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domingo, 18 de agosto de 2019

RELATOS DE EMIGRACIÓN E INMIGRACIÓN

(De aquende y de allende) (II)


Autores: Díaz Domínguez, Carlos, García-Ramos García, José Antonio , Jiménez Jurado, María Isabel , Martínez Domingo, Paula , Martínez Gómez, Jesús , Soler Valero, Pedro



viernes, 16 de agosto de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


Museo de coches





       No sé por qué he visitado el «Museo de Carrozas Reales» de Lisboa. Es una clase de museos que me disgusta siempre. No pierden su olor a cuadra, y tienen una atmós­fera de sacristía.
       Todos esos uniformes, libreas, arreos y arneses de gala antiguos y modernos, no me parecen jamás piezas de Museo; lo gro­sero de su empleo, su primera materia, su forma poco noble, me hacen pensar en la caballeriza vulgar, a pesar del lujo de to­dos estos objetos. Las badanas, las telas, todo tiene ese olor característico suyo, que a veces parece depender de la forma.
       Sin embargo, la colección de carrozas antiguas que posee Portugal es digna de llamar la atención, sobre todo por su ri­queza.
       Fue Felipe II de España el que intro­dujo aquí esta moda. Está aquí su ca­rroza armada en hierro, cubierta de cuero y brocado, que yo miro con la misma re­pugnancia con que me aparto de su regio sillón frailero de El Escorial.
       Después la moda se fue extendiendo; no sólo los reyes, sino los nobles, y hasta los burgueses ricos, se mandaban cons­truir carrozas de gala, de tamaño enorme y de gran lujo, hasta el punto de que las leyes suntuarias tuvieron que poner coto al derroche y ordenar que el color encar­nado no pudiera ser usado por nadie, ex­cepto la Casa Real.
       Paseando entre la doble fila de carro­zas, todas nos parecen iguales, a pesar de sus variaciones de forma, de decorado y de color. Hay en todas la misma ex­tensión de la montura, lanza y ruedas, donde va montada la caja, son igualmente recargadas como si se contara con el efecto que deben producir su pesadez y su ta­maño, y hay que tener en cuenta lo que eran la mayoría de las calles de Lisboa, estrechas y en cuesta, para ver cómo pa­sarían estos coches, rozando los muros y tropezando con los balcones. Como era imposible cruzarse dos vehículos, uno de ellos estaba obligado a retroceder; pero muchos hidalgos encontraban deprimente para su dignidad ceder el paso. En más de una ocasión esto fue origen de de­safíos y de pendencias; los criados de los combatientes ponían mano a las armas, dándose verdaderas batallas; hasta que al fin hubo que prohibir a cocheros y la­cayos el uso de armas, y ordenar que el obligado a dejar el paso libre era el que subía la cuesta.


       Ahora que solo vemos salir estos coches en las procesiones o en actos oficiales de marcado carácter teatral, no nos damos bien cuenta del efecto que producirían en su uso corriente y diario, cuando no exis­tía el coche de alquiler, el tranvía y todos los adelantos modernos. El lujo que re­presentaban las carrozas era tal, que las traían las princesas en sus dotes como una joya preciada.
       Están aquí los coches que trajeron Isa­bel de Saboya, Mariana Victoria de Es­paña y Sofía de Neubourg. Son todos ellos como estufas doradas, bamboleantes, de cojines altos, que tienen algo de litúrgico, como un palio bajo el cual sólo pudieran acogerse las reinas.
       Han contribuido estas carrozas al pa­pel de las reinas en la Historia. Por esos vidrios, entre esas columnas, entre esa floración de pinturas y esmaltes; bajo la realeza de las sedas y los terciopelos, de­ben entreverse perfiles de rostros de prin­cesa; pero de estas princesas que a la vez que figuras históricas son figuras de le­yenda, y que han influido tanto con sus amores y sus intrigas en la vida de los pue­blos. Las reinas, para pasear en estos co­ches deben ir vestidas de reinas, con la corona en la cabeza, si no el coche tiene más importancia que la reina. Ellas deben sentirse más reinas dentro de esos coches, hasta el punto de que fuera de ellos no parecen ya reinas.
       La carroza de D.ª María I, toda chapada en oro, es elegantísima, y el arte de la pintura parece humillado al realizar tan notables trabajos en ella. Hay carrozas más sencillas, carrozas de infantas; pró­ximas unas a otras, las de María Benedita, la infanta poeta y pintora, que tuvo fama de austera y virtuosa; María Josefa y María Dorotea. Son más graciosas, más ligeras; no sé por qué fenómeno me parece que todas estas cajas no están vacías, y que en cada una debería estar la sobe­rana como una muñeca de cera.
       En cambio, no se concibe bien en este marco a los príncipes y los reyes. Son poco decorativas, con sus trajes severos y sus semblantes barbudos o bigotudos. La montera de Felipe II no se aviene bien con esta decoración fastuosa. Ellos tam­bién, para ir aquí, necesitaban vestirse de corona y manto de armiño, un poco en rey godo, como los reyes de los naipes.
       Hasta los caballos necesitan engala­narse; tienen los tiros de estos coches algo de cuadriga, de la majestad real de los varios pares de caballos que piafan y se encabritan, con sus arneses de plata y sus penachos de plumas, que están aquí guar­dados y expuestos, como los sprits con que se adornan la cabeza las grandes damas linajudas.
       Los cocheros y palafreneros, con sus grotescas pelucas, han sido sustituidos por estos guardianes perezosos, dormilones, que acompañan a todos los visitantes re­pitiendo la misma cantinela, y que pare­cen ofenderse cuando no ponemos el ges­to de admiración que están acostumbrados a ver; es ahora de ellos la grandeza. Son los únicos que la han heredado. Estas ca­rrozas son ya cosa muerta, cosa que hay que defender de la polilla.
       Los coches más espléndidos son los de D. Joáo V; tenía verdadera pasión por las carrozas; mandó construir siete berlinas en Holanda y otras muchas en España, Francia y Portugal.
       —Mi disipación enriquece a mi país— solía decir.
       Desdichadamente, una buena parte de las riquezas por él acumuladas fueron pér­didas para Portugal; pues D. Juan VI llevó al Brasil hasta cuarenta de estas carrozas.
       El gran alarde de soberbia y riqueza está aquí representado por las tres carrozas en que fué a Roma el embajador portugués, D. Andrés Mello de Castro, enviado por D. Juan para anunciar al Papa Clemente XI el nacimiento de su hijo.
       Además del lujo, del tamaño y la factu­ra propia de estos coches, llevan detrás va­rias figuras humanas, de bulto y tamaño natural, laminadas de oro, representando unas, las cinco partes del mundo, y otras, las virtudes: la Prudencia y la Justicia. La caja va resguardada por cortinas de bro­cado, y sobre su remate varios amorcillos renacimiento sostienen la corona real.
       Habría que ver estos coches preciosos recorriendo los caminos, jornadas tras jor­nada, para atravesar los montes extreme­ños, los campos de Castilla, cruzar los Pi­rineos, pasar por tierras de Francia y re­correr media Italia hasta hacer la entrada triunfal en Roma entre las aclamaciones de la multitud, asombrada del alarde del monarca portugués. Tiene este viaje algo de marcha triunfal y de empresa épica, co­mo la marcha de Aníbal. Lo asombroso es que no sólo fueron, sino que volvieron. Pa­rece que debieran quedarse allí; pero el em­bajador volvió en ellas, con su comitiva y su séquito, haciendo salir a contemplar es­tas montañas de oro, heridas por el sol, a los moradores de los pueblos que hallaban en su ruta.
       Volvieron, empero, vacías cuando fue­ron llenas. Llenas de presentes al Pontífi­ce hechos por el Rey con una ostentación de brasilero rico, en aquel tiempo de po­derío y de conquistas.
       Aquí hay otro coche de D. Juan II, no menos rico, que los guías nos muestran con orgullo, porque en sus almohadones, no respetados por la polilla, se sentaron el emperador del Brasil, el rey Oscar de Suecia, Alfonso XII de España, Eduar­do VII de Inglaterra, Guillermo II de Ale­mania y Emilio Loubet, Presidente de la República francesa. Al oír tantos nombres me parece que todos están allí, donde no caben, y que se empujan y se apretujan queriendo asomarse por las ventanillas, de ese modo con que las gentes habituales de los banquetes se atrepellan queriendo salir todos en la fotografía.


jueves, 15 de agosto de 2019

Rudolf Erich Raspe


… me gusta

La sátira, la fantasía y lo inverosímil en 'Las aventuras del Barón Münchausen


        Nórdica recupera el original, Las aventuras del Barón de Münchausen, de Raspe, con ilustraciones de Javier Zabala.



       Más conocido por haber creado un personaje singular, el Barón Münchausen, que por su condición de científico, el escritor Rudolf Erich Raspe, nació en Hannover, Alemania, 1737, y murió en Donegall, Irlanda, 1794.

       En 1785, Raspe publicaría en inglés el Relato que hace el Barón de Münchausen de sus campañas y viajes maravillosos por Rusia, basado en las andanzas de un noble alemán (Karl Friedrich Hieronymus, barón de Münchausen), militar que, cuando retornó de su servicio a las órdenes del ejército ruso, narraba unas historias extraordinarias que despertaban la curiosidad y el asombro de la población de su localidad natal. Las aventuras del barón, añadidas a ciertas leyendas del folklore popular europeo, fueron recopiladas por Raspe en una edición que contenía un cierto tono satírico, y de hecho, aprovechaba para atacar a sus enemigos en vida, pero creó un personaje inmortal caracterizado por una insuperable imaginación que le lleva a contar maravillosas historias muchas de las cuales rayan en la locura, o en la mayor de las irracionalidades. De allí que el Münchausen literario pasara a la Historia no solamente como aventurero, sino, sobre todo, como un consumado embustero, y un mentiroso patológico.

       Más tarde, se publicarían más ediciones de esta curiosa obra, y tal vez sobresaliera la de Gottfried August Bürger, que dio a conocer al personaje creado por Raspe en Alemania y dañó, además, de manera irreparable, la reputación del auténtico barón, que aún vivía. Las sucesivas ediciones fueron añadiendo cada vez más historias que circulaban por toda Europa, y modificaban la versión original. 



La edición de Bürger
         
       Bürger será recordado por su traducción sobre las aventuras del barón de Münchausen, que hizo que la personalidad de este personaje traspasara las fronteras de Alemania y se convirtiera en un personaje universal. En estas historias se permitió introducir algunas nuevas de su propia cosecha, y su versión fue tan popular que hizo que se olvidara la de Rudolf Erich Raspe, que era en realidad la original.

Gottfried August Bürger, escritor alemán, conocido sobre todo por haber traducido del inglés la obra Los Maravillosos viajes y divertidas aventuras del barón de Münchausen, nació el 31 de diciembre de 1747, y falleció en Gotinga el 8 de junio de 1794.
Teólogo y profesor en la universidad de Gotinga, donde enseñaba Estética. En 1784 murió su primera esposa, y ese mismo año es nombrado privatdozent de la universidad. En 1785 contrae matrimonio con su cuñada, que también morirá meses más tarde, en enero de 1786. Un año más tarde, en 1787, es nombrado doctor honorario de filosofía; en 1790 se casó por tercera vez, aunque dos años más tarde se divorciará.

          Perteneció a un grupo de poetas y escritores de Gotinga, con los que creo una nueva tendencia poética alemana, destacó por sus poemas folclóricos, entre sus obras destaca Lenore, de 1773, poema largo que cuenta una historia de influencia vampírica, Cazador salvaje, de 1778, y Canción de un buen hombre, de 1778. Tradujo al alemán a Shakespeare y a Homero.
         

La obra
          Este hombre de gran fantasía fue Karl Friedrich Hieronymus Freiherr von Münchhausen, más conocido por todos nosotros por Barón von Münchhausen, fue un militar alemán que participó en varias campañas y, cuando volvió de ellas, abandonó el ejército, y se dedicó a contar a todo el mundo sus aventuras, sus grandes hazañas que, por supuesto solía adornar agrandando y exagerando los acontecimientos, contando anécdotas inverosímiles, y envalentonándose cada vez más en sus relatos.
Münchhausen nació y murió en Bodenweder, un municipio de la Baja Sajonia alemana, no muy lejos de otra famosa población literaria: Hamelin. Cuando Karl Friedrich era joven, sirvió de paje al duque Brunswick-Lüneburg, Antonio Ulrico II, a quien acompañaría para unirse al ejército ruso, donde pudo satisfacer sus ansias de aventuras participando en varias campañas militares contra los turcos, primero acompañando al duque y, cuando éste fue preso por los turcos, como capitán de caballería de su propio destacamento. Abandonaría el ejército en 1750.
          Unos años antes se había casado y, tras retirarse, se fue a vivir con su esposa a su localidad de nacimiento, donde, hasta el momento de su muerte, divirtió a sus convecinos con sus historias, hasta tal punto que adquirió una gran reputación como narrador, aunque sus historias nunca gozaron de credibilidad. Sin embargo siempre fue respetado como un honesto hombre de negocios.
          Dado el carácter fantástico e inverosímil de sus aventuras, estas han pasado a la historia como narraciones infantiles o juveniles, ya que su poca credibilidad no daba para que ningún adulto pudiera considerarlas libros de aventuras o viajes. La popularidad de las aventuras del barón hizo que otros escritores, de distintos países (Bürger, Immermann), se atrevieran a recopilarlas, rescatándolas del folclore y la tradición popular, añadiendo nuevas historias, algunas de su propia cosecha no atribuibles a las narraciones del barón.

La edición
       La edición de Nórdica/ Libros reproduce la de Raspe, y además está espléndidamente ilustrada por Javier Zabala (León, 1962) que ha publicado más de 80 libros e ilustrado a Cervantes, Shakespeare, García Lorca, Rodari, Melville, Chéjov, o Van Gogh. Como profesor ha impartido clases rn Universidades y Escuelas de Arte de España, Italia, Colombia, Ecuador, México, Irán, Cuba, Brasil, Venezuela, Israel, Singapur y Portugal. En 2012 fue finalista del Premio Andersen.
       El trabajo de Zabala discurre entre la deuda a las mejores tradiciones de ilustradores europeos y una mirada contemporánea de los libros ilustrados. Y la ilustración contemporánea, para él, es lo que hacen los ilustradores en el XXI, y hay grandes diferencias con la que se hacía en el XIX, obviamente, aunque a Zabala parecen interesarle más las diferencias con el XX que fue hace muy poco tiempo. El panorama editorial ha cambiado desde hace apenas unos diez años, sustancialmente debido a varios diversos, de entre ellos, la utilización de las nuevas tecnologías. En sus dos vertientes: la primera ha posibilitado una mejor gestión del trabajo y el acceso a la información, y la segunda nuevas herramientas para crear. Pero el factor más importante, la entrada en escena de gran cantidad de pequeñas editoriales con coraje interesadas en otro tipo de propuestas editoriales y gráficas más arriesgadas, y desde este punto de vista se han enriquecido notablemente la variedad de registros.







Rudolf Erich Raspe, Las aventuras del Barón Münchhausen; ilustrado por Javier Zabala; Madrid, Nórdica/ Libros, 2014; 140 págs.

miércoles, 14 de agosto de 2019

Curiosa lectura de verano


 

 

Opiniones contundentes

Nabokov, Vladimir
Barcelona, Anagrama, 2017



«Pienso como un genio, escribo como un autor distinguido y hablo como un niño.» Así comienza Nabokov el prefacio a este volumen, que recoge entrevistas, cartas al director y más de una docena de artículos (secciones, estas dos últimas, inéditas hasta hoy en castellano). Sobre todo a partir del éxito de Lolita, tanto novelístico como cinematográfico, Nabokov concedió diversas entrevistas en las que repasaba algunos aspectos biográficos y literarios de su personalidad, de sus rutinas como lector y como escritor, de sus filias y sus fobias. Pero las «opiniones contundentes» del autor ruso las encontramos en especial en sus cartas a diversas publicaciones y en sus artículos, donde da rienda suelta a su barroco ingenio y a su afilada prosa para hablarnos de autores como Jodasévich y Sartre, de los críticos obsesionados con los símbolos y de las vicisitudes editoriales que rodearon la publicación de Lolita. Aunque sin duda donde más afila Nabokov sus colmillos es en la polémica que levantó su traducción en prosa del Eugenio Oneguin de Pushkin, en la que expone sus teorías sobre la cuestión y fulmina verbalmente a sus críticos.
Merecen destacarse también la pieza lírica «Inspiración», en la que asistimos al nacimiento de una obra artística desde el lugar privilegiado de un maestro, y sus artículos sobre mariposas, donde el Nabokov de precisión milimétrica se fusiona con el científico para aficionarnos al singular mundo de la lepidopterología.
Las opiniones de Nabokov, contundentes siempre, arbitrarias nunca, suponen una cara imprescindible del prisma de su compleja y fascinante obra.

«La variedad, fuerza y riqueza de las intuiciones de Nabokov no tiene rival en la narrativa moderna. Lo más parecido al puro placer sensual que puede ofrecer la prosa» (Martin Amis).
«Nos honró al elegir utilizar y transformar nuestro idioma» (Anthony Burgess).
«Dominó los trucos de la novela, e inventó algunos propios» (Peter Ackroyd).
«Es imposible que la imaginación encuentre otro paladín de tanto vigor» (John Updike).

martes, 13 de agosto de 2019

Adiós a...


...Toni Morrison la autora de Ojos azules, primera afroamericana en ganar el Nobel.


18 de febrero de 1931, Lorain, Ohio, Estados Unidos
        5 de agosto de 2019, Montefiore Medical Center, Nueva York, Estados Unidos

      Toni Morrison dijo una vez que, a pesar de que amaba la obra de Richard Wright, Ralph Ellison y James Baldwin, sentía que ellos se detenían demasiado a menudo a explicar cosas de negros a la gente blanca. Agregó que ella encontraba “desmoralizante” tener que justificar otra vez la vida de los negros ante la gente blanca; que fuera un requisito escribir sobre los “negros típicos”.

Novelas
Ojos azules (The Bluest Eye, 1970).
Sula (Sula, 1973).
La canción de Salomón (Song of Solomon, 1977).
La isla de los caballeros (Tar Baby, 1981).
Beloved (Beloved, 1987).
Jazz (Jazz, 1992).
Paraíso (Paradise, 1997).
Amor (Love, 2003).
Una bendición (A Mercy, 2008).
Volver (Home, 2012).
La noche de los niños (God help the child, 2015).