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martes, 7 de mayo de 2019

Javier Tomeo,


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               Uno de los grandes tormentos de nuestra sociedad es que nos encontramos eternamente solos, y que todos nuestros esfuerzos, todos nuestros actos sólo tienden a huir de esa soledad. Quizá por esto, Javier Tomeo, insiste en mostrarnos un mundo donde la soledad y la incomunicación se convierten en el tema narrativo dominante. En realidad, configura un paradigma secreto o búsqueda para sus personajes, propone un manifiesto contra el aburrimiento en un mundo desorientado donde resulta tan difícil vivir. En esta historia, Rafael y Ramón son dos hombres maduros que, como cada sábado, emprenden su recorrido por algunas calles de la ciudad donde conviven, con el propósito evidente de recuperar la forma física y el vigor perdidos. La soledad de los pirómanos (2001), transcurre durante una soleada mañana de otoño, el difuso atardecer del mismo día y buena parte de la madrugada, concretando las situaciones más fatídicas de los dos personajes, su claustrofóbica circunstancia particular y la soledad más absoluta de su existencia.
               La trama argumental es, evidentemente, bien sencilla: el diálogo que mantienen  ambos amigos durante todo el día, aunque, a medida que avanza la narración, se percibe como el monólogo que establece Rafael porque será siempre quien impone sus criterios. Ramón se convierte en un personaje que posee evidentes rasgos de ejercer una individualidad personificada, nunca ejercida ante el amigo dominante. El resto de personajes o elementos narrativos no añaden nada, se convierten en arquetipos de otros relatos de Tomeo: la gata Julieta, confidente del narrador, la surrealista relación que se establece con el televisor o la extraña niña pelirroja que se erige en la mirada de una sucesión de incendios que ocurren a lo largo del monótono sábado y que sirve de mera anécdota al relato, esa que sacará del anonimato a los dos protagonistas. Personajes que parecen mostrar evidentes relaciones esquizofrénicas como las que viven muchas de las personas de nuestras ciudades. Resulta ingeniosa la descripción del ambiente en el que se mueven Rafael y Ramón que, aunque aislados, viven su existencia sin el dramatismo que otorga la situación. De lo que se trata es de contar lo absurdo y lo criticable de la sociedad actual pero sin la acritud que exige el tema porque de otra forma no resultaría un relato donde la amenidad es lo mejor de esta historia.




LA SOLEDAD DE LOS PIRÓMANOS
Javier Tomeo
Espasa, Madrid, 2001

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