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jueves, 23 de abril de 2020

El camino


En Los diablos azules nos pidieron, recientemente, un libro para soportar el confinamiento, y se me ocurrió que…

El paisaje inconfundible de El camino


       El camino, la tercera novela de Miguel Delibes, se publicó en diciembre de 1950, y el reconocimiento de esta nueva entrega fue un fenómeno gradual que cruzaría las fronteras gracias a las traducciones en diversas lenguas. La sombra del ciprés es alargada (Premio Nadal, 1947) y Aún es de día (1949), según el autor, habían sido dos novelas de aprendizaje que, para este nuevo proyecto, El camino, le obligaban a ensayar una estructura más concreta y un texto de mayor envergadura literaria, aunque su trama concebida como pequeña y sencilla, incluso se podría calificar de insignificante, daría pie a no pocos equívocos dada la magia de la literatura, porque la historia cala, trasciende, ahonda en nuestro espíritu y alcanza la universalidad, pese al tiempo transcurrido desde sus publicación, setenta años. 


       La acción se desarrolla en un microcosmos rural: un pueblo, y el protagonista de esta historia es Daniel, hijo de los queseros, un niño inteligente y sensible, apodado, el Mochuelo, porque sus ojos son verdes, grandes y redondos, de mirada atenta, observa todo con cierto miedo; Daniel es un poco tímido y callado, se siente protegido rodeado de sus inseparables amigos: Roque, el Moñigo y Germán, el Tiñoso, que son esos otros indudables protagonistas de la historia. Roque al contrario que Daniel es valiente y tiene un carácter fuerte, más alto y corpulento; Germán, en cambio, es el más debilucho de los tres, cojea, tiene calvas, de ahí el mote de el Tiñoso, puesto que como le encanta jugar con los pájaros todos dicen que estos le pegaron las calvas; por lo demás es un muchacho inteligente y perseverante. Con ellos descubriremos que Delibes es un auténtico creador de personajes, y nunca podremos olvidar al resto que acompañan a Daniel en su camino, que Delibes dibuja con absoluta perfección ahondando en sus caracteres, entre otros, don Moisés, el maestro; las hermanas Irene y Lola, conocidas como las Guindillas, las tenderas del pueblo; Paco, el Herrero; o Quino, el Manco, el tabernero. Y conoceremos la iglesia de don José; la escuela de don Moisés; la taberna del Manco; el huerto de Lucas, el Mutilado, donde roban las manzanas los niños en sus correrías, la poza del Inglés, donde los niños acostumbraban a bañarse y matar culebras; al final del libro, Germán, el Tiñoso, pondrá la nota amarga al resbalar en este juego y desnucarse, falleciendo poco antes de la partida de Daniel y provocando con ello que la marcha de Daniel se haga aún más difícil. Y desde el fondo de sus once años, lamentará el curso de los acontecimientos, aunque lo asume como una realidad inevitable; la filosofía vital de don Moisés, el maestro, pondrá de manifiesto que los personajes adultos quedan al margen, ellos son los otros, los miembros de otro clan o grupo. Así, pues, el Mochuelo, es quien mejor entiende, pese a su corta edad y a los extravíos de su lógica, las cualidades y ventajas de vivir en su pueblo: la integridad y defensa de la naturaleza.
       Delibes consiguió un estilo natural y adecuado a su relato, otorgándole a la oralidad un gran valor, sin emplear una sintaxis compleja, como el propio autor justificaría años después con su elección tan acertada: “Hace más de medio siglo, cuando pergeñaba mi novela El camino, hice un gran descubrimiento: se podía hacer literatura escribiendo sencillamente, de la misma manera que se hablaba. No eran precisas las frases o construcciones complicadas. No se trataba de hacer literatura en el sentido que los jóvenes de mi tiempo entendíamos en el lenguaje rebuscado y grandilocuente, sino de escribir de forma que el texto sonara en los oídos del lector como si lo estuviéramos contando de viva voz”. El camino fue un acierto estilístico y una lectura de incuestionables valores éticos, y pronto se convirtió en una novela castellana, si entendemos que esta vinculación geográfica facilita el análisis de la narrativa de Delibes porque, el vallisoletano, siempre consiguió captar la realidad española, y en particular la castellana, testigo del mundo, del espacio y de las gentes de su Castilla.
       Daniel, el Mochuelo, supo que buena parte de su vida quedaba atrás cuando emprendió su viaje a la ciudad, y se enfrentaba a un futuro desconocido e inquietante; los lectores, si nos acercamos a nuestra biblioteca y, entre los libros acumulados, empezamos a leer, una vez más, El camino, sabremos entonces que como el Mochuelo, ya hemos dejado una etapa de nuestra vida y nos enfrentamos, tras esta pandemia universal, a un futuro comparable al del propio Daniel cuando afrontemos ese nuevo camino. 

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