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jueves, 6 de agosto de 2015

Los olvidados



SAMUEL ROS
(La recuperación de un escritor)


      Samuel Ros fue un romántico del siglo XX —escribe Medardo Fraile —y, además, un hombre de su tiempo, lo que no es tan extraño, si pensamos en la Guerra Civil española, en el gran «réquiem»—de camisas azul mahón, uniformes negros, idealismo y caídos —de nuestra década de los años cuarenta, y en la preocupación por todo eso que puede advertirse en novelas, artículos y ensayos. La figura de Samuel Ros (Valencia, 1904-Madrid, 1945) es hoy la de un personaje olvidado, como la de tantos escritores, que durante las primeras décadas del pasado siglo figuraron como primeros nombres en el panorama literario y periodístico español. Su temprana desaparición poco después de la contienda, o tal vez su militancia falangista y su posterior adscripción al régimen franquista, han hecho que su amplia labor periodística en Arriba y la revista Vértice, medios del Movimiento, haya quedado en el olvido, así como el resto de su obra: teatro, cuentos y novelas, muy someramente reeditados en la década de los noventa.
        En La rueda de los ocios (1957), Camilo José Cela incluía un artículo sobre el escritor, titulado «Samuel Ros» y escribía: «Es, posiblemente, Samuel Ros uno de los escritores, con Clarín y, sobre todo, con Ganivet, en los que con mayor claridad se ha podido asistir al espectáculo dantesco de un cuerpo convertido en campo de batalla de dos espíritus: el travieso saltarín e iluminado espíritu de la más pura ficción, de la más desnuda poesía, con el frío, matemático e implacable espíritu de la crítica más estricta, más denodada, más cruel.
       De esta prueba, que nosotros sepamos, no ha salido victorioso, desde que el mundo es mundo, nadie, excepción hecha de Goethe».
       Andrés Trapiello cuando rememora la figura de Dionisio Ridruejo en Las armas y las letras (Literatura y guerra civil, 1936-1939), (1994), señala que el escritor falangista en sus Casi unas memorias (1976) aparecidas poco después de su muerte en 1975, recordaba generosamente a algunos de sus compañeros y amigos, entre ellos, a «Samuel Ros, el escritor vanguardista que dirigía Vértice, (a quien) admiraba profunda y fraternalmente». 


      Antonio Iglesias Laguna cuando hace recuento en su obra, Treinta años de novela española (1938-1968), (1970), recuerda el panorama novelístico español en 1936 y a los noventayochistas, los novecentistas, los artistas puros y, al influjo de los realistas, a una generación de autores nuevos de audiencia minoritaria, entre los que se encontraban, Samuel Ros, Juan Antonio Zunzunegui, Ramón Ledesma Miranda, Rafael Sánchez Mazas y Felipe Ximénez de Sandoval. Sobre Samuel Ros escribe que fue «un genio malogrado que ya descollara en 1928 con los cuentos de Bazar. Hasta la guerra civil escribió para una minoría sensible. En 1944 lanza Los vivos y los muertos, obra extraña donde lo onírico y lo supraterreno se mezclan con la vulgaridad cotidiana. El humor de Samuel Ros está en la vena del pesimismo radical de la picaresca, pero sus personajes no son pícaros, sino alucinados. El libro describe la vida diaria de un cementerio, las ilusiones, presunciones y nostalgias de los vivos que van a preocuparse por los difuntos, los cuales tienen intereses ajenos a las lápidas, lámparas, mármoles y perifollos. De ahí la caricatura de unos sentimientos nobles desgastados por la costumbre».
       Medardo Fraile, ha realizado la edición de Samuel Ros. Antología y además de seleccionar sus cuentos, una novela, una obra de teatro y numerosos artículos de prensa, dedica todo su esfuerzo por recomponer la vida de Ros en la extensa y pormenorizada «Introducción» que escribe para la ocasión y que incluye, además, de abundantes notas aclaratorias, una pormenorizada bibliografía del escritor, incluidas las antologías, las recientes reediciones y un amplio corpus bibliográfico crítico. Ya en 1972, editado por Prensa Española, había publicado una importante monografía sobre el escritor valenciano, titulada Samuel Ros (1904-1945), hacia una generación sin crítica, que recogía buena parte de la tesis doctoral leída por el escritor madrileño en la Universidad de Madrid en 1968.




      Samuel Ros Pardo nació en Valencia el 9 de abril de 1904. Sus padres regían un importante negocio de tejidos. Fue al colegio de los jesuitas de San José y muy pronto, a los diez años, escogió la profesión de novelista. La muerte del padre en enero de 1917 impresionó tanto al joven inquieto que, seis años más tarde, le dedicaría su primera novela Las sendas (1923). Cuando terminó el bachillerato, a los quince años, conoció a Vicente Calvo Acacio, antiguo amigo de su padre, periodista y autor de cuentos, que le tendió la mano para poder colaborar en Las Provincias, un magnífico periódico ilustrado de Valencia. Conoce, también, al joven Rafael Ferreres. Realizó un largo viaje por Europa, Francia, Alemania, Inglaterra, con estancia incluida en París. El Liberal de Madrid le premia un cuento en 1923; en ese momento decide irse a vivir a la capital donde conoce a Eugenio Montes; estudia Derecho en la Universidad Central, realiza el doctorado en 1928 y prepara oposiciones para el Cuerpo Diplomático. Ese mismo año publica un libro de cuentos, Bazar, cuyo éxito le hace olvidarse de las pretensiones a opositar. Asiste a la «Cripta de Pombo» y se relaciona con Jardiel Poncela, López Rubio, Manuel Abril, Espina, Andrés Álvarez y, sobre todo, con Ramón. Muchos de sus títulos recuerdan al genio del autor de las greguerías: Bazar (1928), El ventrílocuo y la muda (1930), Marcha atrás (1931) y El hombre de los medios brazos (1932).
       Empieza a colaborar en ABC e inicia una profunda amistad con Miguel Pérez Ferrero, quien le presentará a la mujer que siempre estará asociada al nombre de Ros; se trata de  Leonor Lapoulide, «una muchacha de alegría irradiante, rubia, flexible, algo llena de cara». En 1933 se hace falangista y Leonor le sigue colaborando con su trabajo en las oficinas de Falange. Asiste al discurso fundacional de José Antonio Primo de Rivera en el teatro de la Comedia el 29 de octubre de 1933. Colabora en F.E. hasta su desaparición. Una tremenda desgracia cambió la vida del escritor: Leonor muere el 4 de julio de 1935. Al estallar la guerra es perseguido y se refugia en la Embajada de Chile de donde saldrá el 14 de abril de 1937, rumbo al país sudamericano. Tras la muerte de su amada y en su recuerdo trbajó en un nuevo libro, Los vivos y los muertos, que aparecería en Ediciones Nascimiento, Santiago de Chile, en 1937. Samuel Ros y Eugenio Montes vuelven a España el 20 de agosto de 1938. Tras la guerra se incorpora al primer periódico que sale en la capital, Arriba, dirigido por José María Alfaro. En noviembre de 1939 le encargan en el diario la crónica del traslado de los restos de José Antonio. De la experiencia surge su libro, A hombros de la Falange de Alicante a El Escorial (1940). En enero de ese mismo año sustituye a Manuel Halcón como director de la revista Vértice, medio que dirigió durante dos fructíferos años. Siempre mantuvo viva la ilusión de escribir teatro. Este hecho estaría ligado a la posterior carrera y vida de la actriz María Paz Molinero. Adapta para ella la obra, Aurora Clara Boothe, norteamericana, que titula Mujeres, y se estrena el 12 de septiembre de 1940 en el Teatro Alcázar y, una obra más, poco después, En el otro cuarto, tragedia en un acto y tres mutaciones. Este mismo año publica un nuevo libro, Cuentos de humor. En 1941 se publica la primera edición española de Los vivos y los muertos y estrena la obra, Víspera, que protagonizaría la actriz Mercedes Prendes porque María Paz Molinero esperaba el único hijo de Samuel: Fernando Samuel Ros, que moriría muy joven, en 1971, en Madrid. Durante todo este año desarrolla una intensa actividad en el periódico Arriba. Ros escribe sobre la ingratitud, la injusticia, la enfermedad, la desdicha. En abril de 1942 publica Cuentas y cuentos, una selección de sus relatos escritos entre 1928 y 1942. A lo largo de 1943 Ros persigue el éxito en el teatro, bien con obras originales, conferencias o artículos sobre el tema. En febrero de ese mismo año, Lola Membrives, estrena Otra vez vivir y consigue los aplausos del público que obligan a Ros a salir a escena. En febrero de 1944 recibe el Premio Nacional de Literatura por su colección de cuentos, Con el alma aparte. Se le concedió un accésit a José María Sánchez Silva por otra colección de cuentos titulada Hasta el límite. El libro de Ros no llegó a publicarse. En marzo de 1944 crea una nueva sección en el periódico Arriba que tituló, «Arriba y abajo», una columna diaria en la que—en palabras de Fraile—«derrochó, con enorme talento, profundidad, originalidad, humor, sentimiento, experiencia, poesía, gracia... y se convierte, así, en una autobiografía no rigurosa sino recreada, novelesca». Uno de sus últimos artículos lo dedicó a la obra poética reunida de González Ruano. A finales de diciembre de 1944 el doctor Blanco Soler le diagnostica una apendicitis, el 27 Arriba da la noticia de la operación de Ros. La noche del 6 de enero de 1945 a las dos de la mañana Blanco Soler acude a ver a su cuñado que, en su agonía, nombraba a Leonor y le dijo, «... tengo tantas cosas que contarte, ¡Voy!» El cadáver fue trasladado al día siguiente a Valencia, su tierra natal, y al sepelio asistieron en Madrid, José María Alfaro, José Ibáñez Martín, Ministro de Educación, José Arias Salgado, Javier de Echarri, Eugenio Montes, Eugenio d´Órs, Joaquín Calvo Sotelo, Pedro Laín Entralgo, Manuel Halcón y un sinnúmero de viejos y nuevos escritores.

        En Cuento español de posguerra (1994), Medardo Fraile, afirma que Ros «era de piel pálida, su pelo, su traje y su corbata de riguroso luto». Sus temas fueron el Amor y la Muerte, el Destino y el Sino. En su prosa se mezclan «con raro encanto, desesperación y amor, ironía amarga y ternura». Sobre sus cuentos, el propio Samuel Ros, escribió: «Todo me lo podrán negar los demás, todo menos mi conciencia y mi vocación de cuentista. Posible es, que esto ni signifique nada ni valga nada... Pero una vez comencé siendo muy niño y desde entonces todo lo he convertido en cuentos».


miércoles, 5 de agosto de 2015

Hugo Brewster



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TITANIC. EL FINAL DE UNAS VIDAS DORADAS



      La mayor tragedia náutica civil del siglo XX hubiera quedado en una noticia a escala mundial si, en torno al suceso, no se hubiera creado toda una leyenda con el paso de los años. ¿Quién no ha oído hablar del barco más famoso de todos los tiempos? El Titanic fue el mayor de los empeños humanos y el transatlántico más lujoso de su época. Después de la escarizada historia contada por James Cameron, o la no menos curiosa película de Bigas Luna, además de las diferentes secuelas televisivas que se han sucedido durante décadas, resulta difícil no imaginar una tragedia más cinematográfica o novelesca, porque su primera travesía resultó un drama convertido en tragedia, tanto por el número de víctimas como por los nombres e identidades de los pasajeros que viajaban desde distintos puntos de Europa, Cherburgo, Southampton, Queenstown hasta su destino final, Nueva York: los de primera clase, disfrutaron del lujo durante las horas transcurridas, comieron, cenaron o bailaron en sus espléndidos salones, tomaron el sol en sus majestuosas cubiertas o discutieron sobre moda en sus terrazas privadas como si de un gran hotel flotante se tratara, los de segunda, viajaron confortables y cómodos, y además, muchos vivieron para contarlo, pero hubo quienes se hacinaban en los camarotes de tercera, mezclando la curiosa música de la más famosa de las orquestas de todos los tiempos que se oía a lo lejos, con el ruido de las salas de máquinas del mastodonte, mientras avanzaba por las frías aguas del Atlántico norte rumbo a la ciudad de los rascacielos.
      Hugh Brewster es un experto conocedor de todo lo relacionado con el Titanic y ya en 1984 colaboró con Robert Ballard para la edición de The Discovery of the Titanic, aunque posteriormente su interés en el tema ha seguido creciendo y ampliándose como puede verse en el  libro que acaba de editarse en España, Titanic. El final de unas vidas doradas (2012), un curioso documento sobre la historia más íntima del naufragio, es decir, sobre una sociedad que estaba a punto de desaparecer, la denominada por Walter Lord, “era eduardiana”, con nombres y apellidos de las grandes fortunas europeas y norteamericanas, los Astor y los Guggenheim, algunos artistas y escritores que, de alguna manera, con el relato de Brewster nos acercan al sueño de estar navegando con ellos. Eso pretende el autor con su libro que inicia con un prólogo titulado, “Un grupo excepcional”, desde que se realizara el avistamiento de los restos en 1986, y en una breve secuencia nos describe cómo las luces del submarino Alvin iluminaron la pequeña estatua de una diosa griega que yacía sobre el lodo, rodeada de bandejas de plata, botellas de champán, o vidrieras talladas, y apunta que el explorador Robert Ballard volvió del lugar con kilómetros de película y centenares de fotografías para, definitivamente, desentrañar los misterios del transatlántico perdido después de más de setenta años de su desaparición en el fondo del mar. Según Walter Lord, el autor de La última noche del Titanic (1977, reed. en 2012), sigue siendo un “asunto insumergible” que ha inspirado libros, películas y páginas en Internet, y uno vacila siempre a la hora de ponerse nuevamente en ruta con una nueva aventura sobre el suceso, aunque si bien el protagonista hasta ahora había sido el mágico barco, ahora  Brewster nos acerca a sus ricos y no tanto famosos pasajeros, aunque como ha llegado a saberse mucho después, ninguna otra lista congregaba, en aquellos momentos, a tantos nombres de famosos personajes. Lady Duff Gordon, modista británica de fama internacional, calificó el barco como “un pequeño mundo dedicado al placer”; ella misma acudía a N.Y. para ampliar su imperio después de haber triunfado en París, aunque otros millonarios mucho más célebres se congregaron en el mayor evento del momento, John Jacob Astor IV viajaba con su joven esposa, que ya había escandalizado en los ambientes refinados de la sociedad del momento por la diferencia de edad del matrimonio, treinta años, y algo parecido le ocurrió a Ben Guggenheim que viajaba acompañado de su amante francesa que, junto a su criada, afortunadamente, salvó la vida y luego fue repatriada por la propia familia Guggenheim, y no menos curiosa resulta la anécdota del magnate de la finanzas, J. P. Morgan que salvó la vida porque su amante insistió en permanecer unos días en un balnerario del sur de Francia. También, los camarotes de primera estaban ocupados, según Brewster, por gente que había trabajado muy duro para llegar tan alto: el artista y escritor Frank Mollet que se dirigía a Washington para ayudar en el diseño al Monumento a Lincoln, y su amigo Archie Butt, asesor de la Casa Blanca, volvía para preparar la dura campaña de las presidenciales de aquel otoño, el empresario de los ferrocarriles Charles Hays viajaba de vuelta a Canadá, o la curiosa lista de ocho españoles, todos embarcados en segunda clase, menos el matrimonio Peñasco, Víctor y Josefa, él rico heredero de una de las grandes fortunas españolas que viajaban en primera junto a una doncella, quien sobrevivió junto a su señora al naufragio. Un jesuita irlandés realizó numerosas fotografías hasta que desembarcó en Queenstown, y el propio constructor Thomas Andrews, que en ningún momento llegó a vislumbrar la magnitud del suceso, desapareció en las aguas. Aunque la más famosa de todas las personalidades de entonces fue, sin duda, Molly Brown, cuyo valor y arrojo desencadenó un auténtico liderazgo desde el bote número 6, donde fue evacuada. Su fama como superviviente le llevó a promover los temas por los que siempre había luchado, los derechos de los trabajadores, la igualdad entre hombres y mujeres, y la alfabetización de niños indigentes y abandonados.  



     El Titanic, señala el autor del libro, representa la época de la rápida industrialización y creación de riqueza, y su hundimiento se interpreta como esa señal de alarma de una sociedad satisfecha de sí misma que se encaminaba inexorablemente a una catástrofe en las trincheras de un frente occidental; léase, sin duda, la Primera Guerra Mundial, y Lord, quien como hemos señalado, sea sin duda el autor que mejor conozca su historia, advirtió en su propio libro que, “tal vez represente la progresión de casi todas las tragedias de nuestras vidas, que empiezan con una cierta incredulidad y que derivan en una inquietud creciente”; en realidad, puesto que el protagonista siempre ha sido hasta hora el propio Titanic y su tragedia, con El final de unas vidas asistimos a la descripción de la existencia de unos hombres y mujeres que compusieron el espléndido retrato de una época y de un tiempo que pareció marcar un fin con su tragedia. Por primera vez, se muestra el interior de tan suntuoso coloso flotante y sobre todo se cuenta, como si de un cuaderno de bitácora se tratara, las intensas horas vividas de muchos de los personajes previo al naufragio y, podemos hacerlo, como un relato novelesco, poblado de curiosos protagonistas, sabiendo en todo momento que aquello fue lo que ocurrió con todo detalle en aquella fría y clara noche de abril de 1912, y además por sus páginas desfilan fogoneros, músicos, camareros, damas y criadas, millonarios, marinos, emigrantes y niños y niñas de corta edad, gente de todas las clases sociales que pasaron a la historia sin ser muy conscientes de ello. Los recuerdos, cien años después, siguen vivos en los familiares de aquellos supervivientes que aun se siguen preguntando como habrían evolucionado los acontecimientos en aquella fatídica noche y si, en otras condiciones, hubieran vuelto a ver a sus seres queridos; pero sobre todo, sobresale el capítulo dedicado a “Vidas después del Titanic”, porque justifica la lectura de este libro y, de alguna manera, celebra la vida posterior de esos poco más de setecientos supervivientes, fascinados mucho tiempo después por su suerte. A cien años de aquella madrugada del 14 al 15 de abril de 1912, la historia del insumergible, según Hugh Brewster, continúa.

TITANIC. EL FINAL DE UNAS VIDAS DORADAS
Hugo Brewster
Lumen, Barcelona, 2012; 416 págs.

martes, 4 de agosto de 2015

Edith Wharton



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SANTUARIO  

    
     En la Introducción de Santuario (2007), Marta Sanz, habla de la formidable experiencia de vida de Edith Wharton (1862-1937), la narradora norteamericana, autora de esta breve novela, además de otras que, como La edad de la inocencia (1920, Premio Pulitzer, 1921) le han otorgado esa clasificación de clásica. Completan el conjunto de su producción, El valle de la decisión (1902), La casa de la alegría (1907), Ethan Frome (1911), Las costumbres del país (1913), o las historias, Vieja Nueva York (1924). Marta Sanz escenifica, con su Introducción, todo el proceso llevado por la autora para enmarcar una historia mínima y ofrecer, sin esa hondura psicológica que caracteriza a la mayoría de sus restantes novelas, la vida de la joven y madura Kate Peyton, en la primera y segunda parte de la novela.
    Para entender buena parte de la obra de Wharton debemos situar el concepto de «nueva mujer» en Norteamérica. Acuñado en la década de 1890, muestra inequívoca de figura —independiente, franca, iconoclasta— que daría autoridad a la obra de escritoras como Kate Chopin, Alice James, Charlotte Perkins Gilman, Ellen Glasgow, la joven Gertrude Stein y, sobre todo, Edith Wharton, con sus ideas e implicaciones temáticas subversivas, como puede ya verse en los personajes femeninos de Santuario (1903), el principal, Kate Orme, y esencialmente Miss Verney que, como se manifiesta en el texto, es «patentemente de la nueva escuela, una mujer joven de actividades febriles y opiniones lanzadas a los cuatro vientos, cuya propia versatilidad la hacía difícil de definir». Pero esta novela trata, fundamentalmente, sobre las verdades humanas y de su trasfondo que es, precisamente, de lo que quiere salvaguardar la protagonista a su hijo, actitud, magníficamente, expuesta en la segunda parte de libro.
      En las primeras 50 páginas se cuenta la relación de la joven Orme con su prometido Denis Peyton, y el secreto que descubre sobre su amado en vísperas de su matrimonio. No obstante, decide casarse con él y afrontar su destino y el de su descendencia, en un alarde de extremo coraje, aunque tratará de preservar a su hijo de semejantes vicios morales. En realidad, según averiguamos, el único pecado que ha cometido el joven ha sido quedarse con la herencia del hermano muerto e ignorar a una mujer y su hijo que convivieron los últimos momentos con el moribundo; hecho que, por otra parte, a la joven Kate le parece el más deplorable de los actos porque su prometido no hace gala de una moralidad intachable, como a ella le han enseñado, como tampoco justifica que mujeres puedan vivir a expensas de hombres por un puñado de dólares.
       En la segunda parte, más extensa y clarificadora, ocurre un salto de veinte años, y entonces la Sra. Orme es madre y cubre esa maternidad protegiendo a un hijo a quien educa en un esmerado ambiente para que se convierta en un excelente arquitecto. Dick, será el protegido y el anhelo de la madre por alejarlo de aquello que tanto le había asustado. Manifiesta, sin embargo, el empeño de que su hijo triunfe por encima de todo en la vida, pero pronto se dará cuenta de que tal vez el vástago experimente cualquier deseo de iniquidad para conseguir sus objetivos. La angustia de la madre se torna obsesiva porque llega a imaginar que el joven Dick pueda estar dispuesto a todo para conseguir sus objetivos. Es entonces cuando los temores de la madre se disparan y la narradora acumula una sucesión de sentimientos y miedos de su protagonista que, en ocasiones, resultan excesivamente prolijos. Sobresale, eso sí, el peso de una descripción psicológica de hondura en personajes creíbles aunque demasiado reincidentes en sus acciones. Pero en realidad, hablamos de una narradora que se mueve entre el realismo, el naturalismo, cierto color localista de su entorno, el sentimentalismo de su obra o la marca de una vida, a caballo entre el XIX y el XX, y esa vocación europeísta de la que siempre hizo gala, tras sus prolongadas estancias en Europa, sobre todo en el París de principios de siglo, rodeada de aristócratas, pintores, princesas, novelistas, hasta su muerte, treinta años más tarde.  











SANTUARIO
Edith Wharton
Introducción de Marta Sanz
Traducción de Pilar Adón
Impedimenta, Madrid, 2007; 168 págs.


lunes, 3 de agosto de 2015

Desayuno con diamantes, 47



PECADORES


      Muchos de los nombres, que configuran hoy la extensa nómina de la mejor narrativa breve mejicana, iniciaron su andadura en la década de los 70, aunque su labor literaria, tan variada como rica, se acrecentaría en la siguiente, con una característica común: la fuerza de una individualidad que les llevaría a ensayar posturas literarias que supusieron una ruptura con todo lo anterior, pese a que algunos jóvenes volvieron la vista a la sabiduría de maestros como José Agustín, Gustavo Sáinz o Parménides García Saldaña. Quizá por esto, de la amplia muestra surgida, muchos de ellos reivindicaron la recuperación de los procedimientos del cuento clásico, la economía anecdótica, la concreción y la intensidad final en la historia narrada, además de esa experimentación que llevó a reproducir, entre otros aspectos, una interesante adecuación del lenguaje popular con una clara denotación al ambiente social o la mentalidad fragmentada de aquellos barrios populares, en zonas periféricas de las grandes ciudades, incluso denotar ese lado oculto de una prosa mejicana que desvela aquella otra realidad. Por consiguiente, la mayoría de los cuentos publicados por entonces se caracterizaban por una libertad de imaginación y de construcción que, décadas después, patentiza ese afán de experimentación o la capacidad de dinamizar un género que se debate, desde siempre, en permanentes conflictos conceptuales. Muy alejados de los temas convencionales del realismo social, el tipismo de ciertos personajes pintorescos, los temas de la Revolución o una intención política, la mayoría de estos narradores, David Toscana, Juan Villoro, Ignacio Padilla y Jorge Volpi, provienen de una formación social e intelectual distinta que incluye, el cine y la televisión.
        El caso de Juan Villoro (Ciudad de México, 1956) es significativo por la proporción que ha ido alcanzando su obra, tan rica como variada: cuento, novela, ensayo e incursiones en el mundo de la narrativa infantil y juvenil. Sus primeros libros recibieron muestras de admiración y reserva por parte de la crítica mejicana porque, en algunos de sus textos, permanecían vivas algunas de las huellas de la literatura de la Onda, aunque como ha demostrado más tarde, sólo se apreciaba esto indirectamente en la temática juvenil, algo que el autor promovía con respecto al tratamiento psicológico de algunos de sus personajes. Sus cuentos, no obstante, logran crear una atmósfera sugestiva y están repletos de alusiones y elipsis que conducen a un estilo mesurado que lleva a su narrativa al virtuosismo más pleno. Otra de las singularidades de su narrativa breve es su voluntaria caracterización por ofrecer individualidades,  personajes solitarios que pueblan, con su actitud, un universo muy variado. Se mueven en escenarios tan reconocibles como alternativos, aunque la segunda, y más importante, caracterización para su prosa sería su extraordinaria capacidad para dotar con esa voz única unos relatos que se articulan en un mismo sentido literario, la reflexión, en primera persona, para explorar, cómo podrían hablar en cada momento estos seres inventados.
        La producción cuentística de Villoro refleja esa dedicación del escritor al género y la madurez con que ha llegado en su última entrega Los culpables (2008). En sus anteriores colecciones, El mariscal de campo (1978), La noche navegable (1980), El cielo inferior (1984), Albercas (1985), Tiempo transcurrido (1986), la selección La alcoba dormida (1992) y La casa pierde (1999),  Villoro se negaba a buscar la trascendencia a través del acto puro de contar historias; es decir, no se deben narrar grandes verdades, ni crear grandes héroes explícitos o implícitos, los personajes son meras caricaturas de falsos héroes porque los protagonistas de sus historias se enfrentan diariamente al aburrimiento, al fracaso y al vacío. «Cambio de estado y ansiedad metafísica», son dos de las características señaladas por Álvaro Enrigue a propósito de los cuentos de Villoro, o la aseveración formal de que  «todo tránsito supone una voluntad de liberación». En los seis cuentos de Los culpables pueden rastrearse muchas de estas características señaladas, sus personajes vuelven a estar solos, han dejado de ser quienes eran, muestran esa división que les conducen a reintegrarse en una sociedad jerarquizada, así se cuentan los pecados de un cantante de rancheras que debe reconciliarse con su sexualidad, un agente, transeúnte habitual de los aeropuertos, debe alcanzar su estabilidad emocional no perdiendo más vuelos, un futbolista mediocre sacrifica a su equipo por una amistad, dos hermanos enfrentados se salvan de un amor escribiendo un guión que los convertirá en monstruos, un viajero adopta una iguana y paga una antigua deuda sexual, y un limpiador de cristales tiende, inexcusablemente, al suicidio; y, en el séptimo, en realidad, una nouvelle «Amigos mexicanos» un periodista yanki vuelve a México para escribir sobre la esencia misma del país, para ensayar una vuelta de tuerca, porque Villoro juega y distorsiona esa visión de lo «mexicano» que se tiene desde el exterior, ofrece la mirada ajena que le proporciona al escritor la excusa para contar, desde otra perspectiva, el morbo con que se buscan otras historias en su país, como por ejemplo, la violencia.



      Villoro levanta con Los culpables ese vuelo metafórico que ha caracterizado a su literatura breve, la complejidad de su estilo deja paso a una estructura menos esotérica, acelera el ritmo de sus textos que se vuelven más concretos, precisa el sentido con que quiere matizar las cuestiones planteadas, aunque reflexiona y explora y, sobre todo, transforma su lenguaje, imprime ese matiz de oralidad señalada, emerge una voz narrativa fuerte en primera persona y, a través de su prosa caracterizada de metonimia poética, favorece la actitud de sus personajes hasta envolverlos en una espiral de preguntas y respuestas que se concretarán en la realidad de unas casualidades, porque, entre otros muchos contratiempos, todos han pasado por unos momentos de transición y consiguen desprenderse de ese pecado cometido, del que la sociedad los absolverá definitivamente.
        Como en otros casos anteriores, en la mayoría de estos relatos, el sentimiento de amargura es una estrategia y un acierto en la prosa de Villoro, esa suma de sutilezas alcanza a unos personajes que, ahora, necesitan descubrir una verdad y, el autor, aunque se trate de un gesto ridículo, debe al menos salvarlos. Los culpables, esos mejicanos que viven una realidad actual, sobreviven, gracias a la literatura, en otra dimensión paralela que al lector nos sirve para dejar constancia de los encuentros y desencuentros de su propia existencia. 

Juan Villoro, Los culpables; Barcelona, Anagrama, 2008.


domingo, 2 de agosto de 2015

Hoy tomo café con…



FRANCISCO PERALTO*
PALABRA Y ESENCIA



     Francisco Peralto (Málaga, 1942) ejerce desde hace cuarenta años de poeta, además de haber sido editor e impresor con esa labor que refrendada su Corona del Sur, atalaya malacitana bajo esa sombra humanística que caracteriza su labor. Ahora acaba de publicar Ritual (1968-2003), una voluminosa obra que recoge su Poesía Completa.

        ¿Cómo se pueden resumir en unas líneas treinta y cinco años de poesía?
        No sé hacerlo. Una de las múltiples formas en las que entiendo la poesía, es como ejercicio de síntesis. Así que para explicarlo necesitaría miles de páginas.

        ¿Qué motiva a un poeta a seguir escribiendo y reunir toda su poesía en más de mil páginas?
        La necesidad de conocerse hasta sus más profundas sensaciones y la necesidad de explicarse el mundo. La publicación de casi toda mi poesía (perdone que le rectifique, pero es el caso de este libro), responde a un proyecto testamentario.

        El poemario Ritual (1982) recogía buena parte de las trascendencia de sus temas hasta esos momentos; es decir, la belleza de las palabras y de las cosas, la realidad social, la historia, la religión, lo culto... Ahora, edita, usted una amplia muestra de su poesía y elige el mismo título, ¿resume este libro de alguna manera su visión de conjunto de forma que actualiza su compromiso?
        ¡Claro que sí! Ritual es el centro de mi obra. Fue un puerto donde atraqué la goleta de mis versos hasta entonces. Desde aquel noray, donde estuve amarrado, zarpé hacia nuevas derivas, sin olvidar las antiguas singladuras.

        Este Ritual (1968-2003) recoge, de alguna manera, su variada obra poética que fija poemarios y obras experimentales que se inician con Elegía (1968-1977) y acaban en Pensil de versos melancólicos (2003), y usted considera como libros abiertos, ¿considera que este volumen  no cierra su quehacer poético como apunta en su «Nota a la edición»?
        Realmente es que es así. Durante todo el año que me ha costado imprimir Ritual, he escrito y publicado, los treinta y seis poema de Hace una generación, además de una serie de propuestas experimentales que, ahora mismo, están formando nuevos libros.

¿Por qué caminos transitan sus intereses poéticos si este volumen no cierra su producción lírica en la actualidad?
        Los únicos intereses que tengo y he tenido siempre, son los de edificar una obra que resista el silencio enemigo y el paso del tiempo. Al no disponer de otros poderes que los de mis propias fuerzas, lo único que puedo hacer para intentar conseguirlo, es escribir y publicar.

        Permítame alabar y resaltar en su obra la «poesía visual» de significado tan complejo ¿puede hablarnos qué representan para usted conceptos como imagen/pintura o palabra/signo?
        Representan abismo, vórtices, insondables infinitos en los que me sumerjo impelido (quizá), por la fuerza genésica que porto en los glóbulos rojos. Hablo de una tragedia honda, a la vez que pura. Y de una imposibilidad: la de no ser capaz (por ahora) de encontrar un lenguaje (hablado/escrito/oído/pintado), que aglutine en un todo, lo conocido. Toda la comunicación posible, la soñada, la intuida y la imposible.

        ¿Dónde se encuentra la esencia de la vocación poética de Francisco Peralto?
        En principio en la necesidad de lograr justicia y belleza. Después en las demás cosas propiamente humanas, empezando por la solidaridad.

        Una Obra Completa es el fruto de una ambición.
        Sí, pero es lástima que la complete la muerte y uno no pueda verla.

        ¿Cuándo deja el poeta de tener temas sobre los que escribir? ¿Cómo vive, por consiguiente, un poeta la realidad?
        Cuando pierde la ilusión del trabajo, porque ha escrito una obra hueca. Cuando en vez de atacar a los molinos de viento, rinde sus endecasílabos a los enanos. La realidad, en mi caso, es la del mundo obrero, por tanto, la veo y la padezco a duras penas, a la vez que intentando dejar testimonio de un tiempo corrupto y feo.

        ¿Sigue usted pensando que su poesía la seleccionará y terminará el viento y el tiempo?
        Naturalmente. En realidad ya está ocurriendo. Me refiero a las antologías, enciclopedias y diccionarios donde se me incluyen, sin que necesite remover los cimientos del Parnaso.

        ¿Cómo ha reflejado usted su alma, su vida, su cuerpo en este voluminoso Ritual que pueda interesar a un posible lector?
        He escrito siempre con la verdad por delante, pero sin olvidar que la poesía tiene unas reglas que hay que cumplir para que lo sea.

        ¿Acepta usted seguir siendo un hombre de su tiempo, alguien que rompe su silencio con cada verso?
        ¡Sí, acepto! Al margen de la broma, dicha para dulcificar la posible petulancia de mis respuestas, es evidente que, de otra forma, no hubiera tenido fuerzas para escribir los libros que he escrito, ni para sufrir los silencios injustos, no los destierros injustos.

* Esta entrevista se realizó y publicó en la primavera de 2005, y a lo largo de estos últimos diez años, Francisco Peralto, ha seguido con su incansable labor de  editor y poeta. A su ya extensa e interesante obra se han ido sumando premios y nuevas entregas, tanto gráficas como discursivas.



sábado, 1 de agosto de 2015

Georges Simenon



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El otro Simenon
A propósito de la publicación de Pedigrí.


Roger Mamelin, es un niño belga, precoz e inquieto, que alcanzará la mayoría de edad dolorosamente, y además es el protagonista de Pedigrí (1948), la novela más extensa, insólita y atrevida de Georges Simenon, uno de sus mayores logros como cronista del individuo y la sociedad modernos. El autor nos transporta a los inestables inicios del siglo XX, desde las amenazas terroristas de la primera década hasta el final de la Primera Guerra Mundial, y nos ofrece una epopeya de la vida cotidiana llena de intensidad.

Corría el año 1941, y Georges Simenon (Lieja, 1903 - Lausana, 1989) vivía en un lugar llamado Fontenay-le-Comte. Llevaba un tiempo encontrándose mal, así que visitó a un médico, este le hizo una radiografía y vio algo que no le gustó. Le dijo: "lo siento, pero me temo que le quedan como mucho dos años de vida". ¿Qué se propuso Simenon en ese supuesto par de años de vida? Escribir; pero no seguir con la saga de novelas de Maigret, sino construir una monumental memoria destinada a convertirse en esa clase de libro que, muchos años después, encierra un mundo, o que encierra todo un pasado.

Y aun afirmaba, "Pensé entonces que cuando fuera mayor mi hijo de dos años no sabría casi nada de su padre ni de su familia paterna", y "para colmar en parte esa laguna, compré tres cuadernos con tapas de cartón jaspeado y, renunciando a mi habitual máquina de escribir, empecé a contar en primera persona, y en forma de carta, una serie de anécdotas de mi infancia al muchacho que un día me leería". Por entonces, el narrador belga se escribía con André Gide, al que le picó la curiosidad. Simenon le envió las primeras 100 páginas y, una vez leídas, Gide le reclamó que continuara con el trabajo pero que cambiara la primera persona por la tercera y escribiera una novela.

Así cuenta Simenon en primera persona cómo decidió escribir sobre su propia infancia en tercera persona y dejar de dirigirse exclusivamente a su pequeñín para contarle sus peripecias vitales. Se nota que es un libro diferente a la mayoría de los que escribió también en la voluminosidad. Simenon solventaba sus historias ‘negras’ en poco más de cien páginas, aquí supera las 600 para remontarse a la Lieja de su infancia y al recuerdo que conserva de sus padres y de su propia juventud hasta los 16 años, justo al comienzo de la Primera Guerra Mundial.

Pedigrí, es el resultado de ese pequeño fin del mundo que nunca fue, de esa radiografía maldita que erró en casi cuatro décadas la muerte del escritor (vivió hasta el año 1989). Aunque Simenon se planteó algo mucho más extenso al principio, una suerte de monumental obra biográfica, una non fiction novel confesional, lo cierto es que no llegó a completarla. La cosa se detuvo en Pedigrí, el que iba a ser el primer tomo de semejante obra magna y acabó siendo el único. "Abandoné a Roger Mamelin a los 16 años", explicaba el propio Simenon. Su plan había sido narrar la adolescencia (su propia adolescencia) en el segundo tomo, y centrar el tercero en su etapa en París y en el aprendizaje de lo que llamaba "el oficio del hombre". Pero la cosa no acabó así. Y, como anticipa el propio Simenon en el prefacio a la edición de 1957 (la que Acantilado publica, por primera vez, en España), Pedigrí "constituye una especie de islote" dentro de su producción.

Breve biografía
Georges Simenon
Nació el 13 de febrero de 1903 en Lieja, en el seno de una familia de clase media arruinada.
Trabajó como aprendiz de panadero, de vendedor en una librería y de reportero de sucesos en la Gazette de Liège. Su madre nunca quiso aceptar que su hijo se dedicara a la escritura. Obsesionada con la idea de tener una vejez segura, hubiera preferido que fuera ferroviario. Simenon conoció el éxito temprano y le enviaba a su madre una buena suma cada mes. Ella le devolvía todo, moneda a moneda.
Sus relaciones con las mujeres fueron intensas y difíciles. Alguna vez confesó haber tenido dos mil amantes, la mayoría prostitutas. Se casó dos veces, aunque pensaba que el matrimonio "es una institución estúpida e incluso inmoral". El mayor drama -"un padre nunca se recupera", -escribió- fue el suicidio de su hija Mary Jo, a la edad de 25 años. No pocos han visto en el afecto que Simenon profesaba por su hija como algo incestuoso. Patricia Highsmith, autora de Extraños en un tren, escribió sobre este asunto: "Mary Jo fue descrita por uno de sus doctores en su vida adulta como 'un caracol sin concha'. Su vida emocional se había centrado en Simenon y la correspondencia entre ellos se lee más como cartas de amor que como un intercambio entre padre e hija".
En su juventud escribió artículos antisemitas y se cierne la sospecha de haber colaborado con los nazis durante la ocupación; su hermano menor, Christian, fue simpatizante de Hitler y se vio envuelto en un oscuro episodio.
Escritor prolífico, fue autor de cientos de novelas populares utilizando diversos seudónimos.
En 1922, se trasladó a París y al año siguiente se casó con su amiga Régine, una estudiante de arte apodada Tigy. Tuvo una aventura tumultuosa con Josephine Baker. En 1929 elaboró un nuevo personaje ficticio: el commissionaire Maigret. Dos años después, en 1931, organizó una gigantesca fiesta parisiense, el Baile Antropométrico, para lanzar las novelas de Maigret.
Concebir un libro le llevaba un día y escribirlo un par de semanas. Autor también de novelas "duras", por las que André Gide lo proclamó "el novelista más grande del siglo". Otras obras suyas también tratan el tema policíaco, como El hombre que miraba pasar los trenes (1946) y Confessional (1968).
Su autobiografía, Memorias íntimas (1981), pone de manifiesto sus propias obsesiones y cuenta la historia del suicido de su hija; otros textos autobiográficos son Cuando yo era viejo (1972), Carta a mi madre (1974) y la novela que recreó su infancia y adolescencia Pedigrí escrita en 1948 pero que hasta 1985 no se publicó.
El conjunto de su obra, escrita entre 1920 y 1972, es enorme: 80 Maigret, 115 "novelas duras" (no policíacas) y 200 "novelas populares" escritas con seudónimo. En 1972, renunció a la novela y a la máquina de escribir para dedicarse a sus "Dictados" en grabadora, que ocupan 21 volúmenes. Después de residir en Francia, Estados Unidos y Canadá en 1955 se estableció en Suiza.
Georges Simenon falleció el 4 de septiembre de 1989 en Lausana, a los 86 años; dejó tres hijos varones.













Georges Simenon; Pedigrí; traducción de Núria Petit. Barcelona, Acantilado, 2015; 616 pp.