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jueves, 29 de agosto de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


Panteón de Reyes



       La tarde de oro de Lisboa ha envuelto hoy en su luz incomparable a toda la ciu­dad; entonándolo, armonizándolo todo en una exaltación gloriosa, algo oriental, que vestía los jardines y los edificios de ese do­rado a fuego de las cúpulas bizantinas.
Conociendo ya toda Lisboa hemos elegi­do para nuestro paseo la Lisboa antigua, la Lisboa oriental, la Lisboa anterior a Pombal, la que aun conserva el desorden, la confusión y las resquebrajaduras del te­rremoto.
       Nada más lindo que esta parte de Lis­boa; con razón Humboldt decía que las tres ciudades más hermosas de Europa, eran Napóles, Constantinopla y Lisboa. Aquí persigue el recuerdo de Napóles con el que tiene una gran semejanza. La desigualdad del terreno sobre que está construida es lo que hace más pintoresca a Lisboa y le da belleza mayor. La parte moderna, la villa baja, nueva, con sus maravillosas calles Rua Augusta y Rua do Ouro, que desem­bocan en la Plaza del Comercio, forma el centro aristocrático y elegante. Al otro lado se extiende la ciudad novísima, una ciudad improvisada, magnífica, con su Avenida de la Libertad, sus monumentos grandio­sos, los jardines y los campos de recreo. Todo está como situado en un valle; es lo fértil que crece en la umbría del barranco como esas adelfas de flores rosas que se abren en las hondonadas con el frescor del agua. Luego, por las laderas y las cimas de las siete colinas, y todas las ondulacio­nes, se alza un bosque de edificios; plazas, jardines; todo entrecortado y desigual. La vista es maravillosa desde todos los pun­tos. Desde abajo se ve el escalonado pin­toresco, y desde cualquier altura: Nuestra Señora da Graça o Nuestra Señora do Mon­te, por un lado; San Pedro de Alcántara, por otro; se ve la ciudad tendida a los pies, risueña, variada, graciosa, con gracia de jardín tropical, no de recortado parque inglés. Sus casas tienen balcones bolados, como en España, y se mezclan gallarda­mente las plazas, los jardines, los templos, los palacios y los demás edificios en una ex­tensión que sólo limitan el verdor de la vega, como un mar de verdura y la cinta de brillante del Tajo, como un mar de ace­ro líquido.
       Una de las cosas más bellas son las rui­nas del Carmen, en el sitio más céntrico de la población. Sus arcos derruidos parecen apoyarse sobre el ala de la Plaza del Ro­cío, donde está la Brasileira, ese café tan popular que sirvió de albergue a los revolucionarios portugueses donde se incubó la victoria de la República; vis a vis del teatro, con su frontón lujoso coronado por la estatua del popular actor-poeta Gil Vi­cente; y en el camino que conduce al Chiado, nuestra Carrera de San Jerónimo, a las horas de paseo de una multitud pseudo-elegante como la nuestra.
       Ha sido un buen acuerdo no reconstruir esta iglesia del Carmen, esos muros rotos, resquebrajados, desiguales, informes, des­nudos que son de un encanto insuperable. ¿De qué se podrían llenar aquellas ojivas mejor que de ese azul de cielo, todo luz, de Lisboa?
       Están hechas esas ojivas para recortar­se en tapiz azul de su cielo. Es el templo hecho para llenarlo de cielo; para que sus arcos sostengan la bóveda azul. Su silueta romántica entre todo el esplendor moder­no que la rodea es tan única, tan origi­nal, que debiera formar parte del escudo de Lisboa como la Torre de Belem.
       A veces he subido en el ascensor que des­de la Rua de Santa Justa monta al Largo do Carmo para pasar bajo el arbotante que abraza toda la calle y ver la portada me­dio enterrada en el suelo. Me interesa más la ruina que el museo que encierra la parte restaurada y que guarda la estatua de Nu­ño Álvarez, el cual fundó hace siete siglos esta iglesia, perfeccionada en su destruc­ción.
       Pero nuestro paseo en esta tarde de oro ha sido por el otro extremo. Este adjetivo de oro hay que repetirlo para dar la sensación de lo que es esta luz de Lisboa. Hay luz azul, luz gris, luz fría, luz roja; un matiz que sirve de nota central y que subordina toda el alma del paisaje; la luz esta es do­rada, cae cernida, tamizada y como espe­sa sobre la ciudad; da una alegría seria, dulce, melancólica; una satisfacción de re­poso y de bienaventuranza.
       También debe dar fuerza. Yo no me hu­biera creído nunca capaz de subir y bajar tantas cuestas y escaleras y de deambular tanto por las calles al acaso.
       Forman dos barrios de gente maleante y de gente pobre; de vicio sórdido y de mi­seria. Dos barrios de amor y de vino, muy peligrosos para recorrerlos de noche.
       De día son admirables. Me he creído transportada a muchos centenares de le­guas de Lisboa. Eran los vicos de Génova, con sus paredones altos, su pasadizo tan angosto que hay que caminar de medio lado, y los toldos de ropa tendidas a guisa de guirnalda de colores, en una verbena de harapos que destilan su agua mugrienta sobre el transeúnte. Todo en cuestas y es­caleras, en arcos obscuros que entran en calles sombrías. Una de estas, larga y es­trecha, presenta la anomalía de que las ca­sas se han apoyado las de una acera en las de otra y han unido sus tejados dejando el paso entre los muros y conservándose así de pie, apuntalándose, a pesar de los años y de su vetustez.
       Y de pronto, en esas calles miserables se ve la portada de un palacio antiguo; en una esquina luce un escudo nobiliario, co­mo el de la sabia marquesa de Alorna; so­bre una puertecilla está grabado un bla­són...; y todas estas cosas que en su medio natural miramos con indiferencia o con desdén, aquí nos impresionan quizás por­que nos asusta que estas cosas, de materia más resistente, pasen también y nos ame­drenta el que no exista nada que pueda perpetuar una memoria.


       Las gentes estaban todas en las calles, en las ventanas y en las puertas. Gentes de la Margelina de Nápoles o de Santa Lu­cía; morenas, vivaces, lánguidas, algo des­galichadas, indolentes; poco cuidadosas del peinado y la ropa; de cabellos negros, de ojos negros, de alegría árabe, a estallidos; y de melancolías contemplativas ante el espectáculo de su naturaleza.
       Hemos admirado al pasar la magnífica portada de la Concepción vieja en estilo manuelino, recargada y ostentosa; y esa Casa de los Bicos (Picos) que presenta la originalidad de estar talladas en facetas todas las piedras de la portada, como si estuviera formada la pared por enormes clavos pétreos y que nos ha recordado, patentizando más la fraternidad ibera, la «Casa de los Picos», de Segovia, tan carac­terística como esta, tan original, de tan ruda y tan noble fachada.
       Una multitud de casas antiguas, inte­resantes, con reminiscencias de arquitec­tura flamenca y normanda. Unas casas primitivas llenas de encanto. ¡Cuántas be­llezas que los turistas que no saben ver en lo pequeño, no podrán encontrar! He ha­llado una fuente de riqueza para amar más a Lisboa; ha sido como una revelación, como si me hubieran abierto un libro por la página escrita en español.
       Y hemos ido a parar al campo de Santa Clara, por cuyos alrededores se extiende la feria de ladra (feria de la ladrona) que es lo mismo que nuestro Rastro. Estos mercados son como una especie de verte­dero adonde desaguan las alcantarillas de todas las miserias y donde, por un fenómeno de flujo y reflujo, todas las miserias se alimentan.
       Vienen aquí todos los detritus de todas las casas que se deshacen, de todos los mi­serables que se arruinan, de todo lo que las gentes ricas y acomodadas desechan y todo lo que se roba y todo lo que se pier­de. Están mezclados objetos preciosos y objetos miserables; a veces una cosa ori­ginal o una antigüedad preciosa tientan la codicia. Así se ve acudir la turba de anti­cuarios, de amadores, de aficionados, que revuelven la basura, lo mismo que las mu­jeres codiciosas que buscan gangas y que los burgueses que desean hallar objetos restaurados, cuya procedencia cuidaran de ocultar.
       Conocido el Rastro, esto no puede sor­prendernos. Es su hermano; pero es un her­mano más limpio y alegre; se extiende al lado de una plaza con jardín, bajo una her­mosa calle, cerca de una iglesia siempre en obra, que ahora es oficina militar, y que ya no se acabará; haciendo así buena la expre­sión popular «Obras de Santa Engracia» para dar idea de lo que no se acaba jamás.
       A todo alrededor hay tiendas de todos estos objetos diversos que se revuelven y se mezclan; en medio de la calle están ten­didos en el suelo ropas, calzados, platos y muebles. Hay mesillas con cerámica y puertas de clavos llenos de orín, cerraduras mohosas y hierros oxidados. En el centro, un gran barracón de madera cobija las cosas más delicadas; las sedas, los muebles suntuosos. Está allí el estrado que hubo en el palacio del duque de Saldaña la noche de su último baile. El también ha de tomar parte en esta especie de danza de la muer­te que danzan todos los objetos.
       Al fondo, el río surcado por multitud de barcas, pone nota alegre contra la tris­teza que hace a estos objetos tan lamen­tables y tan enternecedores.
       Al salir de aquí hemos sentido la tenta­ción de entrar a ver el cercano claustro del antiguo convento de San Vicente de Fuera, que recuerda la dominación de la Casa de Austria, y la antigua iglesia donde están enterrados los patriarcas de Lisboa.
       El claustro no tiene más novedad que la extraordinaria profusión de azulejos an­tiguos, que tanto abundan en Lisboa y que son de extraordinario mérito. El azu­lejo tiene grato hasta el nombre; el azul es el color más ardiente, el primero, el más puro, el de más luz y de más poesía. Si la bondad y el amor tuviesen colores, serían azules. Por eso se concibe el azul como el signo de la felicidad suprema.
       Con esta sensación azul y oro se ha abierto para nosotros la puerta del pan­teón de Reyes, que está en este mismo claustro. Es el panteón de la Casa de Braganza; están en él desde Juan IV hasta D. Carlos.
       Hemos pasado por una puerta que re­china sobre los goznes a una estancia grande, desnuda, con olor a humedad y muerte.
       En las paredes había dos lápidas marcan­do las sepulturas de dos nobles, que dan como la guardia de honor en aquella an­tesala del panteón de Reyes.
       Yo esperaba encontrar mármoles, tum­bas, túmulos y mausoleos como en Weiminster, El Escorial y San Denis. Me he quedado sorprendida en presencia de ataú­des y catafalcos. En el centro de la estan­cia, un túmulo negro, grande, enorme, cu­bierto de terciopelo, en el que reposa el rey D. Carlos; colgadas a su lado están las coronas, una de las cuales lleva en las cin­tas negras expresiones de dolor: «A nues­tro primo. Alfonso, Victoria», y la firma de los reyes de España.
       Y todo alrededor, las cajas negras, ga­loneadas, asustadoras, repugnantes; no es un cementerio como estamos acostumbra­dos a ver; es un almacén de muertos, de ca­jas en continua profanación. El guardián lleva una pequeña escalera y nos hace su­bir, a pesar de nuestra resistencia, a ver a los muertos, que no están descompuestos y satisfacen la curiosidad del público, que los ve como muchos devotos van a ver los santos incorruptos que se exhiben en las iglesias algunos días del año.
       Dentro de una caja de madera clara yace doña Luisa de Guzmán, la española que «prefirió ser reina un día a duquesa toda la vida», e incitó a la rebelión y a la inde­pendencia a este país.
       Don Pedro, el buen Emperador del Bra­sil, que dejó la corona para salvar la cabe­za, está descubierto hasta medio cuerpo y su rostro y su barba tienen como un mus­go verdoso que lo cubre... El príncipe he­redero está tal como debía estar cuando dormía descuidado en su lecho. Tiene un aspecto bondadoso, muy infantil.
       A D. Carlos no puede vérsele, por el es­tado de putrefacción; yo tengo de él una imagen exacta, más que por su historia por las pinturas de Sintra, la prueba más viva que he visto de él; aquellas pinturas de mujeres pomposas, mostrando los es-corzos groseros e innobles, pinturas más propias de un cabaret reservado que de un palacio real. Estos cadáveres insepultos dan sensación de horror y asco. Las coro­nas que rodean toda la habitación produ­cen el efecto de estar en una prendería de viejo. Esas sedas y esos terciopelos de las cintas, nuevos, que no han servido de nada parece que están sucios, manoseados por el muerto; los miramos con miedo y un contagio de muerte. Esto, más que panteón es hospital, sala de disección. ¡Qué sé 3^0! Tengo prisa de irme, y me siento muy con­tenta de observar que no hay moscas... Esta exhibición repugnante no constitu­ye una falta de la República. Estaba así determinado desde antiguo por la Monar­quía; era ya tradicional; y un sensato re­publicano a quien le hago observar lo raro del espectáculo, me dice:
       —¡Oh! ¿qué dirían de nosotros si nos atreviésemos a enterrar bajo tierra estos cadáveres? Dirían que ni muertos los dejábamos en paz.
       Tiene razón: para algunos sería como un regicidio, como una nueva muerte el en­terrarlos: los reyes muertos parecen más inatacables que los reyes vivos.
       Vamos hasta Santa María do Monte. Ne­cesito subir hasta esa altura de más de cien metros, esa plaza de aldea, donde se abre la pequeña ermita; con sus árboles achapa­rrados y copudos, y asomarme a la baran­da que se abre como un balcón a una terraza sobre la población.
       Veo a Lisboa, tan bella, tan apacible, tan llena de vida y de alegría que me hace olvidar el espectáculo macabro que acabo de contemplar. Mis pulmones, oprimidos por la humedad pegajosa de la Casa de Braganza, respiran con plenitud; respiran el aire y la luz; la luz de esta tarde que tiene tonos de manzana madura.

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