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lunes, 7 de diciembre de 2015

Desayuno con diamantes, 64



     LA NOVELA ESPAÑOLA EN EL FIN DE SIGLO
               
     Como suele ocurrir cada cierto tiempo, en períodos aproximados de algunos lustros o décadas, abarcando, incluso, espacios que rondarían el cuarto de siglo, se publican libros y monografías sobre aquellos aspectos o géneros literarios que ofrecen una perspectiva o visión de conjunto sobre la materia estudiada. Coinciden en el mercado tres libros sobre la novela española contemporánea, entendiendo este calificativo históricamente, desde la implantación de la democracia en España, es decir, desde 1975 hasta el final de siglo o quizá, acotando, aún más, ese período que terminaría en el 2000, con un asombroso siglo XX literario que daría entrada, un año más tarde, al nuevo milenio. Los tres libros son La realidad inventada. Análisis crítico de la novela española actual (Crítica, 2003), de Fernando Valls, Novela española contemporánea, 1940-1995 (Marenostrum, 2003), de Gonzalo Sobejano y La novela española en el fin de siglo, 1975-2001 (Marenostrum, 2003), de Santos Alonso. Sus autores son tres reputados estudiosos del género que tienen en su haber numerosas monografías y estudios particulares sobre la narrativa, su clasificación, variedad de tendencias y procedimientos, asuntos y materias novelables o el estudio de algunos autores surgidos en el fin de siglo.

 Delibes y Sobejano


     El estudio de Gonzalo Sobejano, Novela española contemporánea, 1940-1995, es en palabras del propio autor, un libro compilatorio y misceláneo, heredero de ese lejano Novela española de nuestro tiempo (1970 y 1975, en segunda edición, corregida y ampliada) que ofrece trabajos de carácter general, un texto sumario o panorámico; en realidad, lecciones o conferencias de carácter docente que, en algunos casos, se remontan a los años 60 como el titulado «Sobre la novela picaresca contemporánea», otros de los 70, como «Direcciones de la novela española de postguerra» o «Conciencia crítica en la novela española nueva» y, fundamentalmente, algunos muy interesantes de los 80, «Novela española contemporánea: La renovación formal (1962-1973), «La novela ensimismada (1980-1985)» y el último y más reciente, que aborda una perspectiva más amplia, los Novelistas de 1950 al final del siglo, publicado en 1996. En estos ensayos cabe destacar la variedad de perspectivas que Sobejano ofrece sobre los autores de esta segunda mitad del siglo, por encima de una amplia nómina que ha salpicado las novedades que se han ido sucediendo en estas últimas décadas aunque no todas han conseguido la fortuna histórica necesaria para permanecer. La tesis que mantiene el autor es su clasificación crítica con respecto a las novelas que, históricamente, proceden de un realismo transformado por la situación del país y esa otra narración experimentalista o discursiva que lleva a la reducción de materiales hasta conseguir, únicamente, símbolos. El primer ensayo, «Direcciones de la novela española de postguerra», fechado en 1972, resume bastante bien la perspectiva que Sobejano tiene y tendrá sobre la evolución de la narrativa de postguerra, donde señala, además, su particular clasificación del nuevo realismo social: novela existencial, novela social y novela estructural.

 Fernando Valls


     Fernando Valls y Santos Alonso coinciden con sus respectivos libros en justificar una lectura crítica porque, en palabras de Alonso, «puesto que el novelista no puede renunciar a su función prístina de crear en la obra mundos imaginarios y estéticos para que el lector los reproduzca y recree en su sensibilidad, el crítico no debe flaquear en la suya de juzgarlos, interpretarlos y valorarlos, para comunicarle al lector sus intuiciones totalizadoras correspondientes». Valls, llega aún más lejos, cuestionándose el papel del crítico en la sociedad contemporánea. El primer ensayo de La realidad inventada ofrece esa visión lectora conformada, como el propio autor afirma, a través de dos formatos: el de la prensa diaria y el de las revistas especializadas. Se trata de un breve análisis certero del papel del crítico en la actualidad y de su función; es decir, los pasos seguidos para entender un texto que el autor justifica en cinco operaciones: la elección, la lectura, el análisis, la valoración y la jerarquización; añade el papel de seductor que es, evidentemente, el acertado. En «Recuentos y antagonías» Valls recoge seis diferentes ensayos sobre la narrativa de las tres últimas décadas. Se incluye el catálogo de la Feria del Libro de Guadalajara, 2000, con la nómina establecida por Valls y la polémica suscitada entre editores y autores durante algunas semanas en la prensa diaria. La selección «De los clásicos contemporáneos a los nuevos nombres» recoge una nómina interesante, acertada y variadísima: Miguel Espinosa, Francisco Umbral Miguel Delibes, Manuel Vázquez Montalbán, Luis Goytisolo, Juan José Millás o Eduardo Mendicutti, Rosa Montero o la trayectoria narrativa de Almudena Grandes, por citar algunos nombres capaces de despertar el interés del lector. Pero el grueso del libro se refiere a las primeras lecturas del lector-crítico Valls. Establece un riguroso orden de aparición de las obras desde El desorden de tu nombre (1988), de Juan José Millás a El mal de Montano (2002), de Enrique Vila-Matas. Recogidas de los medios periódicos donde se publicaron, prensa y revistas literarias. Un catálogo personal en el que se repiten, cabe imaginar por un gusto personal, los nombres de Millás, Muñoz Molina y Vila-Matas en diferentes períodos de su producción y en varias obras en lo que se suponen recensiones de sus últimas entregas. Una obligada bibliografía general cierra el volumen y la manifiesta «pretensión de ofrecer al lector esa idea de cómo puede ser la valoración de un texto y los riesgos que conllevan atrevidos juicios».

 Santos Alonso


     Una visión distinta ofrece Santos Alonso en La novela española en el fin de siglo (1975-2001), en realidad, un amplia introducción histórica al género que servirá de base para interesados y estudiosos sobre el tema. La propuesta sistemática y descriptiva abarca una periodización en etapas, globaliza tendencias y distribuye, generacionalmente, obras y autores. Como reza en la contraportada es «un perspicaz análisis de obras que aborda temas, contenidos, actitudes ideológicas, formas y técnicas». Se trata de un manual al uso que combina, perfectamente, una visión crítica universitaria, con lo que conlleva de estudio porque se trata de un razonado estudio de crítica literaria, además de una visión de historia y teoría literarias parav clasificar los autores y las obras que se analizan y enumeran. Precisamente, en la selección radica la originalidad de Alonso. Existe, también, una visión crítica periodística puesto que sólo alguien que es capaz de seguir a través de la mirada atenta diaria, semanal o mensual de reseñas en medios diarios o revistas, consigue la amplia información que aquí se ofrece.
       El libro sigue una ordenación clásica o academicista que se inicia con dos capítulos introductorios que tratan de ordenar tanto la literatura y el mercado, como las generaciones narrativas en el fin de siglo, insistiendo en la coexistencia de las generaciones de postguerra y exilio que darían paso a los nuevos nombres que integrarían el «realismo», la «renovación de los 60» y las nuevas aportaciones que propiciaron el cambio con la instauración de la democracia en 1975. El resto de capítulos, tercero, cuarto y quinto, se refieren a las tres grandes etapas ante el fin de siglo: «La novela en la transición: las espectativas del cambio narrativo (1975-1981)»; «La década de 1980: la normalización del cambio narrativo (1982-1990)», y «La década de 1990: entre la autonomía literaria y el comercio (1991-2001)». En sus respectivos análisis ofrece unos aspectos generales para ordenar el conjunto: en el primero de los tres capítulos más amplios, «La renovación narrativa en la transición» con sus tendencias narrativas: la novela experimentalista y discursiva, la metanovela, los nuevos caminos del realismo (novela objetivista, social, evocadora de la memoria, psicológica, alegórica, mítica y fantástica) y la novela de género (histórica, erótica, acción, crónica). En el siguiente, «La normalización del cambio narrativo, 1982-1990», además de los aspectos generales, se insiste en la continuación de esa renovación y una vez normalizado el cambio, se recurre, narrativamente hablando, al mito y al lado oscuro de las cosas para asentar los límites de lo que supone la apariencia y la realidad. Buenos ejemplos de esta búsqueda, citados por Alonso, La orilla oscura (1985), de José María Merino y La fuente de la edad (1986), de Luis Mateo Díez. Esta continuidad narrativa ofreció dos caras muy distintas, según el autor, la consolidación y madurez de la generación del 75, surgida tras la Transición, que hoy se perfila como una de las promociones más importantes de la segunda mitad del siglo XX, con nombres como Mendoza, Pombo, Millás, Mateo Díez, Merino, Aparicio, Longares, Guelbenzu o Marías. Y una tercera parte, «La década de 1990: entre la autonomía literaria y el comercio (1991-2001)», un atrevido epígrafe que ofrece, tanto los aspectos generales, con significativas afirmaciones como las que se refieren a denominaciones de «cultura del pelotazo», «responsabilidades políticas», «el ocaso del socialismo», «la etapa conservadora del partido popular», situación que llevó a la novela a plantearse una nueva mentalidad en función de su rentabilidad económica, es decir, una novela más comercial Una década, por otra parte, que incluye una amplia nómina en torno a un neorrealismo costumbrista que sitúa sus acciones en el marco de la juventud, de sus ideales y de sus aspiraciones y que generó una ¿«generación del kronen»?: Mañas, Maestre, Bonilla, Casavella, Ordoñez, Hatero, Loriga, Machado, por citar los que aún consiguen decir algo en su narrativa actual.
        Lo más curioso del extenso compendio de Alonso es que logra aglutinar a esos autores que deliberadamente parecen pertenecer al mundo de la imagen pública, cuya literatura es comercial y, por consiguiente, considerada como un producto de consumo, com o él mismo afirma, además de incluir esos otros nombres cuya obra literaria puede ser contemplada como ese género poliédrico y cambiante que es la narrativa, una ficción al servicio de un mundo estético y que desde siempre se plantea esa obligada transformación de una realidad que conlleva el compromiso humano; o como afirma el propio Santos Alonso, «la novela es una forma de conocimiento del mundo, una red de incógnitas y búsquedas, que contribuye a la formación integral de las personas en la racionalidad y la sabiduría, pero también es un testimonio y una expresión de las experiencias universales del ser humano y un medio para comprender su lugar en el mundo y sus relaciones con la realidad». Así a los nombres ya apuntados y a los que componen las distintas generaciones y tendencias narrativas, explicitadas ampliamente en este libro, tiene muy claro lo que es la buena literatura y, entre otros muchos, añade algunos de los nombres no menos interesantes y de una interesante proyección, casos como Lola Beccaría, Juan Antonio Bueno Álvarez, Francisco Casavella, Ignacio García Valiño, Alejandro López Andrada, Ana María Navales, Antonio Orejudo, Mercedes Soriano o, sobre todo, Lorenzo Silva quien en poco más de un lustro ha visto cómo su voluntad de encontrar un espacio narrativo le ha llevado a conectar con un público lector amplio, siempre con esa exigencia y calidad literaria que se le exige a un buen narrador.    

domingo, 6 de diciembre de 2015

Caricaturas



     Hasta en una línea simple o "pura" un dibujante puede expresarse y transmitir diversas sensaciones. En la caricatura, el autor "valoriza" más la línea al hacerla gruesa o fina.

 Herman Hesse

sábado, 5 de diciembre de 2015

José María Merino



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EL HEREDERO


     La narrativa de José María Merino (La Coruña, 1941) se caracteriza por el poder de convicción que muestran sus relatos. Su escritura se sustenta con una sólida arquitectura donde la mezcla de lo fantástico y de lo extraño resulta tan real como ficticio y, argumentalmente, se convierte en el recurso para mostrar la atracción a que nos pueden llevar sus historias, esa otra seducción para reivindicar el valor del relato, en su esencia misma. Con El heredero (2003), su última novela, consigue reivindicar el poder de esa ficción que nos lleva a experimentar con historias que nos hacen vivir, por añadidura, otras vidas. Así ocurre con el joven heredero quien, más que una herencia al uso, recibirá a la muerte de su abuela, no la casa familiar y las tierras, sino un legado más valioso de sus antepasados: su pasado y sus vivencias, sus secretos y sus silencios, los relatos particulares de todos y cada uno de ellos, una historia que se extenderá a lo largo del todo el siglo XX.
   Así asistimos, como lectores, a la narración de un relato donde discurren otras muchas historias más, recuperadas en ese laberíntico mundo de la memoria por el joven Pablo Tomás quien, después, de una larga ausencia vuelve al lugar para acompañar en sus últimos días a la abuela. Allí se encontrará con un espacio físico que forma parte de su lejana infancia, ese paraíso de donde saliera y al que ha vuelto con la secreta razón de encontrar el rumbo de su propia vida. En Isclacerta vivirá el pasado ancestral de un bisabuelo que sustentará su propia vida en los secretos guardados que, entre papeles y testimonios, irá desvelando el biznieto para así justificar las señas de la identidad familiar. Lo más sobresaliente de Merino es su capacidad para enlazar las distintas historias, tan metafóricamente creíbles, puesto que sólo así podemos entender que una casa de muñecas se convierta en el símbolo con que el protagonista identifique a la familia y, solamente, cuando al final se destruya este juguete se comprenderá que el plano de la irrealidad es creíble cuando se sustenta sobre los sinsabores de la realidad misma. Y, a su vez, ese juguete se convierte en otra de las muchas historias que salpican a la verdadera novela, fragmentos que el protagonista va ensamblando, poliédricamente como se señala en la contrasolapa del libro. Elementos que al final muestran una visión general de la verdadera historia que, de una forma circular, vuelve a iniciarse en la figura de Pablo Tomás, el heredero, para así justificar toda la parte de ficción de que se compone nuestra vida, para explicar la realidad en la que nos movemos y de la que nos protegemos con esas pizcas de irrealidad con que aderezamos la verdad de nuestra propia existencia.










EL HEREDERO
José María Merino
Alfaguara, Madrid, 2003
               


viernes, 4 de diciembre de 2015

Lorenzo Silva



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EL DÉSPOTA ADOLESCENTE



     Lorenzo Silva (Madrid, 1966) necesita, en su vida literaria, pocos estímulos para ponerse a escribir y mucho menos justificar, a estas alturas, su presencia en el panorama literario contemporáneo. Autor de más de una docena de novelas, incluidas las dedicadas a ese exigente público lector juvenil, en esta ocasión reúne y ensaya el cuento, género por excelencia de la buena literatura de todos los tiempos y que en estos momentos, gracias al esfuerzo de autores y una persistente aunque reducida nómina de críticos, goza de una vigorosa pujanza como desde siempre debería haber ocupado en el vasto panorama de las últimas décadas de la actualidad narrativa contemporánea.
     En un libro como El déspota adolescente (2003) el autor madrileño compila el trabajo de los últimos catorce años. Dieciocho relatos sobre la inmadurez que, de una forma inconsciente han ido surgiendo, como él mismo explicita en una pequeña orientación o una justificación innecesaria porque, dentro del conjunto, muchos de ellos se sustentan por sí solos;  el novelista logra dar la talla, temática y narrativamente, con este puñado de historias cortas que conforman parte de su universo novelesco y ensayan, en otros casos, historias más extensas que hubieran dado lugar a novelas igualmente bien ejecutadas. El paso del tiempo no hace mella en ellos, sino más bien refleja la inquietud innovadora de un Silva ya dueño del estilo de una escritura que ofrece esa permanente búsqueda a que lleva una insatisfacción o a la perfección misma de una original versatilidad. Como quiera que sea, el escritor Silva ofrece en sus textos  esa irrenunciable libertad de pensamiento como bien puede leerse en «La tentación de Spinoza», sueños del pasado adolescente que desembocan en una lucidez tardía como ocurre «En Arcadia» y que luego repite en «Un fantasma de Arcadia» o el mismo que da título al libro, «El déspota adolescente», la inocencia del pasado y la indolencia del presente y, algo más espinoso, temas como la recuperación del pasado reciente en un país volcado a vivir en una democracia asentada  y que no renuncia a olvidar su historia como ocurre en «La herencia del vencido», un tema militar que tanto fascina al narrador o esa decepción que cubre buena parte de la existencia de los protagonistas de «Operación Termópilas», uno de los más extensos del volumen, que narra esos ideales de un juventud perdida, vista como un derroche durante lo vivido en una democracia dulce que recuerda esa ternura de juventud. Muchos de los protagonistas de estos relatos deforman su vida como si de una maldición se tratara y que irremediablemente ha condicionado su existencia y esto, se mire como se mire, es la vida misma con esas  vivencias que nos produce la propia inmadurez.  








EL DÉSPOTA ADOLESCENTE
Lorenzo Silva
Barcelona, Destino, 2003

jueves, 3 de diciembre de 2015

Guillermo Busutil



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DRUGSTORE



     La literatura de Guillermo Busutil (Granada, 1961) plantea tantos conflictos como los que acometen al ser humano. Este concepto, si lo aplicamos al género narrativo breve, hace que sus planteamientos desemboquen en  muchas de las miserias que aquejan a nuestro mundo. Busutil es dueño de una atmósfera singular para situar, en el espacio y en el tiempo, sus relatos. Sus historias culminan, tras un placentero comienzo, en insospechadas resonancias que van más allá de un final cognoscible. Tras entregar Individuos S.A. (1999), una interesante colección de relatos, insiste nuevamente en un género sobre el que, él mismo, ha llegado a afirmar «marca el ritmo de la vida». Quizá por este motivo, sus libros, con títulos significativos, edificantes y educativos, incluido el que aparece en estos días, Drugstore (2003), y las propias historias que contienen, consisten en esos «momentos» o esos «instantes» de la existencia de alguien: pequeños mundos, espacios asilados, secuencias protagonistas para contar grandes historias.
     Drugstore contiene veintiún relatos, seis de los cuales, el Ateneo de Málaga, había publicado en una plaquette en 1999 de escasa difusión, y que ahora, leídos en un conjunto mayor ganan en prestancia y equilibrio. En el granadino sobresale la solidez de un estilo tan variado que es posible encontrar en él escritores de declarada referencia: Borges, Cortázar o los norteamericanos Poe y Fitzgerald; aunque, también, se siente deudor, por convicción y admiración, de contemporáneos como Hipólito G. Navarro o el joven Andrés Neuman. Pero las claves literarias de Busutil encierran ciertas trampas que no existen en algunos de los autores señalados; esto quiere decir que el narrador ha aprendido la lección porque sino su literatura dejaría mucho que desear. Prefiero al Busutil cosmopolita capaz de desarrollar sus historias dentro y fuera de su espacio geográfico habitual, prefiero que escriba sobre los indios cherokkes, contemple la Semana Santa desde los ojos y el objetivo de una cámara, «Reflejos en un ojo dorado», interprete una melodía de jazz, excelente «Brucbeck» o nos lleve a través de las artes de un púgil al cuadrilátero mismo de la vida. La complejidad de lo cotidiano es tan fascinante que el narrador, apoyado en un sutil virtuosismo, nos lleva, sobre todo, a través de su capacidad para articular lenguaje por un mundo tan polimórfico como tan polifónica puede resultar su estructura lingüística porque, sólo así se justifican las combinaciones posibles entre lo culto y lo coloquial, lo lírico y lo prosaico de sus textos. Lo suyo, en suma, es un psiquis contagiosa que no defrauda nunca al lector.   










DRUGSTORE
Guillermo Busutil
Páginas de Espuma
Madrid, 2003

miércoles, 2 de diciembre de 2015

Esther García Llovet



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CODA



     Esther García Llovet (Málaga, 1963) es una narradora que procede del mundo del  cine, según la breve ficha biográfica que acompaña a este libro, Coda (2003), finalista del IV Premio Casa de América de Narrativa. No sorprende pues que, cuando uno se adentra en la lectura de esta novela, la deuda cinematográfica resulte evidente por el tratamiento, la estructura y el desarrollo de las seis historias contadas. Planteadas desde esa visión de una travesía permanente, dividida en indicadores de kilométricos, aleatoriamente desde el 17, para terminar en el 0 o suma, los personajes de estos seis capítulos tratan de resolver sus conflictos sin que sus esfuerzos terminen bien o, al menos, satisfactoriamente. Llegamos a sus problemas cuando éstos ya están en marcha y, como lectores, poco podemos hacer por solucionarnos. Resulta evidente la huella literaria de Raymond Carver y sus historias a las que uno se asoma como si de una mirada furtiva se tratara y después, minimalísticamente, dejase transcurrir el tiempo.
    García Llovet logra una atmósfera asfixiante para sus personajes: un rutinario conductor de autobús, una fotógrafa que capta espacios desvalijados, dos amigos que se apoderan de la caja negra de un avión siniestrado..., en realidad, seres sujetos a códigos no establecidos, cuyas relaciones cruzadas sirven para constatar una sociedad suburbana de tintes tan inquietantes como imprevisibles, pero que forman parte de un cotidiano vivir de nuestras ciudades. Esa coda que se añade como remate de esta seriada visión de unos personajes cuya fuerza forma parte del universo con sus preocupaciones y desencantos, conforma el conjunto. Gracía Llovet apuesta por una narrativa fragmentaria que llega a formar un todo porque de lo que se trata es de constatar que sus personajes se esfuerzan por comunicarse en esta sociedad de la incomunicación, en un espacio y en unas relaciones que sólo se logran a través de la esperanza de un seguir avanzando. La prosa de la narradora malagueña es sobria, los recursos visuales empleados efectivos y el sentimiento expuesto deja constancia de lo que está pasando.
     La narración que ensaya García Llovet, para terminar, elabora sus resonancias a partir de la simplicidad del significado, posee una estructura que hace del todo algo más que la suma de las partes. Los significados de esa narración lineal, están elaborados con sencillez, son verosímiles y los personajes de estas historias, relato o novela, se ven acosados por toda una variada gama de problemas,— personales en su mayoría—, que los une a una realidad percibida por quienes se acercan a ellos.





CODA
Esther García Llovet
Finalista IV Premio Casa
 de América Narrativa
Lengua de Trapo, Madrid, 2003

martes, 1 de diciembre de 2015

Ian Gibson

(A unos meses del centenario del gallego universal, 1916-2016)

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CELA, EL HOMBRE QUE QUISO GANAR



     Camilo José Cela sigue siendo, un año y medio después de su desaparición, ese hombre que, tras resistir tantos años, consiguió el galardón literario más importante del mundo, el Nobel. Acaba de aparecer un nuevo libro sobre el más polémico de los escritores españoles de la segunda mitad del siglo XX. Quizá éste sea uno de esos textos necesarios tras el fallecimiento del escritor ocurrido en la mañana del 17 de enero de 2002, y esclarecedor, al mismo tiempo, tras la aparición de Cela, mi padre (edición ampliada) (2002), de Camilo José Cela Conde, Desmontando a Cela (2002), de Tomás García Yebra, Cela, el hombre que vi llorar (2002), de Gaspar Sánchez Salas o Cela: un cadáver exquisito (2002), de Francisco Umbral. Porque, entre otras cosas, Cela, el hombre que quiso ganar (2003), pese a no ser, visiblemente, el estudio o biografía que se merece el gallego universal, tras sesenta años dedicados al arte de la escritura, con sus aciertos o desvaríos, sino que más bien resulta una mesa revuelta que comprende parte de sus memorias, entendimientos y voluntades. Algo que, su autor Ian Gibson, ha sabido combinar de forma pormenorizada, para ofrecer el retrato sesgado, con sus exabruptos, sus jactancias y salidas de tono, de buena parte de su vida literaria y de los últimos años más públicos del escritor que, en buena medida, encantaban a unos y escandalizaban a otros, pero que a nadie dejaban indiferentes. Gibson es un riguroso estudioso de nuestra literatura como lo avalan sus monumentales biografías sobre García Lorca o Dalí y, en su prólogo, deja bien claro que algún día alguien deberá afrontar el reto de escribir la biografía definitiva del escritor gallego, puesto que su libro bien puede entenderse tanto como parte de esa biografía inacabada como un pequeño estudio parcial de buena parte de su obra, con algunos otros asuntos de la vida del Nobel sobre todo, sobre todos los referidos a sus polémicos últimos años, incluido el sonado divorcio y la anulación eclesiástica del matrimonio con Charo Conde, su compañera de los últimos cuarenta años, su unión con la joven periodista Marina Castaño y, sobre todo, el asunto del plagio de, La cruz de San Andrés, su sonado Premio Planeta de 1994.



     ¿Qué nos importa realmente de Camilo José Cela como lectores? Fundamentalmente que es el autor de tres novelas esenciales en la literatura española del siglo XX, La familia de Pascual Duarte (1942), La colmena (1951) y San Camilo, 1936 (1969), tres excelentes propuestas narrativas que Gibson aborda, con cuidado, en el análisis del conjunto de sus principales obras. A ellas dedica tres amplios capítulos de un total de doce y ofrece un repaso somero, pero acertado, de algunas de las connotaciones de estas novelas, incluidas notas importantes que servirán al curioso lector para situarse en la narrativa celiana. Para su estudio, el autor recaba, expresamente, información en la obra del gallego, así como el libro escrito por su hijo Camilo José Cela Conde, además de diversas fuentes periodísticas para subrayar que la veracidad de muchos juicios pertenecen más al arte de la conjetura, como era habitual en la vida de Cela. Por ejemplo, cuando repasa su pasado ideológico y de compromiso, éste no sale bien parado y muestra como, en la juventud de un incipiente escritor, Cela se mostró ansioso colaborador con el nuevo régimen. Da cuenta de numerosos asuntos de su vida más pública que nunca ponen de manifiesto, una vez más, la polémica visión que lectores, simpatizantes o detractores tenían del octogenario en esos difíciles últimos años. Los capítulos que ocupan su relación con Marina y su vida nueva, así como la vertiginosa rapidez con que quiso zanjar algunas cuestiones de su producción, sus últimas novelas, las cuestiones en torno a la Fundación, las sociedades fundadas para gobernar sus intereses económicos, sus bravuconadas y su expresa soberbia y petulancia hacia el  premio Cervantes, despreciado una y otra vez por él públicamente o el asunto del plagio motivo de la querella, que Gibson trata con una exquisita crudeza y desvela, además, cierta sospecha de culpabilidad. Datos que sirven, después de leer este libro, para que Cela y su obra sean actualizados con el rigor que se merece el autor de La familia de Pascual Duarte, el libro más traducido de la historia de la narrativa española, pero sobre todo, para no dejar de plantear ciertas preguntas o cuestiones relativas a la obra y la vida de tan polémico personaje.










CELA, EL HOMBRE QUE QUISO GANAR
Ian Gibson
Madrid, Aguilar, 2003