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sábado, 24 de agosto de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


Las grandes plazas



       Hay plazas que forman el núcleo de la ciudad y que cuando recordamos el viaje en su conjunto se aparecen como si fuesen el punto puesto en movimiento para en­gendrar a su alrededor todos esos edifi­cios, calles y jardines.
       Es algo de nidal de la ciudad la gran plaza; se incuba en ella. En un principio las ciudades asentadas en lugares tan defini­tivos no debieron tener más que una gran plaza, así como otras se van extendiendo con una Calle real a las orillas de un cami­no, y no logran sugerir idea de estabilidad, sino de tránsito, de fonda de estación.
       En cada ciudad impresiona una plaza, a veces no la más grande ni la más concu­rrida, sino la más llena de su espíritu y de su vida.
       En Roma es la grandiosa plaza de San Pedro, en cuyo solar podría alzarse un pue­blo entero, con su doble columnata, sus fuentes monumentales, y las fachadas de la Basílica y el Vaticano. Es la plaza que nos sugiere la visión de la grandeza roma­na, de sus leyendas de enmascarados esbi­rros deslizándose detrás de las columna­tas, de todos aquellos crímenes audaces y bárbaros cuyo secreto guardó el cercano Tíber.
       En Venecia es la plaza de San Marcos, plaza-salón, que es como el patio de ve­cindad de la ciudad toda, tan regular, tan proporcionada, tan enjoyada por su cam­panil y las cúpulas bizantinas de la Igle­sia y enlazada a la Piazetta, que es como un balcón más del calado palacio de los Dux, abierto sobre las lagunas.
       En París es la plaza de la Bastilla, tea­tro de todas las luchas y todas las manifes­taciones, que rivaliza por su historia con la soberbia plaza de la Concordia y con la poética y silenciosa plaza de los Vosgos —la que hiere más el sentimiento—; aun­que sabemos que la antigua Lutecia nació en la Isla de Francia y que las torres de Notre Dame cubren su primitivo solar.
       Las grandes plazas de Bélgica que con­servaban su sabor de Edad Media son in­olvidables y ahora se hacen más queridas en el recuerdo, como casas solariegas de las cuales despojan brutalmente esos usu­reros, dueños de hipotecas fatales, que arrojan a los descendientes de familias no­bles de sus moradas.
       Aquella plaza de Brujas, grande como un campo, en contraste con la estrechez de sus calles revueltas y románticas; aque­lla plaza de Bruselas, con sus casas a pi­ñón, sus fachadas doradas y el alto Hotel de Ville, desde donde sonaba el carillón como campana de su religión cívica... Las plazas de Amberes y de Malinas... y tantas otras.
       Impresiona siempre el recuerdo de una plaza en una ciudad, y no por grande se­guramente. En Londres, más que la ma­ravillosa de Trafalgar o la incomparable de Westminster, impresionan Trinity Square y Tower Hill, ante la Torre siniestra, con su musgo negruzco, nacido de la san­gre, cerca de las grises aguas del Támesis que las envuelve en sus nieblas.
       En España ningún lugar me ha dado im­presión más exacta del alma de Castilla que la plaza de Alcalá de Henares, tan gran­de, tan pueblerina, tan irregular, mien­tras en un día de sol esperaba ver salir de su reloj los moros que golpean la campa­na; y la placita del Ochavo de Valladolid, que más que plaza parece rinconada, entre cuyos viejos soportales se enseñan aún la cadena y la argolla por donde pasó la cuerda de que pendió el Condestable Don Álvaro de Luna.
       En Madrid hay una de las plazas más en­cantadoras de Europa: la Plaza Mayor. Es una plaza antigua que no es anticuada ni vieja. Tiene una armonía dé proporciones que le hacen lucir con independencia del jardín central y de la estatua. Sus soporta­les con faroles entre los pilares cuadrados, le dan ese sabor propio de las ciudades ita­lianas; y remedan la Rué de Rivoli. Hay una igualdad, una simetría en todos los cuatro lados que gallardamente, sin ex­ceso, rompe la altura de la torre del reloj. Todas las bocacalles son discretas y con­servan sabor de antigüedad, preparando de antemano el ánimo para desembocar en ella. Vista de noche parece que hay, o debe haber continuamente, luna para llenarla, porque el tapiz del cielo tiene siempre im­portancia en ella. Es la plaza núcleo de la Península toda, y a ella están unidos los recuerdos de aquellas justas famosas de los romances moriscos, en que tomó parte el adolescente Rodrigo de Vivar; los tor­neos en que luce su divisa el romántico y atrevido conde de Villamediana; en ella se encienden las hogueras de los más treme­bundos autos de Fe. Grandeza, romanticis­mo, poesía, dolor, todos los sentimientos más vivos del alma española están repre­sentados allí. Tal vez por eso hay ahora el grupo de los Caballeros de Pombo que se lla­man a sí mismos «Amigos de la Plaza Ma­yor», y en sus paseos nocturnos y solita­rios por ella afirman su españolismo y su certeza.
       Busco en Lisboa esa gran plaza repre­sentativa, y hallo que Lisboa tiene la Pla­za del Rocío (de D. Pedro IV), tan bella con ese mosaico típico de piedrecitas y esa animación brillante que la asemeja a la Puerta del Sol, con el ir y venir de tranvías y de gente; la «Plaza del Comercio» (Terreiro do Paço) una de las más suntuosas de Europa que se abre sobre el Tajo, el cual forma un gran puerto frente a ella. En tres de sus lados están casi todos los Ministerios, el Correo y la mayor parte de las dependen­cias del Estado. El otro lado parece que cayó en el río, que se derrumbó para que luciera su belleza toda la ciudad, y toda la plaza es como un inmenso malecón, un vas­to campo que se abre frente a Lisboa y que precede a la entrada por el gran arco cen­tral que parte el lado de en medio. Es el arco de triunfo que abre la puerta de la ciudad nueva, coronado por la fama y mos­trando orgulloso las estatuas de Vasco de Gama, el gran navegante; Nuño Álvarez, el Gran Condestable; Viriato y el marqués de Pombal.


       Viriato es para la historia un héroe es­pañol, y parece pregonar allí la fraternidad de la raza. En cuanto al Marqués, ha ganado su puesto por hacer salir de los es­combros y de la ceniza de la vieja Lisboa destruida completamente por el fuego, el agua y los terremotos, esta ciudad nueva, elegante, espiritual, sonriente, que crece y se engrandece como un árbol vivo plan­tado en tierra fecunda, que agradece el riego y se extiende en ramas y en flores.
       La estatua ecuestre de Don José I, a pesar de sus grandes proporciones, está como empequeñecida y perdida en medio del arenal de la plaza. Recuerda a la Plaza Mayor en los soportales y en la simetría de todas las construcciones que la rodean. Se ve que los edificios se alzaron contando con la plaza, y que ésta no resultó de una aglomeración o ensanchamiento casual. Está bien entendido no haber hecho jar­dines en ella; le bastan los árboles que la rodean; debe tener esa especie de desnudez grandiosa que se aviene con su carácter. Fué en esta plaza donde tuvo lugar la sangrienta tragedia en que murieron el rey D. Carlos y el príncipe heredero.
       Es en el ángulo que conduce a la cerca­na Plaza Largo do Municipio donde se realizó este hecho histórico, precursor del cambio que había de operarse en Portugal.
       La plaza más grandiosa es sin duda, esta del Comercio, pero el Largo do Municipio es la que a mí me impresiona más, la que siguiendo mi teoría veo yo como la plaza-madre; solar de Lisboa y punto más inte­resante de la Lisboa moderna.
       Esta plaza está coronada a la derecha por casas, iglesias, palacios y jardines, que se alzan sobre la colina que la domina es­calonándose gallardos hasta su cima. Hay multitud de estas perspectivas que recuer­dan la vista que ofrece Génova desde el puerto. A la izquierda está la pared des­nuda del Arsenal; pared venerable, agu­jereada por las balas en las recientes lu­chas, y que parece dar a los sucesos cer­canos una pátina de histórica antigüedad. La fachada de en medio la forma la Cáma­ra Municipal. Es este edificio el que me impresiona. No veo de él su arquitectura, no veo su lujo, no me fijo en su belleza. Hay un balcón de mármol en el centro, un balcón al que yo me asomé un día temblo­rosa y como avergonzada de pisarlo sin quitarme las sandalias, como las creyen­tes en las Mezquitas o en la Escala Santa. Desde este balcón se proclamó la Repú­blica. ¿Qué emoción sentiría el pueblo re­unido, triunfante, libre? Sólo de pensarlo experimento un alivio espiritual, como si me quitasen el peso de una cadena. Para mayor contraste, en medio de esta plaza donde se proclamó la libertad está el pelourinho (picota) característico de todas las plazas portuguesas donde se verificaban las ejecuciones, especialmente de los no­bles, de donde le viene el remoquete de Horca de los hidalgos.
       Tal vez los mismos actores de esta obra admirable no acertaron a comprender mi emoción. Ellos son los felices poseedores de la esposa deseada; y no recuerdan todo el anhelo, todo el ardor secreto del enamo­rado sin esperanza. Para mí, la gran pla­za de Lisboa es el Largo do Municipio.


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