández y Gabriel Sijé ha publicado numerosas monografías en revistas especializadas. Es autor de plaquettes y opúsculos poéticos, Certidumbre efímera (2004), Valle sin Aurora (2005) y Diván de los amantes (2007), así como de la novela corta Virginia Woolf no pudo amarme (1983).
        En la otra ladera (CatorceBis, 2018) es su último poemario publicado, y un auténtico ejercicio lírico en prosa que lleva al poeta a un auténtico estado espiritual y estético con el único propósito de encontrar la poesía verdadera que logra esa simbiosis comunicativa entre las emociones y los sentimientos; meditaciones, reflexiones, la búsqueda de una belleza depurada que constate la sencillez y la contención expresiva del mejor verso del poeta almeriense.

¿Treinta y cinco años después se sigue poniendo el mismo tesón en un libro nuevo?
        A mi entender, con el paso del tiempo se es más exigente con uno mismo y con lo que escribes en cada nuevo libro que, necesariamente, ha de añadir algo novedoso a lo ya dicho, provocado por la experiencia existencial y el aprendizaje literario acumulados. Hablamos de un proceso de maduración vital y artística que no se consigue sino a base de acumular experiencia, de vivir, y de un continuo aprendizaje, los cuales exigen una carga de constancia, voluntad y humildad considerables. En poesía, como en casi todo en la vida, siempre se ha de estar en disposición de aprender y de merecer, en este caso, la lucidez necesaria que permita decir, introduciendo el dedo en la llaga.

Sus primeros libros poéticos, Vulnerado arcángel (1983), La visión de arena (1987) o Árbol de iluminados (1991) ¿fueron una tentativa de encontrar una auténtica voz poética?
        En mis primeros libros, cuyos títulos has citado oportunamente, el problema fundamental estriba en la búsqueda de unas señas de identidad, en unos referentes culturales e históricos que se nos habían entregado sesgados y manipulados, tema que yo estimaba y sentía entonces como crucial. Salíamos de una etapa de nuestra historia, el postfranquismo, en que esas señas de identidad eran tan menguadas que casi no existían y había que reconstruirlas por silenciadas. Teníamos que saber quiénes éramos en realidad, porque sentíamos que se nos había burlado nuestro pasado. Era como si saliésemos de una larga noche oscura, donde casi todo se había borrado y era necesario saber qué había tras el muro para echarnos a andar y saber a dónde queríamos dirigirnos. Así ocurre en Vulnerado arcángel (1983) con las señas de identidad personales y culturales, porque ya en La visión de arena (1987), la cuestión se centra en las históricas y geográficas del entorno territorial más próximo; para acabar en Árbol de iluminados (1991) con los referentes literarios, especialmente líricos, que me habían proporcionado una forma de ver y entender el mundo, desde los más lejanos a los más próximos. Todo estaba por redescubrir y esa tarea me llevó al menos estos tres primeros libros y casi quince años de mi vida.

¿Nuestra sociedad vive exclusivamente de la palabra y de su valor implícito?
        No, no creo que sea así. Las palabras son esenciales en la vida de los seres humanos porque a través de ellas ponemos en conocimiento de los demás nuestros pensamientos, sentimientos y emociones; esto es, nos sirven para darnos a conocer a los demás, para nombrar las cosas y elaborar el pensamiento, pero no creo que nuestra sociedad viva exclusivamente de ellas o de su valor implícito, como tú dices. Y ello porque las imágenes, por ejemplo, resultan poderosísimas, al igual que los avances técnicos y científicos que facilitan la vida de las personas. En el caso de la palabra poética, yo la entiendo como muy especial, en el sentido de que es reveladora o, si así se quiere, desveladora, porque devuelve a los ojos y a los oídos aquello que permanecía oculto o en lo que no se repara habitualmente por la falta de reflexión, de evocación o de profundización en la realidad y en la dimensión interior del hombre. Al menos a mí es esa la poesía que me interesa, no la que me enseña la realidad tal y como es en su evidencia.

¿En su poesía existe una visión personal de la tradición lírica?
        Mis profesores más estimados me enseñaron que la mejor poesía española había sido aquella que había sabido conjugar la tradición con la originalidad, la herencia recibida con la novedad y la aportación personal. No creo que el poeta sea un fingidor, sino que la mejor poesía es aquella que suena a verdad desgarrada y profunda. Yo leí y asimilé la herencia de nuestros poetas clásicos renacentistas y barrocos, a Bécquer y a los poetas del 27, y así hasta las sucesivas generaciones de posguerra de las que mi poesía se ha nutrido. He leído cuanto he podido y siempre estoy en disposición de aprender, si bien he de confesar que con los años es cada vez menos lo que cae en mis manos que me resulte enriquecedor. No obstante, quisiera ser y parecer lo que me considero: un poeta modesto, conocedor de sus límites, en nada engreído, siempre en actitud de reconocer sus errores.

¿El lector de sus versos deberá ser objetivo o profundamente subjetivo?
        Bueno, estimo que en toda poesía hay un componente objetivo, basado en la propia experiencia existencial, tanto en las vivencias íntimas como en las personales que nos dejan su impronta o que nos han marcado profundamente. Personas, vivencias, lugares, triunfos o fracasos que se dan en toda vida humana están presentes en la poesía. Pero la poesía debe sugerir, ante todo, más que decir abiertamente, y eso exige necesariamente, además de complicidad, subjetividad por parte del autor que construye o cifra su mensaje y del lector que lo descifra o interpreta. No necesariamente, todo mensaje poético tiene por qué decir algo, significar algo concreto. Puede ser simplemente audaz, atrevido, bello, tenebroso, imaginativo, sugestivo, etc., pero lo importante es que llegue al lector, que este empatice con él. Para mí, el lector de versos debería ir predispuesto con un mínimo de objetividad y con un máximo de subjetividad. Lo que enriquece la poesía y al lenguaje poético no es la objetividad, el realismo o lo prosaico, sino la subjetividad, el arte de sugerir que revela aspectos distintos, posibilitados por el mensaje poético.

¿Cómo definiría usted el tono de su voz lírica?
        Pues como un tono confidencial e intimista, emocional y afectuoso, humano y espiritual, cálido, sincero y sosegado, sin descuidar nunca la elaboración formal y estética del poema, con más o menos acierto, aspecto este que, en cuanto a su logro, habrá de dilucidar el lector.



¿El conjunto de sus libros publicados hasta el momento sigue ese terreno privilegiado para plantearse una interpretación de la intimidad?
        Para mí resulta esencial eso que tú calificas como “interpretación de la intimidad”, porque toda mi poesía puede que sea un serio intento o necesidad de dar cauce a la expresión de esa intimidad y a la justificación de una búsqueda del sentido de nuestra vida. Entiendo por intimidad el caudal de emociones y de sentimientos personales, así como de ideas y pensamientos, de vivencias espirituales que son propias de un individuo. He de confesar que en la última etapa de mi poesía me he volcado en la reivindicación de la conciencia humana, que siento amenazada por manipulada, y sin la cual no somos nada; así como en la dimensión espiritual del hombre; sabiendo que el concepto “dimensión espiritual” no equivale sólo y únicamente al aspecto religioso, que puede estar incluido también; lo mismo que el conocimiento, la capacidad crítica o la búsqueda de la verdad, el bien y la belleza.

A largo de cinco años, 2005 y 2010, usted publicó cinco nuevos poemarios, se ha tomado mucho más tiempo para publicar el último, En la otra ladera (2018) ¿por algún motivo esencial?
        Fueron cuatro, en realidad: Lugar de toda ausencia (2005), Las Capitulaciones (2007), Limaria y otros poemas de una nueva Arcadia (2008) y Gozos de Nuestra Señora del Saliente (2010). Entre ellos publiqué dos opúsculos titulados Valle sin aurora (2005) y Diván de los amantes (2007). Aunque posiblemente no se deba a un solo motivo, aspecto o circunstancia, debo decir que sentí la necesidad de ralentizar o de detenerme para reflexionar sobre el rumbo que llevaba en mi poesía. Nunca dejé de escribir, pero sentía la necesidad de buscar nuevos caminos para una obra modesta, como sucede en mi caso. Debía seguir quitando capas a la cebolla, seguir desnudándola hasta hallar su centro, para que mi poesía fuera aún más profunda y desgarrada, más íntima y humana. Otros factores, como la irrupción de internet y las redes sociales han ido cambiando los cauces de difusión de la poesía y yo he ido ofreciendo muestras de mi quehacer en esos años a través de estos cauces que brindan las nuevas tecnologías de la información y la comunicación. Por otro lado, también en esos años la sociedad ha sufrido una crisis económica galopante, que nos ha ensombrecido a todos; por lo que tampoco he encontrado oportunidades de publicar en cuanto a editoriales se refiere.

Su nuevo poemario, En la otra ladera (2018) se define como un despojamiento espiritual, ¿tenemos tanta necesidad de volver a un estado espiritual?
        Yo nunca intento convencer a nadie de mis posturas o de mis posicionamientos personales; al contrario, creo ser absolutamente respetuoso con las de los demás y proceder con escrupulosidad en esto. La poesía exige despojamiento, desnudez ante los ojos y los oídos de los otros, y eso significa a menudo pudor y rubor para quien escribe. Porque el poeta nos descubre la intimidad de sus emociones, vivencias y pensamientos y eso es como desnudarse ante los demás. En todos mis libros hay un despojamiento espiritual, porque hay sinceridad y verdad en cuanto escribo, pues cuanto reflejo forma parte de mi intimidad. No obstante, no veo clara la formulación de la pregunta. Yo no hablo, creo, de una “necesidad de volver a un estado espiritual”, sino que reivindico la dimensión espiritual del hombre. Para mí eso quiere decir que los seres humanos no pueden renunciar nunca a su dimensión trascendente respecto a la creación y al universo, a la reflexión y al conocimiento, a la búsqueda constante dentro y fuera de sí mismos, a la verdad, a la crítica, a la justicia, a la libertad, a su singularidad y a su dignidad, etc. Todo eso forma parte, para mí, de la dimensión espiritual del hombre. Lo del “volver a un estado espiritual”, además de que suena políticamente a teocrático, a unión de política y religión, me suena a sinsentido, si te refieres a eso. Si te refieres a un estado permanente de vida interior, lo defiendo absolutamente.

Esta prosa poética que usted pone ahora en nuestras manos, ¿busca en nosotros emocionarnos, o hacernos ver lo doloroso que supone el ejercicio de la vida?
        Puede que las dos cosas. Persigue la emoción, en efecto, con un sentido elegíaco que significa tener conciencia de lo que perdemos personalmente, como especie y en relación con el hermoso planeta que habitamos, con nuestro medio natural; pues no cabe duda de que la amenaza se cierne sobre nosotros y sobre la casa común que nos acoge. La elegía sublima la pureza de las emociones en una intensa búsqueda de la belleza. Hay mucha belleza en la inocencia y en la pureza de las emociones verdaderas, en el despojamiento, en la desnudez, en la verdad, en suma, tantas veces dolorosa y desgarradora. Vivir es dolerse y no hay otra. El dolor, la enfermedad, el hambre y las calamidades, el sufrimiento y la muerte están ahí para que nos cercioremos de ello.



¿Sigue usted insistiendo en que la dimensión espiritual del hombre está en nuestra mejor tradición literaria lírica?
        Estoy casi absolutamente convencido de que así es, pero siempre puede haber excepciones. De unas décadas a esta parte, el márketing editorial, la mercantilización de la literatura (es obvio que tampoco la literatura podía escapar al mercado) ha ido incidiendo en sustituir un estado de cosas por otro, pues editores y escritores vienen primando los objetivos de venta y beneficios económicos sobre los valores literarios o espirituales de la obra. Pero eso sucede hoy en todos los órdenes de la vida, incluidos los sistemas de difusión de imágenes como el cine o la televisión, en donde han sido sustituidos los valores que guían a los seres humanos hacia la verdad, el bien común y la justicia por realidades sociales como la violencia, el sexo, la codicia, el miedo, la intolerancia, etc., que hacen a los seres humanos más fácilmente manipulables. Hoy más que nunca, nuestra sociedad necesidad intelectuales comprometidos que denuncien y pongan de manifiesto la peligrosa deriva a que nos están llevando esta civilización agonizante y las ideologías manipuladoras que se alían con determinados medios de comunicación de masas.

Algún crítico ha señala que “su poesía nos salva en medio de lo oscuro”, ¿cree usted que vivimos en una permanente oscuridad?
        Desgraciadamente, tendría que afirmar que en buena parte es así, porque la humanidad se encuentra en un momento decisivo para elegir el rumbo que debe tomar. Si nos equivocamos, corremos un serio riesgo de desaparecer como especie, destruyendo nuestro medio natural y destruyéndonos unos a otros. Las ambiciones políticas, la codicia, el odio o la desconfianza fomentan las posibilidades de crear división entre los pueblos y a esta hora crucial de la historia de la humanidad estamos todos convocados e implicados en la resolución de los serios conflictos que nos asedian. No obstante, no creo que “mi poesía salve a nadie en medio de lo oscuro”, parafraseando al crítico que usted cita, aunque agradezco que alguien pueda pensar eso. Lo contrario sería demasiado pretencioso, así como sobredimensionar la modesta repercusión de mi obra poética. Sí es cierto que, en medio de la confusión reinante, aspiro a guiarme en medio de la noche con una débil lamparilla que me sirva para proceder, auxiliado por esa defensa de la conciencia y por la reivindicación de la dimensión espiritual del hombre. Necesitamos, quizás más que nunca, poner en práctica valores como solidaridad, justicia, tolerancia y respeto porque, de lo contrario, no habrá esperanza para la especie humana.

Según usted, y según leemos “En la otra ladera”, ¿no debemos nunca dejar de contemplar el mundo?
        Bueno, si ello nos sirve para admirar la belleza y armonía de lo que nos resta de un medio natural tan amenazado como el nuestro y asegurarnos de su defensa y pervivencia para las generaciones futuras: sea de ese modo. Porque ello supone la conciencia de lo que fuimos o pudimos ser, la denuncia objetiva del afán depredador a que los seres humanos hemos sometido al planeta a través del consumismo y la acaparación de bienes, del derroche, el despilfarro y la ostentación, la injusticia y las desigualdades que tanto dolor y desajustes crean en la convivencia.

¿Seguimos viviendo en este mundo con las manos vacías?
        Quizá a lo que te refieres sea una imagen de la frustración, la impotencia y la imposibilidad de hacer algo verdaderamente significativo para evitar la debacle de nuestra civilización, no tanto por nosotros, sino por nuestros hijos y por las generaciones venideras, en las que también hemos de pensar. Nosotros no somos propietarios de los bienes que poseemos, sino usufructuarios de ellos, esto es, los usamos o los utilizamos mientras vivimos y los necesitamos para vivir, pero después han de servir a otros que continuarán la presencia de los seres humanos en este planeta, si antes no se han visto forzados a abandonarlo. Tomar conciencia de ello es importante. Y actuar en la medida de nuestras posibilidades, en nuestro entorno. Muchas gracias.

3 comentarios:

  1. Muchas gracias, Pedro, por difundir esta bien llevada entrevista que me realizaste y que destaca los aspectos esenciales de mi concepción del mundo y de la poesía. Abrazos.

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    1. Buen poeta, buena persona... la humanidad que desprenden tus versos merecen un reconocimiento quizá, a través, de este modesto proyecto de blog. Gracias amigo.

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  2. Gran persona . Se refleja en sus escritos. Es un placer leerte cada dia

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