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sábado, 25 de julio de 2015

Tere Susmozas



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TERRESTRE OCÉANO



         Ángel Zapata califica, los relatos de Tere Susmozas (Madrid, 1974), como un vibrante y arriesgado acto poético que crea, en cada caso, su propio plano de consistencia. Y es así como habrá que leer, y además, degustar el conjunto que conforma, Terrestre Océano (2015), creo que la primera incursión en la difícil y especulativa concepción de un posible acercamiento al cuento y de sus innumerables posibilidades, porque como ocurre tras leer estos relatos, muchos de ellos sorprenden porque forman parte de un neo-simbolismo, o esa estética que se acerca mucho a un concepto de literatura tan alegórica como mítica que ya se había ensayado en la España de los 70 y 80 y que planteaba, narrativamente hablando, un asunto o desarrollo fantástico que en momentos concretos se superponía a un contenido general o, incluso interfería en el desarrollo de otras acciones paralelas, y aunque por entonces este concepto se aplicó a la novela, planteaba una estructura similar a los cuentos tradicionales, personajes en busca de objetos maravillosos, y una vez encontrados sometidos a una dura tarea o lucha.
        Zapata hace referencia en su nota preliminar a dos cuentistas contemporáneos que, de alguna manera, han impregnado su obra breve de un concepto de lo fantástico, Ángel Olgoso y Manuel Moyano porque, según el primero, lo fantástico permite innumerables formas de acercamiento al reverso, al envés de lo verdadero, a un mundo infinito de posibilidades; es, al mismo tiempo, un mundo que se enfrenta al real, y cuando lo hace produce una enorme colisión o un simple contraste, pero de ese choque se desprende una lluvia de chispas que ilumina las pobres vidas de unos no menos atormentados personajes; y es así como pueden verse algunas de las historia de Susmozas, sin duda, una literatura fruto de una exigente imaginación, de la torsión de lo real, con un obsesivo gusto por los contenidos expectantes y vertiginosos, tan insólitos como perturbadores. Y, aun debemos añadir, que el relato fantástico le permite escapar a la narradora de lo consabido y de lo plano, y de un repertorio tan limitado como pueda resultar la literatura realista; la suya, por consiguiente, se convierte en una bruma inquietante y magnética de lo inaudito, una visión maravillosa, esa que flota sobre las delgadas fronteras que separan lo concreto y lo abstracto, sometiendo en numerosas de sus historias lo fantástico a una intromisión violenta, insólita de un suceso extremo en el mundo real, hasta el punto de que al lector nos obliga a hacer verosímil lo inverosímil.
        La brevedad de algunos de sus textos, exige a Susmozas el valor intrínseco de una prosa ajustada, que tiende a justificar cada palabra en su sentido más literal, además le proporciona una cuidada vocación por otorgarle a los textos una dimensión más amplia, porque en buena parte la ensoñación con que vive la narradora su mundo reivindica su espacio tanto en la realidad como en la ficción, y se mueve entre lo visionario a través de ese método que le otorga la expresión más abstracta y conceptual; leamos, y disfrutemos de algunos relatos significativos, “La plenitud del cíclope”, un texto breve que habla de los márgenes en que nos movemos, entre esa percepción de la plenitud absoluta que buscamos a lo largo de nuestra vida, como estabilidad emocional, o felicidad absoluta, una quimera que no existe; o “Percepciones de lo ausente” y la eterna pregunta, ¿Hacia dónde voy?, conscientes de una realidad que nos envuelve y condiciona nuestra actitud ante los diferentes aspectos que debemos posicionarnos, porque “en la ciudad de los laberintos (…) sus habitantes se tapan los ojos (…)”, y, por otra parte, la angustia que al hombre actual le supone ir saltando de liana en liana en “Otros árboles”, y ese fondo de terror entre lo incierto y lo imprevisible.
        Terrestre océano, no es un libro fácil, reclama un lector exigente, capaz de volver a la página anterior cuando sea necesario, incluso a dejar de leer unos instantes para encontrar la respuesta a lo leído porque en muchos de estos textos, en los breves fundamentalmente, se vislumbra la madurez de la palabra, la culminación de un largo proceso de aprendizaje que ha encontrado su voz definitiva en esta colección de relatos que, entre otras muchas virtudes literarias, no deja indiferente a nadie.


    








TERRESTRE OCÉANO
Tere Susmozas
Madrid, Torremozas, 2015; 122 págs.

                              

viernes, 24 de julio de 2015

Vicente Blasco Ibáñez



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LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA

     Vicente Blasco Ibáñez (1867-1928) fue un viajero infatigable, unas veces lo hizo por necesidad y raramente por placer. Obligado por sus compromisos, tanto políticos como literarios, una controvertida personalidad le llevó a escribir sobre los aspectos convencionales y circunstanciales de ciudades y países o sobre arte, arquitectura, escultura, costumbres o leyendas. En la extensa bibliografía del autor valenciano este tipo de libros apenas si son mencionados. La fama de sus novelas eclipsaría los centenares de páginas dedicadas a otra de sus pasiones, en cierto modo, unas crónicas viajeras que al margen del interés literario aún pueden despertar otro paralelo, el informativo y esa serie de pistas que nos pueden aclarar algunas de las actitudes del escritor sobre las más variadas circunstancias de su personalidad. Países como Francia y ciudades como París o Italia, retratada en las crónicas, En el país del arte (Tres meses en Italia), con los detalles de sus visitas a Florencia, Roma, la musical Milán, Nápoles, la Florencia de las flores o las estampas espléndidas sobre la visión que le produce una carnavalesca Venecia; y, nuevos viajes, más literarios, como el dedicado a Oriente (1908), con un amplio repaso a la Europa Central, los Balcanes y una Turquía, entonces tan cosmopolita como occidental.
        Pero, indiscutiblemente, La vuelta al mundo de un novelista, puede hoy contarse entre  los mejores y más interesantes de los libros de viaje de Blasco Ibáñez, por la extensión de los países visitados, por la variedad de su contenido y la riqueza y el interés que despierta aún un texto pese a la abundancia de datos. Se publicó en tres volúmenes, los dos primeros en 1924 y el tercero nada más comenzar 1925. Divididos en tres libros, hoy se siguen publicando con el mismo formato, el primero dedicado a Estados Unidos, Cuba, Panamá, Hawai, Japón, Corea y Manchuria; el segundo a China, Macao, Hong-Kong, Filipinas, Java, Singapur, Birmania y Calcuta; y el tercero a la India, Ceilán, Sudán, Nubia y Egipto. Casi una vuelta al mundo porque Blasco se dejó en esta ocasión aquellas partes que había descrito en anteriores libros como América del Sur, Europa Central y África, continente que nunca despertó el interés del novelista, a excepción de Egipto que visitaría en esta ocasión. A diferencia de algunos de sus textos anteriores, parece que el autor preparó, con mucho cuidado, la materia de su viaje, no solo los objetivos, tan variados como sorprendentes, sino la experiencia que mediaba entre sus libros anteriores y estos. El entusiasmo con que Blasco planea su viaje responde, también, a esa voracidad lectora que siempre había sido característica en él, tenía pues a su favor los conocimientos adquiridos sobre historia, política, economía o cualquier otro aspecto social de los países visitados y así con esos amplios conocimientos su condición de periodista le facilitó aún más las cosas.
        Cuando uno lee estos tres volúmenes que se parecen tanto a ese tipo de encargos que se le hacen a escritores de cierto renombre, pero que no llegan a la profundidad del escritor valenciano, uno percibe que por encima de ese placer por viajar sobresalen dos conceptos: los conocimientos que ha ido adquiriendo en todo tipo de fuentes y su visión particular, su mirada crítica, los intereses humanos que despiertan en él, el tono personal que sabe infundir a estas páginas. Y, una vez metido de lleno en su lectura, no resulta una obra de erudición, sino un reportaje ameno, muy variado en su tratamiento, con anécdotas que se van sucediendo y emociones que al paso va sintiendo al autor. En un mundo de tecnología tan avanzada como el nuestro, donde desde nuestra casa podemos acceder a museos, ciudades, monumentos o cualquier aspecto que despierte nuestro interés, la lectura de estos tres volúmenes nos puede ofrecer esa larga lista de noticias de infinidad de asuntos que, de otra manera no percibiríamos. Otra de las características de este texto, es ese deseo de estudio que pareció provocarle el viaje a Blasco Ibáñez, esa necesidad de aprender porque el final del volumen tercero, el escritor afirma: «Lo que he aprendido es que debemos crearnos un alma nueva, y entonces, todo será fácil. Necesitamos matar el egoísmo; y así, la abnegación y la tolerancia, que ahora sólo conocen unos cuantos espíritus privilegiados, llegarán a ser virtudes comunes en todos los hombres». En esta obra Blasco se desdobla y su alter ego y él hablan sobre esa necesidad de realizar el viaje, además de otra serie de cuestiones como las molestias, los peligros, los inconvenientes, aunque el novelista desea comprobar si todo aquel caudal leído durante años acerca de ciudades y países, continentes y maravillas, es verdad, una verdad que se parece tanto a la suya. En realidad, esta sería otra forma de verlo, también era un novelista, un excelente narrador, y en esta obra ese acento, personal e intransferible, se mezcla con esa objetividad que le otorga a su relato o a su descripción de cuanto ve.  Sigue siendo ese escritor naturalista que deja entrever en estas páginas lo que le gusta o le desagrada, porque examina y describe con esa tranquila serenidad que otorga la enumeración de un inventario, de aquellas cosas que le emocionan: la luz, el color o los paisajes de una realidad vivida. Se trata, en suma, de una arriesgada vuelta al globo porque cualquier selección que hiciera el autor sobre sus anotaciones supondría desorientar al posible lector. La información es tan amplia y variada que la enumeración de las cosas que Blasco Ibáñez vio y visitó nos llevaría a una reseña mucho más amplia, aunque sirva de muestra el detalle con que describe el papel jugado por Panamá en el movimiento colonizador, la majestuosidad de la ciudad de Acapulco y su importancia comercial, hoy convertido sólo un destino turístico más, su paso por las costas norteamericanas, su visión de China o la mención que hace al Gran Hotel de Calcuta y su pintoresca servidumbre o la más hermosa descripción del Nilo calificado «de nácar bajo los fuegos lejanos de la aurora». 



                       LA VUELTA AL MUNDO DE UN NOVELISTA
                                   Vicente Blasco Ibáñez
                         Madrid, Alianza, 2007; 3 vols. ; 29´70 €
  

jueves, 23 de julio de 2015

Los olvidados…



FRANCISCO VILLAESPESA
(125 años del escritor almeriense)*



        El 15 de octubre de 2002 se cumplían 125 años del nacimiento, en Laujar de Andarax, Almería, de Francisco Villaespesa, quizá el más insigne escritor que han dado las letras almerienses. Su existencia, como la de tantos otros, su obra y su memoria, permanecen en ese olvido que sólo se justifica, de tarde en tarde, por la lectura de algunos de sus poemas, de algunos de sus dramas o, incluso, de algunos de sus cuentos modernistas.


      La vida del almeriense Francisco Villaespesa oscila entre la bohemia de finales del siglo XIX y el aristocratismo o la suntuosidad de una época que tocaba a su fin. Su familia de regio abolengo procedía de la provincia de Teruel y un antepasado suyo había sido Capitán de Caballería del Regimiento de la Costa, cuyo asentamiento estaba en Almuñécar, provincia de Granada. Desde el siglo XVIII la familia Villa Espesa, como suele ser nombrada en algunos archivos, fija su residencia en la Alpujarra Baja almeriense y a la población de Laujar se trasladaría uno de sus antepasados, lugar donde se asentaría, definitivamente, la familia del poeta y donde se casaría su padre con Doña Dolores Martín del Toro, una joven, también, de noble abolengo y dueña de una importante explotación minera en la Sierra de Gádor.


        Francisco Villaespesa nació el 15 de octubre de 1877 en Laujar de Andarax, Almería, aunque siempre se ha dado como fecha válida el 14, dato que nada importa para la proyección que tendría el poeta en el mundo literario de comienzos de siglo. Cursó los primeros estudios y el bachillerato en la capital almeriense, para trasladarse posteriormente a Granada a donde se matriculará en Derecho, carrera que no acabó. En el año 1897 viaja a Málaga donde se incorpora a la bohemia de Narciso Díaz de Escovar, Ricardo León y Salvador González Anaya. Estos tres poetas le animan a seguir con su vocación literaria y marcharse a Madrid, donde es invitado a frecuentar las tertulias y cafés que frecuentaban los autores del momento, Zamacois, Sawa, Catarinéu, Fernández Vaamonde, hombres de letras vinculados a la revista Germinal, que publicaría sus primeros poemas. El primer año de su estancia es positivo porque consigue dar a la imprenta su libro de poemas Intimidades (1898) y conoce a la que será su esposa, Elisa González Columbie. Volverá a Laujar en abril de ese mismo año y permanecerá allí retirado escribiendo y preparando sus siguientes obras, Luchas (1899), La musa enferma (1901) o El alto de los bohemios (1902); en la capital almeriense conoce y se relaciona con Antonio Ledesma y Francisco Aquino y colabora en la prensa local, La Crónica, La Provincia, El Ferrocarril. Antes de finalizar el año vuelve a Madrid. Una segunda etapa madrileña mucho más fructífera porque empezará a publicar en Revista Nueva y se relaciona ahora con Baroja, Azorín, Maeztu, Valle-Inclán, Benavente, Rueda, Nervo y el mismísimo Rubén Darío.

      Ángel del Río, en su Historia de la literatura española, describe a Villaespesa como «poeta fácil y espontáneo, de la estirpe de Zorrilla, fue de los primeros en alcanzar popularidad por la riqueza de su verso y de sus imágenes y algunos aciertos en la expresión de los estados de sensibilidad doliente de fin de siglo; pero sus dotes se malograron porque le faltó disciplina, espiritualidad y no pudo depurar ni el tono quejumbroso neorromántico, ni la fastuosidad verbal». G.G. Brown, en Historia de la literatura española. Siglo XX, afirma que «Villaespesa escribía de una manera distinta de la de los románticos españoles; su poesía, quizá debido a que sus dotes poéticas son limitadas, demuestra más claramente que la de sus contemporáneos mayores, la deuda directa contraída con Francia». Luis Cernuda, en Estudios sobre poesía española considera al poeta como  «el puente por donde el modernismo pasa a una nueva generación de escritores».
     Recién estrenado el siglo XX, Villaespesa vuelve a Madrid, acompañado ahora por su esposa Elisa, recibe al joven Juan Ramón Jiménez, a quien introduce en las tertulias de la capital, y logra que publique en 1900,  Almas de violeta y Ninfeas. El poeta almeriense funda diversas revistas de corte modernista, Electra, La Revista Ibérica y La Revista Latina, y da a la imprenta el libro que iniciaría su segunda etapa poética, La copa del Rey de Thule (1900), un poemario que renueva sus temas, ritmo, métrica, simbología y, sobre todo,  su léxico que se asemeja al de Verlaine, D´Annunzio, Gravina, Darío, Silva o Valencia, en realidad, supuso una nacionalización de las nuevas tendencias, como apuntó, fervorosamente,  la crítica del momento. La enfermedad de Elisa los lleva de nuevo a su tierra natal y en Laujar pasan una temporada, aunque la muerte de su esposa en 1903 será inevitable, hecho que arrastra al poeta a un estado de postración que líricamente se manifiesta en sus siguientes libros, Tristitiae rerum (1906) y Viaje sentimental (1909), entregas que muestran esa doble vertiente del poeta en su expresión lírica, la exuberancia y la facilidad, los silencios y una voz contenida. Estos años constituirán  un período fértil en la vida de la literatura española porque los jóvenes escritores imponen su actitud en el panorama cultural, y aparecen y desaparecen colecciones populares, revistas ilustradas, entregas semanales y quincenales, como El Cuento Semanal, Los Contemporáneos, y La Novela Corta. En estas colecciones, variadas y misceláneas, publicó Francisco Villaespesa sus novelitas durante varios años y, desde 1952 en que Aguilar las publicó como, Novelas completas, diez en total, con una introducción de Federico de Mendizábal, no han sido reeditadas hasta el momento. El conjunto merece una ordenación completa de la totalidad de las novelas cortas y de los cuentos editados a lo largo de más de dos décadas. Algunos de sus títulos más representativos de estos fueron El milagro de las rosas (1907), El último Abderramán (1909), La venganza de Aisha (1911), Las palmeras del Oasis (1914) Las pupilas de Almotacid (1915), El caballero del milagro (1916), Amigas viejas (1917), La torre de la cautiva (1921) y La ciudad de los ópalos (1921), que si bien no son más que una escasa muestra de su arte, para Mendizábal, «la de Villaespesa es una prosa florida, brillante hasta lo fastuoso, poblada de imágenes». Breviario de amor (1911) y Resurrección (1917) pueden ser calificadas como novelas cortas por la extensión de las mismas, 107 y 79 páginas, respectivamente. En un volumen que el poeta tituló Mis mejores cuentos, subtitulado, Novelas breves. Seleccionadas por el propio autor, precedidas de un prólogo autógrafo del mismo, incluye: «El milagro de las rosas», «Resurrección», «El milagro del vaso de agua», «La venganza de Aischa» y «La tela de Penélope».

 Villaespesa había intentado desde 1899 una aventura teatral que no pudo llevar a cabo hasta que consiguió interesar al más famoso productor y actor de entonces que era Fernando Díaz de Mendoza. Ambos decidieron llevar a escena El alcázar de las perlas, cuyo estreno en el Gran Teatro Isabel la Católica, de Granada, el 8 de noviembre de 1911, constituyó uno de sus grandes éxitos, y lo mismo ocurrió un mes más tarde en el Teatro Princesa, de Madrid. El teatro marcará, pues, la tercera época del escritor y aunque sus dramas no fueron originales, sí gozaron del favor del público de la época, como se hará nuevamente patente con el estreno de obras posteriores como Doña María Padilla (1913) y Aben Humeya (1913).
        Francisco Villaespesa fue, sin duda, un infatigable creador que al acecharle la muerte en tierras brasileñas en 1930,  dirigió el embalaje y embarque de todo su archivo, más de cien tomos traducidos de poetas y escritores del país que lo había acogido. Hacia 1933 su arterioclerosis, insuficiencia gástrica, hipertensión y otras disfunciones, se agudizaron y los doctores Juarros y Álvarez Sierra pronosticaron un pronto final para el poeta. Aquel fatídico día, 9 de abril de 1936, estaban junto a él algunos de los principales poetas y escritores del momento, Machado, Carrere, Ardavín, Dicenta, Mendizábal, San José, Zamacois, Cienfuegos, Manzanares, quienes propusieron a la Asociación de Escritores y Artistas el derecho de enterrar al poeta en el Panteón de Hombres Ilustres.

* Artículo publicado, inicialmente en prensa, ha sido recogido después en el volumen, Disidencias. En la literatura española del siglo XX; Málaga, e.d.a. 2010; 150 págs.


miércoles, 22 de julio de 2015

Miguel de Cervantes/ Andrés Trapiello



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Un ‘Quijote’ moderno



     Las obras clásicas, fundamentalmente las canónicas de la literatura española, han sido traducidas al castellano actual y se convierten en una tradición tan antigua como polémica. Andrés Trapiello se ha atrevido con Cervantes, y además afirma que Don Quijote tiene que hablar nuestra lengua actual. Un texto en el que ha trabajado en los últimos 14 años y que ahora aparece bajo el sello Destino. Trapiello señala como Pedro Salinas o Alfonso Reyes adaptaron El Cantar de Mio Cid (1926 y 1947, respectivamente), y más tarde Camilo José Cela y Soledad Puértolas hicieron lo propio con La Celestina (1978 y 2012 respectivamente), y el paralelismo entre estos trabajos y el suyo es evidente, además de valorar el carácter cívico que conlleva dicha versión. 
     Nunca debemos olvidar que se trata de un icono de la narración moderna, publicada por Cervantes en dos partes en 1605 y 1615, la obra se convirtió en lectura obligatoria en las escuelas españolas merced a una ley de 1920, una iniciativa que contó con el apoyo de Unamuno —autor de Vida de don Quijote y Sancho— y con el rechazo de Ortega y Gasset —que se había estrenado como filósofo en 1914 con Meditaciones del Quijote— así que cualquier discusión en torno a las aventuras del hidalgo manchego pone de manifiesto su actualidad y su vigencia cuatrocientos años después.
     Mario Vargas Llosa recuerda en su prólogo a la versión de Trapiello la polémica que incendió el París de los años sesenta cuando André Malraux, ministro de Cultura, ordenó limpiar las fachadas de los edificios más famosos de la ciudad, de Notre Dame al Louvre. Una auténtica “herejía” quitar a aquellas piedras una pátina de siglos que terminaron rindiéndose a la operación de rejuvenecimiento en tan hermosos edificios.
Nada partidario se muestra, Alberto Manguel, que considera que "Al simplificar un libro, al quitarle palabras que juzgamos difíciles o anticuadas, lo destruimos".
     "Un clásico existe menos por el texto que por el contexto. Un clásico lo es porque está presente en la sociedad, y suele llegar a ella a través de adaptaciones", sostiene el académico, Francisco Rico.
     La versión moderna como invitación a la lectura del original es un argumento común a todos los que, especialistas o escritores, alguna vez han acometido la tarea de acercar los clásicos a eso que llaman “gran público”. Para ellos, cualquier camino es bueno si lleva a la cámara del tesoro. El caso es echar a andar. Como se dice en el entremés cervantino de El viejo celoso: “Estas cosas, o yo sé poco, o sé que todo el daño está en probarlas”.



El autor y la obra
   Andrés Trapiello es autor, entre otras obras, de «Al morir don Quijote (2004)» y «El final de Sancho Panza y otras suertes (2014)», ha vertido «íntegra y fielmente» la obra de Miguel de Cervantes y el resultado, asegura Mario Vargas Llosa ha «rejuvenecido», «sin dejar de ser ella misma, poniéndose al alcance de muchos lectores a los que el esfuerzo de consultar las eruditas notas a pie de página o los vocabularios antiguos, disuadían de leer la novela de Cervantes de principio a fin».

Versión
   La nueva edición no reproduce la obra original, ni añade notas a pie de página para aclarar los pasajes que pueden resultar más enrevesados, ya sea por la distancia histórica y las costumbres, ya sea por una cuestión lingüística, o referencias a otras obras, bibliografía tan abundante como compleja en el original, sino que está adaptada al castellano actual. Así empieza, «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, vivía no hace mucho un hidalgo de los de lanza ya olvidada, escudo antiguo, rocín flaco y galgo corredor».
«Don Quijote de la Mancha» se estructura en dos partes y su originalidad estriba en que es la primera obra genuinamente desmitificadora de la tradición caballeresca y cortés por el tratamiento burlesco que le da, además de iniciar la novela moderna y la polifónica. Andrés Trapiello (Manzaneda de Torío, León, 1953) es un experto cervantista, autor, entre otras, del ensayo «Las vidas de Miguel de Cervantes» (1993).











Miguel de Cervantes, Don Quijote de la Mancha; Puesto en castellano actual íntegra y fielmente por Andrés Trapiello. Prólogo de Mario Vargas Llosa. Destino. Barcelona, 2015. 1.040 páginas. 23,95 euros.




martes, 21 de julio de 2015

Fernando Aínsa



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DESDE EL OTRO LADO
                              PROSAS CONCISAS

      La literatura y la vida entreveran los dos mundos de Fernando Aínsa (Palma de Mallorca, 1937), o al menos eso se desprende de un curioso volumen que recoge buena parte de la obra breve en prosa del escritor hispano-uruguayo que titula, Desde el otro lado. Prosas concisas (2014), y se compone de cuentos, microrrelatos, poemas en prosa y/o aforismos.

      Fernando Valls autor de un esclarecedor “Prólogo” que ha titulado “El exiliado de ida y vuelta” afirma que Aínsa ha ido desarrollando de una forma paralela su atípica trayectoria de investigador con la de escritor de ficciones, en géneros tan distintos como la poesía, el cuento o la novela y en diversas formas breves ya sean narrativas o no. Generacionalmente, señala Valls, forma parte de los niños de guerra o exiliados de segunda generación, junto a Tomás Segovia, Luis Rius, José de la Colina, Ramón Xirau, Federico Patán o Carlos Blanco Aguinaga, y en su exilio uruguayo con Ernesto Contreras, José Carmona Blanco, y también Cristina Peri Rossi, Sylvia Lago, Eduardo Galeano, Nelson Marra y Jorge Onetti, todos componentes de esa denominada generación del 60 en su país de adopción. El presente volumen, Desde el otro lado  ofrece desde una perspectiva amplia del escritor, un puñado de materiales diversos y queda dividido como expone el prologuista en cuatro apartados, claramente definidos, cuentos y microrrelatos para el primero más extenso y expeditivo, el siguiente está dedicado a “Cosas de escritores”, y los dos restantes, textos calificados de “Breves” y “Brevísimos”, imágenes, textos narrativos, verso libre, aforismos y pensamientos que muestran la capacidad literaria del hispano-uruguayo, y los temas por los que transita el escritor, la emigración, el cine, la vida humana, la historia, o la injusticia.  
        En la primera parte de los textos de Aínsa el tema de la identidad aparece omnipresente, un buen ejemplo, “Paisaje desde el otro lado del estrecho” el descubrimiento de que una mirada puede no ser todas las miradas, cada una ofrece una percepción singular e irrepetible que se revela ante nuestra conciencia como un pequeño deslumbramiento personal, como algo que no vemos aunque siempre ha estado allí para que nuestros ojos pudieran verlo; o el excelente “Cruzándome'”, casi un visión fílmica, escrito con una prosa tersa y magistral, describiendo el instante del desdoblamiento del ser; y aun en “Troya” cuyas primeras escenas nos remiten a un pasado histórico y le suceden las imágenes de un presente hollywoodiense, trazado sobre la participación de un personaje anónimo que se convierte en extra del film de Wolfgang Petersen; y el Aquiles de Homero sustituido por un digitalizado Brad Pitt. La Historia y la Leyenda sustituidas por la ilusión del cine, lo poético transformado en prosaico, y el heroísmo de la épica cambiado por la apariencia, imágenes fugaces de una época huérfana de héroes. 
       En la segunda parte, tema y tono cambian completamente, desarrolla asuntos de escritores y sus circunstancias, el más poético y sensiblero, “Un buzón al lado de tu tumba”, descripción personal de los últimos días de Machado. Y finalmente, las dos secciones siguientes, ''Breves'' y ''Brevísimos'', nos envuelven en una heterogeneidad temática, en una pluralidad focal, en la invención ficticia y la expresión del pensamiento, sentencias, máximas, aforismos, apotegmas, muchos de ellos de una sola línea. El humor y la ironía asoman, así como la crítica, la meditación, y sobre todo la reflexión en esta curiosa entrega, un libro de breves dimensiones, pero de gran pretensión.


 









DESDE EL OTRO LADO
PROSAS CONCISAS
Fernando Aínsa
Prólogo de Fernando Valls
Zaragoza, Pregunta, 2014; 146 págs.



lunes, 20 de julio de 2015

Desayuno con diamantes, 45



PAISAJES DE CARVER     

        Raymond Carver “cambió —en palabras de Tess Gallagher—nuestra visión del mundo”, contó mejor que nadie la vida cotidiana de los norteamericanos. Nunca debemos pensar en él como un escritor fácil de leer, sus narraciones resultan toscas, aunque, en ocasiones, se empeña en probar que las personas desgraciadas e insensibles tienen, también, sus sentimientos. Su proceso narrativo fue siempre el inquebrantable esfuerzo por transformar la percepción humana, pensando que lo que uno no es capaz de hacer no puede verse de otro modo; si consideramos este hecho desde una distancia prudente, ese problema que llega a preocuparnos tanto, puede ocupar «su lugar» en medio de esas otras cosas que nos ocurren a diario. Esta es la filosofía que inunda los relatos de un Carver cuya esencia literaria misma de funde con la herencia del realismo americano. Un cambio de estética propició que en los 70 y 80 se abominara el exceso de un postmodernismo y el experimentalismo en favor unas formas realistas caducas, aunque renovadas que ensayarían los más destacados escritores que empezaban a publicar por entonces: Barthelme, Wolff, Mason, Beattie, Ford, Robinson, Adams, McInerney, Walker y el propio Carver, inmersos en la búsqueda de un mundo diario como si de una entidad cambiante y fabulosa se tratara, un espacio cuya descripción exigía una definición de «realismo» lo bastante flexible como para acomodar todas las reivindicaciones de los objetivos realistas que plantearon escritores tan distintos como Robert Coover, Joyce Carol Oates o Toni Morrison.

        El minimalismo se convirtió en la perfecta excusa o el disfraz para la ironía, una forma de exposición tersa, rígidamente controlada, que convive con el estilizado y meticulo estilo esculpido por el norteamericano Hemingway y el ruso Chejov, y permite la construcción económica de escenas de gran viveza, de profundidad emocional, sin requerir un revestimiento intrusivo e inapropiado. Buena muestra es la colección de cuentos de Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), considerada la obra maestra de dicha actitud, enfática en las tramas ligeras, el desarrollo elíptico de conflictos dramáticos y la recreación meticulosa de caprichosos patrones lingüísticos locales, al tiempo que ofrece una estética realista. La narración minimalista elabora sus resonancias a partir de la simplicidad del significado, su estructura hace del todo algo más que la suma de las partes. Los significados de una narración lineal y sencilla, son verosímiles y los personajes de estas historias, relatos o novelas, se ven acosados por una variada gama de problemas —personales en su mayoría—, que los vincula a una realidad percibida por los lectores en el mundo. Esta tendencia crea una inquietante atmósfera que se traslada a esos personajes, pero cuya vida se debate en continuos interrogantes. «El minimalismo —en opinión de Lindsay Abrams— supone un menoscabo de lo humano, una ruptura de los sistemas conceptuales, una pasividad literaria ante la confusión moral existente».    

Carver Country
        Cuando se cumplen veinticinco años de su prematura muerte en 1988, su vigencia e importancia como escritor no ha dejado de crecer durante estos años, once libros de relatos y poemas lo sitúan como uno de los más influyentes e importantes escritores norteamericanos del siglo XX. Anagrama, editora de los libros de relatos en España, publica Carver Country (2013), donde se nos muestran los paisajes por los que deambuló en vida el malogrado escritor. El volumen, formado por textos de Raymond Carver y fotografías de Bob Adelman, muestra una buena colección de quien fuera el “oficioso” fotógrafo del movimiento de los derechos civiles a mediados de los 50, que Adelman tomó para ilustrar los textos escogidos: pasajes de algunos de sus relatos, poemas y entrevistas donde se aprecian y recogen las numerosas descripciones de lo que fueron los escenarios de su agitada vida. En realidad, podríamos hablar de un álbum, que incluye dos piezas fundamentales porque muestran el significado pleno de la filosofía que ha iluminado la publicación de esta curiosa obra: una carta inédita del autor al propio Adelman, escrita en diciembre de 1987 y un epílogo para la ocasión de quien fuera su compañera los últimos años de su vida, Tess Gallagher.
        En la extensa carta a Adelman, describe como era su infancia en Yakima, y en sus palabras se aprecia a un Carver entrañable que siente una profunda añoranza por aquellos tempranos años de inocencia, los lugares de pesca junto a su padre, o la gente del lugar, sus tíos y excusada que tantas cosas saben sobre la niñez del cuentista. Paralelamente, las fotografías captan los paisajes de la zona, y los lugares que tuvieron especial significación en la vida del autor y otros que sirvieron de marco escénico a algunos de sus relatos más famosos. Casi al final de la carta, Carver le asegura a Adelman que verá cientos de cosas que también le apetecerá fotografiar (…) Y lo más probable es que yo las reconozca cuando las vea. La participación de Tess Gallagher resulta conmovedora y afectada, nos dibuja al Carver más frágil y, al mismo tiempo, más escritor. El alcoholismo que convirtió su vida en tragedia, es tratado con cierto rigor; trata de reflejar el lado más humano del escritor, y es verdad que en este extenso-pequeño homenaje, ella lo consigue. Una interesante cronología cierra el volumen, para curiosos en datos biográficos.




Carver minimalista            
        Raymond Carver (Oregón, 1939-Port Angeles, Washington, 1988) llevó una vida de continuo desplazamiento por la geografía norteamericana durante parte de niñez y juventud. Su padre se pasó la vida buscando un buen empleo, fue alcohólico y estaba arruinado cuando, su hijo, se casó a los dieciocho años con Maryann, que tenía dieciséis y esperaba un niño. La pareja vivió casi veinte años de trabajos ocasionales, mientras Carver empezaba a escribir relatos y poemas. En 1967 trabajaba en una librería, acababa de licenciarse en Artes, y obtuvo una beca para la Universidad de Iowa, donde conoció al novelista John Gardner, de gran influencia para el joven narrador que, por entonces, se debatía entre el alcohol y la sintaxis. Aunque había publicado algunos poemas y algún relato en la revista Esquire, hasta que aparece su colección, ¿Quieres hacer el favor de callarte, por favor? (1976), no el éxito de crítica y de lectores, pero los meses que siguieron a su publicación los pasará en el hospital hasta que decide ingresar en Alcohólicos Anónimos, y el 2 de junio de 1977, convencido deja de beber para siempre; conocerá, entonces, a la poetisa y narradora, Tess Gallagher, con quien convivirá los mejores años de su vida, y formalizó su matrimonio pocos meses antes de su muerte. En poco más de diez años aparecen sus mejores relatos en el libro, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981), y un reconocimiento público; Catedral (1983) lo consagraría como el padre del «realismo sucio» y uno de los escritores que mejor retomará la tradición norteamericana del relato breve. Los últimos días de su vida, Carver, los pasó contemplando desde el porche de su casa, su jardín de rosas, un hermoso motivo que daría lugar al título de una hermosa selección de sus relatos, Tres rosas amarillas (1989). 










Carver Country; textos de Raymond Carver y fotografías de Bob Adelson; Barcelona, Anagrama, 2013, 198 págs.



 

domingo, 19 de julio de 2015

Hoy tomo café con…



Alfonso Armada

   “Lo que quedaba pendiente era la vida de la gente de Sarajevo, la vida que había quedado en suspenso, y por lo tanto el relato de los días, la continuidad del absurdo, del sufrimiento, de la vida, de la falta de atención”.



     Alfonso Armada (Vigo, 1958) estaba, "por accidente", en la sección de Internacional de El País cuando le propusieron ir a Bosnia. "Nunca antes había pensado escribir sobre la guerra", cuenta. Después Armada recaló en África, en países como Ruanda, Zaire, Somalia o Sudán. Ahora escribe en ABC y dirige la revista FronteraD. Ha publicado, Diccionario de Nueva York (2010), Mar Atlántico. Diario de una travesía (2012) y Fracaso de Tánger (2013). Veinte años después del que fue su primer conflicto-"la guerra en la que toda una generación de corresponsales se formó"-publica, Sarajevo (Malpaso, 1015), un libro que recupera algunas crónicas de entonces acompañadas de los diarios íntimos del autor.


¿Existe una clara necesidad de dar a la imprenta un libro como Sarajevo (Malpaso, 2015)?
        Cómo responder que sí si hace más de veinte años que se publicaron estas crónicas y se escribieron estos diarios íntimos? En la necesidad se pueden ver razones íntimas y razones sociales, razones literarias y razones políticas. Tenía necesidad de publicar este libro, aunque no sé muy bien por qué dejé pasar tanto tiempo. Acerca de la necesidad literaria, política, social... tengo mis ideas al respecto, pero creo que no soy yo quien debe decirlo.


Europa, según Vd., ¿sigue mostrándose como esa hermana cruel con algunos de esos países más desfavorecidos?
        Europa es un ente difícil de encarnar, aunque los griegos clásicos lo hicieron para que Zeus transmutado en toro la pudiera raptar. Europa ha sido muchas cosas, algunas extraordinarias, otras no tanto. Cuando voces europeas proponen hundir los barcos para que los inmigrantes no se ahoguen en sus aguas jurisdiccionales esgrimen esa peregrina idea bajo el pretexto de acabar con las mafias que se aprovechan del sufrimiento de la gente, de los inmigrantes. Pero denota una hipocresía inadmisible. Exigimos muchas cosas de Europa, y la menospreciamos cuando no se parece a la Europa que soñamos, o a la que muchos aspiramos. Y sin embargo ha conseguido que enemigos acérrimos, que se han matado a conciencia, lleven años colaborando, votando leyes juntos, conviviendo. Ojalá hubiera más voces (desde arriba y desde abajo) luchando por una Europa más inclusiva, más generosa, más creativa, más útil, y que estuviera dispuesta a ceder cuotas de soberanía, conciencia nacional, identidad. Claro que las burocracias también generan monstruos amparadas en las mejores intenciones.

¿En qué ha cambiado su actitud con respecto al conflicto bosnio, casi veinticinco años después?
        Creo que a grandes rasgos no ha cambiado. Me parece que en general no nos equivocamos en la lectura que hicimos del mal en aquellos años, y de la actitud cobarde y cicatera de Europa y de la ONU. Se tardó tanto en intervenir que la violencia y la limpieza étnica consiguieron sus objetivos, y el país que surgió de la guerra y de la injusticia es uno imposible y desgarrado, y muchos musulmanes bosnios, que eran en su mayoría cosmopolitas y no tenían conciencia nacional y mucho menos se definían a través de la fe religiosa, ahora, con la ayuda de capital saudí y de los emiratos árabes, han desarrollado raíces fundamentalistas, y al parecer no pocos han ido a combatir en Siria en las filas del Estado Islámico.

Lo de ese “Diario de la guerra” paralelo a las crónicas, ¿fue una forma de autentificar/ cuantificar su estancia allí?
        No lo había pensado bajo esa óptica. Se escriben diarios por muchas razones. En mi caso, una de ellas es para ralentizar el paso del tiempo, para que la vida no sea una raya en el agua. También es una forma de rezar, pero no con las manos juntas.

Cuando uno lee, Sarajevo, desde un principio a fin, siente el horror y esa herida que aun no ha cicatrizado, ¿es este su otro su propósito con respecto a los lectores?
        Quería lo que más tarde he sabido que fue el objetivo de casi toda la obra y de toda la vida de la filósofa francesa Simone Weil: tratar de que el lector se ponga en el lugar del otro. Compartir parte del dolor de los demás, escuchar a las víctimas. Que sus historias no se perdieran para siempre.

Los nombres propios se suceden en sus crónicas, ¿obedece a una técnica o tal vez a sacar del anonimato a centenares y miles de personas que sufrían los horrores en aquellos momentos?
        Creo que el valor de la crónica es poner rostros a los números. Es la mejor forma de que el lector se ponga en el lugar del otro. Las cifras son abstractas. Los nombres son el principio de una biografía, el valor de cada vida es incalculable. Cada vida es sagrada. Por eso merecen nuestra atención, y más cuando están sometidas a un cerco implacable, cuando los justos están siendo asesinados.


Existe, sin duda, una cierta animadversión hacia el medio que escribía, El País, ¿ya se le ha pasado el cabreo de entonces?
        No lo formularía en esos términos. Me siento muy agradecido a ese diario, donde tuve la suerte de compartir pupitre con grandes periodistas, de los que aprendí buena parte de lo que sé del oficio. Además, me permitió viajar a muchos lugares, cubrir guerras, conocer a gente admirable. En la cobertura, en el día a día, hay amarguras, desencuentros. El enviado especial que se juega la vida cree que lo suyo es lo más importante, y se desespera cuando su voz no encuentra acogida en la redacción. Pero forma parte de la dialéctica entre lo importante y lo interesante, y la lucha por el espacio, un clásico en los periódicos que ha entrado en una nueva fase gracias a internet, aunque demasiados redactores jefes que siguen trabajando en medios de comunicación parecen los peores enemigos de las palabras, sobre todo cuando repiten como una letanía “la gente no lee”. Deberían probar en otro bazar.

¿Qué lo mantenía allí pese a las dificultades que encontraba desde Madrid, y concretamente de su periódico?
        Como acabo de responder, las dificultades y desencuentros fueron breves y pasajeros, había que seguir contando lo que pasaba, y gracias a la perseverancia (otros lo llamarían terquedad) se consiguen muchas cosas. Me mantenía mi propia curiosidad, mi deseo de estar allí, de contar lo que veía, de vivir intensamente.

Y el miedo, ¿cómo se supera?
Escribiendo. Es lo que le daba sentido a estar allí: escuchar, ver, tratar de entender, contar. El miedo te ayuda a no descuidarte. Te acabas olvidando cuando te dedicas a tratar de pensar todo el tiempo en la mejor manera de contar lo que experimentas. Y luego, por la noche, en el hotel, al escribir los diarios, ocurría algo parecido. Preferí no bajar al sótano, a la discoteca del hotel, para que quedara en reserva, como una habitación del pánico, cuando no me quedara más remedio.

Viajó hasta tres veces a Sarajevo y al conflicto bosnio, ¿siempre dejaba algo pendiente para volver?
        Lo que quedaba pendiente era la vida de la gente de Sarajevo, la vida que había quedado en suspenso, y por lo tanto el relato de los días, la continuidad del absurdo, del sufrimiento, de la vida, de la falta de atención. No olvidemos, como dice Wislawa Szymborska, que cada día cuenta con “sus buenas 24 horas./ 1.440 minutos de ocasiones./ 86.400 segundos que mirar”.

¿Qué le debemos los lectores a un fotógrafo como Gervasio Sánchez?
        El valor de la constancia, de no desistir, de regresar una y otra vez al lugar del crimen, pero sobre todo el mantener el pulso de las historias. Lo usual es que entremos como un vendaval en la vida de la gente, le arrebatemos unas palabras, contemos su peripecia, su momento, su historia, con mayor o menor precisión, con mayor o menor talento, pero después seguimos con nuestras vidas, asomados a otros asuntos, porque el espectáculo debe continuar, como nuestras vidas. Gervasio ha convertido sus historias en su forma de estar en el mundo, y en ese sentido sus proyectos sobre los desaparecidos o sobre vidas minadas son ejemplares. Ha seguido pegado durante años a las vidas de la gente para contar lo que no se suele contar. Las posguerras son muy largas, y atesoran demasiado olvido. Él mantiene su compromiso contra viento y marea. No le gusta hablar del coste anímico, lo asume como su parte alícuota. Suele decir que iría al fin del mundo conmigo. Yo también con él. Además, sigo sin saber conducir.

Háblenos del periodismo de entonces, y del periodismo de hoy, o ¿qué considera Vd. la esencia del periodismo?
        Es una pregunta demasiado grande para poder responder sin caer en un lugar común o en una estupidez. Pero se puede decir que había grandes periodistas entonces como los hay ahora. Quizás ahora prestemos menos atención a los grandes conflictos internacionales, las coberturas son más superficiales, más esporádicas, y a menudo se hacen recurriendo a freelances a los que se les paga tarde y mal pese a que se arriesgan de lo lindo. Es curioso, es más fácil transmitir fotos y textos, vídeos y palabras, hay posibilidades de conectarse a internet desde casi cualquier lugar, y sin embargo me da la sensación de que la gente no está mejor informada. No me resisto a citar a mi admirado Julio Villanueva Chang, editor de la estupenda revista peruana Etiqueta Negra, que a su vez cita a Walter Benjamin: “En tiempos de Twitter, YouTube y Facebook, en la era de Wikileaks, en que el acceso a tanta información aturde y corre el riesgo de convertirse en una moderna forma de ignorancia, vale recordar lo que en la primera mitad del siglo pasado nos anticipaba Walter Benjamin: ‘Cada mañana se nos informa sobre las novedades de toda la Tierra. Y sin embargo somos notablemente pobres en historias extraordinarias (…). Ya casi nada de lo que acaece conviene a la narración sino que todo es propio de una información. Saturados de información, los hombres han ido perdiendo la capacidad de comprender’”. La esencia del periodismo es para mí el reportaje de largo aliento, que trata de contar el mundo con toda la riqueza que la literatura y la observación proporcionan, la escucha atenta, la verificación de cada dato, que trata denodadamente de ayudar a ponerse en el lugar del otro, que busca la forma mejor de contar para entender y de entender para poder contar. Y sin dejar jamás de lado el pacto sagrado con el lector: que todo lo que le voy a contar es verdad, no me lo he inventado, no lo he edulcorado o retocado. Para eso, el trabajo de un fotógrafo y un plumilla me parece una fórmula tan clásica como inagotable. Como solía aconsejar a los alumnos del Máster de ABC, que dirigí durante seis maravillosos años, conviene leer apasionadamente Elogiemos ahora a hombres famosos, de Walker Evans y James Agee, y aprender.

La imagen de Sontag y Goytisolo en el mundo, ¿marketing o más conciencia social?
        ¿Dónde está la mercadotecnia? ¿En jugarse la vida? Tenían su vida hecha, su obra prácticamente construida, y fueron allí a jugarse la vida para contarlo, para compartir con los ciudadanos de Sarajevo los horrores del cerco. Les admiraba antes de conocerlos, les cogí cariño en Sarajevo.

¿Cree Vd., que la guerra de Bosnia-Herzegovina ha estado bien contada periodísticamente hablando?
        Lo suele decir Gervasio Sánchez, y estoy de acuerdo. Allí se formó una generación de reporteros españoles, y sí, creo que ha sido una de las guerras mejor contadas de nuestra vida.

Una última pregunta, ¿Y… después de Sarajevo qué?
        Después de Sarajevo pensé que estaba vacunado contra el espanto, y llegué a Kigali, la capital de Ruanda, siete días después de que arrancara el genocidio, y me di cuenta de que no era así. De que nada te prepara para eso. Estuve cinco años cubriendo África para El País. De esa experiencia surgieron los Cuadernos africanos. El esquema, la idea, la estructura, es el mismo que el de Sarajevo. Diarios de la guerra de Bosnia, la doble mirada, las crónicas para el periódico intercaladas con las anotaciones de un diario íntimo. Pero a pesar de haber sido escrito antes de descubrir África, Sarajevo, por un extraño guiño de la voluntad o del destino, por una extraña carambola del deseo y la casualidad, no ha visto la luz en forma de libro hasta ahora, cuando se cumplen veinte años del final de la guerra. Del final de la guerra que dicen los libros de historia, no de las heridas que siguen abiertas en Bosnia.