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sábado, 3 de agosto de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal





Los castillos de Sintra



       Sintra deja en el alma de los que una vez la visitan una impresión inolvidable, cuya saudade debe acompañarlos siempre, por­que Sintra es de esos lugares idealmente fantásticos con los que hemos soñado al­guna vez ante un paisaje de Van-der-Neer o ante una descripción virgiliana. Es algo que supera a toda realidad; un esfuerzo de la Naturaleza que quisiera sobrepa­sarse y superarse a sí misma. Aun des­pués de conocer los paisajes más bellos de la tierra, Sintra sorprende con su gran­diosidad. Richard Strauss confesaba que, aun habiendo viajado por Italia, Sicilia, Grecia y Egipto, no había visto nada com­parable a Sintra, y creía reconocer en su parque el verdadero jardín de Klingsor, coronado por el castillo del Santo Grial, en la cima de la montaña de la Luna, nom­bre primitivo de Cintra, Cynthia (Sintra ahora en la ortografía reformada), donde la diosa Diana tuvo templo en la anti­güedad.
       La luna preside en Sintra; es el suyo un paisaje lunar por su placidez, por su cal­ma, por su melancolía, por su dulzura. Tiene, a pesar de su exuberancia, sosiego y suavidad de luna; en ese bosque magní­fico que se anuncia desde que se sale de Lisboa, el sol penetra con dulzura, con delicadeza, y parece en su silencio estar poblado de esa armonía que en las noches llenas de misterio se confunde con el si­lencio mismo. Sintra es lugar de paz y de reposo.
       Se ve bien la predilección que todos los que la conocieron han sentido por Sintra. Aquí hay ruinas de ciudades primitivas y de templos romanos. El edificio más an­tiguo que se conserva, el Castillo de los Moros, sobre uno de los picos del monte, puede formar una decoración de leyenda oriental, destacándose con sus viejos to­rreones ruinosos y sus almenas de piedra del fondo azul del cielo en aquella inmensa llanura, que se extiende hasta la orilla del Atlántico, velada por tenues celajes de gasa, los cuales le dan mayor idealidad y contribuyen a esa nota pacífica, tenue, mística, que se respira en todo el paisaje.
       Todos los alrededores y el encantado pueblecillo de Sintra están como cobija­dos en el regazo del monte. Villas, hote­les, quintas y palacios se vislumbran en­tre las frondas. En una de ellas habitó Lord Byrón, ese amador de los bellos pai­sajes que cantó los mármoles de Venecia, el encanto de Pisa y la grandeza de Sin­tra, «el glorioso Edén», como la ha lla­mado en su Child´Harolds. Los jardines de Sintra son realmente asombrosos; es bosque y jardín toda ella. No hay vege­tación más espléndida en toda Europa, ni más exótica, ni más tropical. La arauca­ria del Brasil, los eucaliptus y los leucodendros forman bosquecillos féricos entre los altos pinos, que se pierden en el aire de un modo que recuerda el bosque de nuestra Alhambra. Las fusias, las hor­tensias y los heliotropos mezclan sus flo­res con los jazmineros y los rosales; por todas partes hay lagos, estanques y co­rrientes de agua que cantan su canción cristalina y mimosa. Estos bosques nece­sitan los castillos como un coronamiento.
       El más alto es el castillo de la Pena. Su nombre parece profético cuando, reco­rriendo los salones, vemos las estancias de los fugitivos reyes D. Manuel y doña Amelia, tal como las dejaron cuando el 5 de Octubre de 1910 se proclamó la Re­pública en Portugal. Están allí las camas deshechas, la mesa de lectura con el pe­riódico abierto, todo mudo y abando­nado en la huida.
       Solo el castillo parece inmutable en su grandeza sobre su solio de rocas. Da la im­presión de una ciudadela compuesta de numerosos edificios agrupados, de distin­tos estilos, en un conjunto armónico y pintoresco.


       Este soberbio castillo está construido sobre los cimientos de un convento de Jerónimos, que eligieron ese apartado lu­gar de retiro para enviar al cielo sus ple­garias. Desde ese pobre monasterio de madera divisó el rey Manuel I los galeones que volvían de las Indias después de abrir al mundo las puertas del Oriente, y en su memoria construyó el edificio en piedra, donde más tarde, extinguida la Orden monacal, Fernando II hizo el nido de sus amores con la condesa Eldda, su esposa morganática.
       En la fachada principal lucen hermosas muestras de la influencia que el descubri­miento de la India ejerció sobre la arquitectura portuguesa. Bajo este influjo nació el estilo Manuelino, que es un gó­tico portugués, un gótico del último pe­ríodo, que se modifica con las tendencias del Renacimiento y transforma la curva ojival en el arco de vuelta entera. Pero lo que lo caracteriza en Portugal es la decoración, en la que entran manifestaciones de la fauna y de la flora marítima y de algunos ídolos y plantas índicos, a los que los descubrimientos portugueses pusieron en evidencia: La cuerda, la esfera armilar y la Cruz de Cristo son símbolos que se repiten continuamente.
       Este estilo manuelino puede decirse que es el último adiós del arte de la tradición ojival. No es un estilo que deba confundir­se con el plateresco, al que se asemeja por la prodigalidad de la ornamentación. Así como el manuelino es la última fase del gótico, el plateresco hay quien lo considera como la primera fase del Renacimiento.
       Pero el castillo más histórico de Sintra es el Palacio Real (hoy palacio Nacional) que sirvió últimamente de morada a la reina doña María Pía, cuya memoria es grata a los republicanos portugueses.
       Este palacio ofrece una irregularidad elegante en su arquitectura, con sus altas chimeneas cónicas, como enormes panes de azúcar, y sus ventanas árabes. Ejer­ce, además, la sugestión de su historia, que hace pasar ante nuestros ojos la vida patriarcal y galante de los antiguos sobe­ranos de Portugal. Tal vez allí antes de que Juan I fijase en él su residencia, tu­vieron los moros una Alhambra; parece revelarlo la disposición irregular del inte­rior y el número de terrazas, parques y jardines. Una de las estancias, el baño árabe, recuerda los refinamientos musul­manes y las estancias del Generalife. Este palacio ha sido morada veraniega de todos los reyes portugueses, entre los que se in­cluyen los tres Felipes de la Casa de Aus­tria, que fueron a la vez reyes de España. El último de ellos debió llorar, al perder Sintra, como los árabes lloraron a Gra­nada; tal vez por eso D. Manuel tiene en mi sentimiento una semejanza con Boabdil. Debe haber en el alma de los monar­cas destronados algo del dolor del pueblo judío cuando perdió su Jerusalén.
       Hay en este palacio dos estancias que conmueven: la sala de Audiencia, peque­ño patio medio descubierto, y la sala que sirvió de prisión a Alfonso VI. En la pri­mera celebró su último Consejo el céle­bre D. Sebastián, y en él se decidió la expedición a África, que costó la vida al monarca y la independencia a la nación. En la segunda, desnuda y desmantelada, guardan señales las baldosas de los pasos del rey, que durante diez y seis años no salió de esta estancia y trataba de divisar la finca de su antiguo favorito. ¡Diez y seis años de martirio frente a ese panora­ma que invita a la vida, debían librar de la execración de la historia a ese rey cuyo virtuoso hermano le usurpó el reino, la es­posa y la libertad!
       La decoración de los salones del pala­cio es verdaderamente notable. La sala de los Cisnes, cuyo techo está todo deco­rado de cisnes que llevan la corona como collar; la de los Ciervos, en la que lucen los escudos de todas las antiguas casas no­bles, y la de las Maricas, recubierta toda ella, techo y paredes, de esos pájaros. To­dos tienen su tradición. Los cisnes están pintados sirviendo de modelo una pareja que amaba mucho la princesa, porque le fueron regalados por su prometido. Las Maricas, cada una de las cuales lleva en el pico una rosa y la divisa portuguesa «Por bien», tienen una leyenda parecida a la Orden de la Jarretierra. Fue mandada poner por Juan I para justificar la pura intención con que dio un beso y una rosa a una dama de la corte, en el momento en que, avisada su augusta esposa D.ª Fe­lipa de Lancaster por una dama parlera como una marica, acudía a sorprenderlo. ¡Oh, la pureza de la intención!
       Las grandes cocinas, todas chimenea, porque los enormes conos se elevan desde los cimientos, recubiertas de azulejos, son únicas en el mundo.
       La parte habitada por D.ª María Pía tiene aún vida; no está inmovilizada como quedan todas las moradas desiertas.
       Se conservan las habitaciones de doña María Pía. En todos los palacios reales que he visitado en diversos países, el lujo no corre parejas con la elegancia. Hay co­sas magníficas, pero sin espíritu; como si los reyes no tuviesen intimidad. Es todo vulgar en su riqueza y su ostentación. Tal vez me ha sido siempre tan simpática la figura de María Antonieta, porque supo hacerse unas habitaciones tan pequeñas entre los salones suntuosos de Versailles, como si quisiera huir y escaparse a su des­tino de reina para gozar su vida de mu­jer. Para los pueblos es crimen en las rei­nas ser mujeres.
       María Pía es mujer, muy mujer; pero es ante todo reina. Fialho de Almeida la ha retratado magistralmente en su descripción del entierro del rey D. Luis, cru­zando con la triste comitiva de noche, a la luz de los hachones, los desiertos cam­pos de Portugal y los pueblecillos cuyos moradores salen curiosos de sus casas para ver el cadáver de un monarca y el dolor de una soberana.
       María Pía no deja ver su dolor; va es­condida en el fondo de su carroza. Ella, que ha sostenido más de una vez el bam­boleante trono y ha dado a los hombres ejemplo de energía, halla aún fuerzas para hacer su entrada en los Jerónimos de Lis­boa con la dignidad teatral y el gesto al­tivo que la ocasión requiere. Está escul­pida en mármol la figura de D.ª María Pía con la fuerza de una figura histórica, en la obra de Fialho; impresionante y sugeridora como una heroína de Shakespeare.
       El pueblo amó a D.ª Pía por su realeza intrínseca, por su abolengo. Era una hija de Víctor Manuel, y nunca predominó el clero cerca de ella. Muy soberana ante el público, era muy mujer en su intimidad.
       Aunque los palacios rara vez revelan un carácter, hay algo aquí de la esposa de D. Luis I. Los grandes arcones de ropa, el tocador cargado de frasquitos, los apara­dores llenos de cerámica de la más esco­gida y de cristalería de Bohemia y de Venecia. Su gusto por los encajes y la gran profusión de espejos, espejos por todas partes, espejos colocados en el suelo, como no los hay en los otros palacios.
       Está allí su rueca. Una rueca de madera, preciosa, una rueca de teatro, una rueca que se despega de todo el fondo del pala­cio; porque la rueca es el signo por exce­lencia de la modestia, de la laboriosidad, de la mujer que trabaja y se oculta. La rueca aquí es como algo decorativo, fue­ra de la realidad, pero que atrae la simpa­tía y parece convertir a la reina en una de esas mujeres sencillas y buenas que no tienen más cuidado que el cuidado del ho­gar. En realidad, aquí la rueca es como un blasón más de la Casa de Saboya, cu­yas princesas, según reza la leyenda, saben todas hilar la lana, y cada una lleva con­sigo su rueca, como una ejecutoria más de lo humano y lo recio de su estirpe.
       Pero lo más interesante ahora son las obras de reconstrucción que el Gobierno de la República está llevando a cabo para aislar el palacio de las construcciones vul­gares que lo rodean.
       Últimamente se ha procedido a inda­gaciones para restaurar algunas partes del palacio, y merced a la dirección de D. Ro­sendo Carvaliera, continuador de las glo­rias de los grandes arquitectos portugue­ses, entusiasta y artista, se ha descubierto dos interesantes ventanas del gótico flo­rido, pertenecientes a la escuela de Batalha, que estaban ocultas detrás del vul­gar altar de la capilla. Del mismo modo se ha descubierto un precioso fresco de pa­lomas del siglo XV, que rima con el estilo general del edificio.
       Toda la montaña continúa sembrada de palacios y castillos. Monsarrat, sobre el solar de una antigua ermita, es un pala­cio construido por un hugonote francés, tiene algo de bizantino y presta mayor encanto al conjunto de los otros palacios y quintas como Los Pizoes, que fue del duque de Aveiro, donde se tramaron los atentados a la vida de José I; la Quinta del «Reloj», émula de los esplendores de Monte Cristo; Penha-Verde, morada de los virreyes de la India; Ramalhao, donde perduran los recuerdos de la corte escan­dalosa de Carlota Joaquina; la Quinta de Saldaña, con sus estatuas de la Fe, solaz de leyendas, y tantos otros monumentos magníficos, palacios, iglesias y monaste­rios, como el Convento de Capuchinos, donde D. Sebastián oyó recitar a Camoens. El mayor encanto está en las almenas y murallas derruidas y románticas de la Al­cazaba morisca, que domina el paisaje maravilloso.
       No se puede dejar Sintra sin consagrar un recuerdo a Latino Coelho, uno de los mayores estilistas portugueses, su Caste-lar, enamorado del ideal republicano y patriarca que hoy sirve de ejemplo de hom­bres inteligentes y honrados.
       Para mí, Latino Coelho es un amigo; se aparece en mi recuerdo de un modo querido y familiar. El artista insigne fué el íntimo amigo de mi padre. En mi hogar de Almería, que por ser Consulado de Por­tugal acariciaba con su sombra la bandera blanca y azul, yo oía a mi padre, Cónsul de Portugal, evocar la figura de este hom­bre, abuelo aristocrático de la República, siempre vestido de negro, correcto siem­pre, esquivando la admiración de las gentes, que se descubrían a su paso con ca­riño y respeto.
       Yo conocía su figura menuda y delicada, con un mechón de cabellos cayendo sobre la oreja, y conocía el espíritu del admirable autor de La introducción al Discurso de la Corona, creador de las belle­zas del idioma portugués.
       Latino Coelho era algo perezoso, pero muy trasnochador; gustaba de pasear de noche y escribía sentado en la cama sus admirables trabajos. Gran admirador de la actriz Emilia das Neves, escribió para ella la tragedia El gladiador de Rávena.
       En política, Latino Coelho era partida­rio de la unión Ibérica bajo el régimen de una federación republicana. Este hombre insigne era a la vez sencillo e impulsivo como una criatura; se asustaba, hasta lle­gar al pánico, de ver un gato negro o una cucaracha, porque creía que le llevaban la mala suerte.
       Sintra rinde estos días un homenaje a Latino Coelho, y esto me hace, por un fe­nómeno que no analizo, hallarme menos extranjera aun, como si la sombra pro­tectora de este amigo de mi padre hiciese este lugar para mí algo así como esas vie­jas moradas señoriales que se abren para recibir a los huéspedes, los cuales se sien­ten como en su propia casa.
       En el recuerdo es aún más bella, más profunda, más con movedora la emoción de Sintra.
       Después de conocer Sintra pensamos en decir: «Alma, hagamos aquí nuestra morada», y resta como un anhelo de pa­sar dentro de su perpetua primavera to­dos los veranos y todos los inviernos de nuestra vida.

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