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jueves, 26 de septiembre de 2019

Los viajes de Colombine: Portugal


Carolina Coronado





       Hay figuras de grandes españoles cuyo recuerdo nos persigue en Portugal. Nues­tros grandes románticos han tenido predilección por este suelo. Es sabido el via­je de Espronceda, emigrado político, que hizo célebre la anécdota de arrojar al Tajo su única moneda de dos pesetas «por no querer entrar en ciudad tan grande con tan poco dinero». Esta tierra acogedora protegió al gran poeta y fue la cuna de aquel amor cruel y turbulento que sintió por Teresa Mancha y que tanto influyó sobre toda su vida.
       Herido de amor nuestro gran Mariano José de Larra, visitó esta ciudad de Lis­boa, preso ya de la mortal melancolía y del amor desdichado que lo llevaron al sepulcro. Larra escribió aquí, en Mayo de 1835, su poesía Recuerdos, en la que hay una vibrante invocación al río:

               «Río Tajo, río Tajo;
               El de la corriente undosa;
               El de las arenas de oro,
               El que padre España nombra».

               ………………………………………………


                    «Tú que fecundante bañas
               Las regiones españolas,
               Desde el alcázar de Reyes
               Que Aranjuez rico decora,
               Hasta las playas de Luso,
               Archivo de tantas glorias,
               Deja un punto para oírme
               Sus venerandas memorias».


       Después lamenta sus desventuras y al no poder amar a las bellezas lusitanas que merecen su admiración.


               «Diles que tan solo un voto
               La amistad para ellas forma:
               ¡Plegue a Dios que no amen nunca
               Las que aun el amor ignoran!


       Y acaba de aquella manera tan sentida y suplicante a nuestro río español:


               «Haz que tus ondas me traigan
               el nombre de mi Señora».


       Pero el río guarda el secreto de ese nom­bre tan celosamente como lo guardó Fí­garo, que debió pronunciarlo al morir sin que nadie lo escuchara.
       La gran poetisa romántica Carolina Co­ronado vino a encerrarse en Portugal y vivió aquí como una especie de embajadora de España que tenía un prestigio an­tiguo y valetudinario, semejante al de la Emperatriz Eugenia. Yo me he compla­cido en evocar su memoria ante estos pai­sajes románticos, en estas noches mara­villosas de Portugal, y poco a poco he ido delineando su figura, como quien, distraí­do, bosqueja en el papel que encuentra a mano la silueta que le es familiar.



       Ninguna figura de mujer tan intere­sante en la literatura española como la de Carolina Coronado. Ella legitimó la inclinación literaria de la mujer hasta el límite que hoy tiene; fué intrépida, deci­dida y se apasionó del arte con una pa­sión literaria y fervorosa.
       La característica de los libros de esta mujer es la exuberancia, la ilusión, el transporte lírico. Todo en ella fue espontá­neo, lleno de frescura, un perfume de ori­ginalidad encantadora, un perfume que en casi todas las obras de las otras mujeres ha perdido intensidad. Era la improvisa­dora. Cuando la iluminaba una idea, cuando una cosa la deslumbraba o la ensombrecía, se sentaba ante el papel y es­cribía unos versos. Aun hemos oído ha­blar con asombro a algún viejo supervi­viente de su época de aquella condición rápida y maravillosa de Carolina Coronado, de aquellas improvisaciones he­chas a la vista de todos. Se sentaba y de una vez escribía una poesía perfecta, como un Beethoven que repentizase en el piano una sonata original. Verdaderamente era un cerebro privilegiado, construido defi­nitivamente por la Naturaleza con toda la fatalidad de su estro poético.
       Toda la vida de Carolina Coronado es­tuvo henchida de una pasión honesta, pero fervorosa por la vida. Fue como una heroína de novela, que al no poderse re­velar completamente en la vida hubiera escrito la heroicidad lírica y fastuosa de su alma; revelando de vez en cuando en sus hechos la bravura de heroína que ha­bía en ella.
       Espronceda tuvo la revelación de su temperamento admirable y le dedicó la sabida poesía:


          Dicen que tienes trece primaveras
       Y eres portento de hermosura ya,
       Y que en tus grandes ojos reverberas
       La lumbre de los astros inmortal.
          Juro a tus plantas que insensato he sido
       De placer en placer corriendo en pos,
       Cuando en el mismo valle hemos nacido,
       Niña gentil, para adorarnos dos.
          Torrentes brota de armonía el alma;
       Huyamos a los bosques a cantar,
       Denos la sombra tu inocente palma
       Y reposo tu virgen soledad.


       Carolina Coronado fue, sobre todo, una mujer en la más profunda acepción de la palabra, en sus amores y en sus empresas. Por ser tan mujer se atrevió, cuando no había influenciado todavía la gazmoñería de su época, a escribir El paralelo de San­ta Teresa y Safo, esa obra a la que después rechazó, pero de la que no pudo extirpar la memoria del título, que se conserva en la galería de los grandes aciertos del pen­samiento. Sólo una mujer podía haber visto con tanta claridad ese paralelo tan excesivamente humano.
       En sus amistades fue terrible. Salvó a sus amigos cien veces de los peligros. Los revolucionarios de aquella época tenían amparo en su casa y alguna vez se inter­puso en el despacho de un ministro, entre la crueldad de la justicia y la grandeza de algún reo.
       Por sus hijos tuvo un cariño febril e inusitado. Ella consiguió salvar a sus hi­jos muertos y más tarde a su marido del olvido de una fosa, manteniendo sus ca­dáveres bajo su guardia. Cerró su casa de la calle de Alcalá sin tocar a un mueble, abandonándolo todo tal como estaba cuando murió allí una de sus hijas, y fue a esconderse en una quinta, cercana a Mafra, entre los árboles y las flores de esta tierra portuguesa que ofrecieron morada digna a la gran artista.
       Yo no puedo recordarla sin la obsesión de esas anécdotas fuertes y fervorosas de sus muertos. La veo llevándolos consigo, abrazada a ellos, transportándolos con un romanticismo invencible que no se re­signa con lo inevitable y sabe triunfar de la misma muerte.
       El ambiente aristocrático en que la en­volvieron todos los homenajes, el am­biente severo y distinguido en que la re­tuvo el haberse casado con el secretario de una embajada tan importante como la de los Estados Unidos, fue lo único que la perjudicó reteniéndola lejos de la vida dura, real y verdadera. Carolina Coronado más en medio de esa vida hubiera encontrado para su temperamento una demostración más directa, más viva, más esencial. En vez de contener su talento y su genio, los hubiera revelado empeñán­dose en el deber más serio de exaltar la vida entrañable y violenta que vive li­bremente y con más carácter y más fir­meza lejos de esos medios cerrados en que vivió Carolina Coronado. Ella no pudo fal­tar a una prudencia a la que esto la obligaba y sin embargo lo que había en ella de íntimo, más fuerte que lo impuesto por la mojigatería lució bastante, lució con una intensidad que antes que en ella no había lucido tan vivamente en ningu­na mujer.
       Carolina Coronado merece por eso un constante recuerdo. Es la figura de mujer más brillante y más amada de su tiempo, y la precursora de la mujer que ha de ma­nifestar su alma con valentía en lo por­venir. Es como el tipo legendario de la heroína de la novela meridional. Los re­tratos que de ella nos quedan, uno pin­tado por Madrazo, y sobre todo los retra­tos de su juventud, revelan el encanto de esa figura poética que no sólo cantó, sino que fué cantada por los poetas de su tiempo, que le ofrendaron sus triunfos, y soñada por los pintores. Es el ideal de mujer de corazón sensible, y alma fuerte, de la que se enamoran reyes sin vencer su virtud. Su figura esbelta, de ojos ne­gros y grandes, llenos de ensueño, con sus largos tirabuzones, es la figura de una heroína de Lamartine.
       Esa figura se ha perpetuado en nuestro recuerdo siempre juvenil, porque Caro­lina Coronado se murió para nosotros en plena juventud, a pesar de haber muerto tan anciana en su retiro de flores. Ella se alejó, se perdió, se ocultó aquí en Portugal, vivió ya muerta para nosotros y para el Arte. Así es que tanto por su vida como por su obra, Carolina Coronado es la en­carnación más representativa del roman­ticismo de su tiempo y la evocamos al recorrer este país encantador cuya alma supo comprender y de estos paisajes que amó hasta el punto de hacer de Portugal la patria verdadera, porque fué la tierra elegida, libre y espontáneamente, para vivir y para morir en ella. Así la figura de esta mujer española es para mí como la gran figura de una mujer portuguesa.

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