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sábado, 25 de abril de 2015

Javier Expósito Lorenzo



P
Pequeñeces
Disfruta de las pequeñas cosas, porque tal vez un día vuelvas la vista a tras y te des cuenta de que eran las cosas grandes”.
                                                                        Robert Brault
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PÁJAROS EN LOS BOLSILLOS



Javier Expósito Lorenzo (Madrid, 1971) ha ido configurando un mundo de lo breve de una forma pausada, y se sumerge en la literatura apostando fuerte, caso de su primera obra, Más alto que el aire. Breviario para el alma (2013), un finísimo canto espiritual para nuestros días, cuando nuestra capacidad de sentir y de pensar conforman un binomio tan importante como necesario. Ahora se asoma al complejo mundo del cuento o del relato breve, sin duda el género más sincero porque, entre otras muchas características, se reviste de algo de ironía, alguna que otra sonrisa, e incluso cuando sacude nuestras conciencias, provoca en nosotros un sereno llanto; el cuento, en definitiva, nos muestra el mundo como si de una vidriera policromada se tratara, y oscila entre ese profuso sentimiento humano y lo más preclaro de una visión metafísica; en realidad, los cuentos son historias que merecen ser contadas en singular.
Si algo caracteriza a los cuentos de Pájaros en los bolsillos (2015) es su pluralidad, su identidad con el ser humano y cuantos aspectos se derivan del poder de su fantasía; esto es, Javier Expósito sustenta su fabulación sobre una realidad solo sostenible con algo de fantasía e irrealidad, aunque es verdad que sus historias pese a ese corte maravilloso nos sugieren las más diversas actitudes ante la vida, las emociones, el intento de superación, los peligros, los recuerdos y esa huella indeleble que nos deja el pasado, nos dibuja una difícil convivencia o, en el peor de los casos, el olvido. La huella de las lecturas del narrador sirve para poner de manifiesto los materiales con que elabora su literatura, y en esta colección percibimos la visión irónica e hilarante del mejor Kafka, o como contrapartida un Borges cuya libertad se extiende a sus propios personajes porque, para el argentino, la literatura suponía un juego dramático que revela esa relación entre dualidades, como ocurre en un estupendo, “Jansek Selimen”. El mundo concreto de Javier Expósito se especifica en algunas de las transformaciones que experimentan sus personajes y en las ausencias de los mismos porque, en definitiva, se trata de una existencia convulsa donde todo cabe, por supuesto. La variedad temática está servida, incluida la extensión de muchos de estos cuentos de corte cercano al microrrelato, o de una variada extensión en otros. Y, también, afina con un curioso sentido de la ironía, “Cuestión de familia”, del humor, “La mala uva de Andresito”,  lo inesperado y sorprendente, “El último guerrero bunzu”, en su sentido más lírico, “Juan Gallina”; y como algún que otro atrevido previo, nos ofrece en “Lección de humildad” su versión del más famoso de los dinosaurios.
En el breve prólogo, Fernández de la Sota, afirma que en nuestras vidas, como el Universo, abunda la materia oscura, sin saber muy bien qué pasa y, claro está, se refiere a la dificultad para entender qué ocurre a nuestro alrededor; Expósito es consciente de ello y se apresura a contar, y se aproxima a sus historias en la forma más sutil que tiene un escritor para hacerlo, acepta el riesgo y relata lo que ve, incluso aquello que no se percibe, y aun más lo que somos capaces de intuir. Quizá por eso, los cuentos de este madrileño se concretan en breves notas, agudas crónicas, sucesos, acontecimientos cotidianos, o fantásticas sorpresas anodinas, que se acercan a un halo o se traducen en un suspiro poético y espiritual. Y lo mejor es que, al final de todas y cada una de las páginas de este libro, uno deja volar su imaginación, se lleva las manos a sus bolsillos, y en cualquier momento, ocurre esto: puede encontrar, como el niño Guille, sus propios pájaros. 




 










PÁJAROS EN LOS BOLSILLOS
Javier Expósito Lorenzo
Madrid. La Huerta Grande Editorial, 2015.


viernes, 24 de abril de 2015

Día del Libro



"Los libros son amigos que nunca decepcionan." Thomas Carlyle

"Un libro es como un jardín que se lleva en el bolsillo." Proverbio árabe

"Hay un libro abierto siempre para todos los ojos: la naturaleza." Jean Jacques Rousseau

"Mis libros siempre están a mi disposición, nunca están ocupados." Marco Tulio Cicerón

"El recuerdo que deja un libro a veces es más importante que el libro en sí." Adolfo Bioy Casares

"Un libro abierto es un cerebro que habla; cerrado, un amigo que espera; olvidado, un alma que perdona; destruído, un corazón que llora." Proverbio hindú.

"La lectura de un buen libro es un diálogo incesante en que el libro habla y el alma contesta." André Maurois

"Los libros son, entre mis consejeros, los que más me agradan, porque ni el temor ni la esperanza les impiden decirme lo que debo hacer." Alfonso V, Rey de Aragón.

"Para viajar lejos, no hay mejor nave que un libro." Emily Dickinson

"Un libro, como un viaje, se comienza con inquietud y se termina con melancolía." José Vasconcelos

"Algunos libros son probados, otros devorados, poquísimos masticados y digeridos." Sir Francis Bacon

"Hay libros cortos que, para entenderlos como se merecen, se necesita una vida muy larga." Francisco de Quevedo y Villegas

"En muchas ocasiones la lectura de un libro ha hecho la fortuna de un hombre, decidiendo el curso de su vida." Ralph Waldo Emerson

"El libro gobierna a los hombres y es el maestro del porvenir." Raymond Poincaré

jueves, 23 de abril de 2015

Hoy invito a...


Julio Jurado



ACERCA DE LA COJERA

SEÑALES

Pensamientos, ideas, reflexiones, instantes de cierta lucidez personal, esbozos que sugieren, apuntes que caracterizan la inmediatez y austeridad del lenguaje frente al derroche de imaginación. A veces son cuentos, y también fragmentos o gacetillas imposibles, que intuyen algo de un modo sarcástico, inaccesible, caótico en su manifestación libresca, como una fachada henchida de grietas. Arañazos en la espalda de un escribidor insensato que alivian así su peso.

Hablan de lo que siento, vislumbro, y casi siempre persigo, aunque sea incorrecto, improcedente y también mil veces conocido; quizá no las suficientes, sospecho.

Dentro de estas páginas no hay un erudito ni un descubridor de cosas importantes, y tampoco un hacedor de aforismos o un poeta en carne viva. Nada más que deseo, ganas de meter la pata hasta el fondo con suficiente ironía, de enturbiar el lenguaje con argumentos que no necesitan una trama que los defienda.
Sólo son páginas que denuncian y me denuncian, miradas de libertad y sinceridad cuando escribo. Discurso, matiz, rodeo. No hay otra intención en esto.


Textos

CORRUPCIÓN EN LA GRANJA

Un escritor vegano desaparece en una visita campestre. Las autoridades sospechan que fue confundido con un puñado de hortalizas. Los cerdos de la granja se mostraron en todo momento irrespetuosos con los medios informativos desplazados al lugar: «No vamos a hacer ninguna declaración al respecto. Confiamos plenamente en la Justicia». Mientras las protestas crecían tras la valla metálica, los cerdos volvieron a enfangarse con visible normalidad.

CRUZADAS NATURALES

Aquel gentilicio vivo, que te enseña cómo se disfruta de esto o de lo otro, y te lleva a degustar desinteresado unas coquinas a la marinera y un plato de cazón en adobo, y aparece también en la mesa con ese beber de la tierra en el que te bañas hasta la punta de los dedos, acunando en sus brazos un bello sueño mientras el oleaje liviano perfila la embarcación que te llevará después a alguna otra parte. Y comprendes que la arquitectura y su sabiduría de siglos, y esa belleza íntima que esconde cualquier horizonte, los vas a recordar siempre gracias a sus tabernas y rincones más indecentes para el viajero, porque la gente, amable y comedida sin igual en su propio entorno, no se siente embrutecida por el paisaje porque es fiel al paisaje mismo.


DIVERGENCIAS

Desde la puerta de la habitación vi volar el plato de comida. Pasó cercano, descomponiéndose en el aire y malogrando en su recorrido el uso experto que siempre lo había acompañado. Asomé la cabeza desde mi escondite, cauto, saboreando aún el libro salpicado de café con leche. Y pregunté entonces si yo podía hacer algo, pues era absurdo convertir en un trauma un acto de rebeldía.


PANTUFLOS DE INTERIOR
(Selección)

Cada mañana, al despertar, presiento que el futuro se torna mucho más precario.

Ø

Los relojes ordenan el desorden en que se han convertido nuestras vidas. Máquinas del tiempo que esclavizan nuestras odiseas personales para que la conciencia encuentre esa trama decisiva que no nos obligue a reflexionar más de lo esperado.

Ø

Los cajones de sastre están llenos de respuestas adecuadas que no necesitamos casi nunca.

Ø

Los libros, en las bibliotecas de las casas, enorgullecen con su presencia la ignorancia de sus propietarios.

Ø
Una coronilla hierática es el mejor nido para los peores sentimientos.

Ø

El juguete de un niño estimula su imaginación. El juguete de un adulto dificulta su aceptación.

Ø

Un niño destrozón de juguetes se parece mucho a ese artista que une la pasión por Las Letras con el deseo de imponer con urgencia su descuidada escritura.




Ilustra


   EMI YAGÜE nació en Madrid (1959), y es una artista desconocida porque nunca ha tenido afán de notoriedad. Sus manos son tan expertas que lo mismo te hace un traje o un vestido que una vasija tradicional o una cerámica de vanguardia. Cuando la noche es clara y permite la observación del firmamento, se convierte en astrónoma y te habla de los astros con auténtica pasión aunque seas un mal oyente. La Historia del Arte y la Arqueología, que siempre la han acompañado durante todos estos años, se convertirían, en una futura reencarnación, en sus especialidades preferidas al no poder desarrollarlas convenientemente en este presente que la ha tocado vivir.
Ahora está explorando el mundo del Collage.

Escribe

Julio Jurado, Madrid, 1958, donde reside y disfruta. Hacia 1999 decide que su vocación es la escritura, y se embarca en varios proyectos, entre otras, asistir a cursos de creación literaria. Finalista en diversos concursos de cuentos, Premio Internacional Julio Cortázar de Relato Breve y el Alfonso Martínez Mena. Forma parte de la antología, Parábola de los talentos (2007) y Andar por el aire (2010) es su primer volumen de cuentos publicado.

miércoles, 22 de abril de 2015

Bianca Aparicio Vinsonneau



O
Oportunidad
“Las ocasiones son indiferentes, no lo es el uso que se hace de ellas”.
                                                                              Epicteto

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LAS SOMBRAS DE ÁFRICA


   El tráfico de esclavos provocó estragos en África, y durante más de cuatro siglos se convirtió en el comercio más lucrativo de todos los tiempos, además de escenario de cruentas páginas de auténtica barbarie por la captura y posterior venta de esclavos exportados a tierras lejanas, sobre todo al Nuevo Mundo donde solían trabajar en las extensas plantaciones de sus amos blancos; otros nunca llegaban a su destino, morían o eran arrojados al mar en las largas travesías, hacinados en las bodegas de los barcos que los alejaban de los suyos allende de los mares. En los siglos XVII, XVIII y XIX, en las selvas del Golfo de Guinea y en el valle del río Zambeze, se desarrollaron auténticos estados militares con base para el exclusivo comercio de esclavos. Este triste episodio está lo suficientemente documentado, e investigadores como André Gunder Frank y Enrique Peregalli, en sus estudios, cifran en millones los esclavos vendidos por todo el mundo, y en América como el lugar de su destino principal.
    La ficción narrativa ha ilustrado y denunciado la esclavitud desde los tiempos de los conquistadores, así Bartolomé de las Casas, o Alvar Núñez Cabeza de Vaca, escribieron sobre estos abusos, el mulato cubano, Juan Francisco Manzano redactaría su propia, Autobiografía de un esclavo (1835) y mucho después, la norteamericana Harriet Beecher Stowe recreó el ambiente negro en La cabaña del Tío Tom (1852), Mark Twain en Las aventuras de Huckleberry Finn (1884) y, recientemente, y amparado por la fuerza del cine, Raíces (1976), de Alex Haley o Beloved (1987), de la nobel Toni Morrison.
   El tiempo, la fascinación y, sobre todo, el hecho de volver siempre a estar pensando y sintiendo África, han llevado a la joven narradora Bianca Aparicio Vinsonneau (Alicante, 1983) a trazar en su primera novela, Las sombras de África (2014), un intenso viaje para desentrañar el más profundo de los sentimientos humanos, el ansia de libertad de su protagonista Kofi, un joven arrancado de su aldea a finales del XVIII y trasladado al Castillo de Cape Coast para ser embarcado y vendido posteriormente como esclavo. Al hilo de la historia, Claudia Carpio, una antropóloga es enviada a la Costa de Oro para llevar a cabo una investigación y desentrañar el contenido de unas cartas que un joven cautivo escribiera durante su estancia en Cape Cost, y así la narradora alicantina alterna dos historias paralelas que se entrecruzan para dejar constancia de un tiempo durante el cual se maldijo, bajo el imperio del horror, el miedo y la barbarie, a la condición humana y su derecho a la libertad, sobre todo cuando se concretaba en un continente como África, y provenía de una superioridad blanca.
   Las cartas de Kofi conforman una auténtica tradición literaria clásica, esa especie de diario que un autor va escribiendo para dejar constancia de aquellos aspectos que, en un determinado momento de su vida, le interesan subrayar, en este caso, las vejaciones y el largo cautiverio en el Castillo donde, pese a su condición de esclavo, consigue salvarse con la ayuda de Mama Akosiwa y los buenos auspicios del Capitán Hawkins, al mando del lugar, y quien detenta la única visión de humanidad posible entre el horror reinante; todo, sin embargo, bajo la atenta de mirada del gobernador Miles, monstruo a quien todos temen y de cuyas garras nadie escapa; la destinataria de estas misivas, Araba, la mujer abandonada en el poblado y a salvo del tráfico de esclavos, aunque el destino, según se va leyendo, les jugará una mala pasada a ambos esposos. Este diario, se alterna con la crónica, en el presente, de la antropóloga y de sus dificultades para acceder a la documentación, y sobre todo los problemas iniciales con su enlace en África, el profesor Akassie, tan enigmático y receloso con los blancos como no imaginaba la joven, e igualmente distante como el continente negro. Poco a poco, la confianza entre la joven investigadora española y el profesor, siempre a la sombra de su maestro y erudito Oduro, convierten a este relato en una misteriosa recreación de los acontecimientos históricos para averiguar la verdad sobre los antepasados de Akassie y de cuanto ocurrió, realmente, en Cape Coast.
  Aparicio Vinsonneau teje, en ambos relatos, una consciente incertidumbre que lleva a lector a no dejar en ningún momento la lectura de Las sombras de África, y cuida al detalle tanto el pasado de Kofi y sus confidencias, con una prosa precisa y ajustada a la época, constatando el horror con abundantes nimiedades aunque, en ocasiones, con esperanzadores deseos de sobrevivir para el protagonista y el resto de los condenados, así como la ambientación y el rigor histórico en lo narrado; al tiempo que la investigación de la joven Claudia se ve envuelta cuando descubre un turbio pasado que debe desentrañar para llegar a la verdad sobre el final de Kofi. Y así, a medida que transcurre su estancia quedará fascinada por esa forma de entender esa parte del mundo y descubre la riqueza y matices de la que esa tierra fértil ha sido despojada por los blancos para así dejar constancia con su relato que existen otras realidades de cómo los europeos vemos un continente como África. 



                                   









LAS SOMBRAS DE ÁFRICA
Bianca Aparicio Vinsonneau
Almería, Círculo Rojo, 2014; 323 págs.






                         


martes, 21 de abril de 2015

León Felipe



N
Necedad
“Todos tenemos pensamientos necios: solo que el sabio se los calla”.
                                                                       Wilhelm Busch
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ANTOLOGÍA ROTA

 


   En los años 70 los jóvenes universitarios leíamos con denostado interés autores que, de alguna manera, habían sido sacrificados durante el régimen franquista: uno de ellos era, sin duda, León Felipe, y por nuestras manos circulaba su Antología rota (1947), selección de poemas, editada por la mítica Losada (1957), que llegaría, clandestinamente, a un gran número de lectores en España, entre otros muchos, a nosotros, estudiantes en las agitadas aulas antifascistas universitarias.
  El inicio de la guerra sorprende al poeta en Panamá, donde era profesor y agregado cultural de la República, y se dispone a regresar de inmediato a España.  Durante la contienda no escribirá mucha poesía, se conoce una alocución titulada «La insignia» que recoge la revista Hora de España, en 1937. La poética de Felipe se configura como un hecho histórico, con la guerra civil como trasfondo, elevada a la categoría de signo e integrada como gesto en el resto de su obra: con predominio del sentimiento de tristeza por su exilio y la nostalgia y su obsesión por la lucha fratricida entre las «dos Españas». León Felipe (Tábara, Zamora, 1884- México D.F. 1968) fue, durante mucho tiempo, el poeta más popular del exilio español y el portavoz de esa España peregrina. Como siempre se ha señalado, el zamorano vivió entre su amarga experiencia del exilio y el tremendo dolor de verse sumido en el olvido y desconocido por las generaciones que, tras la guerra, necesitaban restituir algunos de los valores perdidos en la contienda. La editorial Cátedra, en edición de Miguel Galindo, edita y actualiza, en un volumen, Antología rota, que en palabras de su editor reproduce la primera de Pleamar (México), colección dirigida por Rafael Alberti; se incluyen, además, los «Nuevos Poemas» incorporados en la reedición de 1957, así como las adiciones de Nueva antología rota, de 1974. Lo que el lector y el estudioso se encuentran en esta edición es la suma de los tres libros, más las inclusiones que provocaron la nueva obra producida por el exiliado a lo largo de los años. En la extensa y documentada Introducción, Miguel Galindo, repasa la actualidad del poeta, y esa obligada referencia a una época de la historia reciente sobre la que aún no se ha escrito la última página. El estudio se detiene en la vida singular del zamorano, su relación con la poesía, sus agitadas vivencias antes y después de la guerra, su posterior amistad con Larrea en el México del exilio y, sobre todo, esa proyectada estela que produjo el intimismo poético adquirido en poetas como tan significativos o contradictorios, Dámaso Alonso y Blas de Otero, así como toda la generación de los 50.
    Poeta comprometido, sus versos se tornan urgentes, propagandísticos, agitados, circunstanciales, ensaya arengas públicas y escribe romances para ser recitados ante un auditorio masivo. Es el suyo un discurso consciente que formará parte de la formación ideológica de las jóvenes generaciones. No es casual el hecho que José María Castellet encabezara su antología Veinte años de poesía española, 1939-1959, con el nombre de León Felipe, obra en la que los nuevos poetas de la España de entonces unificaban su desafío, una poesía «social» y de «protesta» con la que cabría suponer trataban de recuperar la «canción» que se había llevado el exilio consigo, es decir, volver a unir la lucha contra la opresión, la voz del exterior y la del interior frente a la dictadura. Será en la década de los 40, muy lejos ya de la obra publicada en España por León Felipe, en México donde se despierta el interés por realizar una segunda versión de su antología (la primera data de 1935) y la califica de «rota» por ese concepto esgrimido «de obra coyuntural por el desconocimiento de una obra y una vida»; en esta antología, una valiosa recuperación por parte de Miguel Galindo, estará «todo» León Felipe, desde sus Versos y oraciones (1920) a Ganarás la luz (1943), y así habrá que verla sesenta años más tarde. 










ANTOLOGÍA ROTA
León Felipe
Edición de Miguel Galindo
Madrid, Cátedra, 2008; 383 págs; 10 €


lunes, 20 de abril de 2015

Desayuno con diamantes, 32



UNA MIRADA A TRAVÉS DE LOS ESPEJOS DE MERCÈ RODOREDA

   Se reúnen por primera vez las tres colecciones de cuentos que Mercè Rodoreda publicó a lo largo de su vida, Veintidós cuentos (1958), Mi Cristina y otros cuentos (1967) y Parecía seda y otras narraciones (1978). Con el título de Cuentos Completos (2002), el volumen publicado forma parte de la «Colección Obra Fundamental» de la Fundación Santander Central Hispano.



     La faceta como novelista de Mercè Rodoreda—según afirma Carme Arnau—no ha significado que el conjunto de su obra cuentística haya sufrido ese olvido que se les otorga a los libros de relatos, considerándolos incluso por parte de los estudiosos como un género menor en la producción de un narrador. Tres volúmenes publicó la autora a lo largo de su vida, Veintidós cuentos (1958), Mi Cristina y otros cuentos (1967) y Parecía de seda y otras narraciones (1978); posteriormente, la propia Carme Arnau, ha recogido en un nuevo volumen sus últimos relatos, además de sus cuentos infantiles escritos antes de la guerra, algunos recuerdos de infancia y posiblemente sus dos últimas narraciones fechadas en los primeros años de los 80. Un volumen titulado Un café i altres narracions (1999), que aún no está traducido al español. La edición de Cuentos completos (2002) que edita la Fundación Santander Central Hispano en su colección «Obra Fundamental», con prólogo de Joaquim Molas y estudio de Carme Arnau, además de una bibliografía interesante de E. Miret i Raspall, ofrece al lector la posibilidad de volver a leer unos cuentos que muestran, paralelamente, a su obra narrativa extensa Aloma (1938), La Plaza del Diamante (1962), La calle de las Camelias (1966) o Espejo roto (1974), por citar los más significativos, otra mirada a la personalidad y la originalidad de la narradora catalana.

Un espejo roto
      ¿Llegué a conocer alguna vez a esta mujer?—se pregunta José María Castellet en  su libro Los escenarios de la memoria (1988) y en un extenso recuerdo titulado «Una tarde en Ginebra con Mercè Rodoreda» en el que efectúa con un efusivo reconocimiento, una particular semblanza, desde que conociera a la autora en  la década de los sesenta, en Barcelona, y a propósito, tal vez—subraya el editor— de un encuentro casual relacionado con algún asunto editorial. La primera impresión que tuvo Castellet sobre esta dama fue la de estar ante «una mujer amable pero un poco seca y distante, como alejada de muchas cosas». En alguna que otra conversación con Mercè, el ensayista señalaba como la narradora catalana «escribía novelas o cuentos, puesto que escribir era algo así como pasar un espejo a lo largo de la vida, y a ella, precisamente, eso era lo que más les gustaba». Y, ella misma, afirmaba que «detrás del espejo están los sueños y yo tengo la impresión que todo lo que he vivido lo he soñado: quizá por esto mis personajes son un poco flotantes y tal vez también por esto en mis libros aparecen tantos ángeles».


     Mercè Rodoreda—en palabras de Joaquim Molas—«era una mezcla de hermetismo y espontaneidad, de orgullo y timidez, de independencia y soledad, de indefensión y fortaleza», y quizá este y no otro sea el retrato más exacto que refleje la compleja personalidad de esta singular narradora en catalán a quien, tan sólo muchos años después y tras un largo exilio en Ginebra, se le reconoció, por parte de la crítica y de un público más amplio, el valor de su escritura, un hecho que durante años y por motivos, evidentemente, de censura se le negó. Desde su primer libro Sóc una dona honrada? de 1932, hasta los últimos publicados en vida Quanta, quanta guerra... y Viatges i flors, ambos de 1980, y las numerosas traducciones que surgieron con el paso del tiempo al castellano, la primera, uno de sus grandes éxitos y la que precisamente la sacaría del anonimato, La Plaza del Diamante (1965) o la última Golpe de luna y otros relatos (1995), su literatura ha experimentado un creciente interés por aquellos lectores que no podían acceder a ella por motivos tantos editoriales como lingüísticos. La revisión de su obra no hace sino agrandar el espacio literario de una gran narradora de una de nuestras lenguas oficiales.   

Vida y obra
    Mercè Rodoreda había nacido en Barcelona en 1908. Hasta el estallido de la guerra civil había publicado cuatro novelas, Sóc una dona honrada? (1932), Del que hom no pot fugir (1934), Un dia de la vida d´un home (1934) y Crim (1936) y sobre todo Aloma (1938) y que había conseguido un prestigioso premio en 1937, Premi Creixells, que posteriormente sería traducida al español en 1971. Dejaba, también, una incipiente vocación periodística que había iniciado, precisamente, para convertirse en escritora, porque se trataban, sobre todo, de colaboraciones literarias publicadas en periódicos y revistas de prestigio que por aquella época abundaban en la Barcelona republicana: La Veu de Catalunya, Meridià, Revista de Catalunya o la Publicitat, sobre todo en los años 1935 y 1936. Inició un largo exilio que comenzaría en Francia y que se extendería hasta el año 1954 y que la llevó por ciudades como Toulouse, París, Limoges, Burdeos. Son éstos unos años dedicados al cuento, precisamente, porque encontraba en el género la expresión para poder reiniciar su carrera literaria. Los largos años de dedicación al relato culminarán con la publicación de Vint-i-dos contes escritos durante el período de 1945 hasta que los terminó en 1957. Cuando se publicó consiguió el premio Víctor Catalá de ese mismo año y se publicaría un año más tarde. Entonces, Rodoreda, ya vivía en Ginebra y, después de muchos años de infortunios y adversidades, es feliz, vive en un piso, ha resuelto sus problemas económicos y disfruta de esa tranquilidad que le pueda garantizar reemprender, de nuevo y definitivamente, su carrera narrativa, sobre todo una dedicación a la novela después de los veinte años transcurridos desde Aloma, un texto que se reeditará en 1969, revisado, aunque, unos años antes, había entregado, con mucho éxito, La Plaça del Diamant (1962), a la que seguirían El Carrer de les Camèlies (Premio Sant Jordi) 1966 o Mirall trencat (1974), como sus novelas más traducidas y notables de dos décadas muy importantes. Pese a todo, durante esos años, escribe nuevos cuentos, sobre todo fantásticos—en palabras de Carme Arnau— que posteriormente publicará con el título de La meva Cristina i altres contes (1967) y, poco más de diez años más tarde, su última colección  Semblava de seda i altres contes (1978). 


     Cuando Mercè Rodoreda decidió regresar definitivamente del exilio—señala Castellet— era propietaria de un piso en la calle Balmes/Monteroles, aunque durante su estancia en Ginebra había pasado largas temporadas en Romanyà de la Selva, en casa de su buena amiga, Carmen Manrubia. El bullicio de Barcelona le llevó a pensar que podría establecerse en aquel lugar idílico, y convertirse en un futuro proyecto de vida, cuando la autora ya había cumplido los sesenta años. Allí se estableció en una casa cómoda y allí le sorprendió la muerte un día del mes de abril de 1983. Su vida transcurrió en una casa diseñada con sumo cuidado por ella y con una panorámica sobre todo Romanyà y rodeada, además, de un jardín repleto de flores que la autora cuidaba primorosamente todos los días del año. En su casa de Romanyà—afirma Castellet con toda rotundidad—fue definitivamente feliz.
                   
Los cuentos
  Un cierta vinculación visceral a la escritura le llevaría al cuento y a volver a empezar de cero tras su marcha al exilio. El cuento, según la autora, presentaba la ventaja de su brevedad, la rapidez en su realización, pero sobre todo la posibilidad de ensayar técnicas diferentes. Circunstancialmente—como señala Carme Arnau—Rodoreda se centrará en el cuento dedicándose a él, de una forma intensiva, durante un período breve de su vida, unos dos otres años, escribe la narradora a Anna Murià, su confidente y quien le ha descubierto, de nuevo, el género. Así, ya, en Veintidós cuentos (1958) hay un rico abanico de técnicas y de temas, sobre todo se vislumbra esa visión negativa que la autora ha experimentado personalmente. En algunos de estos cuentos se puede ver reflejado el exilio que, de igual manera, vivió ella misma intensamente. Sus personajes, de edades diversas, viven situaciones y relaciones amorosas tan desgraciadas que muchas veces desembocan en el deseo de morir o en la muerte misma. El amor y la muerte, por consiguiente, serán temas universales para la narradora catalana. Pero, en igual proporción, le atormentará el paso del tiempo y así las diferentes edades de sus personajes estarán marcadas por la tristeza, por el desencanto, por la tragedia, en definitiva. Resulta interesante —señala Arnau—que en este volumen de cuentos la narradora parece buscar una voz personal que ella misma parece encontrar, sobre todo, en la literatura norteamericana e inglesa y así recupera para sus lecturas los nombres de Steinbeck, Faulkner, Mansfield, sobre todo esta narradora neozelandesa, que vio con claridad que hacía falta renovar el género narrativo breve y volver la mirada al gran escritor ruso Chejov. Con  Mi Cristina y otros cuentos (1967), su segunda colección, inicia la redacción de cuentos fantásticos que según expone la autora es el producto de una profunda decepción. Se fija como modelos a seguir los nombres Poe y Lovecraft, ambos maestros indiscutibles del género, sin olvidar a Borges y, sobre todo, a Cortázar, amigo y compañero de Joan Prat en la Unesco y que frecuentó a ambos en Ginebra. El volumen se caracteriza por su gran unidad, por una escritura coloquial y por presentar una imaginación desbordante: en sus cuentos se narran hechos sorprendentes como el hecho mismo de que la muerte signifique una metamorfosis. Los protagonistas de estos dieciséis cuentos son personajes femeninos y masculinos de edad muy diversa, aunque predominan estos últimos con evidentes cambios que no parecen haber separado ambos sexos; por ejemplo, el protagonista de «El señor y la luna» es un hombre hacendoso que se ocupa de su casa e incluso tiene rasgos de mujer; también es un hombre el protagonista de «La sala de las muñecas» que cose y plancha vestidos para sus juguetes. En realidad, parece que Mercè Rodoreda en este libro pretende mostrar y le interesan mucho más las situaciones extraordinarias por las que pasan sus personajes; quizá por eso ahora sus ambientes son mucho más misteriosos y sugerentes. La narradora—en palabras de Carme Arnau—consigue crear un mundo fantástico propio, que arrastra uno de los sentimientos que más parecen atraerla como creadora: el miedo, la inquietud, una atmósfera que, de manera plenamente convincente, impregna estos relatos y que suele nacer del hecho de que sus protagonistas se sientan como los únicos habitantes de mundos extraños, sin contacto con nadie, perdidos en parajes de misterio (...) Y esto desemboca—añade Arnau—en dos temas muy característicos de la literatura fantástica: la locura y la brujería. En definitiva, los cuentos de este segundo volumen tienen, por añadidura, una característica propia: el sentido de lo poético y de lo delicado.


   Los cuentos Parecía de seda y otras narraciones (1978) están escritos a lo largo de más de cuarenta años y ofrecen, frente a los anteriores, una mayor diversidad y muchos de los registros ensayados por Rodoreda. Los temas predominantes serán el sueño y la literatura y en los primeros cuentos se constata el artificio del lenguaje como expresión inequívoca de una vocacional juventud; la madurez impone un contacto con la vida y el lenguaje se transforma ahora en coloquial y referencial con un predominio del diálogo y la narración. Sin necesidad de desvelar muchos de los cuentos interesantes que integran el volumen como «Ada Liz», «En una noche oscura», «Vivir al día», «Lluvia» e incluso «Parecía de seda», el libro resume con esa evidente madurez que hemos señalado la culminación de una etapa particularmente fecunda y rica dedicada al cuento, un género que como se ha venido apuntando en estas reflexiones representa para la autora su permanente vinculación a la escritura. «Escribo porque me gusta escribir—llegó a afirmar la autora—. Si no pareciese exagerado diría que escribo para gustarme a mí. Si de rebote lo que escribo gusta a los demás, mejor. Quizá es más profundo. Quizá escribo para afirmarme. Para sentir que soy... Por el expreso deseo de escribir con cierta idiosincrasia, he cultivado, desde hace muchos años una especie de pureza con el mínimo de adulteraciones posibles. He cultivado el olvido de todo lo que me ha parecido nocivo para mi alma y he cultivado la admiración por las cosas que me hacen un bien: el quieto poder de las flores, la lenta paciencia de las piedras preciosas, por los grandes abismos del cielo. Suscribo la frase que afirma: «Nada humano me es extraño». Los personajes de mis novelas y mis relatos despiertan toda mi ternura, me hacen sentirme bien a su lado, son mis grandes amigos».