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viernes, 6 de septiembre de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


En el Tajo





       La Prensa de Portugal responde gallar­damente a este revivir de actividad, de re­surrección, por el que la nación atraviesa. Aquí ya saben prácticamente, no en teoría sólo, que la Prensa es un poder del Estado. Los periodistas han visto el fruto de su es­fuerzo, y esto hace que su ardor cívico sea cada vez más entusiasta. Yo he tenido oca­sión de visitar A Capital, uno de los más importantes diarios de la tarde, y O Mun­do, que es uno de los más notables diarios de la mañana.
       El Director del primero, D. Manuel Guimaraes, es un periodista trabajador, inte­ligente, probo, sólo comparable con nues­tro coloso Augusto de Figueroa. El segundo fue fundado por França Borjes, el inolvida­ble; una figura que me hace recordar a nuestro llorado Alfredo Vicenti, el perio­dista incorrupto y ecuánime, tan gran ami­go de Portugal, sin hacer valer su cariño, tan poeta de la vida y tan defensor abne­gado y lleno de desinterés de todas las cau­sas justas y nobles. En su redacción he co­nocido escritores de tanto prestigio como D. Luis Derouet, D. Santos Tavares y don Carlos Trilho. Sería interminable la lista de los periodistas de valer que militan en la Prensa de Portugal. Están en sus filas to­dos los grandes ingenios y todos los gran­des políticos. La dirección espiritual de la multitud que les está encomendada no pue­de tener mejores apóstoles.
       Yo hubiera querido visitar el «Journal do Comercio», tengo con ese periódico una deuda romántica. Quizás le debo a él mi afición al periodismo, a la literatura y a los viajes. No aprendí a leer espontáneamen­te en la plana de anuncios de ese Journal que iba a perderse en las soledades de mi cortijo de Rodalquilar. La impresión que hacían en mi ánimo las negritas rotundas redondas y gruesas de sus letreros no se ha borrado aún. Bajo ella había siempre grabados unos barcos formando colum­nas unos debajo de otros. Unos barcos muy negros, con una silueta muy gallarda y muy clásica, algunos con su penacho de humo como si ya estuviesen caminando otros con un aspecto de arranque, como si tuviesen la máquina encendida esperan­do la orden de marcha. Algunas veces ha­bía un barco muy grande, y parecía como una galera capitana a la que las naves chi­quitas le iban a dar escolta. La plana aque­lla tenía para mí un valor semejante al de las hojas de aleluyas en que me leían aven­turas maravillosas. Yo la relacionaba con los mágicos cuentos de Simbad el marino. Sentía deseos de escaparme, de irme en aquellos barcos, y para enterarme de sus destinos aprendí a juntar en castellano aquellas" negritas portuguesas tan sugeri­doras y tan inolvidables. «Pernambuco, Río Janeiro, Santos, Oporto, Lisboa». Yo leía y releía sus nombres, los adivinaba por vo­cación, eran para mí lo que aún continúan siendo Bagdad, Mousul... y las ciudades de Oriente que no he podido ver aún. Yo quisiera poder estampar sus nombres con aquellas mismas negritas, rudas y fuertes.
       Necesito como un tónico el perfume del aguarrás y del plomo y la tinta de la im­prenta. Así he aprovechado la galantería de la Prensa lisbonense para visitar sus redacciones, y no podré jamás correspon­der a la manera tan sincera, tan amable, tan cortés, como han recibido a la com­pañera lejana, que ha llegado hasta aquí sin más tarjeta de presentación que el eco perdido de millares de artículos, ligeros y efímeros, y unas docenas de libros, cosas todas que sorprende que fuera de la Pa­tria hayan podido hacer ambiente.
       A Capital, con el concurso del ministro Sr. Monteiro, dignamente representado por su secretario señor Palma, me ha dedica­do una fiesta tan amable y tan simpática que será inolvidable.
       Un precioso vaporcito, nos esperaba al pie de la escalinata de mármol de la Plaza del Comercio. Sus tripulantes eran todos artistas: literatos, pintores o escultores; las damas todas escritoras, periodistas o actrices como Lucinda Simoes y Palmyra Torres.


       El barco se ha deslizado entre los ópalos y los dorados del crepúsculo sobre las aguas rizadas y blancas del Tajo. Se ha deslizado con un andar blanco, de dama que pisa so­bre alfombras, y parecía que iba tendien­do para nosotros la vista incomparable de Lisboa como una cinta mágica maravillo­sa. La gran ciudad se aparece toda en la perspectiva como en esas fotografías de las plazas de toros en las que se ven las caras de todos los espectadores colocados en las gradas. Así muestra ella su belleza toda, completa y magnífica, sin ocultarnos nada.
       La cúpula de la Estrella, el cuadrilátero del Palacio de Ajuda, la alta torre de la Sé; el viejo promontorio de Castello, y la ex­tensión magnífica de sus plazas y de sus jardines.
       A la orilla el hermoso puerto, no deja sos­pechar que se trata de un río, con los bu­ques de alto bordo surtos cerca de los Docas y todo el movimiento de la ciudad co­mercial, que a esta hora se va amortiguan­do blandamente como si se quedase dor­mida. La luz blanca de la luna, que es co­mo una flor blanca en el cielo, borra los oros vesperales. La ciudad no se borra por completo, nos queda de ella la impresión de la forma y de la línea sin la luz ni el co­lor. Son todo siluetas vagas, inciertas, misteriosas, que parecen moverse y seguirnos en nuestro paseo como si las arrastrase el surco del agua que deja la quilla, y parece entre la otra agua inmóvil un arroyuelo de agua que corre entre la otra agua.
       Desde los barcos cercanos salen voces en idiomas de pueblos distantes, que son como una música que va a unirse a la mú­sica de a bordo. El barco está transfor­mado en salón. Una larga mesa enflorada ocupa toda la cubierta; el comercio de Lis­boa ha enviado presentes de los mejores productos nacionales; reina un ambiente agradable, cordial, todo risas y alegrías. Los más afamados tocadores de guitarra y de viola nos dan un concierto incompara­ble. Los fados lloran su melancolía sobre las aguas. No hay nada tan impresionante como un fado cantado en la guitarra, así, lejos de la tierra, bajo ese cielo de un azul tan limpio y tan claro, donde la luna es tan luciente que aleja toda la corte de estre­llas, para que luzcan como en un cerco lejano, hacia los límites del horizonte.
       De todos los fados que he oido, mi favo­rito es el fado antiguo, el fado clásico. No se pueden mejorar ni perfeccionar los can­tos populares. Va en ellos un alma comple­ta, tan completa que no se puede cambiar nada. El fado tiene el encanto de la Folia de Canarias, a la que más se parece; la lan­guidez de la guajira y la melancolía tris­te de las saetas andaluzas. Todo el espíri­tu de un pueblo se traduce en sus canta­res. Estos son los cantares nostálgicos del alma árabe, que lloraba su destierro de las orillas del Tigris y el Eufrates; cantos que quedaron en la Península, entre un pueblo oprimido y esclavo; cantos de nostalgia vaga, de ideal sin nombre, que es a la vez grito de pasión y suspiros amargos. Este canto legendario que no se halla ya en los himnos de los pueblos libres, esos que can­tan gozosos y plácidos como suizos y no­ruegos o arrogantes y altivos como el pue­blo francés. Pero este canto de queja y llo­ro, que pronto no entenderán aquí, es pro­picio para venir a anidar en el alma espa­ñola, con la doble tristeza fatalista del árabe y la resignada inconsciencia supers­ticiosa y perezosa del andaluz.
       Corre el barco sin oscilaciones, en su suave deslizarse, a favor de la corriente. Vamos hacia el mar. Un ingeniero enfoca los reflectores a la costa y van apareciendo como flores que brotasen al sol, la Torre de Belem con su silueta de piedras blancas; la iglesia de los Jerónimos, que evoca la vi­sión de su arte con el recuerdo de aquellas columnas que rompieron el módulo clá­sico para elevarse audazmente y termi­nar en ese anillo que forma su extraño ca­pitel; y desdoblándose en las duras aris­tas de la bóveda, para formar como un tú­nel de palmeras de piedra, de un encanto irresistible y lleno de grandiosidad. Surge en la evocación la estatua del Gran Alburquerque y continúa el desfile maravilloso en el que se revelan y se pierden todas las siluetas de los edificios notables y todas las visiones grandiosas de la ciudad, que ilumina o ensombrece el foco del reflector, como un sol de rayos de acero.
       Sobre todo esto el palio en que luce esa luna insolente de puro brillante, esas aguas rumorosas y dormidas, sin oleaje ni color que son aguas que han venido de España; y sobre todo, este lazo de afecto tan cor­dial, este eco de fiesta triste que resuena en el eco de la guitarra y la viola, aleján­dose a merced del viento como si hubiera de caminar sin extinguirse nunca.

jueves, 5 de septiembre de 2019

Federico


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Impresiones y paisajes, un siglo después

       Se reedita el debut del joven García Lorca, Impresiones y paisajes (1918), su primer libro, en prosa, fruto de sus viajes de estudios por Castilla, Galicia y Andalucía.


       Federico García Lorca, un joven estudiante de Letras y Derecho, recién cumplidos los 18 años, emprendió el primero de los cuatro viajes pedagógicos que realizó junto a su profesor de la universidad Martín Domínguez Berrueta y varios compañeros, durante los que descubrió que sería la palabra el mejor medio para dar cauce a su extraordinario talento artístico. Fruto de los viajes por tierras de Castilla, Galicia y de su Andalucía más cercana, García Lorca escribió un primer libro, el único en prosa, y el menos conocido de toda su obra, que tituló Impresiones y paisajes, autoeditado y costeado por su padre en 1918. Reunió, con abundantes cambios y no menos correcciones, muchos de los textos que había ido escribiendo a su paso por ciudades como Baeza, donde conoció a Antonio Machado, El Escorial, Ávila, Salamanca y se encontró con Unamuno, Santiago de Compostela, Burgos o Segovia. Textos en los que, a pesar de su inexperiencia y su juventud, destilan una original y profunda forma de mirar la realidad porque narra sus impresiones con una prosa culta y repleta de sabiduría, de una plasticidad asombrosa cuando detalla cuanto observa y admira.
       El libro se difundió poco, Lorca se lo regaló a familiares y amigos, pero la mayor parte de la edición quedó en la casa familiar de la Huerta de San Vicente olvidado durante décadas, y cuando alcanzó cierta notoriedad y sus libros de poemas se publicaban y se estrenaba su teatro, el poeta nunca volvió a mostrar interés por reeditar su primer libro, aunque tras su trágica muerte lo publicarían, de nuevo, como una auténtica curiosidad, editoriales de prestigio, Akal, Galaxia Gutenberg, Losada y Cátedra. Con motivo de su centenario, Impresiones y paisajes, vuelve a ver la luz con el sello Biblioteca Nueva, una edición conmemorativa a cargo de los estudiosos lorquianos Jesús Ortega y Víctor Fernández, y con el apoyo del Ayuntamiento de Granada en el marco del Año Lorca 2018.

       Jesús Ortega y Víctor Fernández explican en su introducción el contexto biográfico y literario de la obra, y esta nueva edición está ilustrada por Alfonso Zapico, Premio Nacional del Cómic en 2012, y se añade un “Álbum fotográfico” que reproduce fotografías de época y algunos documentos inéditos, portada de la primera edición, o varias dedicatorias manuscritas del autor en los ejemplares que regaló personalmente.

       Víctor Fernández afirma que el despertar de García Lorca a la literatura coincide con una importante crisis existencial, de identidad sexual, filosófica y religiosa, y cuando publica Impresiones y paisajes, ya había ensayado algo de poesía, teatro, piezas breves, y algunas prosas de carácter místico. Fue su particular concepto de una escritura oculta a la gente, en la que estaba tanteando cuál iba a ser su camino literario, explica el estudioso que ya había editado en Malpaso un volumen con todas las entrevistas concedidas por el autor en prensa.

Un primer propósito

       En aquella España poco dada al refinamiento cultural, la visita de un grupo de estudiantes universitarios con su profesor que viajaban desde una ciudad lejana, Granada, suponía todo un acontecimiento del que se hacían eco los periódicos locales, así Lorca y otros compañeros publicaron en ellos algunas de sus crónicas, y también explicaría que dichos textos formaría parte de un libro llamado Paseos románticos por la España vieja, título marcadamente noventayochista por la evidente influencia de Domínguez Berrueta. Pero el título definitivo fue Impresiones y paisajes, lo que anuncia el distanciamiento estético de su maestro. De hecho, su amistad se rompió porque García Lorca no le dedicó el libro a él, que fue el artífice de los viajes y su primer mentor literario, sino a su añorado profesor de piano.

Influencias

       El libro demuestra que lejos del tópico de considerar a García Lorca un autor folclorista y pasional, escaso de cultura, era un gran lector y los textos que recoge el libro dejan ver la impronta de Azorín, de Machado o de Baroja, y de poetas como Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez. Es un libro juvenil, escrito cuando aún no ha ido a Madrid, no ha descubierto la vanguardia, ni la Residencia de Estudiantes, ni a sus entrañables Dalí, o Buñuel, ni sabe nada del ultraísmo, ni del cubismo, ni del surrealismo,  y demás ilustra sus reflexiones con numerosas referencias culturales explícitas, muchas de ellas musicales, obligados nombres como Händel, Czerny, Beethoven, Wagner.

García Lorca y la religión

       Federico García Lorca visitó, en estos viajes, numerosas iglesias, monasterios y otros monumentos de tipo religioso, que le dieron pie a reflexionar sobre su visión de la doctrina cristiana. El texto más explícito en este sentido es el que escribió sobre La Cartuja, tras su estancia en el monasterio de Miraflores, Burgos. En él contrapone su religiosidad, basada en la caridad y el amor al prójimo, con el carácter solitario y severo de los monjes cartujos. La crítica ha estudiado todas sus vinculaciones con la figura de Cristo en su juventud, se identifica con él y lo contrapone a la pesadez de la institución eclesiástica; relaciona la monumentalidad católica con la apariencia exterior mientras que a él le interesa la profundidad de las cosas, según apunta Ortega. Y, al hilo de sus reflexiones religiosas, el joven escritor va anunciando rasgos que constituirán pilares de su poética personal. Impresiona las páginas sobre San Pedro de Cardeña o sobre el Monasterio de Silos.

La edición
       Esta edición recupera la hermosa propuesta de un joven inquieto que con el paso de los años se convertiría en un escritor universal cuyos primeros textos importan por las sugerencias de la exégesis de su obra futura y por las manifestaciones de sus claves poéticas, sea cuando habla del agua de Granada, "agua viva que se une al que la bebe o al que la oye, o al que desea morir en ella", o de la belleza de España, "no es serena, dulce, reposada, sino ardiente, quemada, excesiva, a veces sin órbita”; en ocasiones, “es inocente, por lo tanto sabio, y, desde luego, comprende, mejor que nosotros, la clave inefable de la sustancia poética". Merece la pena tener en nuestra biblioteca esta edición que, magníficamente, ha editado Biblioteca Nueva de la mano de Jesús Ortega y Víctor Fernández.







Federico García Lorca, Impresiones y paisajes; edición de Jesús Ortega y Víctor Fernández; ilustraciones de Alfonso Zapico; Madrid, Biblioteca Nueva, 2018.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Leyendo...




     Leyendo...; en realidad, releyendo Las memorias de Adriano como cita en nuestro del Club de Lectura el 26S.



martes, 3 de septiembre de 2019

Juan Gaitán


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LA BELLEZA DE LO EFÍMERO
      
       La editorial madrileña, Adeshoras, publica la última novela, Aware (2019), de Juan Gaitán.  

                          

       El descubrimiento de un cadáver en las primeras líneas de un libro es un recurso lo suficientemente atractivo como para seguir leyendo una historia que, sin duda alguna, nos deparará no pocas sorpresas a lo largo de las páginas siguientes, y si además, el descubrimiento se realiza en una playa, con una ciudad de fondo, mientras en el horizonte amanece, y las olas mecen el cuerpo, el narrador ensayará toda una serie de teorías que despierten el interés del lector, y captará su interés para que siga pasando las páginas. El cuerpo, por desconocido, evocará toda una memoria, y la voz que oiremos será la de un narrador que en esta historia, Aware (2019), nos presentará a Moe, a Lena y a Jota; en realidad, como pronto iremos descubriendo, tres formas de vida unidas por una pasión común, el periodismo, ese otro complemento perfecto de la literatura, ese ángulo que desde una variada perspectiva es capaz de observar, de indagar y finalmente desvelar el envés de las cosas. Y si se añade la imagen del cadáver frente al joven Nelson en el depósito provocará en la narración otro punto de partida que sostiene, en realidad, esa otra historia previa: la infructuosa búsqueda de la identidad del forense.  
       Lena, Jota y Moe se convierten en los personajes con los que Juan Gaitán (Málaga, 1966) trama esa otra novela crepuscular y complementaria que muestra una aguda mirada sobre el mundo del periodismo, aunque desde una perspectiva tan romántica como clásica, una visión que llevará a la joven Lena hasta un desencanto poético, que incluye ese vértice femenino acerca del amor, tras una absoluta entrega a sus dos maestros en la profesión, aunque ese mundo pronto se quedará a un lado para ella y en esta historia consciente contará más la belleza de lo efímero, de lo trágico y de lo volátil, porque el espíritu de esta novela y su visión sobre numerosos atardeceres se acerca a una literatura que se muere, mientras triunfa sobre el lenguaje el aura visual. Gaitán, amargo y decadente en algunas de sus páginas, muestra esas heridas profundas, y relata descreído y sentimental las vidas brevemente apuntadas de estos tres compañeros, tan rebeldes en su actitud que convierten su propia vida en la metáfora de un periodismo que despertaba la conciencia de lo cotidiano, aunque en esta novela el hallazgo de ese cadáver será el eslabón que convertirá el retrato de los tres en una sucesión de instantáneas de otra época, ahora por circunstancias en blanco y negro, alejados de sus ambiciones que, por incumplidas, son un canto de cisne que relata los sucesos ocurridos entre unos amigos tan cómplices como rivales, al mismo tiempo víctimas de los éxitos que han complementado sus vidas y que por añadidura muestran ese desencuentro en la historia primera que se cuenta y se extiende en buena parte de la novela.
       Un relato como Aware certifica la belleza efímera de cuanto nos rodea, y Juan Gaitán define su territorio escénico moviendo al lector por los entresijos que toda una memoria ha sido capaz de reconstruir, y además señala esas zonas oscuras que dejan al descubierto tanto las envidias como las esperanzas, la eterna diatriba que presupone el éxito para aquellos cuyo destino desigual se escribe tanto en su búsqueda como en su distinción, se cuantifica ese afán de construir otro mundo que, de alguna manera, les devuelva su reflejo como personas. Otro de los ejes temáticos que, paralelamente se entrecruza con el tema periodismo, tanto en capítulos como en el tiempo, y cuyos vínculos Gaitán alterna los con los tres personajes mencionados, es el caso de Nelson, el forense aquejado de la fiebre de soñarse un niño robado, decidido a encontrar a su madre en las numerosas autopsias femeninas que pasan ante sus manos, víctima del dolor y de la orfandad que provoca su situación, cercano del afecto de Lena, huérfana igualmente de sus maestros Moe y Jota. Y se reconstruye la historia de Strada, el periodista poeta triunfador, otro homenaje a ese idílico pasado, y cuyo magisterio al fondo del café de Varela, le servirá a Gaitán para contar la historia y destino de Lis, la joven embarazada del Café Berlín, ese otro cenáculo donde Strada oficia parroquia y le enseña al lector que todos los espejos no reproducen las mismas imágenes pero sí que esconden tremendos secretos. A Lis y a Strada les une su esperanza frente al destino y las pequeñas y grandes derrotas, sus vidas quedan redimidas por unas hojas sueltas que encuadernadas muchos años después provocan que algunas heridas se cierren aunque queden esas cicatrices que cuelgan de las ramas de los árboles de la ciudad, y en un espléndido final se nos ofrezca una vez más esa belleza de lo efímero, como las historias y las vidas de ese consciente aware traducido en las últimas páginas de esta curiosa novela que se completa con esa encadenada muestra de unos curiosos microcuentos que nos descubre otro final, quizá porque nuestras tragedias, en definitiva, se traducen en una permanente y prolongada visión de cuanto sentimos como lo efímero.







AWARE
Juan Gaitán
Madrid, Adeshoras, 2019


domingo, 1 de septiembre de 2019

RELATOS DE EMIGRACIÓN E INMIGRACIÓN


(De aquende y de allende) (IV)


Autores: Fernández Collado, Virginia, Galindo Artés, Miguel, Martínez Anaya, Carmelo, Parra Pérez, Lucrecia, Richardson, Gideon, Rodríguez Martínez, Mª Ángeles, Sánchez Granados, Pedro Felipe.