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lunes, 14 de diciembre de 2015

Desayuno con diamantes, 65



       EL ESPACIO VEROSÍMIL DE MANUEL VÁZQUEZ MONTALBÁN
                      (O la identidad del postfranquismo)


     Manuel Vázquez Montalbán (Barcelona, 1939-Bangkok, 2003) consiguió construir con su literatura un espacio verosímil. La literatura es un rito—había manifestado en alguna ocasión—un rito que tiene unos pocos adeptos y en el que el escritor es libre hasta cierto punto de elegir un material muy sensible, propenso a ir cargado de ideas. A pesar de que la literatura ha perdido la función hegemónica de transmitir conocimientos—añadía el escritor—, como ocurría en el XIX y principios del XX, aun así conserva todavía un territorio importante, porque cada época genera nuevas preocupaciones y problemas, nuevas ignorancias sobre sí misma, y ésa es la zona fértil de la literatura.
       «Bangkok es una ciudad que se pudre. La ciudad moderna la pudre la gente y la ciudad fluvial la pudre la mierda. Y te hablo de hace años, Biscuter». Así de rotundas eran algunas de las impresiones de Carvalho sobre la ciudad asiática, en las primeras páginas de esa excelente novela, Los pájaros de Bangkok, que Manuel Vázquez Montalbán publicaba en 1983, una entrega más de la saga protagonizada por el más famoso de los detectives privados españoles. Un guiño del destino le había llevado al escritor a realizar una escala aérea en la ciudad tailandesa, mientras volaba de Sydney a Madrid. En sala de espera del aeropuerto se sintió indispuesto y poco después se encontró de bruces con la muerte.
     La obra novelística de Manuel Vázquez Montalbán, mirada con la perspectiva que nos ofrecen los últimos treinta años, es una profunda reflexión literaria sobre los conceptos decisivos de una sociedad y de una dialéctica literaria construida, desde su juventud, con firmes presupuestos de una verdad absoluta y posteriormente, en los difíciles momentos de la transición y de la democracia, sobre los pilares de la memoria. Articulista en publicaciones tan emblemáticas como Triunfo, Por favor, La Calle, Tele Express, Mundo Obrero, El País o Interviú, ha sido además comentarista político, gastrónomo, poeta y ensayista, entregó muy tempranamente ese singular Informe sobre la información (1963) que tanta polémica suscitara en su momento hasta publicar Crónica sentimental de España (1971), texto  que le brindó el favor de un público lector inteligente y, más recientemente, la revisión Cancionero general del franquismo (2 vols. 2000).




Obra literaria
      La obra literaria de Vázquez Montalbán ha mostrado desde siempre una profunda evolución reflexiva que el autor ha ido ajustando a sus objetivos y a sus procedimientos expresivos. En su primer libro narrativo, Esperando a Dardé (1969), en realidad, una novela corta y seis relatos, tantea las direcciones que llevarán a su prosa hasta el cambio político de 1975; otros textos como El manifiesto subnormal (1970), revelan una nueva fórmula de crónica social que empieza a adaptarse a la nueva sociedad que va emergiendo, explota ciertos elementos de los sistemas de comunicación, ofrece el inicio del uso libre y creativo del lenguaje como instrumento para comunicar, recurso que, posteriormente, le servirá al autor para mostrar en sus textos esa habilidad para separar entre lo real y entre lo verdadero. Tal vez por este motivo, sus primeras obras narrativas explotan muchos de esos sistemas y medios que estamos apuntando, el cine, la música o la comunicación de masas, elementos que en 1972 le llevarían a entregar obras como Yo maté a Kennedy,  Happy End (1974), Guillermotta en el país de las Guillerminas (1973) o Cuestiones marxistas (1974). Durante años el esfuerzo del autor catalán por ajustar cuentas a la historia reciente le llevaron a escribir obras como La penetración americana en España (1974), Crónica sentimental del franquismo (1976), Cómo liquidaron al franquismo en 16 meses y un día (1977) o Historia de la comunicación social (1980). Desde siempre Vázquez Montalbán había asumido su compromiso con la tradición de la literatura social dando cuenta de la realidad que le había tocado vivir. En sus novelas aprovecha, esencialmente, la intertextualidad que le ofrecen los medios y el lenguaje para crear mundos simbólicos en los que no falta ese estrato de baja condición, además del mundo de la cinematografía o del cómic.

La serie de Carvalho
       Durante muchos años en España no podía suceder nada anormal y, por supuesto, nada podía alterar el orden establecido por una sociedad dominada bajo el miedo, no era posible una criminalidad literaria y, por supuesto, nadie se atrevía a dilucidar sobre las instituciones que mantenían dicho orden. Afortunadamente, la libertad del discurso literario cambió con la muerte del dictador Franco y, sobre todo, por una política de industrialización en marcha, sin posibles frenos político-sociales, que ofrecieron las mejores condiciones para una literatura inspirada en los modelos de los años cuarenta norteamericanos, es decir, una novela policíaca que abogaría por el desarrollo de unos textos híbridos entre novela negra, novela rosa y novela histórica que recuperó el juego de lo popular para elevar de nivel el género desde el mismo momento de la aparición de Tatuaje (1974), de Manuel Vázquez Montalbán y La verdad sobre el caso Savolta (1975), de Eduardo Mendoza. Quienes hoy se acerquen a la obra del escritor barcelonés lo recordarán como el autor de las más célebres novelas policíacas de los últimos años y, sobre todo, hablarán de su protagonista más emblemático, el detective privado, Pepe Carvalho. Durante buena parte de la segunda mitad de la década de los 70 y casi agotar la de los 80 irán apareciendo a un ritmo regular las sucesivas entregas y aventuras en torno al escéptico detective, La soledad del manager (1977), Los mares del sur (1979), Asesinato en el Comité Central (1981), Los pájaros de Bangkok (1983), La rosa de Alejandría (1984), El balneario (1986), Historias de padre e hijos (1987), Tres historias de amor (1987), El delantero fue asesinado al atardecer (1988), Asesinato en Prado del Rey y otras historias sórdidas (1988). En la década de los 90, reinicia su actividad con el personaje y entregó, Historias de fantasmas (1991), El laberinto griego (1991), Sabotaje Olímpico (1993), El hermano pequeño (1994), El premio (1996), La muchacha que pudo ser Emmanuelle (1997), Quinteto de Buenos Aires (1997) y la aventura más reciente, El hombre de mi vida (2000).

  

     En 1990 el propio Vázquez Montalbán declaraba: «Las novelas de Carvalho me interesan sólo en cuanto me posibilitan violentar un género literario (...) En una situación de crisis del discurso narrativo de carácter realista, un género convencional se presenta de pronto como algo vivificante». Las historias de Carvalho, en realidad, se nutren de la intriga aunque éste sea un mero pretexto para lograr un relato capaz de atraer y mantener la atención del lector, y esto desde las primeras novelas lo consiguió el autor, además de ese otro recurso que supone el análisis de la realidad nacional, tanto en lo que pudieran ser entonces los conflictos histórico-sociales, los políticos, los culturales y en definitiva la crítica realista del momento de ayer y de hoy. Santos Sanz Villanueva ha escrito «como, últimamente, la serie de Carvalho constituye una especie de variada y perspicaz crónica barojiana de los tiempos de la democracia». También es verdad que el autor se ha servido a lo largo de su narrativa de una especie de autoescenificación irónica de toda una tradición de la novela negra, por ejemplo, una vez que él mismo consideraba agotados los experimentos de formas de escritura subversivos o antitradicionales, para llegar a una inversión de los esquemas narrativos porque, entre otras cosas, también había afirmado en una extensa entrevista a José Fernández Colmeiro algo así, «en los años sesenta decíamos que la novela se había terminado, que era un género ligado a la burguesía y se había muerto. Evidentemente ese cadáver gozaba de buena salud» No resulta, pues, sorprendente que iniciara su obra narrativa casi finalizando la dictadura que él mismo formuló en su Manifiesto subnormal (1972) y que llevó a una transición fluida y a los intelectuales del país y a los escritores españoles del momento a buscar respuestas productivas en la concepción de sus obras. El propio Vázquez Montalbán las halló en las novelas de Carvalho y en su mejor personaje: el detective no es un modelo de conducta, ni se parece a Marlowe, ni en la actitud ni en la integridad moral, es un pesimista escéptico aunque logra mantener cierta dosis de honradez que lo convierten en algo extraño en la extraña sociedad por la que se mueve. Otros datos de su personalidad, son su relación mercantil con las aventuras a se expone, su escaso interés por lo sexual, sin embargo es amigo de la buena mesa; y resulta, igualmente, interesante la dimensión histórica del detective en toda la serie, porque va envejeciendo y forzando así los significados del paso de una sociedad cambiante, siendo capaz de mezclar una historia personal que, históricamente, es la de su país.

El resto de su narrativa
      La novela Galíndez (1990) le ofreció a Manuel Vázquez Montalbán el reconocimiento expreso de la crítica nacional y extranjera porque vislumbró en su relato el sentido que había querido darle el autor a la Historia y el papel que ejercen los intelectuales en ella. Consiguió el Premio Nacional de Literatura, en 1991 y el Europeo de Literatura, en 1992. Los antecedentes de esta novela estarían en una anterior obra, El pianista (1985) y en el ensayo Panfleto desde el planeta de los simios (1995), en esa suerte de hábil combinación entre la realidad y la ficción, es decir, la vida de Jesús Galíndez, el nacionalista vasco refugiado en la República Dominicana y posteriormente en Estados Unidos, y Muriel Colbert, la investigadora norteamericana que trabaja en una tesis doctoral sobre el «caso Rojas», un ejemplo de ética de la resistencia. En el relato se cuenta la extraña desaparición de Galíndez en pleno centro de Nueva York secuestrado por los sicarios del dictador Trujillo. «En realidad, Muriel Colbert— señala Fernando Valls—, no busca la información sobre lo que pasó (...) sino que aspira a revivir la atmósfera de los últimos momentos de la existencia de Galíndez (...), porque tiene la certeza de que allí encontrará la esencia del personaje. Y consigue ambos fines —continua señalando Valls—, pues acaba padeciendo en carne propia, en una experiencia seguramente similar a la que debió de sufrir el político vasco, aquello que más lo ha dignificado a los ojos de la posteridad».
     El estrangulador (1994) es, tal vez, la novela más lírica y más compleja del autor. Como ha señalado la crítica esta nueva entrega ofrece un juego de ambigüedades, grandes dosis de ironía, parodias culturales y literarias que desarrollan toda una teoría sobre el papel de las víctimas de una sociedad que genera individuos conflictivos. O César o nada (1998), retrato de la familia Borja que desea conseguir el poder a toda costa, en una época, el Renacimiento, donde se vivió un periodo histórico conflictivo, tanto político, religioso y social; una curiosa novela juvenil El señor de los bonsáis (1999) y Erec y Enide (2002) que cuenta las andanzas de una pareja que se puede considerar como la reencarnación en el tercer milenio del matrimonio caballeresco compuesto por Chrétien de Troyes. El protagonista Pedro, burgués acomodado, realiza una brillante carrera como médico hasta que decide, sorpresivamente, ponerse al servicio de los más deprimidos en América Latina. Junto a su compañera Myriam se alistan en Médicos son Fronteras y viven y trabajan en medio de la selva y frente a los gobiernos políticos hostiles a la ayuda humanitaria. Todo enmarcado en ese ambiente que hoy respiramos de comisiones investigadoras de derechos humanos, denuncias de grupos paramilitares o de guerrillas beligerantes, sociedades salpicadas de crímenes y de brutalidades en buena parte de los paisajes descritos en la novela.
       Huérfanos hoy, quedamos a la espera de sus dos últimos proyectos, corregidos y adelantados para su edición, el ensayo La aznaridad. Por el imperio hacia Dios o por Dios hacia el imperio, una crónica del reinado de Aznar y la novela Milenio, la vuelta al mundo de Carvalho y su ayudante Biscuter, en más de mil páginas para sus devotos lectores.      


domingo, 13 de diciembre de 2015

Hoy tomo café con…



Francisco Bitar
 “Con mi literatura pretendo establecer un diálogo sobre la insuficiencia de la vida. La vida no siempre es breve pero nunca alcanza”.

 Foto de Pablo Cruz


     Francisco Bitar nació en Santa Fe, Argentina, en 1981, ciudad en la que actualmente reside. Se inició en poesía y hasta el momento ha publicado, los libros Negativos (2007), El olimpo (2009), Ropa vieja: la muerte de una estrella (2011) y The Volturno Poems (2015); los libros de cuentos Luces de Navidad (2014) y Acá había un río (2015); y la crónica Historia oral de la cerveza (2015). En el año 2012 le fue concedido el premio Ciudad de Rosario por la novela Tambor de arranque, de gran aceptación por parte del público y la crítica de su país; y en el 2013, la Beca del Fondo Nacional de las Artes. Cuentos y poemas  han sido traducidos al inglés y al alemán. Tambor de arranque, se publica ahora en España, en una fuerte apuesta de la editorial Candaya.

¿Nuestra vida es una auténtica metáfora?

        Claro que sí. Por lo menos así ocurre entre los escritores que más me interesan, los que se van a vivir a su obra.

¿Cómo llega usted a la literatura?

        Por el camino más difícil. Mis padres eran libreros, pero solamente cuando mi padre se tomó a pecho mi vocación, cuando me amenazó con echarme (y lo hizo), fue que la escritura empezó a rendir sus frutos. Nunca subestimes el poder de lo reprimido.

¿Diez años de creación literaria dan para escribir poesía, relato y novela?

        No estoy seguro de cuánto fue el tiempo que me tomó escribir lo que escribí: es que la escritura es un trabajo en el que se vuelca la vida entera. Publicar es como tabicar esa corriente que fluye sin un comienzo preciso y que siempre vuelve hacia el pasado, al momento en que la vida tenía un estatuto de nota preliminar.

Usted procede del mundo de la poesía, ¿se considera más poeta que prosista?

        Considero que son dos modos de narrar: en uno, la poesía, prevalece el episodio; en el otro, el cuento, gobierna el conflicto.

Tras tres colecciones de cuentos, ¿había llegado la hora de plantearse una novela?

        Diría que la cuestión de los géneros depende de la demanda de la obra, de aquello que el libro necesita para ser escrito. Pero diría también que siempre que uno ha encontrado cierta comodidad en determinado modelo es necesario poner a prueba tus propias aptitudes. La incomodidad, como todo el mundo sabe, es el mejor antioxidante. Yo había escrito cuentos y poemas desde los quince años. Era momento de dar el gran salto. ¿Y ahora? ¿Qué viene después de la novela?

Los personajes de sus relatos y de su novela ¿son esa supuesta “generación perdida” un concepto tan extendido por nuestro mundo?

        No estoy seguro. Me encantaría pertenecer a una generación pero siempre me sentí un poco viejo al lado de mis congéneres.

Tambor de arranque (2015) ¿pretende ofrecer necesariamente esa visión minimalista de la vida?

        La novela muestra por fuera el infierno que los hombres viven en su interior. Como todo lector más o menos despierto es capaz de apreciar ese infierno (ya sea porque lo vivió o porque puede imaginarlo), la tarea del escritor consistirá en mostrar con delicadeza, sin estertores, el aspecto exterior de la devastación. El lector se encargará del resto. 

La historia de Tambor de arranque empieza y aspira a ser algo diferente, luego nos lleva a un sorprendente viraje casi sin una trama definida, para terminar de la misma forma, ¿no hay un final posible?

        Me gustaría pensar que no. Parte de los libros que más me interesan tienen un final que parece caprichoso y que, por lo tanto, podrían haber sido escritos infinitamente. Por lo demás, Tambor de arranque representa apenas un capítulo en la vida de Leo Ferro. Hay muchas historias antes y otras tantas después que visito cada tanto en mi cabeza y en la carpeta que le corresponde, en mi computadora.

En esta novela, el aspecto geográfico es importante ¿hasta qué punto se convierte en necesaria la relación del sujeto con su entorno?  

Como todo el mundo sabe, un escritor escribe sobre lo que conoce, y yo no conozco de cerca otra ciudad que no sea la mía, Santa Fe. Podría ubicar a mis personajes en Santiago de Chile si alguna vez hubiera estado ahí. De todas maneras, con el tiempo descubrí que no me da lo mismo. Como amo a mis personajes, como me enternece la manera en que se pierden y tratan de encontrarse otra vez, pasé a amar también el lugar donde sus vidas se torcieron.  

¿Lamenta usted que, algunos críticos, comparen su narrativa con una tradición literaria norteamericana, la de Dos Passos, Salinger, o Carver?

        Solamente en parte. Es un vínculo justo pero creo también (o quiero creer) que hay algo en mis libros que no está en esos autores. Creo además saber de lo que se trata pero no seré yo quien lo diga.

La realidad en la que usted vive ¿es tan sutil como compleja, y por  tanto perfectamente trasladable a la ficción?

        Mi realidad es siempre sutil. Soy yo el que no siempre estoy tan sutil como para entenderla.

¿Pretende usted, con Tambor de arranque, como se advierte, establecer un curioso diálogo sobre la brevedad de la vida?

Pretendo, en todo caso, establecer un diálogo sobre la insuficiencia de la vida. La vida no siempre es breve pero nunca alcanza. Todo el tiempo queremos estar en dos lados al mismo tiempo y ese es el gran problema de Leo Ferro.

Leo destruye, buena parte de su pasado, con el fuego, ¿es la única solución que le queda para la purificación de su fracaso final?

        Por el momento, sí.

Y una pregunta final, ¿estamos realmente en medio de una absoluta soledad?

        No lo creo. Estamos menos solos de lo que deberíamos, siempre aturdidos por boberías. El otro día leí, en el último libro de Fabián Casas, que la soledad favorece el equilibrio del hipotálamo. Es mediante la reflexión, detenida y retirada, en torno a lo que nos ha pasado a lo largo del día que quedamos a mano con la vida y pasamos a estar preparados para el día siguiente. De lo contrario, la vida se convierte en un tren fantasma. Eso también aparece en Tambor de arranque: no hay otro modo de metabolizar los grandes golpes que la más extrema soledad.


sábado, 12 de diciembre de 2015

Javier Tomeo



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LA MIRADA DE LA MUÑECA
HINCHABLE



     Las historias de Javier Tomeo (Quicena, Huesca, 1932) muestran, en ocasiones, una sucesión de acciones sin sentido. Pero sus textos no dejan de sorprender al lector una y otra vez porque se configuran en una mezcla de situaciones de un verismo recalcitrante y de una absurda visión de la realidad. Son, también, excelentes muestras de un humorismo tan afiliado que sugiere mucho de tragedia y, por supuesto, se convierten en una auténtica parábola de nuestro cotidiano vivir.
     Con La mirada de la muñeca hinchable (2003) vuelve a escenificar la realidad de toda una ciudad con espacios aparentemente reconocibles que sugieren otros espacios que bien podrían pertenecer al mundo de esa otra dimensión, característica de la narrativa del novelista. Los personajes de Tomeo están inmersos en ese espacio creado, como el protagonista, Juan P., un hombre maduro que vive en un bloque de pisos que incluye molestos vecinos. Juan convive con una muñeca hinchable, a quien acaba por tirar de una ventana y un televisor que también acaba en la basura. Frecuenta a un amigo, Torcuato, con quien come siempre en la misma casa de comidas «Casa Leonor» y en la misma mesa y, además, pasea con él, por las calles y avenidas de su ciudad. Otros personajes se asoman tímidamente a la vida cotidiana del narrador como el maître zurdo que les sirve en el restaurante, el doctor Orloff, director del museo, la Condesa de O, una especie de devoradora de hombres o la clásica portera del inmueble. Pero lo que el escritor logra, una vez más, con esta nueva novela es la constatación de la soledad humana y la angustiosa búsqueda de una comunicación, bien mecánica a través de la pantalla de la televisión o a través del absurdo monólogo con Dorotea, su compañera, esa muñeca impasible de la que no logra arrancar ni una palabra. Nada ocurre argumentalmente hablando salvo el relato de un narrador cuya impasibilidad conmueve al lector hasta el extremo de solidarizarse con una actitud de vida tan escéptica. Una vez más, los medios de Tomeo manifiestamente reducidos, conjuran a un mundo donde, como lectores inteligentes, tenemos que realizar nuestras preguntas y nuestras respuestas para conseguir que ese minimalismo provoque los efectos inesperados.








LA MIRADA DE LA MUÑECA
HINCHABLE
Javier Tomeo
Anagrama, Barcelona, 2003

viernes, 11 de diciembre de 2015

Pablo Andrés Escapa



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LAS ELIPSIS DEL CRONISTA



     Una estela clásica, un hacer cervantino o una visión bucólica con paradisíacos parajes y abundantes paisajes que se localizan, geográficamente, en una comarca montañosa del reino norte de León, pueblan las páginas de este singular libro de relatos, Las elipsis del cronista (2003) con que nos sorprende un autor novel Pablo Andrés Escapa (León, 1964), hasta el momento un bibliógrafo que no ha tenido prisa en entregar un primer libro de cuentos como el presente.  
     En Badabia, el territorio inventado por Escapa, el tiempo ha quedado suspendido y las conversaciones que mantienen un juez retirado y Gistredo, secretario del ayuntamiento de San Bartolomé, en torno a hechos del pasado y los principales acontecimientos de la comarca, quedan registradas en un cuaderno donde los sucesos y las personas transcurren con los vaivenes de la historia que, sancionados por las investigaciones y los recuerdos que el juez pasa al cronista, logran sobrevivir para convertirse en la memoria viva y colectiva de toda la región. Los diez relatos enlazan así muchos de los acontecimientos del pasado que se remontan muy atrás, al mítico reinado de Alfonso X el Sabio y a su acertada decisión de poblar el lugar, las lecturas de Bartolomé Leonardo de Argensola o los viajes del romántico Gil y Carrasco junto a otros personajes más cercanos, Bautista, Benigno, Cardín, Eladio o Josefa Beltrán, y no menos interesantes, al menos para los habitantes del lugar, para anotar así, en una suerte de voces narrativas, la intrahistoria de una región sumida durante años en un silencio que, junto a las elipsis del cronista, conforma los ciclos de una tierra legendaria. Una lectura amable permite al lector ir pasando de una historia a otra historia, estructuralmente bien logradas, de finura en la expresión y de ajustada prosa, técnicamente capaz de soslayar al protagonista del narrador en favor de lo contado, como ocurre en la buena literatura para trascender más allá de la anécdota que se cuenta en estos relatos porque de eso se trata, de una alusión al uso que permita al lector ver más allá y poder vislumbrar buena parte de lo que el cronista calla. Mucho me temo que hemos de recordar, al hilo de lo comentado, la narrativa de su paisano Mateo Díez, puesto que, como el maestro, Pablo Andrés Escapa, posee un agudo sentido de la observación, una hilarante capacidad para reproducir anécdotas insólitas y esbozar, con sabiduría, personajes que se mueven entre la realidad y la ficción y convierten al narrador de estas historias ensartadas en ese otro  protagonista, un remedo tradicional de los relatos orales de nuestro mejor pasado literario.

 







LAS ELIPSIS DEL CRONISTA
Pablo Andrés Escapa
Madrid, Páginas de Espuma, 2003


jueves, 10 de diciembre de 2015

Ignacio Martínez de Pisón



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EL TIEMPO DE LAS MUJERES



     El mundo es tan complicado que son muchas y confusas las maneras de interpretarlo. Quizá por este motivo, Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), va elaborando de una manera artesanal sus relatos en una variedad narrativa que se inicia en la infancia, la adolescencia, la juventud, como pasos firmes en el aprendizaje. También desarrolla la acción en el núcleo de una familia, cuyos integrantes, muchas veces, se convierten en esas voces que desentrañan sus experiencias y marcan sus destinos y esto, además, como ese argumento único, conveniente e idóneo para validar sus vidas. La literatura de Martínez de Pisón parte de un situación de vacío que sólo se logra paliar con el extenso relato que los personajes de sus novelas protagonizan; así ocurría con Carreteras secundarias (1996) o María Bonita (2000), el antecedente más inmediato de la novela que acaba de publicar El tiempo de las mujeres (2003). Esta novela es la más voluminosa y la más ambiciosa de toda su producción. El punto de vista adoptado, el tema, los personajes femeninos protagonistas y, sobre todo, esa pormenorizada inmersión en el mundo de la mujer, hacen de este relato la mejor de las historias contadas por el aragonés que divide alternativamente las voces de las tres jóvenes en dieciocho episodios en los que María, Carlota y Paloma, van contando su vida.
    El tiempo de las mujeres transcurre en la España de la transición democrática, a finales de los 70 y comienzos de los 80, incluido el golpe de estado, como episodio sobresaliente en sus vidas. Tras la muerte del padre, la madre de las tres jóvenes se sumerge en un estado de desesperación al que sólo se sobrepone con el paso del tiempo y cuando, sin saberlo, las tres hijas han ido haciendo de sus vidas un auténtico misterio. Martínez de Pisón es hábil en el tratamiento de la prosa narrativa que maneja con soltura y es capaz de describir las emociones y las experiencias de las tres mujeres con la maestría que ya se le supone al narrador. Las voces que se alternan en el relato son la de María que, de alguna manera, ha asumido el papel de protectora tanto de su madre como de sus hermanas, la de Carlota más comedida pero obsesionada por la religión y su posterior matrimonio con Fernando, y Paloma que juega con el sexo y abandona el hogar familiar una y otra vez. Las tres desvelan su mundo interior, sus intimidades, esas que Martínez de Pisón recrea con suma maestría: el momento de la menstruación y el despertar a la vida, las primeras experiencias amorosas, incluidas escenas de sexo íntimo, las depresiones, junto al alternativo descubrimiento de la política, el trabajo, el adulterio, además de leves pinceladas sobre el mundo de la droga, para recrear tres vidas femeninas tan distintas como complejas y que, una vez que desaparece el símbolo de sus mayores, la casa Villa Casilda, acabarán por deshacerse o, tal vez, por justificarse definitivamente. 











EL TIEMPO DE LAS MUJERES
Ignacio Martínez de Pisón
Barcelona, Anagrama, 2003

miércoles, 9 de diciembre de 2015

NUEVAS TRAVESÍAS



EN BABIA

     Es lo que suele decirse, una expresión que caló tan hondo en nuestro lenguaje que no solo se extendió por España y toda Hispanoamérica, sino que convirtió en un país fantástico a esta singular comarca leonesa. El escritor Julio Llamazares, el fotógrafo José Manuel Navia y el ilustrador David de las Heras se unen para ofrecer una visión personal de los lugares míticos de España: Babia, Las Batuecas, o Los cerros de Úbeda, en una obra singular que publica la editorial Nørdica, y que titula Atlas de la España imaginaria (2015), un viaje por lugares tan fantásticos como Jauja o la Ínsula Barataria, espacios reales y, al mismo tiempo, míticos. Siete son los enclaves sobre los que escribe Llamazares, tres en Andalucía, Los Cerros de Úbeda, Fuenteovejuna y Jauja, uno en León, Babia, otro en Salamanca, Las Batuecas, uno más en Madrid, entre Pinto y Valdemoro, y finalmente, La Ínsula Barataria en Zaragoza. Todos forman parte de ese mundo imaginario colectivo que ahora describe el leonés.
     Julio Llamazares es un curioso pertinente, un pintor de paisajes, que realiza un recorrido en persona desde el tópico lingüístico hasta los orígenes de estas expresiones populares. “Son viajes a lugares que la gente cree que no existen, como Babia, que fuera de León piensan que no es real” —insiste el narrador—; también nos lleva a Jauja, que está en Córdoba, y Lope de Rueda convierte en un entremés, La tierra de Jauja, que el imaginario colectivo asocia con la abundancia; o a la Ínsula Barataria, un pueblo aragonés que inspiró a Cervantes y que cuando crece el Ebro se transforma casi en una isla. El escritor cartografía los confines del atlas de la España imaginaria, los lectores tan necesitados de imaginación y de fantasía oímos, o mejor leemos estos cuentos al calor y solaz del hogar.

 5 de diciembre, 2014; pág., 8                  

                     


martes, 8 de diciembre de 2015

Luis Mateo Díez



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EL REINO DE CELAMA



     El paisaje de Celama, según Luis Mateo Díez (Villablino, León, 1942), es, antes que nada, un páramo, incluso el Páramo por excelencia en la delimitación geográfica de toda una comarca. Celama es el mundo literario particular del escritor leonés que ha recreado en obras como El espíritu del páramo (1996), La ruina del cielo (1999) y El oscurecer, un encuentro (2002). Todo un vasto territorio donde desarrollar buena parte de su mejor literatura. El volumen El reino de Celama (2003) reúne la trilogía, y añade un pequeño apéndice titulado «Vista de Celama», aclaratorio y pormenorizado, que sitúa el lugar entre los ríos Sela y Urgo, cuenta, además, las vidas de muchos de los personajes más entrañables de la narrativa contemporánea. Se añade un mapa dibujado por uno de los personajes más representativos del lugar, el médico Cuende.
    Con El espíritu del páramo, Mateo Díez, describía esa genealogía de la tierra inventada. Mostraba, por primera vez, la necesidad de rescatar del olvido toda la memoria de un espacio rural que, poco a poco, se va extinguiendo. Recurría a la memoria de otros tiempos con la belleza y la grandeza de su podredumbre; en el espacio se incluía a toda una saga de personajes que pertenecen a la zona descrita. La ruina del cielo, la segunda entrega, es una historia que se desarrolla en los años 30 y, en realidad, es el inventario de todos los muertos enterrados en el cementerio de Celama, una tarea de la que se encarga, con minuciosa precisión, el médico Ismael Cuende. Ha resultado ser la obra más compleja porque incluye, además, de todo el obituario, una serie de ricos monólogos, poemas, fragmentos teatrales y una amplia bibliografía, en ese alarde de una cuidada disposición del médico por rescatar parte de la historia de la mítica comarca. Y El oscurecer (Un encuentro) que, a modo de cierre del espacio y la intención moralista del autor, termina por enfrentar dos mundos, el de un viejo pastor que quiere volver a Celama, desde la ciudad de provincias donde ha vivido los últimos años, y un joven que, precisamente, pretende huir del lugar y buscar nuevos espacios. Progreso y resistencia se funden para dejar constancia de una épica sólo posible en la memoria, literaria, pero posible con aires de leyenda.
    Editados los tres libros en un volumen, el conjunto, unitario y cerrado, ofrece la idea de ese gran proyecto por preservar parte de esa historia popular de un pasado que sólo puede entenderse como ese compromiso moral al que pertenece la intrahistoria de muchos de los pueblos y culturas de España. Se trata de esa ventana a la que uno se asoma, viendo tras ella lo más profundo del corazón humano, la suerte de tantas existencias que asumen silenciosamente su destino. El compromiso de la palabra, el gran acierto de Mateo Díez.









EL REINO DE CELAMA
Luis Mateo Díez
Barcelona, Plaza & Janés, 2003