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viernes, 16 de agosto de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


Museo de coches





       No sé por qué he visitado el «Museo de Carrozas Reales» de Lisboa. Es una clase de museos que me disgusta siempre. No pierden su olor a cuadra, y tienen una atmós­fera de sacristía.
       Todos esos uniformes, libreas, arreos y arneses de gala antiguos y modernos, no me parecen jamás piezas de Museo; lo gro­sero de su empleo, su primera materia, su forma poco noble, me hacen pensar en la caballeriza vulgar, a pesar del lujo de to­dos estos objetos. Las badanas, las telas, todo tiene ese olor característico suyo, que a veces parece depender de la forma.
       Sin embargo, la colección de carrozas antiguas que posee Portugal es digna de llamar la atención, sobre todo por su ri­queza.
       Fue Felipe II de España el que intro­dujo aquí esta moda. Está aquí su ca­rroza armada en hierro, cubierta de cuero y brocado, que yo miro con la misma re­pugnancia con que me aparto de su regio sillón frailero de El Escorial.
       Después la moda se fue extendiendo; no sólo los reyes, sino los nobles, y hasta los burgueses ricos, se mandaban cons­truir carrozas de gala, de tamaño enorme y de gran lujo, hasta el punto de que las leyes suntuarias tuvieron que poner coto al derroche y ordenar que el color encar­nado no pudiera ser usado por nadie, ex­cepto la Casa Real.
       Paseando entre la doble fila de carro­zas, todas nos parecen iguales, a pesar de sus variaciones de forma, de decorado y de color. Hay en todas la misma ex­tensión de la montura, lanza y ruedas, donde va montada la caja, son igualmente recargadas como si se contara con el efecto que deben producir su pesadez y su ta­maño, y hay que tener en cuenta lo que eran la mayoría de las calles de Lisboa, estrechas y en cuesta, para ver cómo pa­sarían estos coches, rozando los muros y tropezando con los balcones. Como era imposible cruzarse dos vehículos, uno de ellos estaba obligado a retroceder; pero muchos hidalgos encontraban deprimente para su dignidad ceder el paso. En más de una ocasión esto fue origen de de­safíos y de pendencias; los criados de los combatientes ponían mano a las armas, dándose verdaderas batallas; hasta que al fin hubo que prohibir a cocheros y la­cayos el uso de armas, y ordenar que el obligado a dejar el paso libre era el que subía la cuesta.


       Ahora que solo vemos salir estos coches en las procesiones o en actos oficiales de marcado carácter teatral, no nos damos bien cuenta del efecto que producirían en su uso corriente y diario, cuando no exis­tía el coche de alquiler, el tranvía y todos los adelantos modernos. El lujo que re­presentaban las carrozas era tal, que las traían las princesas en sus dotes como una joya preciada.
       Están aquí los coches que trajeron Isa­bel de Saboya, Mariana Victoria de Es­paña y Sofía de Neubourg. Son todos ellos como estufas doradas, bamboleantes, de cojines altos, que tienen algo de litúrgico, como un palio bajo el cual sólo pudieran acogerse las reinas.
       Han contribuido estas carrozas al pa­pel de las reinas en la Historia. Por esos vidrios, entre esas columnas, entre esa floración de pinturas y esmaltes; bajo la realeza de las sedas y los terciopelos, de­ben entreverse perfiles de rostros de prin­cesa; pero de estas princesas que a la vez que figuras históricas son figuras de le­yenda, y que han influido tanto con sus amores y sus intrigas en la vida de los pue­blos. Las reinas, para pasear en estos co­ches deben ir vestidas de reinas, con la corona en la cabeza, si no el coche tiene más importancia que la reina. Ellas deben sentirse más reinas dentro de esos coches, hasta el punto de que fuera de ellos no parecen ya reinas.
       La carroza de D.ª María I, toda chapada en oro, es elegantísima, y el arte de la pintura parece humillado al realizar tan notables trabajos en ella. Hay carrozas más sencillas, carrozas de infantas; pró­ximas unas a otras, las de María Benedita, la infanta poeta y pintora, que tuvo fama de austera y virtuosa; María Josefa y María Dorotea. Son más graciosas, más ligeras; no sé por qué fenómeno me parece que todas estas cajas no están vacías, y que en cada una debería estar la sobe­rana como una muñeca de cera.
       En cambio, no se concibe bien en este marco a los príncipes y los reyes. Son poco decorativas, con sus trajes severos y sus semblantes barbudos o bigotudos. La montera de Felipe II no se aviene bien con esta decoración fastuosa. Ellos tam­bién, para ir aquí, necesitaban vestirse de corona y manto de armiño, un poco en rey godo, como los reyes de los naipes.
       Hasta los caballos necesitan engala­narse; tienen los tiros de estos coches algo de cuadriga, de la majestad real de los varios pares de caballos que piafan y se encabritan, con sus arneses de plata y sus penachos de plumas, que están aquí guar­dados y expuestos, como los sprits con que se adornan la cabeza las grandes damas linajudas.
       Los cocheros y palafreneros, con sus grotescas pelucas, han sido sustituidos por estos guardianes perezosos, dormilones, que acompañan a todos los visitantes re­pitiendo la misma cantinela, y que pare­cen ofenderse cuando no ponemos el ges­to de admiración que están acostumbrados a ver; es ahora de ellos la grandeza. Son los únicos que la han heredado. Estas ca­rrozas son ya cosa muerta, cosa que hay que defender de la polilla.
       Los coches más espléndidos son los de D. Joáo V; tenía verdadera pasión por las carrozas; mandó construir siete berlinas en Holanda y otras muchas en España, Francia y Portugal.
       —Mi disipación enriquece a mi país— solía decir.
       Desdichadamente, una buena parte de las riquezas por él acumuladas fueron pér­didas para Portugal; pues D. Juan VI llevó al Brasil hasta cuarenta de estas carrozas.
       El gran alarde de soberbia y riqueza está aquí representado por las tres carrozas en que fué a Roma el embajador portugués, D. Andrés Mello de Castro, enviado por D. Juan para anunciar al Papa Clemente XI el nacimiento de su hijo.
       Además del lujo, del tamaño y la factu­ra propia de estos coches, llevan detrás va­rias figuras humanas, de bulto y tamaño natural, laminadas de oro, representando unas, las cinco partes del mundo, y otras, las virtudes: la Prudencia y la Justicia. La caja va resguardada por cortinas de bro­cado, y sobre su remate varios amorcillos renacimiento sostienen la corona real.
       Habría que ver estos coches preciosos recorriendo los caminos, jornadas tras jor­nada, para atravesar los montes extreme­ños, los campos de Castilla, cruzar los Pi­rineos, pasar por tierras de Francia y re­correr media Italia hasta hacer la entrada triunfal en Roma entre las aclamaciones de la multitud, asombrada del alarde del monarca portugués. Tiene este viaje algo de marcha triunfal y de empresa épica, co­mo la marcha de Aníbal. Lo asombroso es que no sólo fueron, sino que volvieron. Pa­rece que debieran quedarse allí; pero el em­bajador volvió en ellas, con su comitiva y su séquito, haciendo salir a contemplar es­tas montañas de oro, heridas por el sol, a los moradores de los pueblos que hallaban en su ruta.
       Volvieron, empero, vacías cuando fue­ron llenas. Llenas de presentes al Pontífi­ce hechos por el Rey con una ostentación de brasilero rico, en aquel tiempo de po­derío y de conquistas.
       Aquí hay otro coche de D. Juan II, no menos rico, que los guías nos muestran con orgullo, porque en sus almohadones, no respetados por la polilla, se sentaron el emperador del Brasil, el rey Oscar de Suecia, Alfonso XII de España, Eduar­do VII de Inglaterra, Guillermo II de Ale­mania y Emilio Loubet, Presidente de la República francesa. Al oír tantos nombres me parece que todos están allí, donde no caben, y que se empujan y se apretujan queriendo asomarse por las ventanillas, de ese modo con que las gentes habituales de los banquetes se atrepellan queriendo salir todos en la fotografía.


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