“Los buenos libros se escriben para que gusten a sus autores; luego a Dios o al Diablo, o quizá a ambos; y en tercer lugar, para nadie”. Juan Carlos Onetti
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sábado, 7 de septiembre de 2019
viernes, 6 de septiembre de 2019
Los viajes de Colombine: Portugal
En el Tajo
La Prensa de
Portugal responde gallardamente a este revivir de actividad, de resurrección,
por el que la nación atraviesa. Aquí ya saben prácticamente, no en teoría sólo,
que la Prensa es un poder del Estado. Los periodistas han visto el fruto de su
esfuerzo, y esto hace que su ardor cívico sea cada vez más entusiasta. Yo he
tenido ocasión de visitar A Capital,
uno de los más importantes diarios de la tarde, y O Mundo, que es uno de los más notables diarios de la mañana.
El Director
del primero, D. Manuel Guimaraes, es un periodista trabajador, inteligente,
probo, sólo comparable con nuestro coloso Augusto de Figueroa. El segundo fue
fundado por França Borjes, el inolvidable; una figura que me hace recordar a nuestro
llorado Alfredo Vicenti, el periodista incorrupto y ecuánime, tan gran amigo
de Portugal, sin hacer valer su cariño, tan poeta de la vida y tan defensor
abnegado y lleno de desinterés de todas las causas justas y nobles. En su
redacción he conocido escritores de tanto prestigio como D. Luis Derouet, D.
Santos Tavares y don Carlos Trilho. Sería interminable la lista de los
periodistas de valer que militan en la Prensa de Portugal. Están en sus filas
todos los grandes ingenios y todos los grandes políticos. La dirección
espiritual de la multitud que les está encomendada no puede tener mejores
apóstoles.
Yo hubiera
querido visitar el «Journal do Comercio», tengo con ese periódico una deuda
romántica. Quizás le debo a él mi afición al periodismo, a la literatura y a
los viajes. No aprendí a leer espontáneamente en la plana de anuncios de ese Journal que iba a perderse en las
soledades de mi cortijo de Rodalquilar. La impresión que hacían en mi ánimo las
negritas rotundas redondas y gruesas
de sus letreros no se ha borrado aún. Bajo ella había siempre grabados unos
barcos formando columnas unos debajo de otros. Unos barcos muy negros, con una
silueta muy gallarda y muy clásica, algunos con su penacho de humo como si ya
estuviesen caminando otros con un aspecto de arranque, como si tuviesen la
máquina encendida esperando la orden de marcha. Algunas veces había un barco
muy grande, y parecía como una galera capitana a la que las naves chiquitas le
iban a dar escolta. La plana aquella tenía para mí un valor semejante al de
las hojas de aleluyas en que me leían aventuras maravillosas. Yo la
relacionaba con los mágicos cuentos de Simbad
el marino. Sentía deseos de escaparme, de irme en aquellos barcos, y para
enterarme de sus destinos aprendí a juntar en castellano aquellas"
negritas portuguesas tan sugeridoras y tan inolvidables. «Pernambuco, Río
Janeiro, Santos, Oporto, Lisboa». Yo leía y releía sus nombres, los adivinaba
por vocación, eran para mí lo que aún continúan siendo Bagdad, Mousul... y las
ciudades de Oriente que no he podido ver aún. Yo quisiera poder estampar sus
nombres con aquellas mismas negritas, rudas y fuertes.
Necesito como
un tónico el perfume del aguarrás y del plomo y la tinta de la imprenta. Así
he aprovechado la galantería de la Prensa lisbonense para visitar sus redacciones, y no podré jamás corresponder a la
manera tan sincera, tan amable, tan cortés, como han recibido a la compañera
lejana, que ha llegado hasta aquí sin más tarjeta de presentación que el eco
perdido de millares de artículos, ligeros y efímeros, y unas docenas de libros,
cosas todas que sorprende que fuera de la Patria hayan podido hacer ambiente.
A Capital, con el concurso del ministro
Sr. Monteiro, dignamente representado por su secretario señor Palma, me ha dedicado
una fiesta tan amable y tan simpática que será inolvidable.
Un precioso
vaporcito, nos esperaba al pie de la escalinata de mármol de la Plaza del
Comercio. Sus tripulantes eran todos artistas: literatos, pintores o
escultores; las damas todas escritoras, periodistas o actrices como Lucinda
Simoes y Palmyra Torres.
El barco se ha
deslizado entre los ópalos y los dorados del crepúsculo sobre las aguas rizadas
y blancas del Tajo. Se ha deslizado con un andar blanco, de dama que pisa sobre
alfombras, y parecía que iba tendiendo para nosotros la vista incomparable de
Lisboa como una cinta mágica maravillosa. La gran ciudad se aparece toda en la
perspectiva como en esas fotografías de las plazas de toros en las que se ven
las caras de todos los espectadores colocados en las gradas. Así muestra ella
su belleza toda, completa y magnífica, sin ocultarnos nada.
La cúpula de
la Estrella, el cuadrilátero del Palacio de Ajuda, la alta torre de la Sé; el
viejo promontorio de Castello, y la extensión magnífica de sus plazas y de sus
jardines.
A la orilla el
hermoso puerto, no deja sospechar que se trata de un río, con los buques de
alto bordo surtos cerca de los Docas
y todo el movimiento de la ciudad comercial, que a esta hora se va amortiguando
blandamente como si se quedase dormida. La luz blanca de la luna, que es como
una flor blanca en el cielo, borra los oros vesperales. La ciudad no se borra
por completo, nos queda de ella la impresión de la forma y de la línea sin la
luz ni el color. Son todo siluetas vagas, inciertas, misteriosas, que parecen
moverse y seguirnos en nuestro paseo como si las arrastrase el surco del agua
que deja la quilla, y parece entre la otra agua inmóvil un arroyuelo de agua
que corre entre la otra agua.
Desde los
barcos cercanos salen voces en idiomas de pueblos distantes, que son como una
música que va a unirse a la música de a bordo. El barco está transformado en
salón. Una larga mesa enflorada ocupa toda la cubierta; el comercio de Lisboa
ha enviado presentes de los mejores productos nacionales; reina un ambiente
agradable, cordial, todo risas y alegrías. Los más afamados tocadores de
guitarra y de viola nos dan un concierto incomparable. Los fados lloran su melancolía sobre las aguas. No hay nada tan
impresionante como un fado cantado en la guitarra, así, lejos de la tierra,
bajo ese cielo de un azul tan limpio y tan claro, donde la luna es tan luciente
que aleja toda la corte de estrellas, para que luzcan como en un cerco lejano,
hacia los límites del horizonte.
De todos los
fados que he oido, mi favorito es el fado antiguo, el fado clásico. No se
pueden mejorar ni perfeccionar los cantos populares. Va en ellos un alma
completa, tan completa que no se puede cambiar nada. El fado tiene el encanto
de la Folia de Canarias, a la que más
se parece; la languidez de la guajira
y la melancolía triste de las saetas andaluzas. Todo el espíritu de un pueblo
se traduce en sus cantares. Estos son los cantares nostálgicos del alma árabe,
que lloraba su destierro de las orillas del Tigris y el Eufrates; cantos que
quedaron en la Península, entre un pueblo oprimido y esclavo; cantos de
nostalgia vaga, de ideal sin nombre, que es a la vez grito de pasión y suspiros
amargos. Este canto legendario que no se halla ya en los himnos de los pueblos
libres, esos que cantan gozosos y plácidos como suizos y noruegos o
arrogantes y altivos como el pueblo francés. Pero este canto de queja y lloro,
que pronto no entenderán aquí, es propicio para venir a anidar en el alma española,
con la doble tristeza fatalista del árabe y la resignada inconsciencia supersticiosa
y perezosa del andaluz.
Corre el barco
sin oscilaciones, en su suave deslizarse, a favor de la corriente. Vamos
hacia el mar. Un ingeniero enfoca los reflectores a la costa y van apareciendo
como flores que brotasen al sol, la Torre de Belem con su silueta de piedras
blancas; la iglesia de los Jerónimos, que evoca la visión de su arte con el
recuerdo de aquellas columnas que rompieron el módulo clásico para elevarse
audazmente y terminar en ese anillo que forma su extraño capitel; y
desdoblándose en las duras aristas de la bóveda, para formar como un túnel de
palmeras de piedra, de un encanto irresistible y lleno de grandiosidad. Surge
en la evocación la estatua del Gran Alburquerque y continúa el desfile
maravilloso en el que se revelan y se pierden todas las siluetas de los
edificios notables y todas las visiones grandiosas de la ciudad, que ilumina o
ensombrece el foco del reflector, como un sol de rayos de acero.
Sobre todo
esto el palio en que luce esa luna insolente de puro brillante, esas aguas
rumorosas y dormidas, sin oleaje ni color que son aguas que han venido de
España; y sobre todo, este lazo de afecto tan cordial, este eco de fiesta
triste que resuena en el eco de la guitarra y la viola, alejándose a merced
del viento como si hubiera de caminar sin extinguirse nunca.
jueves, 5 de septiembre de 2019
Federico
… me gusta
Impresiones y
paisajes, un
siglo después
Se reedita el
debut del joven García Lorca, Impresiones
y paisajes (1918), su primer libro, en prosa, fruto de sus viajes de
estudios por Castilla, Galicia y Andalucía.
Federico
García Lorca, un joven estudiante de Letras y Derecho, recién cumplidos los 18
años, emprendió el primero de los cuatro viajes pedagógicos que realizó junto a
su profesor de la universidad Martín Domínguez Berrueta y varios
compañeros, durante los que descubrió que sería la palabra el mejor medio para
dar cauce a su extraordinario talento artístico. Fruto de los viajes por tierras
de Castilla, Galicia y de su Andalucía más cercana, García Lorca escribió un
primer libro, el único en prosa, y el menos conocido de toda su obra, que
tituló Impresiones y paisajes,
autoeditado y costeado por su padre en 1918. Reunió, con abundantes cambios y no
menos correcciones, muchos de los textos que había ido escribiendo a su paso
por ciudades como Baeza, donde conoció a Antonio Machado, El Escorial, Ávila, Salamanca
y se encontró con Unamuno, Santiago de Compostela, Burgos o Segovia. Textos en
los que, a pesar de su inexperiencia y su juventud, destilan una original y
profunda forma de mirar la realidad porque narra sus impresiones con una prosa
culta y repleta de sabiduría, de una plasticidad asombrosa cuando detalla cuanto
observa y admira.
El libro se
difundió poco, Lorca se lo regaló a familiares y amigos, pero la mayor parte de
la edición quedó en la casa familiar de la Huerta de San Vicente olvidado
durante décadas, y cuando alcanzó cierta notoriedad y sus libros de poemas se
publicaban y se estrenaba su teatro, el poeta nunca volvió a mostrar interés
por reeditar su primer libro, aunque tras su trágica muerte lo publicarían, de
nuevo, como una auténtica curiosidad, editoriales de prestigio, Akal, Galaxia
Gutenberg, Losada y Cátedra. Con motivo de su centenario, Impresiones y paisajes, vuelve a ver la luz con el sello Biblioteca
Nueva, una edición conmemorativa a cargo de los estudiosos lorquianos Jesús Ortega y Víctor
Fernández, y con el apoyo del Ayuntamiento de Granada en el marco del Año Lorca
2018.
Jesús Ortega y Víctor
Fernández explican en su introducción el contexto biográfico y literario de la
obra, y esta nueva edición está ilustrada por Alfonso Zapico, Premio Nacional
del Cómic en 2012, y se añade un “Álbum fotográfico” que reproduce fotografías
de época y algunos documentos inéditos, portada de la primera edición, o varias
dedicatorias manuscritas del autor en los ejemplares que regaló personalmente.
Víctor
Fernández afirma que el despertar de García Lorca a la literatura coincide con
una importante crisis existencial, de identidad sexual, filosófica y religiosa,
y cuando publica Impresiones y paisajes,
ya había ensayado algo de poesía, teatro, piezas breves, y algunas prosas de
carácter místico. Fue su particular concepto de una escritura oculta a la
gente, en la que estaba tanteando cuál iba a ser su camino literario, explica el
estudioso que ya había editado en Malpaso un volumen con todas las entrevistas
concedidas por el autor en prensa.
Un primer propósito
En aquella
España poco dada al refinamiento cultural, la visita de un grupo de estudiantes
universitarios con su profesor que viajaban desde una ciudad lejana, Granada,
suponía todo un acontecimiento del que se hacían eco los periódicos locales,
así Lorca y otros compañeros publicaron en ellos algunas de sus crónicas, y también
explicaría que dichos textos formaría parte de un libro llamado Paseos románticos por la España vieja,
título marcadamente noventayochista por la evidente influencia de Domínguez Berrueta.
Pero el título definitivo fue Impresiones
y paisajes, lo que anuncia el distanciamiento estético de su maestro. De
hecho, su amistad se rompió porque García Lorca no le dedicó el libro a él, que
fue el artífice de los viajes y su primer mentor literario, sino a su añorado
profesor de piano.
Influencias
El libro
demuestra que lejos del tópico de considerar a García Lorca un autor
folclorista y pasional, escaso de cultura, era un gran lector y los textos que
recoge el libro dejan ver la impronta de Azorín, de Machado o de Baroja, y de
poetas como Rubén Darío o Juan Ramón Jiménez. Es un libro juvenil, escrito
cuando aún no ha ido a Madrid, no ha descubierto la vanguardia, ni la
Residencia de Estudiantes, ni a sus entrañables Dalí, o Buñuel, ni sabe nada del
ultraísmo, ni del cubismo, ni del surrealismo, y demás ilustra sus reflexiones con numerosas
referencias culturales explícitas, muchas de ellas musicales, obligados nombres
como Händel, Czerny, Beethoven, Wagner.
García Lorca y la religión
Federico García
Lorca visitó, en estos viajes, numerosas iglesias, monasterios y otros
monumentos de tipo religioso, que le dieron pie a reflexionar sobre su visión de
la doctrina cristiana. El texto más explícito en este sentido es el que
escribió sobre La Cartuja, tras su estancia en el monasterio de Miraflores,
Burgos. En él contrapone su religiosidad, basada en la caridad y el amor al
prójimo, con el carácter solitario y severo de los monjes cartujos. La crítica
ha estudiado todas sus vinculaciones con la figura de Cristo en su juventud, se
identifica con él y lo contrapone a la pesadez de la institución eclesiástica;
relaciona la monumentalidad católica con la apariencia exterior mientras que a
él le interesa la profundidad de las cosas, según apunta Ortega. Y, al hilo de
sus reflexiones religiosas, el joven escritor va anunciando rasgos que
constituirán pilares de su poética personal. Impresiona las páginas sobre San
Pedro de Cardeña o sobre el Monasterio de Silos.
La edición
Esta edición
recupera la hermosa propuesta de un joven inquieto que con el paso de los años
se convertiría en un escritor universal cuyos primeros
textos importan por las sugerencias de la exégesis de su obra futura y por las
manifestaciones de sus claves poéticas, sea cuando habla del agua de Granada,
"agua viva que se une al que la bebe o al que la oye, o al que desea morir
en ella", o de la belleza de España, "no es serena, dulce, reposada, sino
ardiente, quemada, excesiva, a veces sin órbita”; en ocasiones, “es inocente,
por lo tanto sabio, y, desde luego, comprende, mejor que nosotros, la clave
inefable de la sustancia poética". Merece la pena tener en nuestra
biblioteca esta edición que, magníficamente, ha editado Biblioteca Nueva de la
mano de Jesús Ortega
y Víctor Fernández.
Federico García
Lorca, Impresiones y paisajes; edición de Jesús Ortega y Víctor
Fernández; ilustraciones de Alfonso Zapico; Madrid, Biblioteca Nueva, 2018.
miércoles, 4 de septiembre de 2019
Leyendo...
Leyendo...; en realidad, releyendo Las memorias de Adriano como cita en nuestro del Club de Lectura el 26S.
martes, 3 de septiembre de 2019
Juan Gaitán
…me gusta
LA BELLEZA DE LO EFÍMERO
La editorial
madrileña, Adeshoras, publica la última novela, Aware (2019), de Juan Gaitán.
El
descubrimiento de un cadáver en las primeras líneas de un libro es un recurso
lo suficientemente atractivo como para seguir leyendo una historia que, sin
duda alguna, nos deparará no pocas sorpresas a lo largo de las páginas
siguientes, y si además, el descubrimiento se realiza en una playa, con una
ciudad de fondo, mientras en el horizonte amanece, y las olas mecen el cuerpo,
el narrador ensayará toda una serie de teorías que despierten el interés del
lector, y captará su interés para que siga pasando las páginas. El cuerpo, por
desconocido, evocará toda una memoria, y la voz que oiremos será la de un
narrador que en esta historia, Aware
(2019), nos presentará a Moe, a Lena y a Jota; en realidad, como pronto iremos
descubriendo, tres formas de vida unidas por una pasión común, el periodismo,
ese otro complemento perfecto de la literatura, ese ángulo que desde una
variada perspectiva es capaz de observar, de indagar y finalmente desvelar el
envés de las cosas. Y si se añade la imagen del cadáver frente al joven Nelson
en el depósito provocará en la narración otro punto de partida que sostiene, en
realidad, esa otra historia previa: la infructuosa búsqueda de la identidad del
forense.
Lena, Jota y
Moe se convierten en los personajes con los que Juan Gaitán (Málaga, 1966)
trama esa otra novela crepuscular y complementaria que muestra una aguda mirada
sobre el mundo del periodismo, aunque desde una perspectiva tan romántica como clásica,
una visión que llevará a la
joven Lena hasta un desencanto poético, que incluye ese vértice
femenino acerca del amor, tras una absoluta entrega a sus dos maestros en la profesión,
aunque ese mundo pronto se quedará a un lado para ella y en esta historia
consciente contará más la belleza de lo efímero, de lo trágico y de lo volátil,
porque el espíritu de esta novela y su visión sobre numerosos atardeceres se
acerca a una literatura que se muere, mientras triunfa sobre el lenguaje el
aura visual. Gaitán, amargo y decadente en algunas de sus páginas, muestra esas
heridas profundas, y relata descreído y sentimental las vidas brevemente
apuntadas de estos tres compañeros, tan rebeldes en su actitud que convierten
su propia vida en la metáfora de un periodismo que despertaba la conciencia de
lo cotidiano, aunque en esta novela el hallazgo de ese cadáver será el eslabón
que convertirá el retrato de los tres en una sucesión de instantáneas de otra
época, ahora por circunstancias en blanco y negro, alejados de sus ambiciones que,
por incumplidas, son un canto de cisne que relata los sucesos ocurridos entre
unos amigos tan cómplices como rivales, al mismo tiempo víctimas de los éxitos
que han complementado sus vidas y que por añadidura muestran ese desencuentro
en la historia primera que se cuenta y se extiende en buena parte de la novela.
Un relato como
Aware certifica la belleza efímera de
cuanto nos rodea, y Juan Gaitán define su territorio escénico moviendo al
lector por los entresijos que toda una memoria ha sido capaz de reconstruir, y además
señala esas zonas oscuras que dejan al descubierto tanto las envidias como las
esperanzas, la eterna diatriba que presupone el éxito para aquellos cuyo
destino desigual se escribe tanto en su búsqueda como en su distinción, se
cuantifica ese afán de construir otro mundo que, de alguna manera, les devuelva
su reflejo como personas. Otro de los ejes temáticos que, paralelamente se
entrecruza con el tema periodismo, tanto en capítulos como en el tiempo, y cuyos
vínculos Gaitán alterna los con los tres personajes mencionados, es el caso de
Nelson, el forense aquejado de la fiebre de soñarse un niño robado, decidido a
encontrar a su madre en las numerosas autopsias femeninas que pasan ante sus
manos, víctima del dolor y de la orfandad que provoca su situación, cercano del
afecto de Lena, huérfana igualmente de sus maestros Moe y Jota. Y se
reconstruye la historia de Strada, el periodista poeta triunfador, otro
homenaje a ese idílico pasado, y cuyo magisterio al fondo del café de Varela,
le servirá a Gaitán para contar la historia y destino de Lis, la joven
embarazada del Café Berlín, ese otro cenáculo donde Strada oficia parroquia y
le enseña al lector que todos los espejos no reproducen las mismas imágenes
pero sí que esconden tremendos secretos. A Lis y a Strada les une su esperanza
frente al destino y las pequeñas y grandes derrotas, sus vidas quedan redimidas
por unas hojas sueltas que encuadernadas muchos años después provocan que
algunas heridas se cierren aunque queden esas cicatrices que cuelgan de las ramas
de los árboles de la ciudad, y en un espléndido final se nos ofrezca una vez
más esa belleza de lo efímero, como las historias y las vidas de ese consciente
aware traducido en las últimas
páginas de esta curiosa novela que se completa con esa encadenada muestra de unos
curiosos microcuentos que nos descubre otro final, quizá porque nuestras
tragedias, en definitiva, se traducen en una permanente y prolongada visión de cuanto
sentimos como lo efímero.
AWARE
Juan
Gaitán
Madrid,
Adeshoras, 2019
lunes, 2 de septiembre de 2019
domingo, 1 de septiembre de 2019
RELATOS DE EMIGRACIÓN E INMIGRACIÓN
(De aquende y de allende) (IV)
Autores: Fernández
Collado, Virginia, Galindo Artés, Miguel, Martínez Anaya, Carmelo, Parra Pérez,
Lucrecia, Richardson, Gideon, Rodríguez Martínez, Mª Ángeles, Sánchez Granados,
Pedro Felipe.
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